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Sombras en el ágora de la democracia: ciencia y opinión pública

Por José María Agüera Lorente
Es sabido que la democracia ateniense no era contemplada con mirada amable por el bueno de Platón. No ayudaba a ello el origen aristocrático del filósofo ni la época políticamente turbulenta que le tocó vivir marcada por el drama biográfico que supuso la condena y muerte de su amigo y maestro Sócrates, «el más justo de los hombres de su tiempo», a decir del propio Platón tal como dejó escrito en su famosa Carta VII. Si nos apuntáramos al punto de vista del Miguel de Unamuno de Del sentimiento trágico de la vida, según el cual las verdaderas razones de las ideas filosóficas se encuentran en las raíces vitales de quienes las alumbraron, teniendo más que ver, por tanto, con sus experiencias personales, entonces no habría más que hablar; el gran filósofo que tuviera por verdadero nombre Aristocles levantó su portentoso sistema filosófico como respuesta ideológica a la amenaza que para sus intereses de clase suponía la inmadura primera democracia de la historia. Ahora bien, por mucho que de verdad pueda tener esa versión de la génesis del platonismo no se puede negar lo certero de la crítica del filósofo ateniense al sistema democrático en cierto respecto que exponemos en lo que sigue.
No se trata aquí de repetir cosas ya conocidas, pero en aras a la claridad expositiva no se debe pasar por alto que el nacimiento de la democracia y las tesis del relativismo y el escepticismo radical, que son aportaciones conceptuales de los sofistas los adversarios filosóficos de Platón no por casualidad, acontecen en el mismo tramo cronológico del siglo V a. C. Ambas tesis conllevan la destrucción de la posibilidad de la verdad objetiva. Por eso el fundamento de la crítica platónica a la democracia es de naturaleza esencialmente epistemológica, ya que, supuesto el intelectualismo ético socrático que liga virtud y conocimiento, negada la posibilidad de éste, se elimina el fundamento de la buena política que no es otro que la virtud del gobernante. De aquí que el esfuerzo del autor de República se centre en gran medida en la restauración del conocimiento como valor supremo del buen gobierno. Es lo que implica su afirmación, también contenida en su Carta VII, según la cual «no cesará en sus males el género humano hasta que los que son recta y verdaderamente filósofos ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser filósofos en el auténtico sentido de la palabra».
Esta preocupación del viejo Platón por la salvaguarda del conocimiento como principal recurso de la acción de gobierno sigue teniendo sentido en el contexto de las actuales democracias modernas. Primero se desenvuelve en el frente de la opinión pública, en el que a menudo se plantea la confrontación de ideas de un modo que no se promueve el encuentro racional de la pluralidad de posturas en el ágora democrática. Lo advertía Fernando Savater a finales del siglo pasado en un artículo titulado Lo indiscutible, en el que daba cuenta de la postura de los que sostienen que es imposible dar con un conocimiento más cierto que otros, por lo que hay que asumir que sólo se puede aspirar a opiniones, todas relativas y personales, expresión del partido político o del grupo mediático de quien la sostiene. Lo llamativo es que se detecta en este escepticismo universal un cierto «gozo democrático», observa el filósofo español. Lo experimentan quienes dan todas las opiniones por igualmente respetables o válidas, pues consideran que lo característico de la democracia es que cada ciudadano tenga su opinión, entendiendo ésta como la forma de expresar cómo es cada cual, no cómo cree cada cual que es la realidad. De modo que quien se atreva a defender que hay puntos de vista insostenibles según el conocimiento objetivo se arriesga a ser tildado de dogmático impenitente incapaz de respetar la pluralidad de pareceres, que es uno de los rasgos definitorios de la democracia. Ésta queda como un sofisticado (de sofista) diseño institucional en el que se administra intereses contrapuestos al margen de verdades objetivas. Precisamente lo que a Platón sacaba de quicio y por lo que tanta inquina le tenía al dichoso sistema político parido por su Atenas del alma.
En efecto, esta es una sombra que se proyecta en el ágora democrática consecuencia de las limitaciones gnoseológicas propias de la naturaleza humana: la tentación de la renuncia a la verdad y la suplantación de ésta por la opinión pública. Cuando esto ocurre el debate político que mantiene vivo el pálpito del corazón cívico se enturbia con la retórica espesa de la ideología, que enmascara la carencia de valor epistémico que acaba afectando al lenguaje (me fascina, por cierto, a este respecto el último grito en retórica política venido del entorno del flamante presidente de los EEUU; me refiero a los «alternative facts»). Dejándonos deslizar por esta pendiente de obnubilación podemos llegar a creer que «la democracia es una suerte de encarnación institucional de la opinión pública», tal como advierte Rafael Argullol en su artículo de 2007 titulado, precisamente, Contra la opinión pública. En él viene a plantearse si puede llegarse al extremo de votar la verdad científica. No es ésta, desde luego, un grato elemento para los «encallecidos opinadores» en expresión de Savater. Téngase en cuenta que la objetividad que la define choca ineludiblemente con la subjetividad de los prejuicios a los que suele sentirse tan apegado el común de los mortales. 
El pensamiento científico que no lo es si no es escéptico, racional y crítico  no parece ser la actitud natural en el común de los individuos en su proceder diario. De ello da pruebas hasta decir basta el profesor de ciencia cognitiva Massimo Piatelli-Palmarini en su libro de hace dos décadas titulado Los túneles de la mente. En él apela al realismo que se debe imponer a partir de un conocimiento objetivo de nuestra «psicología espontánea», que no es una «pequeña razón» ni una «racionalidad espontánea». Trasladado esto al plano político implica que la libertad de pensamiento y de expresión, que idealmente son elementos intrínsecos a la democracia, no aseguran por sí mismos la práctica general de la racionalidad, de la que la ciencia seguramente sea su versión más refinada. Porque como demuestra profusamente el profesor Piatelli-Palamarini:

