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Post-verdad, transparencia y personalizacion en internet

Por José María Agüera Lorente
«La tecnología sigue progresando hacia un poder cada vez mayor, ya sea para el bien o para la destrucción. ¿Cuál es la fuente de todos estos problemas? La fuente es básicamente el pensamiento» (David Bohm: Sobre el diálogo)
«Lo que nos mete en problemas no es lo que no sabemos, sino lo que creemos con certeza y no sabemos». (Mark Twain, cita tomada de la película La gran apuesta)

En el último texto publicado por mí en este blog abordé la post-verdad desde una perspectiva filosófica. Vine a sostener  en él que la post-verdad es la versión remozada y tuneada del posmoderno debilitamiento de la noción de verdad por el que, en definitiva -se admita o no-, se abraza el relativismo más absoluto -valga la paradoja- y de facto se renuncia al conocimiento.
En estas líneas quisiera ofrecer alguna idea que considero de interés sobre la misma cuestión; con la novedad de la toma en consideración del modo en que las nuevas tecnologías del mundo digital y particularmente las redes sociales que han florecido en el entorno de internet pueden afectar a la conformación de nuestro sistema de creencias, personal constructo cognitivo desde el que, en gran medida, juzgamos lo que admitimos como verdadero y lo que no. Para ello aprovecharé especialmente el libro del activista y crítico de las nuevas tecnologías, el norteamericano Eli Pariser, titulado El filtro burbuja, publicado en castellano en abril de este año (por cierto, no es la primera vez que aludo a las tesis de este autor; a ellas hago referencia sucinta en mi artículo titulado El secuestro de la mente y la paradoja de internet).
La post-verdad implica necesariamente el constructo de una versión de los hechos ajustada a una lógica discursiva monolíticamente congruente e invulnerable al efecto corrector de aquello que pueda poner en entredicho el sistema de creencias que le confiere solidez en la mente del individuo que la sustenta. Requiere, por así decir, el aislamiento cognitivo de la persona, su refugio en una burbuja que le proteja de entrar en contacto con todo lo que él no tiene por verdadero, lo que se facilita generando un ambiente en el que se infravaloren los hechos frente a las emociones y creencias propias. Esta condición es la que el filósofo José Antonio Marina denominaba «fracaso cognitivo» en su libro titulado precisamente La inteligencia fracasada. En él reconoce cuatro clases de fracasos dentro de la conducta no patológica del sujeto; a saber: el prejuicio, la superstición, el dogmatismo y el que considera más peligroso de todos, condensación de los anteriores, que no es otro que el fanatismo. Todos ellos son fracasos de la inteligencia porque bloquean la que seguramente es su función vital, que es conocer la realidad. Este es uno de los objetivos primordiales del uso racional de la inteligencia, el cual se torna imposible de alcanzar cuando la inteligencia se encierra en su mundo privado, a todos los efectos un módulo de funcionamiento autónomo y completamente blindado frente a las evidencias en contra de las creencias que lo conforman. Esos mundos -nada sutiles, ni ingrávidos, ni gentiles en expresión del poeta- constituyen el semillero ideal para que germinen el prejuicio, la superstición, el dogmatismo y el fanatismo. Todo recurso de comunicación humano que tapie las ventanas que permite el intercambio entre las mentes y entre éstas y la realidad, con todo lo que ésta tiene de contradictora de nuestras creencias, es un riesgo para la humanidad en su conjunto. Nadie como el matemático y filósofo de mediados del siglo XIX William Kingdon Clifford para expresar lo que queremos decir. Él escribió en su ensayo (no traducido aún al castellano, lamentablemente) titulado The ethics of belief (La ética de la creencia) lo siguiente: «Si un hombre, con creencias que le enseñaron en la infancia, o que asimiló más tarde, es fiel a ellas y desestima todas las dudas que se plantea él mismo al respecto, elude adrede la lectura de libros y la compañía de personas que las cuestionan o las analizan, y considera impías las preguntas que no pueden responderse fácilmente sin poner aquéllas en entredicho; la vida de ese hombre es un pecado continuo contra la humanidad». Amén.
