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«La pobreza es un estado mental»: desigualdad y el mito de la meritocracia

«La injusticia siempre exige justificaciones y argucias; las causas justas mucho menos». (Robert Trivers: La insensatez de los necios)
 Por José María Agüera Lorente
Oigo la escueta noticia a través de la radio: Ben Carson, el secretario de vivienda estadounidense, afirma que la pobreza es «un estado mental». Busco en internet qué hay tras lo que aparece en forma de titular en varios medios digitales. Así me entero de que el señor Carson, neurocirujano de oficio, fue el primer afroamericano en ser nombrado jefe de neurocirugía pediátrica en el Centro Infantil Johns Hopkins de Baltimore.
Negro, es decir, hombre perteneciente a una minoría que, atendiendo a los datos estadísticos de toda índole, es el grupo de la ciudadanía que más sufre la pobreza en un país de por sí con un importante índice de desigualdad; para ponerlo en cifras, el índice de Gini, que cuantifica la desigualdad en los Estados, se situó en la república norteamericana en 0,48 puntos según informe de 2015, siendo en España de 0,33 puntos y del entorno de 0,25 en los países nórdicos, los de menor desigualdad del mundo dado que el máximo lo marca el 1. Pero como ciudadano de la desfavorecida minoría negra el secretario Carson es un magnífico exponente del american dream, igual que el personaje que interpreta Will Smith antaño irreverente príncipe de Bel Air en la película titulada En busca de la felicidad, en la que un desgraciado padre cambia su situación de patético loser por la de ejecutivo triunfador merced a su «mentalidad ganadora», la que precisamente el exneurocirujano ahora político de la administración Trump propugna que han de inculcar los padres a sus hijos. Por eso, seguramente y dicho sea de paso, en nuestro sistema educativo postLOMCE se haya considerado conveniente la implantación de una asignatura denominada «Cultura emprendedora y empresarial» con el fin de inculcar en nuestros jóvenes el «espíritu emprendedor» y promover el «autoempleo».
De modo que la pobreza según cabe inferir de este planteamiento es, principalmente, el efecto natural de un modo de afrontar los retos de la vida desde el derrotismo, actitud que bien pudo ser herencia de unos padres que fallaron a sus hijos a la hora de dotarles del sano espíritu emprendedor que les insuflara la fuerza moral del triunfador. O expresado en versión corta: si eres pobre, tú te lo buscas por cultivar el espíritu perdedor; ya que, como dicta la ética capitalista, el que trabaja, innova y emprende, siempre recibe su  merecido premio. 
Si la estructura social del Antiguo Régimen legitimaba las desigualdades entre los integrantes de los diversos estamentos mediante el discurso religioso, el cual hacía del designio divino el fundamento moral del orden establecido, en el caso de nuestro actual statu quo, que tiene en las desigualdades económicas el elemento decisivo que marca las diferencias sociales, habrá que buscar su legitimación no ya en la dimensión trascendente, que no es válida en una cultura secularizada, sino en la inmanente de la propia responsabilidad individual, muy acorde con la concepción liberal de la democracia, que es la preeminente. Así la aristocracia viene a ser reemplazada por la meritocracia. Es el mérito ahora y no la superioridad del linaje el que da razón de la riqueza material que viene a ser moralmente aprobada, puesto que ha sido ganada en buena lid por el individuo en un contexto de competición en igualdad de condiciones. En consecuencia, la desigualdad resultante del enriquecimiento de unos y el empobrecimiento de otros no tiene por qué ser objeto de corrección, puesto que en nada contradice el canon de la ética capitalista. Meritocracia y aristocracia comparten el núcleo legitimador, que no es otro que la virtud (areté en griego), lo que otorga valor a algo o alguien (meritum en latín); y en el que se sustenta una jerarquía moralmente justa.