La racionalidad no es, pues, un dato psicológico inmediato, sino más bien un complejo ejercicio que tiene que ser conquistado primero y mantenido después con un cierto coste psicológico. (…) la racionalidad ideal es ideal.
La ciencia no es un producto psíquico sin más, sino un logro histórico y cultural al través del cual se manifiesta esa racionalidad (ideal). Tampoco la democracia es algo espontáneo, sino plasmación de nuevo de la racionalidad en el ámbito de la convivencia entre los diversos (o sea, política). No sé si en este principio de milenio en el que más a menudo de lo que me gustaría oigo apelar como altar de legitimación a sentimientos nacionales y religiosos (todos exacerbados en la preocupación general por la identidad), impulsores todos ellos de poderosas corrientes de opinión pública, no hemos perdido de vista, quizás, esa condición ideal de la democracia, que, como hija de la racionalidad, comparte con la ciencia.
La realidad, hoy por hoy, es que en la acción de los gobiernos democráticos parece incidir más los intereses que amparan ideologías que desprecian la racional aspiración a la verdad que el conocimiento científico que, para el bueno de Bertrand Russell, era el único capaz de proporcionar los medios eficaces de alcanzar la vida buena, idea con la que coincide en la actualidad Mario Bunge (léase su Filosofía política).
Es verdad que, como reconoce el profesor de investigación del CSIC Pere Puigdomenech en un artículo titulado Certezas y dudas, cada vez más se acude a los datos aportados por la investigación científica para tomar decisiones sociales y políticas. Ahora bien, ¿significa esto que la política democrática orienta sus pasos hacia el sendero de la racionalidad (ideal)? Para responder a esta pregunta debemos fijar nuestra atención en un elemento esencial del método científico: la duda. Está claro que se investiga para buscar certezas, pero no es infrecuente que en el camino tropecemos con dudas. Ahora bien, como advierte el profesor Puigdomenech:
Ante la opinión pública, esta situación puede aparecer como si hubiera alternativas igualmente válidas, lo que se amplifica sobre todo cuando, además, hay intereses en juego. (...) Al abrir este espacio de dudas se deja espacio para aparentes contradicciones, de las que pueden aprovecharse quienes tienen sus propias, y a menudo interesadas, certezas.
Y así y valga como ejemplos tomados a vuelapluma se puede aprovechar de ese espacio en sombras en el ágora democrática, donde campa a sus anchas la opinión pública, tanto la postura contraria a los transgénicos como los intereses de las grandes corporaciones que niegan el cambio climático. Dejarlo, pues, como un lugar en el que pugnan, con total desasimiento de la racionalidad, ideologías e intereses tiene un coste real muy superior al psíquico de vencer nuestras ilusiones cognitivas. ¿Nos podemos permitir, entonces, la ausencia de la ciencia del debate político?



