15 de abril de 2018

Entender los errores para entender los feminismos


Hace un tiempo escribí sobre entender los errores para entender la realidad (aquí). Error tipo I: condenar a un inocente, un falso positivo en un test de embarazo. Error tipo II: dejar libre a un culpable, un falso negativo en el test anterior. Cualquier política diseñada para ayudar al colectivo X tendrá estos dos errores, ayudará a veces a quien no sea de ese colectivo y dejará de ayudar otras veces a quien sí lo es. Cualquier ideología que denuncie el problema Y, a veces denunciará cosas que no son ese problema y a veces dejará de denunciar otras que sí lo son. Es imposible evitarlo, tenemos recursos limitados y somos seres imperfectos. Sin embargo, sí es posible darse cuenta de esto y de no solo querer mejorar nuestras políticas e ideologías, sino también de abrirse a dialogar con quien tiene los mismos objetivos (favorecer al colectivo X y denunciar el problema Y), pero cuya propuesta política o ideológica tiene errores tipo I y tipo II distintos de los nuestros o los pondera de manera distinta.

Voy a extenderme un poco más en esta idea en el tema del feminismo, y me restringiré a las sociedades occidentales avanzadas. No hace tanto tiempo que las mujeres carecían de muchos derechos en estas sociedades. En la próspera suiza no tuvieron el derecho al voto hasta 1971 y en Irlanda todavía no tienen derecho al aborto. Ahora hombres y mujeres tienen, sobre el papel, los mismos derechos, lo que es sin duda un gran avance del siglo 20. Falta que la igualdad sea también efectiva, y ahí las cosas se complican mucho, sobre todo, porque nadie sabe cómo conseguirla al 100%. Desde luego que sabemos muchas cosas que hay que hacer: educar en igualdad (hacer que les niñes ven igual de normal que una mujer sea astronauta a que lo sea un hombre, p.e.), evitar que la selección y promoción en el puesto de trabajo se realice de manera discriminatoria, hacer que socialmente el reparto de tareas en el seno familiar sea aceptado y apreciado, y evitar el acoso y la violencia sexual, entre otras. Lo malo es que no sabemos cómo hacerlo. 

Por ejemplo, hay muchas razones por las que puede haber discriminación en el mercado de trabajo: preferencias contra las mujeres por parte de la empresa, de quien supervisa o del resto de la plantilla; discriminación estadística, o elecciones en la educación, en la inversión en capital humano o en la implicación en las tareas realizadas de manera involuntaria o por gran presión social, entre otras posibles. También hay muchas diferencias en las elecciones voluntarias, con carreras en las que hay mayor presencia masculina y otras con más presencias femenina. Hay distintas razones por las cuales puede suceder eso: condicionantes sociales, genéticos o por dinámicas ajenas a estos condicionantes (como esta). Sabemos que cualquiera de estas razones (o las tres, cada una en distinta medida) puede dar lugar a esas diferencias y sabemos que las tres existen. Lo que no sabemos es cuánto actúa cada una en cada ocasión y cuán maleables son los condicionantes para poder evitarlos a la hora de tomar decisiones libres. Es algo que todavía estamos empezando a estudiar y de lo que solo tenemos resultados parciales. 

Incluso si supiéramos al 100% cuáles son y cómo actúan esos tres condicionantes en cada caso, las políticas propuestas basadas en ellos tendrían sus errores tipo I y tipo II, y distintas personas podrían proponer distintas políticas porque valoran mejor el balance de esos errores que se sigue de ellas. Cuanto más lejos de saber al 100% todo lo relevante acerca de esos tres condicionantes, más se amplía el margen de error. Todo esto importa mucho, porque trasciende la típica disparidad de opiniones sobre si el vaso está medio lleno (hemos avanzado mucho en igualdad) o medio vacío (todavía falta mucho). Lo que ocurre es que en una situación de extrema desigualdad, los errores tipo I (no reconocer una desigualdad que sí existe) son muchos más y mucho más importantes y evidentes que los errores tipo II (encontrar una desigualdad allí donde no la hay). A medida que avanzamos en la igualdad, los errores tipo I, aun existiendo y siendo importantes, son menos y, por el contrario, los errores tipo II empiezan a aflorar y cobrar importancia. Esto es inevitable.


Lo anterior hace que distintas personas hagan hincapié en unos u otros sin ello querer significar que ninguno está en contra de la idea de la igualdad. Un colectivo de mujeres organiza una campaña #MeToo para denunciar acosos sexuales en el mundo del cine (y no caer en errores de tipo I al dejar pasar una circunstancia discriminatoria). Otro colectivo, también de mujeres, escribe un manifiesto (ver aquí) donde señalan que esa campaña es demasiado agresiva y cae en el error tipo II (se presta a la denuncia sin pruebas y, por tanto a denunciar discriminaciones que no existen). ¿Quién tiene razón? ¿quién es más feminista? Es posible que la razón esté repartida entre ambas (no necesariamente de manera equitativa, que hay que ser ecuánime, no equidistante) y que ambas sean igual de feministas, porque ambas quieren lo mismo y difieren solo en haberse fijado en uno u otro tipo de error.

Y esto hace también que algunas campañas no tengan por qué ser bien vistas por todes, sin que ello implique ser machista. Como ejemplo, tenemos esta campaña en la que los hombres se autoinculpan de ser machistas (un ejemplo, aquí), no porque discriminen o acosen conscientemente, sino porque han participado o participan inconscientemente de dinámicas que llevan a la desigualdad. De ser aceptadas y promovidas estas autoinculpaciones pueden llevar a situaciones de errores tipo II cuando se da por sentado que no autoinculparse es promover o negar la desigualdad (por no hablar de la posible falta de sinceridad y de ventajismo de algunas de esas autoinculpaciones). Y hace también que la competencia por hacer listas de micromachismos (una, aquí) acabe cometiendo muchos errores de tipo II, llamando micromachismo a unas cuantas cosas que no lo son, o que es muy opinable que lo sean. Podemos seguir con los decálogos y sugerencias para hacer un mundo feminista, que incluyen el rechazo de valores y actitudes asociadas prejuiciosamente al machismo y la aceptación de otras asociadas, también prejuiciosamente, a lo feminista (un ejemplo, aquí). Y continuaríamos con las aceptaciones de que la sexualidad masculina es monstruosa (aquí). Seguiremos aumentando esta lista de errores mientras no seamos conscientes de que lo son, aunque no lo sean del tipo I.

En resumen, dejemos de poner etiquetas de feminista o machista basándonos en la diferencia a la hora de ponderar estos errores, que sobre eso podemos dialogar quienes los ponderamos de manera distinta, y reservémoslas para lo que deben estar: feminista, si luchas por la igualdad efectiva y machista, si deseas o toleras la discriminación o no haces nada por evitarla.

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