He aquí un asunto en el que se pone a prueba la fe en el progreso, y lo que se pregunta el mencionado Eli Pariser es si la web ha supuesto un avance en la senda ética señalada por Clifford o, por el contrario, se camina, sobre todo en el ámbito de las redes sociales, hacia la implantación de procedimientos algorítmicos  que, sin que nos demos cuenta, nos conducen a encerrarnos en esos mundos privados en los que nuestras creencias se retroalimentan en un ensimismado bucle de información filtrada según el perfil de preferencias confeccionado con el permanente rastreo de nuestros intereses inferidos a partir de nuestro continuo devenir por internet. Sin nuestro control, la red se hace con un cuadro de la personalidad de cada uno de nosotros que nos es opaco y que determina qué llega a nuestro conocimiento y qué no. Dicho contundentemente por el activista norteamericano: «Por definición, un mundo construido sobre la base de lo que nos resulta familiar es un mundo en el que no hay nada que aprender. Si la personalización es demasiado específica, esta puede impedir que entremos en contacto con experiencias alucinantes y aniquiladoras de prejuicios, así como con ideas que cambien nuestra forma de pensar con respecto al mundo y a nosotros mismos».
A decir de Pariser, el mundo digital está cambiando radicalmente. Ha dejado de ser ese medio anónimo en el que cada cual podía ser quien quisiera para convertirse en una herramienta con la que recoger y analizar nuestros datos personales (no otra cosa representan los cookies). Para expresarlo en forma de eslogan: el medio que iba a permitir el renacimiento de la utopía ha mutado en una fuente de temores distópicos. Estos se condensan en dos: la presión del aspecto económico de la personalización hacia un concepto estático de persona y la concentración en la práctica del control sobre lo que vemos y qué oportunidades tenemos en manos de unos pocos. Nuestra dimensión de consumidores puede acabar fagocitando la de ciudadanos. Esto es enormemente dañino para la salud de las actuales democracias en las que la cuestión de la identidad es un serio problema y la guerra ideológica global un hecho (léase aquí y aquí).
El filtro burbuja (filter bubble en el inglés original) desdibuja el ágora que debe tener su sitio en el mundo personal de cada ciudadano de las democracias contemporáneas. Ese es el lugar en el que, aplicando el criterio de la intersubjetividad, estamos en disposición de acceder a la realidad. La nueva generación de filtros de la información de internet, sin embargo, observan las cosas que parecen gustar a cada cual y a las personas que se le parecen, y a partir de ellas extrapolan. En palabras de Pariser: «Son máquinas de predicción cuyo objetivo es crear y perfeccionar constantemente una teoría acerca de quién eres, lo que harás y lo que desearás a continuación». Conlleva un determinismo informativo que implica una merma de nuestra libertad al cercenar opciones y, por ende, nuestra capacidad para elegir cómo queremos vivir. La personalización algorítmica que, en esencia, es el filtro burbuja, es la interfaz que se coloca entre cada uno de nosotros y la realidad, por lo que su poder de sesgo sobre ésta es considerable. Y ese sesgo va en la línea de reforzar nuestros gustos, nuestras creencias, aquello que complace y refuerza nuestra egocéntrica visión de las cosas  excluyendo todo lo que potencialmente nos podría servir para contrastarla y falsarla, aunque nos cueste un disgusto. Pero lo que es más grave: nos puede hacer incurrir en la ilusión de que todo lo que nos muestra la pantalla es todo lo que hay al hurtársenos un aspecto primordial de la realidad cuando se busca conocerla, a saber, lo que no sabemos. Como aquellos prisioneros de la caverna platónica, creyentes de que la realidad se reducía a las sombras que se proyectaban en su pared, el homo internauta sería también ignorante de su ignorancia. Este es, en fin, el escenario perfecto para que se instale el reino de la post-verdad, pues -como sostiene el filósofo Byung-Chul Han en La sociedad de la transparencia (de las mismas fechas que el texto de Pariser)-: «Transparencia y verdad no son idénticas. Esta última es una negatividad en cuanto se pone e impone declarando falso todo lo otro. Más información o una acumulación de información por sí sola no es ninguna verdad».