    Comentarios

    1. Que la democracia sea hija de la racionalidad es una apropiación indebida. Sea ideal (sea lo que sea la democracia ideal) o real. Es un fruto de la historia, de la prueba y el error. No surge de una vez sino de modo histórico. El voto, la separación de poderes, la primacía constitucional, etc.

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      1. De acuerdo; pero cuando probamos y juzgamos los resultados, ¿cómo discernimos el error del acierto? No me parece incompatible tener en mente un ideal de convivencia y el esfuerzo de realizar en tensiòn dialéctica con las circunstancias históricas un determinado sistema institucional, siempre imperfecto por cierto y susceptible de reajustes, pero no a tontas y locas.

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    2. Entonces ¿para qué votamos? Si queremos decisiones correctas y podemos discernirlas por la razón, todo el esfuerzo de montar un sistema institucionalmente tan complicado como una democracia liberal es baldío. Saber que una decisión es equivocada en democracia es sencillo, al menos una vez tomada y con tiempo, porque la misma legitimidad del sistema es que funcione. ¿Cuándo funciona una democracia? Cuando los ciudadanos consienten en ser gobernados o la contestación no es suficiente para destruir el régimen democrático porque el grado de coerción que puede ejercer es limitado. Su éxito es pervivir.
      Claro que podemos tener un ideal de convivencia, de hecho seguramente todos tenemos uno y seguramente todos serán diferentes y todos pensaremos que el racional es el nuestro con buenos argumentos. Por eso es un campo para la política democrática, porque es un problema irresoluble. No hay decisión correcta, hay decisiones aceptables. Mientras, vamos tirando.

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    3. Pero hay una tensión en la misma arquitectura del sistema democrático. Ciertamente votar es un elemento esencial del mismo que permite resolver el conflicto decisorio que conlleva la pluralidad de criterios y opciones sobre lo que es conveniente. El otro elemento igualmente esencial es el entramado normativo que, llegado el caso, pone límites a lo que puede o no estar sujeto a votación. Esta dualidad puede dar lugar a un conflicto de legitimidades llegado el caso. Y en tales coyunturas apelar a la razón, dialógica, práctica y con permanente vocación de objetividad, me parece lo más sensato.

