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¿Y si Fernando Simón, Santi Gª Cremades y Martínez Ron estuvieran equivocados?

Viñeta de J. L. Martín (@JLJLMartin): enlace


31/05/2020

Entre las muchas consecuencias de la pandemia de COVID-19 que está padeciendo el mundo entero, una de ellas es que la ciencia se ha colocado en el trending topic de la agenda política y mediática. Con resultados extremos y multitud de grados intermedios: desde una confianza en ella que raya la fe religiosa hasta el desprestigio de que no sirve para nada. Estos últimos la acusan de que un día dice una cosa y otro día otra: que si iba a ser menos grave que la gripe común y luego más grave que la gripe española, que si los niños son vectores y luego que ni contagian ni se contagian, que si el virus se contagia en superficies y luego que no es así, etc.


En España hay muchos y muy buenos científicos y divulgadores de la ciencia que se han destacado estos días. Vamos a tomar aquí como ejemplo a tres de ellos que me parecen de los mejores (sin desmerecer a ninguno de los demás). El epidemiólogo Fernando Simón, que está dirigiendo la acción del gobierno contra dicha pandemia e informando puntualmente de ella. El matemático Santiago García Cremades (@SantiGarciaCC), que ha elaborado modelos matemáticos de la evolución de la epidemia con resultados ajustadísimos a la realidad. Y el periodista Antonio Martínez Ron (@aberron), que está ofreciendo a través de la sección de ciencia de VozPópuli información fiable y muy actualizada de la pandemia. Pero ¿qué pasaría si cada uno de los tres nos dijeran cosas distintas? Peor aún, ¿y si los tres se equivocaran?

Vamos a invitar a los tres a jugar a un juego. Se trata de adivinar cuál es el siguiente número de una serie. Esta empieza con el 1, ¿cuál es el siguiente? Los tres dicen que el 2. Aciertan. ¿Cuál es el siguiente? Los tres coinciden de nuevo: el 3. Y vuelven a acertar. Seguimos una tercera ronda. Ahora los tres se envalentonan. Simón dice 4 y además predice que el próximo será el 5. Aberrón dice que será el 5 y después el 7. Y Cremades apuesta por el 5 y el 8. En la 3ª ronda sale el 5: Simón ha fallado. Y en la 4ª ronda sale el 8: Cremades gana. ¿Qué ha pasado aquí? Resumamos lo que ha ido diciendo cada uno y el resultado:


Inicio
1ª ronda
2ª ronda
3ª ronda
4ª ronda

1
2
3
5
8
Fernando Simón
1
2
3
4
5
Martínez Ron (Aberrón)
1
2
3
5
7
Santiago Gª Cremades
1
2
3
5
8

         Lo que sucede es que cada uno ha estado trabajando con hipótesis y modelos distintos. Simón utiliza la serie de números naturales, Aberrón la de los números primos, y Cremades (matemático él) la sucesión de Fibonacci (cada número es la suma de los dos anteriores). La serie oculta era la de Fibonacci. Cremades ha acertado.

         ¿Qué nos muestra todo lo anterior? Pues el funcionamiento de la ciencia. El método científico consiste, muy simplificadamente, en recoger datos de forma ordenada, hacer hipótesis falsables, construir modelos, deducir predicciones y hacer experimentos para comprobar si la hipótesis resiste a la falsación (después se publica en una revista con revisión por pares y lo suyo es que todo se replique). Veamos algunas consecuencias.

         La primera, de la que es fácil darse cuenta, es que la ciencia es lenta por su propio método, y el método es como es, precisamente, para garantizar el mejor conocimiento posible. Cumplir con todos esos pasos y con las debidas garantías y controles que exige, requiere de mucho tiempo (y dinero, no se nos olvide: urge financiar adecuadamente la investigación científica, también la básica).

