15 de noviembre de 2016

Cómo defender a la ciencia (y a la sociedad) contra Paul Feyerabend

El siguiente es un escrito corregido y aumentado que presenté a manera de reporte de lectura en la universidad. Pensé que, dados las posibles futuras decisiones respecto a la ciencia en la administración de Trump, y el recorte presupuestario en México a la ciencia, la tecnología y la innovación, este ensayo podía encajar perfectamente en los debates de estos días.

La provocación y la caricaturización no suelen ser nunca maneras correctas de comenzar un debate centrado y racional. De hecho, nunca lo son. Es bien sabido que para comenzar a debatir sobre cualquier tema, es importante dejar en claro, primero que nada, de qué se quiere debatir. Si lo que se busca es debatir alguna situación real o la posibilidad en algún mundo imaginario, se esclarece desde mucho antes de comenzar una discusión.

Estos son solo unos puntos básicos que se respetan tanto en el debate científico como en el epistemológico. O por lo menos eso se suele hacer. Pero hubo un autor que rompió con estas reglas. Un autor que muchos han llegado a identificar como filósofo, como si poner alguna etiqueta elegante de autoridad hiciera que sus escritos tuvieran algún tono de seriedad o relevancia. El renegado autor no era otro que Paul Feyerabend, un personaje instruido inicialmente en el racionalismo crítico popperiano cuya evolución de su pensamiento es objeto de estudio aún hoy en día.

Definiendo su postura como “anarquismo epistemológico”, Feyerabend fue conocido por hacer críticas ácidas a lo que él llamaba las “instituciones científicas”, y a la imagen supuestamente mística con la que el mundo occidental admira a la ciencia. Obras como Tratado contra el método y Adiós a la razón, fueron dinamita pura, objeto de candentes debates donde se ponían en duda el método científico, la verdad y la objetividad científica, y la superioridad del conocimiento científico por encima de otros tipos de conocimiento, incluyendo el religioso.

En un ensayo titulado “Cómo defender a la sociedad contra la ciencia”, publicado en 1975, Feyerabend expone lo que para él son las principales razones por las que la ciencia debe democratizarse y por qué los científicos no deberían ser considerados como autoridades a la hora de tomar decisiones en política. Aunque se trata de un ensayo de hace más de cuatro décadas, la importancia (y preocupante) relevancia que parece adquieren los puntos defendidos por Feyerabend en nuestros días, gracias a políticos conservadores que muestran ser una clara amenaza a las políticas públicas basadas en la ciencia, vuelve necesario un ejercicio intelectual de pensamiento crítico contra las tesis defendidas por este anarquista epistémico. ¿Por qué la sociedad no debería confiar en los científicos? ¿Por qué la sociedad debería de poner a votación los consejos de las instituciones científicas que se basan en la evidencia? Simple, para Feyerabend, lo importante es defender a la sociedad de toda ideología, y la ciencia, para él, no es más que una ideología más.

Así Feyerabend nos asegura que “Todas las ideologías deben verse en perspectiva. Debemos leerlas como cuentos de hadas que tienen muchas cosas interesantes que decir, pero que también contienen mentiras perversas, o como prescripciones éticas que pueden ser útiles reglas aproximativas pero que son letales si se les sigue al pie de la letra.” Feyerabend, más adelante, menciona que la ciencia es vista por muchos como la liberadora del hombre de las cadenas del dogmatismo de las ideologías, algo que incluso muchos estudiosos creen (creemos) hasta el día de hoy. Y explica que en efecto así fue la ciencia en los siglos XVII y XVIII, gran impulsora de la ilustración. Pero que de esto no se sigue que la ciencia actual deba continuar siendo semejante instrumento, ya que ésta se muestra como una verdad que impera sin frenos ni equilibrio de nadie. No hay nada inherente a la ciencia o a ninguna otra ideología, dice, que la haga esencialmente liberadora.