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      1. De acuerdo en que la democracia es un sistema lleno de tensiones aunque hay que matizar. Ya he hablado repetidas veces sobre las dos concepciones de la democracia: la sustancialista y la procedimentalista. La primera cree que hay un núcleo intocable por los votantes (derechos humanos y reglas básicas del Estado de Derecho) y la segunda cree que todo se puede decidir por mayoría de votos. Nada queda fuera de la voluntad popular. Prevengo que, en última instancia, los problemas de ambas concepciones tienen una raíz común: la ontologización de conceptos, en este caso, pueblo o voluntad popular. Puesto que usted defiende el sustancialismo veamos sus paradojas. La pregunta sería ¿cómo se fija ese núcleo de valores intocables en una sociedad tan diversa? Solo se podría hacer por mayoría porque no hay acuerdo sobre esos valores. Además, son intocables en un doble sentido, no se pueden derogar pero tampoco se pueden ampliar. Por otro lado, la constitución española es clara cuando en su artículo 1.2 dice La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. Sin embargo, ese núcleo intocable parece limitar esa soberanía. ¿Con qué derecho y con qué legitimidad?
        Solución. Los derechos humanos y la estructura básica del Estado de Derecho no son límites sino reglas. Reglas que constituyen el juego. No existe una voluntad popular, ni un pueblo soberano fuera de esas reglas del mismo modo que no hay un hablante sin las reglas del lenguaje o un jugador de póquer sin reglas de póquer. No hay un conflicto de legitimidades porque solo existe una legitimidad. Sin reglas e instituciones no hay voluntad popular. ¿Quieres jugar a la democracia? Estas son sus reglas. Rómpelas y habrá terminado el juego. Reglas e instituciones que son fruto de la historia. El sufragio universal es fruto del desarrollo desde el sufragio restringido, la separación de poderes nace en la Italia medieval, el voto en Grecia, etc.
        Sobre el voto como "un elemento esencial del mismo que permite resolver el conflicto decisorio que conlleva la pluralidad de criterios y opciones sobre lo que es conveniente." decir que también es una visión incorrecta. No votamos para decidir sino para elegir representantes. Representantes que elegimos de una lista ordenada y cerrada por los líderes de un partido político. Representantes tan (poco) sabios como nosotros y que tienen que conjugar sus intereses en ser reelegidos para lo que dependen de su partido, los de sus votantes, los de sus posibles votantes y los del resto de miembros de la cámara legislativa. Ni siquiera elegimos los problemas porque nuestro orden de preferencias difícilmente coincidirá exactamente con el programa de un partido que pueda tener representación en el Congreso, ni tampoco tenemos ningún poder de decisión sobre cuestiones que dependen de la UE o están fijadas en tratados internacionales. Votamos porque el sistema funciona si tenemos la sensación de participar en las decisiones no para decidir lo conveniente. Para decidir lo conveniente mejor consultar a expertos pero ponga a expertos a tomar las decisiones, gritaremos ¡tecnocracia hay que devolver el poder al pueblo! Como dije, la democracia es un sistema lleno de tensiones, lo es porque gestiona conflictos e intereses contrapuestos (sin solucionarlos nunca) de forma pacífica pero no porque haya distintas legitimidades. En última instancia, la legitimidad de la democracia es que funciona, permite sucesiones pacíficas, no excluye a nadie de la lucha por el poder, ni imposibilita que cualquiera trate de influir en las políticas. A trancas y barrancas pero las sociedades democráticas son sociedades exitosas.

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    4. Ante todo, gracias por la molestia que se ha tomado y el tiempo invertido en su último comentario que me parece una estimulante lección de filosofía política. La mar de clarificadora la idea de la democracia como juego, es decir, como actividad de ordenamiento de la convivencia y de resolución de conflictos sobre la base de un sistema normativo institucionalizado históricamente y cuya legitimidad recibe del éxito que alcanzan sus sociedades. Una pregunta para asegurarme de que he captado su visión de la democracia -aunque barrunto cuál puede ser su respuesta-: ¿hay lugar en esa concepción para la valoración ética y el cuestionamiento crítico fundamentado en el conocimiento objetivo?