         Otro aspecto es que los resultados de la ciencia siempre son provisionales y nunca definitivos. La verdad científica es todo lo contrario de la “verdad” religiosa o dogma. Esta es absoluta, inmutable y eterna, mientras que la científica es todo lo contrario. La verdad científica es asintótica: nos acercamos a ella pero nunca del todo. Las hipótesis, modelos y teorías científicas tienden a esa verdad pero siempre serán provisionales y sujetas a cambios conforme aumente la información disponible, los nuevos descubrimientos y experimentos, las revisiones, etc. Eso explica que a veces parezca que la ciencia unas veces dice una cosa y luego la contraria. Para la mentalidad religiosa o dogmática eso es una aberración, pero para la ciencia es algo normal: la ciencia avanza, se autocorrige, falsa sus propias hipótesis y propone nuevas. En el ejemplo que poníamos: en las primeras rondas, las hipótesis de Simón, Cremades y Aberrón parecían correctas, hasta que en la 3ª ronda se comprobó que la de Simón era errónea (resultó falsada). Pero todavía quedaban dos teorías que cuadraban con los datos disponibles: la de Aberrón (números primos) y la de Cremades (sucesión de Fibonacci). Fue el aumento de la información disponible la que desempató: Cremades tenía razón.

Pero paremos a pensar un poco en esto: en ciertos momentos, cuando no hay suficiente información disponible, teorías científicas distintas pueden ser compatibles con los mismos hechos. Es más, según el principio de indeterminación de Quine, el número de teorías para explicar cualquier fenómeno es infinito (potencialmente). Eso es lo que lleva a los científicos a tener que elaborar criterios para decidir entre ellas: por ejemplo, la navaja de Ockham (si dos teorías son igual de explicativas, hay que escoger la más simple, la que lo hace con menos elementos). Pero a veces ni aun así: recordemos que los físicos no se ponen de acuerdo hoy día para lograr una teoría unificada y que hay varias buenas candidatas para ello. Y esto es algo habitual en ciencia y parte constitutiva suya. Con perspectiva histórica podemos recordar conceptos, hipótesis, modelos o teóricas que en su día se dieron por buenos y luego se han desechado: el éter, el flogisto, el geocentrismo, el fijismo en biología, la “mente” como tabula rasa en psicología, el homo oeconomicus en economía, etc.

         Pero es que podría ser peor. ¡Todas las teorías podrían estar equivocadas! Volvamos al ejemplo y supongamos ahora que la serie a descubrir fuera una en la que cada número es la suma de todos los anteriores, en cuyo caso después del 3 vendría el 6 y luego el 12 (le hubiera seguido el 24).


Inicio
1ª ronda
2ª ronda
3ª ronda
4ª ronda

1
2
3
6
12
Fernando Simón
1
2
3
4
5
Martínez Ron (Aberrón)
1
2
3
5
7
Santiago Gª Cremades
1
2
3
5
8

         Los tres se hubieran equivocado en la 3ª ronda. El problema en ciencia es que esta posibilidad siempre está presente. De ahí que la ciencia nunca pueda dar por definitiva una conclusión, porque nunca se sabe si la realidad no dará un giro inesperado conforme aumente el conocimiento disponible. Los datos, hallazgos y experimentos pueden ir confirmando hipótesis, modelos y teorías, pero un día, de repente, algo lo descuadra todo. Es el conocido como problema del inductivismo: en ciencia, confirmar una teoría es imposible, solo podemos aspirar a falsar las teorías y, mientras tanto, trabajar con ellas como verdades siempre provisionales. Bertrand Russell explicó esto con su conocido ejemplo del pavo inductivista: el pavo observa que todos los días el granjero viene a la misma hora a darle de comer, y llega a la conclusión de que hay una ley en el universo por la que a esa hora el granjero siempre vendrá a darle de comer. Hasta que llega el Día de Acción de Gracias y el granjero viene ¡pero a cortarle el cuello! Nassim Taleb se refiere a estos casos como “cisnes negros”, en alusión a la sorpresa que produjo en los europeos descubrir que en Australia había cisnes negros (hasta entonces, “cisne negro” era un oxímoron y “cisne blanco” una redundancia). Para ser justos, hay que decir que los cisnes negros no son habituales (por definición) y que lo más normal en ciencia no es que se rechace una teoría de golpe a la primera anomalía que se detecta (como Lakatos apuntó a Popper), sino que más bien es la acumulación de anomalías lo que lleva a sustituir una teoría por otra (y raras veces se producen revoluciones científicas, aunque haberlas, haylas: Thomas Kuhn dixit).