Entonces, la ciencia, igual que el aristotelismo o el marxismo, es una ideología que ayudó a liberar al ser humano de ciertos prejuicios y ataduras, pero que como toda ideología puede deteriorarse y convertirse en “estúpidas religiones”. Para sostener su de por sí difícil caso, Feyerabend muestra de ejemplo la educación científica que se tiene en las escuelas. Lo que se enseña son “hechos” científicos que los niños aprenden de manera acrítica, de la misma manera que en el catecismo de la iglesia aprenden los dogmas de la religión. Este anarquista del conocimiento nos señala una gran diferencia: en la sociedad, aún desde temprana edad, se observa una crítica a las instituciones como las iglesias, pero no se detecta tal cosa hacia la ciencia. La ciencia, dice, queda exenta de crítica. Y continúa: “En la sociedad en general,  el juicio del científico es recibido con la misma reverencia con que no hace mucho tiempo se aceptaba el juicio de los obispos y cardenales.” De aquí en adelante a Feyerabend le parece obvio que la ciencia se ha vuelto tan opresora como sus antecesores. 

Suponiendo que todo lo dicho por Feyerabend hasta aquí es verdad, ¿por qué ha sido así? ¿Por qué si la ciencia en algún momento de la historia fue la liberadora de la mente humana y la promotora de la ilustración, hoy ha comenzado a degenerarse y volverse dogmática? Para Feyerabend, queda muy claro que la rigidez de la ciencia no se debe al capricho humano ni a la necedad individual, sino que está en la misma naturaleza de la ciencia, en tanto que ideología dominante, el volverse rígida y dogmática.

La ciencia, se nos dice, ha sido una herramienta liberadora de la búsqueda de la verdad (o gran parte de ella). Pero una vez cumplido su objetivo inicial, la verdad se acepta como dogma (una vez descubierta la verdad, ¿qué otra cosa podemos hacer sino seguirla? Se pregunta Feyerabend). Por lo tanto, una vez alcanzado este punto, la diferencia entre la ciencia y la doctrina oficial de la Iglesia Católica se vuelve indistinguible. La crítica de Feyerabend pues, defiende una tesis simple y por demás escandalosa: la ciencia inhibe la libertad de pensamiento.

Como si no fuera ya suficiente, Feyerabend continúa atacando el “argumento más explícito para defender la posición excepcional que la ciencia ocupa hoy en la sociedad.” Este argumento dice que 1) la ciencia ha encontrado un método correcto para lograr resultados, y 2) que hay muchos resultados para probar la excelencia del método. De aquí en adelante el ensayo busca atacar este argumento. Pero es sorprendente el cinismo con el que Feyerabend trata de hacer pasar sus pajas mentales por críticas, cuando afirma lo siguiente:
“Hoy, la metodología está tan atestada de vana sofistería que es sumamente difícil percibir los sencillos errores que hay en la base. Es como combatir la hidra: córtese una horrible cabeza y ocho formalizaciones ocupan su lugar. En esa situación, la única respuesta es la superficialidad cuando la sofistería pierde contenido, entonces la única manera de mantenerse en contacto con la realidad es mostrarse burdo y superficial. Y esto es lo que propongo hacer.”
Resulta difícil comprender cómo es que alguien con este tipo de pensamiento llegó a ser tan influyente para personas supuestamente letradas y entrenadas en argumentación. Pero la arremetida continúa. La primer parte del argumento (existe un método correcto para lograr resultados) es “analizada” desde lo que hasta entonces era la tradición epistemológica: desde el inductivismo y el positivismo (la ciencia trabaja recabando hechos e infiriendo teorías de ello), la cual refuta recordándonos que en realidad las teorías moldean y ordenan los hechos, además que no es posible justificar las teorías científicas sin referirse a otras teorías más generales. Una teoría científica puede poseer contradicciones, entrar en conflicto con hechos bien establecidos, poseer hipótesis ad hoc en lugares decisivos, etc. Y aun así, puede ser elegida como la mejor teoría disponible. Después de dar vueltas a este punto (legítimamente interesante para la epistemología moderna), Feyerabend continúa en su búsqueda por el método en  la propuesta de Karl Popper, de quien asegura que su postura es rígida y fija, eliminando la competencia entre  teorías de una vez por todas. Dice además que las normas de Popper son claras, inequívocas, precisamente formuladas, lo cual sería una ventaja si la ciencia misma fuera clara, inequívoca y precisamente formulada. Dicho de otro modo, la propuesta de Popper nos trata de decir cómo debería ser el método de la ciencia, pero no nos dice cómo es en realidad.