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      1. No resolución sino gestión. Lo importante de la política democrática es la conservación de las reglas, la solución de problemas o conflictos es secundaria. La mayoría de las veces simplemente se transforman o se les da una patada para que reaparezcan más adelante. Como dice Daniel Innerarity, la democracia es el aprendizaje de la frustración.
        Prefiero hablar de opinión experta o parecido que de conocimiento objetivo porque evita interminables discusiones irrelevantes. No veo otra manera de que la democracia perviva, es decir funcione, que haya una voz experta independiente,no sometida a elección ni a la rendición de cuentas democrática. Eso no quiere decir que haya una democracia ideal identificada con una tecnocracia o una epistocracia, sólo que sin voces expertas no hay pausa reflexiva ni racionalidad en las decisiones.
        Tenía claro que la ética debía quedar fuera de la política, ahora creo que hay que matizar, debe quedar fuera de la política convencional por su incapacidad de llegar a acuerdos pero no de los momentos, digamos constituyentes, cuando se revolucionan las reglas porque los derechos humanos tienden a ser expansivos. La verdad es que no lo tengo claro.

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    5. Comparto con usted su incertidumbre acerca de hasta qué punto ética y política deben vincularse, pero creo que la salud del propio «juego democrático» exige no perder de vista la reflexión ética. En cuanto a la voz experta independiente necesaria para la pervivencia de la democracia no creo, no obstante, que sea conveniente que quede al margen de la exigencia de rendición de cuentas y/o explicaciones. No sé cómo exactamente habría que llevarlo a la práctica, pero considero que contribuye a la pervivencia de la democrcia procurar la expansión de la racionalidad a cuanta mayor porcentaje de la ciudadanía, mejor; si no, ésta puede ver en los expertos a una élite distante, cuyas propuestas y/o decisiones no se entienden, lo que abre una puerta -como de hecho está pasando- a los populismos (irracionales).

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      1. No veo otra forma de que las voces expertas sean veraces y honestas que el que sean radicalmente independientes. Primero porque dudo que ningún experto acepte someterse al juicio de legos en su propio saber. Segundo, porque si el trabajo de un sabio depende de quien no tiene ni idea, posiblemente acomode su saber a buscar el halago o huir del reproche del lego. Tercero, sinceramente sería incapaz de saber quién actúa como (o es) experto y quién no en una ingente cantidad de materias. Y supongo que el resto del mundo está igual. A la vez me desesperaría ver las nefastas elecciones que se harían (hacen) en mi propia disciplina. Independencia y, a cambio, cero poder. Otra cosa sería caer en la tecnocracia, la democracia necesita una opinión experta pero no que los expertos tomen decisiones. La democracia es un sistema conflictivo, tecnocracia /populismo es una de esas tensiones.
        No creo que nadie sepa enseñar racionalidad y además, como sistema de gobierno que se legitima con el éxito tiene que funcionar bien aquí y ahora. Tampoco creo que la racionalidad sea un antídoto contra el populismo, entre otras cosas porque la democracia se basa en la autonomía personal, en que uno es el mejor juez de lo que le conviene, un supuesto que es directamente falso. Suena poco racional, así que la racionalidad, la reflexión, la pausa tiene que venir del margen del sistema, de lo no democrático. Instituciones fuertes y distribuir soberanía son la mejor vacuna contra el populismo. Puede que en España no tengamos lo primero porque los partidos lo han colonizado todo pero, afortunadamente, sí lo segundo. Rigidez constitucional, gobiernos autonómicos, autonomía local y unión europea son una buena garantía no de que no gobierne el populismo pero sí de que lo haga con poderes y por tiempo limitados. No podemos pensar un sistema donde no pueda gobernar un chalado peligroso pero sí uno en el que haga un mínimo daño. Mejor dicho, las experiencias anteriores son las que nos han llevado a él y no el pensamiento.

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    6. Estando de acuerdo en líneas generales con lo que dice considero conveniente, no obstante, la comunicación entre élites de expertos, intelectuales e instancias con poder decisorio. Considero, en línea con la herencia de la ilustración, que el conocimiento y el debate racional deben ser cultivados y compartidos por la mayor cantidad de ciudadanos posible, como profilaxis política, por mucho que comparta su escepticismo.