         Siempre será más lo que no sabemos que lo que sí sabemos. El gran Sócrates ya definió al sabio no como aquel que sabe mucho, sino quien es consciente de todo lo que no sabe y de la insignificancia de lo que sabe en comparación con lo que ignora. De ahí su “Solo sé que no sé nada”. Su contrario, el necio (el “cuñado”, en lenguaje actual) es quien no es consciente de lo que no sabe y cree que ya sabe suficiente (porque no es capaz de comparar lo que sabe con la inmensidad de lo que le queda por saber).


De ahí la diferencia en el lenguaje científico y el de los cuñados. Mientras aquellos dicen cosas del tipo “Según los datos disponibles”, “En virtud de lo que sabemos por ahora”, “Salvo que nuevos descubrimientos digan lo contrario”…, estos responden con los típicos: “Esto lo arreglaba yo en un momento”, “Está más claro que el agua”, “Esto es así y punto”… Por esto mismo el necio o cuñado no entiende que la ciencia diga una cosa y luego otra. No comprende por qué al principio los niños eran superpeligrosos contagiadores del coronavirus y ahora dejan de serlo. No le cabe en la cabeza que la ciencia avanza, que toda afirmación científica es provisional y sometida a revisión constante.

Y mucho menos le entra en la cabeza que la ciencia a veces no puede (ni debe) dar soluciones únicas ni definitivas a los problemas. La solución a la pandemia de COVID-19 vendrá de la mano de la ciencia, pero no solo de la ciencia sino necesariamente de la política. La urgencia para contener la pandemia y evitar a la vez los desastres económicos no nos permite claridad suficiente para entender cómo funciona la ciencia y nos lleva a pedirle lo que no puede darnos. El cuñado ve al científico como si fuera un sacerdote o un oráculo que tiene la verdad absoluta y soluciones mágicas, y luego se frustra cuando se da cuenta de que no es así. La ciencia es lenta y en situaciones urgentes no funciona de la mejor manera. Las primeras conclusiones científicas al comienzo de la pandemia no pueden ser las mismas que conforme va avanzando esta y el conocimiento que tenemos de ella. Y aun así, la ciencia puede ofrecer modelos distintos para los mismos hechos con predicciones distintas hacia el futuro. Y en ese contexto de urgencia e incertidumbre es difícil tomar decisiones. Y además, tampoco le corresponde a la ciencia hacerlo, sino a la política, o por lo menos a la política basada en ciencia. La ciencia aporta la mejor información disponible en el momento (revisable y que puede cambiar con el tiempo) y es sobre esa información con la que los políticos deben tomar las decisiones. Pero esa información (necesariamente incompleta) rara vez indica una única solución o alternativa. Lo normal es que ofrezcan varios modelos, con distintas predicciones y probabilidades. Y ahí es donde entra la prudencia (phronesis) política a la hora de decidir. La ciencia tiene autoridad, pero no poder: el poder es del pueblo en democracia (como indica su nombre, aunque lo ejerza a través de sus representantes). No obstante, lo dejamos aquí y no nos extendemos más en este punto por haberlo desarrollado en otro texto: “Ruleta rusa y coronavirus: ¿Hay una solución científica a la crisis sanitaria y económica”.


Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria. Coautor del libro Profesor de Secundaria, y colaborador en la obra colectiva Elogio del Cientificismo junto a Mario Bunge et al

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