Considero que este constructo ideológico de la meritocracia es parte primordial de la ética de los trabajadores de las democracias modernas; y permite explicar en parte la casi inexistente resistencia y hasta resignación que caracteriza la actitud mayoritaria de la ciudadanía ante el crecimiento de la desigualdad económica y social. Cuando el ciudadano no trabaja, o tiene un trabajo indigno, cuando no logra darse a sí mismo la vida a la que el sistema le dicta que ha de aspirar como ideal, le ahoga la vergüenza del loser, del perdedor que no ha hecho méritos suficientes para obtener los favores del capital (yo lo he visto en personas de carne y hueso que conozco; apelo a la experiencia del lector). Aquí, como señala certeramente el filósofo Byung-Chul Han, descansa una parte principal de la estabilidad del orden establecido, que ha logrado en más de los que creemos hacer de su persona amo y esclavo a partes iguales; o dicho de otro modo, ha convertido al individuo en empresario empleador de sí mismo. No cabe, pues, la crítica a la sociedad, pues sólo uno es culpable de su propio fracaso.
La meritocracia va camino de convertirse, si no lo es ya, en una de esas creencias de las que hablaba José Ortega y Gasset hace casi un siglo en su ensayo titulado Creer y pensar; es decir, en una de esa clase de ideas que conforman el estrato más profundo de nuestro pensamiento, de las que no somos conscientes, pero con las que contamos sin más para hacer nuestras vidas, de tal modo que bien se puede decir que constituyen el continente de nuestras acciones. No vivimos con tales creencias, sino que estamos en ellas. 
Hagamos méritos, entonces, y el sistema nos otorgará sus bendiciones. Seamos mejores, hagámoslo mejor que los otros, como dicta la regla dorada de la competición, y tendremos lo que nos merecemos. Y los que tienen más y son, en consecuencia más, es porque se han hecho merecedores de ello. Son mejores que los otros. Este sería el cuadro de la denominada por el economista francés Thomas Piketty «sociedad hipermeritocrática», un invento dice él de los Estados Unidos armado a lo largo de las últimas décadas con el fin de justificar la magnitud creciente de la desigualdad. Ésta va camino de alcanzar las cotas de concentración de riqueza extremas en las sociedades del Antiguo Régimen y en la Europa de la Bella Época (con típicamente el 90% de la riqueza total para el decil superior y el 50% para el percentil superior en sí mismo). Es el reparto según el modelo de la «sociedad hiperpatrimonial» o «sociedad de rentistas». Sólo que en este imperio del libre mercado global en el que nos hallamos instalados en nuestros días y que camina firme año tras año hacia el mayor crecimiento de la desigualdad el modelo es de una «sociedad de superestrellas» o una «sociedad de superejecutivos». En cualquier caso los ganadores de semejante sociedad justifican la jerarquía que la estructura por el valor del mérito. Ahora bien, éste no es objetivo ni absoluto. Es muy difícilmente cuantificable y varía a lo largo del tiempo. Fijémonos por un momento en el salario de los altos ejecutivos, que no ha hecho más que crecer de forma exagerada en las últimas décadas, aumentando la brecha con respecto a los asalariados con menos sueldo de las empresas. ¿Cómo evaluar con objetividad su productividad marginal? ¿Cómo se mide la productividad individual cuando se forma parte de un equipo, de una estructura, de una empresa? Sus ganancias dependen más de las normas sociales vigentes entre ellos y los accionistas, así como de la tolerancia de los trabajadores de bajo nivel salarial y de la sociedad en su conjunto, para lo cual la batalla ideológica es decisiva. Como precisa el mismo Piketty: «Estas normas sociales dependen principalmente de los sistemas de creencias respecto a la contribución de unos y otros en la producción de las empresas y en el crecimiento del país. Teniendo en cuenta las enormes incertidumbres a este respecto no sorprende que estas percepciones varíen respecto a las épocas y a los países, y dependen de cada historia nacional particular. El punto importante es que, teniendo en cuenta lo que son estas normas en un país determinado, es difícil que una empresa particular se oponga a ellas». (A este respecto, el visionado de la película titulada El capital del incisivo director Costa-Gavras hará las delicias del lector con inclinaciones masoquistas.)