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      1. Estoy de acuerdo con que debe haber comunicación pero, como digo, en un solo sentido, la independencia del experto y la responsabilidad del político deben ser preservadas. Sin olvidar al pueblo llano que debe participar en las decisiones y ante quien el político debe rendir cuentas (curiosamente puede ser por haber cumplido el programa con el que se le votó y también por no cumplirlo pero es más fácil votar a otro que echar a todo el censo electoral).
        Además de ser un objetivo imposible por muchas razones, no veo ninguna ventaja para la democracia en la extensión del conocimiento y del debate racional. Si la calidad democrática y su éxito dependiera de la calidad del input "voto" ninguna duraría mucho. Y algunas llevan muchos años. Si tuviera que destacar un factor sería la protección del pluralismo y la interacción cuasi-caótica de actores, instituciones e intereses diversos. El disenso y la libre discusión. La fortaleza de la democracia está justo donde los populismos, las tecnocracias, las epistocracias, las aristocracias y demás degeneraciones ven su debilidad.
        Ahora, también es cierto que para que la frustración que esto puede llegar a crear no ponga en peligro la democracia se requiere no creer en la omnipotencia de la política. No creer que la política es una actividad primordialmente destinada a solucionar problemas sino pensar en la política como la actividad encaminada a conservar las reglas, las expresas y las tácitas, que engrasan y hacen posible la convivencia.

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      2. ¿Y quién crea las reglas y de acuerdo con qué criterios e intereses? Y no basta con conervarlas y engrasarlas sin más, porque habrá que reformarlas y sustituir unas por otras; e, insisto, ¿según qué criterios y de acuerdo a qué intereses? ¿No es aquí donde ha de intervenir la racionalidad?

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      3. La racionalidad es un actor más, una voz más y en absoluto privilegiada. Muchas reglas nacen de la prueba y el error, vienen de la historia como la separación de poderes, la representatividad, etc. Recordemos que la democracia es un sistema para conseguir decisiones aceptables, no para conseguir decisiones correctas o racionales. Por eso el pluralismo, incluso el vocinglerismo, y la interacción caótica entre instituciones e intereses son la fuerza de la democracia. Si dejamos fuera las opiniones que nos parecen estúpidas un día nos las encontramos en el gobierno. Es complicado porque es un equilibrio dinámico, de vaivén, probamos, corregimos y vamos funcionando. Empíricamente funciona. Cuando queremos arreglarlo, hace falta más democracia, hace falta más racionalidad, normalmente acaba mal. Un poquito de caos y no esperar demasiado. Democracia es frustración es algo que hay que aprender.

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      4. Por supuesto que es frustración, y claro que lo aprendemos, dolorosamente incluso. El ensayo y error, por su parte, si queremos que sea fructífero tendrá que someterse al juicio y a una valoración racionales de los resultados, de cuyo juicio y valoración forma parte el diálogo. Y claro que es una instancia más que tiene que vérselas con intereses, dogmas ideoloógicos, costumbres, pulsos de poder. Pero, en cualquier caso, y aceptando la inevitable existencia del caos, cuando éste se desborda por la orilla de la irracionalidad sin que oponga resistencia la racionalidad, me temo que las consecuencias no son nada aceptables, como usted dice. Por otro lado, ¿qué decisiones son las aceptables que ha de alcanzar el sistema democrático? ¿Desde qué criterios y qué instancias se juzgan como tales? ¿Y por qué esos y no otros?
        En cuanto a no esperar demasiado, ¿a partir de qué límite empieza a ser demasiado lo que esperamos, y por debajo de cuál es mera resignación que perpetúa las situaciones de injusticia, de corrupción, de discriminación...?

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    7. Cada uno considerará aceptable o no lo que le parezca conveniente. Incluso los Estados democráticos son coactivos, limitadamente pero lo son.
      No esperar demasiado de la democracia no tiene nada que ver con la resignación, antes bien es al revés, cada individuo debe perseguir sus propios fines por sí mismo. La democracia sólo es el marco en el que puede hacerlo no la solución a sus problemas ni a los de nadie.

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