Por último, da un repaso por las propuestas de Thomas Kuhn e Imre Lakatos. De Kuhn nos dice que sus ideas son interesantes pero que “son demasiado vagas para hacer surgir algo que no sea aire caliente.” Mientras que de Lakatos nos dice que solo ofrece “palabras que suenan como elementos de una metodología; no ofrece una metodología.” Con lo que concluye que “no existe un método de acuerdo con la metodología más avanzada”, terminando así la crítica a la primera parte del argumento que se propuso desde el inicio refutar. Más allá de si realmente refutó la existencia del método científico, resulta bastante interesante observar críticas tan centradas a la tradición filosófica, por demás acertadas, acusando a sus colegas (como Kuhn y Lakatos) de ser demasiado vagos o de solo hacer verborrea. Es imposible no  imaginar a Feyerabend mordiéndose la boca y tratando de continuar escribiendo a la vez.

De la segunda parte del argumento (la ciencia ha producido resultados) y su conclusión (la ciencia merece una posición especial), Feyerabend es rápido y nos indica por qué supuestamente es falso: porque para que esto sea un argumento en favor de la ciencia, se tiene que dar por sentado que ninguna otra cosa ha producido resultados. Y como no es así, es falso. Si uno piensa que se está caricaturizando la postura de Feyerabend, basta con leer su conclusión a ese respecto: “La lección es clara: no existe un solo argumento que pueda emplearse en apoyo de la función excepcional que la ciencia desempeña hoy en la sociedad. La ciencia ha hecho muchas cosas, pero también lo han hecho otras ideologías.” Por otras ideologías, Feyerabend entiende a las pseudoterapias de la medicina tradicional y la medicina alternativa; reconoce que existen fenómenos, como la telepatía y la telequinesis, que según él existen pero son desdeñados por la ciencia, pero que pueden emplearse para hacer investigaciones en forma totalmente nueva. Para Feyerabend estos son ejemplos de resultados de la civilización no logrados por la ciencia, pero que no pierden valor por eso. De todo esto, concluye el autor que no existe una metodología científica que pueda emplearse para separar la ciencia de todo lo demás.

Luego de mostrar charlatanería y pseudociencia como avances no científicos, y de declarar que no existe diferencia metodológica entre estos y la ciencia, Feyerabend asegura que la consecuencia más importante es que debe haber una separación formal entre Estado y ciencia, del mismo modo que hay separación entre Estado e iglesia. La ciencia puede influir a la sociedad, pero solo hasta el punto que cualquier grupo político está autorizado a influir sobre ella. Feyerabend luego aconseja que los Estados harán bien en rechazar el consejo de los científicos de cuando en cuando, siempre que dichos consejos se sometan a votación, no solo para científicos, sino para todo lego.  Así, dice, educará al público general, haciéndolo más confiado y podrá conducirse hacia su mejora. Casos como los de Lysenko o los creacionistas que en California lograron suprimir los libros de enseñanza de la evolución son aplaudidos por Feyerabend como un ejemplo de dicha democratización (eso sí, señala que en esos casos, los sustitutos de la ciencia fueron tan dogmáticos como ésta). En concreto, el objetivo principal será la educación, la cual deberá enseñar la ciencia como otro mito más, y así los estudiantes elegirán libremente si quieren ser científicos o no. Si deciden apoyar la ciencia o no. Puede que tengamos menos científicos en una sociedad así, pero al menos serán personas que eligirían verdaderamente de forma libre el ser científicos.