La creencia, no obstante,  del pensamiento liberal, que impregna la atmósfera mental que respira la ciudadanía, es que las notables diferencias en las retribuciones reflejan una desigualdad en el talento y la ejecución, necesaria para incentivar y alentar el trabajo duro, así como el reconocimiento del mayor esfuerzo, responsabilidad y estrés que conlleva el desempeño de los altos cargos. Este cuadro legitimador se resiente, sin embargo, cuando uno se entera de la ineptitud e incompetencia de muchos altos directivos, los cuales, empero, no dejan de cobrar sus escandalosas indemnizaciones, pensiones y bonus (¿necesitamos evocar la figura de nuestro ínclito Rodrigo Rato como referencia?). A ello hay que añadir que en el mundo real la productividad no es mero resultado del talento y esfuerzo de los individuos, sino del sistema socioeconómico en el que se desenvuelven. El heterodoxo economista Ha-Joon Chang, profesor de Economía Política del Desarrollo en Cambridge, plasma meridianamente lo mucho que de mito tiene la meritocracia en este párrafo extraído de su libro 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo: «Esa idea tan extendida de que la única manera de que todas las personas reciban un salario correcto, y por lo tanto justo, pasa por que los mercados sigan su curso, es un mito; un mito del que habrá que olvidarse, comprendiendo lo que tiene de político el mercado y de colectiva la productividad individual, si pretendemos construir una sociedad más justa, en la que se decida cómo retribuir a las personas tomando en cuenta como se lo merecen la herencia de la historia y los actos colectivos, no solo el talento y el esfuerzo individual.»  
Hay quien percibe, incluso, un proceso de secesión que pone en peligro la integridad del sistema democrático asociado a la legitimación meritocrática de la creciente desigualdad en la posesión de la riqueza. Los muy ricos constituirían ya un grupo de personas que han adquirido pautas de comportamiento e idiosincrasia exclusivas, resultantes en gran medida de identificar sus riquezas y las posiciones conquistadas  en las últimas tres décadas con lo que conciben como su talento y su mérito singulares. Entienden que alcanzar las más altas cimas de la opulencia conlleva unos determinados derechos, que en realidad son privilegios, y que hacen todo lo posible por asegurar y acrecentar, segregándose del común de los mortales al mantenerse a salvo de los riesgos vitales e incertidumbre que no hacen más que aumentar en un mundo dominado por el omnipotente y veleidoso capital financiero. Es la tesis mantenida por los profesores Antonio Ariño y Juan Romero en su libro de hace un año titulado, precisamente, La secesión de los ricos, donde advierten, en efecto, del quebranto que se causa al fundamento mismo de la democracia cuando la ideología del mérito socava como hemos apuntado más arriba los principios políticos de la justicia y la igualdad legitimando la concesión de un poder tan desmesurado a determinados grupos.
La empatía social se resiente cuando no hay reconocimiento de la afinidad en la vulnerabilidad, que es el requisito casi indispensable según la filósofa norteamericana Martha C. Nussbaum para que los seres humanos se compadezcan. La meritocracia contribuye a reforzar el punto de vista desde el cual contemplamos a los perdedores del sistema como objetos distantes cuyas experiencias no tienen nada que ver con la vida propia.  Su desdicha pobreza, paro, exclusión social, pérdida de estatus... es percibida no como algo inmerecido; es decir, la creencia es que la persona de la que se trate, de algún modo, ha provocado su propio sufrimiento. Las desigualdades devienen justas al asumir como evidencia irrefutable un terreno social en el que todos los individuos compiten en presunta igualdad de condiciones, ya que pueden recibir la educación que necesitan y son juzgados al margen de la colectividad en la que crecen. La socialización afirma la individualidad y sus virtudes, de forma que el triunfo y el fracaso se convierten en resultados de la actuación personal, incluida la pobreza, claro está, que es la consecuencia natural de la conducta de quienes no han sabido aprovechar las oportunidades que la vida y una sociedad abierta les ha brindado.  Por ello el mito de la meritocracia es un barreno en el pilar de la solidaridad, uno de los que sustenta el estado de bienestar, cuyo presupuesto es que las desigualdades no son producto exclusivo de las acciones de los individuos, o sea, que hay factores en la dimensión colectiva que objetivamente perjudican a unos y favorecen a otros al margen de sus méritos personales.

Comentarios

  1. Los neoliberales lanzan frases como estas para confundir y
    hay qe empezar a analizarlas con cuidado :
    -
    " la pobreza es un estado mental."
