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El extraño caso del carlismo (Gabriel Andrade)

En mi libro El posmodernismo ¡vaya timo! reseñé el extraño giro que dio la izquierda a mediados del siglo XX. Hasta ese momento, la izquierda era heredera de la Ilustración. Pero, la influencia de la Escuela de Frankfurt y, sobre todo, del poscolonialismo, hizo surgir una izquierda retrógrada que, insólitamente, terminó por tener más en común con la Contrailustración y los movimientos reaccionarios del siglo XIX.
En el libro, presento a Marx como un continuador de la Ilustración y la modernidad. Lógicamente, su “socialismo científico” no tenía paciencia para las nociones místicas y primitivistas que hoy la izquierda promueve. Así, por ejemplo, si bien Marx reprochó a los británicos por sus intenciones imperialistas, supo comprender que el imperialismo británico era una fuerza modernizadora en la India; a diferencia de muchos progres de hoy, Marx no estaba dispuesto a romantizar la vida premoderna.

Pero, ahora pienso que debí matizar algunas cosas. Pues, insólitamente, Marx terminó por defender movimientos reaccionarios y contrailustrados que buscaban un regreso al trono y el altar. Me refiero al carlismo. 
Fernando VII, el infame rey español, modificó la ley que habría hecho a su hermano, Carlos, rey de España. Con la nueva ley, Fernando permitía que su hija, la futura Isabel II, heredara el trono. A la muerte de Fernando VII en 1833, Carlos organizó una rebelión para intentar acceder al trono, en una cruenta guerra civil. Se enfrentó así a la regente María Cristina, la madre de la niña Isabel. Sus partidarios vinieron a llamarse los “carlistas”, y representaban el viejo orden tradicionalista: defendían a ultranza la primacía católica y el absolutismo, a la vez que abominaban el liberalismo, cuyos representantes lucharon del lado de María Cristina. Los carlistas fueron derrotados en esa guerra. Pero, en las sucesivas décadas, en medio de la caótica historia política española del siglo XIX, los carlistas se volvieron a sublevar; jamás tuvieron éxito.
Así pues, los carlistas nunca gobernaron, pero hicieron mucho ruido como rebeldes frente al liberalismo, al punto de que captaron la atención de Marx y Engels, en La revolución española 1808-1842. Éstos veían al carlismo como un auténtico movimiento popular agrario, enfrentado a las élites burguesas liberales promotoras del capitalismo y la industrialización. Aparentemente, Marx y Engels cayeron en la trampa de creer que todo rebelde que se enfrente al capitalismo, es bueno. Y así, dejaron de lado el hecho de que los carlistas eran en buena medida herederos de aquellos infames que, tras expulsar a Napoleón, gritaban “Vivan las cadenas”. Marx y Engels incautamente apoyaban una guerrilla que, en el fondo, promovía una vuelta al feudalismo y la teocracia, es decir, a la rancia España del antiguo régimen. Tristemente, Marx y Engels en este caso apoyaron el atraso; en eso, se parecieron demasiado a los posmodernos que hoy repudian el progreso y la modernidad.
El único éxito militar sustancioso que tuvieron los carlistas, fue en la rebelión de 1936. Cuando surgió el bando nacional, con abrumador apoyo del clero y los sectores más tradicionalistas de España, el carlismo naturalmente se plegó a ese bando. Los requetés (las milicias carlistas) lucharon así en contra del bando republicano. Al fin, tras una larga lista de derrotas militares en el siglo XIX, los carlistas ganaron una guerra.
Pero, desde sus inicios, los bastiones más fuertes del carlismo fueron en el País Vasco, Navarra y Cataluña. Y además de defender el rancio tradicionalismo, los carlistas también eran muy celosos con la descentralización y los fueros de esas regiones. Su lema siempre fue “Dios, patria, fueros y rey”. Es fácil hacerse la imagen de la ETA como una organización de ultra-izquierda, pero es un hecho indiscutible que, en sus inicios, el nacionalismo vasco estuvo ligado al más rancio tradicionalismo, y bebió de las aguas del carlismo. Los carlistas eran absolutistas y tradicionalistas, pero cuando se trataba de la descentralización del poder en fueros, se parecían mucho más a los liberales que hoy defienden el régimen de autonomías.
Eso hizo que, desde el primer momento, las relaciones de Franco con el carlismo no fueran del todo cordiales. Un dictador que proclama a España como “una grande y libre” no congeniaría mucho con una fiera tradición que apela a “Dios, patria, fueros y rey”. Franco, ni era rey, ni le hacían gracia los fueros.
En algún momento se incorporaron algunos representantes del carlismo en puestos del franquismo, pero el vigor carlista fue menguando. Además, Franco supo manipular las disputas internas del carlismo, para debilitarlos aún más. El carlismo surgió como un pleito de sucesión, pero eventualmente, en su propio seno hubo otros pleitos respecto a quién era el legítimo sucesor de “Carlos V” (el hermano de Fernando VII), y Franco se aseguró de envenenar aún más esos pleitos, para así, finalmente apartarlos.
Así pues, el carlismo se fue convirtiendo en el extraño caso de los ultraderechistas aplastados por el poder derechista, pero que precisamente por eso, ganaban la simpatía de algunos izquierdistas.
Hubo aún otro giro más extraño. Ya muerto Franco, el carlismo buscó reinventarse, y Carlos Hugo de Borbón, el pretendiente carlista con mayor apoyo, empezó a expresar simpatías por el “socialismo de autogestión” y el modelo yugoslavo de Tito. Alegaba que, desde un principio, el carlismo defendía una idea similar. A mediados del siglo XIX, el carlismo representaba el más rancio tradicionalismo; a finales del siglo XX, el carlismo representaba el socialismo de avanzada. ¡Vaya giro! A decir verdad, el giro no fue tan dramático, pues la organización de los fueros es, en buena medida, algo bastante parecido a la autogestión.
Naturalmente, no todos los carlistas simpatizaron con el giro que daba Carlos Hugo, al punto de que hubo una reacción entre los partidarios del tradicionalista Sixto Enrique (hermano de Carlos Hugo), que terminó en una confrontación violenta con el saldo de dos muertos en 1976. Al día de hoy, el carlismo es ya un movimiento prácticamente en extinción, pero los cuatro gatos que quedan, siguen la variante socialista de Carlos Hugo (murió en 2010) cuyo hijo y sucesor, Carlos Javier, continúa la ideología de su padre.

De todo este extraño caso, abstraigo dos conclusiones relevantes. La primera es que, tal como lo expresé en El posmodernismo ¡vaya timo!, no es fácil establecer una nítida separación entre izquierda y derecha. Un grupo surgido en la Contrailustración, como el carlismo, puede terminar siendo abrazado por la izquierda contemporánea; mientras que un autor ilustrado como Adam Smith, puede terminar siendo el caballito de batalla de los trogloditas del Partido Popular.
La segunda, es que muchas veces, la política es mucho más cuestión de símbolos que de ideologías. En algunas ocasiones, la gente vota más con el corazón que con el cerebro. El carlismo dio giros ideológicos, pero mientras mantuvo la boina roja, la cruz de Borgoña, su lema “Dios, patria, fueros y rey”, y otros símbolos, ha conseguido sobrevivir.  China silenciosamente ha hecho una transición del comunismo al capitalismo, pero siempre manteniendo los símbolos rojos y la imagen de Mao. Las transiciones ideológicas se pueden hacer, pero para que no sean tan traumáticas, debe haber una preservación simbólica. Conviene no subestimar el poder de los símbolos.

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