Si dejamos atrás la verdad -la embajadora intersubjetiva de la realidad- y socialmente abrazamos la post-verdad regresaremos a esa etapa infantil en la que el niño vive en su mundo de fantasía de espaldas a la realidad. Jean Piaget, en sus investigaciones sobre el desarrollo de la inteligencia, constató que lo que hacia que el infante abandonara sus confortables reductos íntimos y sustituyera la evidencia privada por la intersubjetiva es la necesidad de relacionarse con los demás. El filtro burbuja proporciona un entorno de máximo confort, pues reduce el contacto con los otros, los que no piensan como nosotros; o limita las opciones de exponernos a lo que nos contradice y/o contraría, colocándonos así muy cerca del solipsismo. ¿Quién va a querer salir a la plaza, a exponerse a la intemperie y a la petición de explicaciones de los vecinos cuando se encuentra tan a gusto en su propia casa donde no le falta de nada?
El trabajo de la verdad -¡que cuesta trabajo!- es una tarea colectiva, expuesta permanentemente al contraste con la realidad y al diálogo con los otros que no piensan lo que uno. Así se ha construido la civilización en la que vivimos, basada no en logros materiales, sino en el conocimiento. Si ahora todo se acaba reduciendo a expresarse uno mismo es probable que olvidemos toda la infraestructura pública que apoya esta clase de expresión; y que perdamos de vista nuestros problemas comunes, si bien ellos no desparecerán por ensalmo. Recurro de nuevo a Byung-Chul Han, que lo ve muy claro: «Los social media y los motores de búsqueda personalizados erigen en la red un absoluto espacio cercano en el que está eliminado el afuera. Allí nos encontramos solamente a nosotros mismos y a nuestros semejantes». La consecuencia es la «privatización del mundo» por desintegración de la esfera pública al mostrársele al individuo únicamente -y en el mejor de los casos- la sección que le gusta de lo que compone la realidad.
El libro de Eli Pariser nos recuerda que una vigorosa ciudadanía exige el permanente contacto con la realidad (toda) para lo que es imperativo evitar que la confinen en un «bucle infinito de autoadulación» sobre los particulares intereses de cada cual. La tecnología de la información y la comunicación -como toda eficiente prótesis creada para potenciar nuestras capacidades naturales- debiera servir para mejorar nuestra inteligencia; no para atrofiarla formando «cámaras de eco» (echo chambers) -en expresión del matemático Andrew Odlyzco-, en las que cada grupo refuerza sus particulares visiones sesgadas, escogiendo qué se acepta como verdad, amplificando los prejuicios de cada cual y blindándole ante las preguntas incómodas (paradigmática a este respecto la reciente entrevista de la periodista Pepa Bueno a Oriol Junqueras, vicepresidente de la Generalitat). Ello disuelve la conciencia pública, crítica, al imposibilitar el diálogo en democracia, medio esencial por el que un público disperso, móvil y diverso -máxime en nuestras actuales sociedades multiculturales- puede ir más allá de sus intereses personales para reconocerse una comunidad; e imposibilitándolo abona el humus social para la germinación de facciones y la siembra de fanatismos. Además,  deja el camino expedito para que quienes ostentan el poder lo hagan libres del necesario control (léase aquí). Como dice una vez más Byung-Chul Han en el texto mencionado: «La pérdida de la esfera pública deja un vacío en el que se derraman intimidades y cosas privadas. En lugar de lo público se introduce la publicación de la persona. La esfera pública se convierte con ello en un lugar de exposición. Se aleja cada vez más del espacio de la acción común». La suplantación de la verdad por la transparencia, latente en el discurso de la post-verdad, es el refugio infantil, al que más arriba aludíamos, en el que uno evita la responsabilidad de dar razones públicamente de lo que sostiene y de asumir lo que de ello se deriva. Es complementaria del pseudodemocrático aserto según el cual todas las opiniones son respetables (o «cada cual tiene derecho a pensar lo que quiera») y que en la práctica torna estéril el imprescindible y precioso diálogo.

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