    ..sin duda qe ser pobre te eneseña a pensar d una det manera : a no gastar lo qe no se tiene a ser apañado a ahorrar etc
    pero ls neoliberales qieren decir es que si eres pobre es solo por tu culpa
    y que ellos , qe por ejemplo son rescatados cn dinero publico, hacen las leyes a la medida d su beneficio, no qieren ni pagar impuestos , evaden dinero , muchos se ha hecho ricos por comprar d ganga empresas publicas (siendo amigos del politico d turno) y diciendo qe asi será todo mas barato el servicio qe en manos dl estado y pagaran mas a ls trabnajadores y crearan empleo pero al final el T demuestra lo contrario, etc etc etc pa qe p-ej no vayas a la universidad,
    no tienen ninguna responsabilidad en tu ppobreza nunca
    -
    "ser dueño d todo mi T "
    como si no se fuese ya y
    por tanto estarian muy posiblemente hablando de ser dueños dl T d ls demas
    -
    " la desigualdad promueve el crecimiento y el progreso, al recompensar de
    manera diferenciada a aquellos con más talento y que le ponen más ganas
    y esfuerzo."
    ---cuando la realidad es que las normas neoliberales impiden qe
    aun cn esfuerzo ls pobres dejen de serlo porque permiten la explotación
    laboral y no dan igualdad de oportunidades ademas d pedir ser rescatados por lo
    publico
    ---un estado no progresa si no progresa toda la
    ciudadania
    -
    " no pienses lo que tu pais puede hacer
    por ti, piensa qué puedes hacer por tu pais "
    ---no pienses, " : esto ya lo deja casi todo bastante claro...pero
    hay mas
    ---el uso del tiempo verbal del imperativo,
    --- falta d ecuanimidad y de reciprocidad : dar pero no pedir - recibir
    ---y fascismo ya que ls paises no se
    gobiernan solos sino que hay gente
    haciendolo y si no podemos pensar
    qe deben hacer esos gobernantes
    por nos y solo que ns podemos hacer por ellos...pues eso : gobierno d
    fascistas
    ---osea , negacion d ls derechos = mistico-masoquismo
    politico
    Recomiendo leer :
    Psicologia d masas dl fascismo de Wilheim Reich
    yEl miedo a la libertad d Eric fromm
    -
    Neoliberalismo :
    - privatizar beneficios socializar gastos
    - entregar el mercado a ls grandes bajando sueldos = no consumo = cierre pymes
    destruir pymes a la vez que piden qe te hagas empresario por cargarte d impuestos y tasas
    - lo suyo es suyo ..y lo tuyo lo mio lo nº
    - ser rescatados cn dinero publico : terratenientes, campos d funbol, catolocos aeropuertos , autopistas, catedrales coles privados , petroleras , electricas , bancos...
    - no pagar impuestos..que pagen ls pobres...
    - evasion a paraisos fescales
    - especular hasta cn el significado d las palabras
    - bajar sueldos
    - privatizar cn la excusa de abaratar servicios pero al final encarecerlos y pagando menos a la gente
    - chantagear al estado con irse si no reciben ayudas ya qe una vez el mercado en sus manos son ls unicos qe crean empleo
    - ganar elecciones a base d crear exodo o dejar entrar a mucha gente como asnar para crear sicosis cn la falta d tajo bajar derechos bajar sueldos y crear racismo usandolo con redito electoral ( a$nar bler pu$h robama$
    trumpetero $arcoci mordorch etc etc ...)
    - crear crisis a base d crear burbujas inmob por dar sabiendolo creditos impagables por bajar sueldos y subir precios , pa qedarse el rescate el piso ( qe subastaran a las mafias d alquiler ) el credito y echar a la gente qe sin padron no `podria votar ( a$nar, pplamao )
    otro modo de dar dinero publico a sectores privados , es dar ayudas para alquileres ,en vez d regular el precio d ls pios para qe no suban : al final las ayudas van a ls mafiosos qe tienen cien piso pa alquilar y ademas suben ls precios
    Mucha veces esos pisos han sido comprados en subastas "apañadas"..cn pisos qe ls bancos han sacado d desahuciar a la gente...

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    Respuestas
    1. Gracias por su estimulante comentario. La cuestión ante hechos tan contundentes es que la ideologia de la meritocracia ha de haber sido asimilada incluso por los perdedores para que el estado de cosas actual no corra riesgo ninguno de desestabilizarse.

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