Para Feyerabend la tiranía de la ideología de la ciencia se encuentra en sostener la verdad antes que la libertad. Y si la verdad debe ser suprimida para tener libertad, pues que así sea. Si llegado a este punto el cerebro no se nos ha secado un poco, es porque de seguro dejamos a la mitad el ensayo de Feyerabend. Hay tantas tonterías contenidas en unas pocas páginas, que es difícil saber por dónde empezar.

Cuando se presentan políticos con claros síntomas de anticiencia, es necesario que una sociedad científicamente educada haga contrapeso. El caso de Trump contra las políticas del cambio climático (y seguramente contra la educación científica en general, en un futuro cercano) sin dudas sería aplaudido por Feyerabend, al ser Trump el ejemplo de la separción entre Estado y ciencia, donde lo que dicen los científicos es escuchado, tal vez apenas, pero tomado en consideración tanto o menos como es tomado en cuenta las actitudes que convienen a los intereses de los poderosos y no de la sociedad planetaria.

Tal vez podemos comenzar haciendo énfasis en que Feyerabend nunca define de manera clara qué es una ideología, sino que se conforma con hacer analogías con las religiones o el marxismo. Si no define lo que es una ideología, más se le escapa una definición precisa de ciencia, la que solo es ideología si es que en verdad es dogmática e impide la libertad de pensamiento. ¿Esto es así? Cualquiera con un mínimo de cultura científica sabe que esto no es más un sinsentido. Es cierto que en ciencia existen principios, supuestos, normas y conocimientos establecidos que evitan que cualquier chifladura vulgar logre hacerse pasar por ciencia sin antes ser denunciada como charlatanería. También es cierto que los científicos trabajan bajo ciertas normas y paradigmas que hacen que el grueso de la comunidad científica se concentre en ciertos problemas, dejando en veces de lado los problemas de frontera (aquellos que no parecen ser exactamente problemas científicos o que son irrelevantes para el grueso del conocimiento científico). Pero de ahí a asegurar que existe un rígido dogmatismo que impide el libre pensamiento, hay todo un abismo de diferencia. Lo que es más, para que la ciencia exista no solo se necesita de la libertad individual de pensamiento, sino que también es necesaria la tolerancia social y la libertad de investigación. Cuando una nación o alguna autoridad limitan la investigación es cuando se comienza a caer en dogmatismos con tal de frenar el progreso científico. El caso de Galileo o la presión de la Unión Soviética sobre los genetistas que no apoyaban el lysenkoísmo deberían servir como casos ejemplares de eso.

El tema de la educación y la enseñanza de la ciencia no sirven para el caso de Feyerabend. Los programas de educación, tanto pública como privada, han sido objeto de grandes críticas por parte de divulgadores de la ciencia y científicos en general, porque muestran una visión sesgada y torpe del quehacer científico. Uno puede criticar los modelos educativos sin que eso afecte en modo alguno a la ciencia como actividad independiente. Es cierto que los sistemas educativos son defectuosos, lo que debería preocuparnos a  muchos y mantenernos ocupados buscando maneras de perfeccionarlos para formar ciudadanos libres con capacidad crítica de razonamiento; pero nada de esto afecta la objetividad, la verdad, la investigación o la libertad en la ciencia. Lo que es más, cada vez se observan más y más ejemplos de desconfianza por la ciencia desde temprana edad. ¡La sociedad sería otra si prestara la mitad de la atención a la ciencia de lo que le prestan a otras actividades como la política, los deportes o  el ocio!

La idea de que la ciencia es la liberadora del hombre de todo dogmatismo e ideología también es un gran hombre de paja. En primer lugar, la ciencia (básica) se concentra en producir conocimientos públicamente contrastables, que ayuden a la comprensión del universo y en ocasiones que nos ayuden a nosotros en el manejo de nuestra porción de universo (ciencia aplicada). Las cuestiones éticas sobre la utilización de dichos conocimientos, aunque importante, es un tema a parte que Feyerabend no menciona. Por lo tanto, tampoco podemos concentrarnos en ello en este escrito. El que la ciencia libere de dogmas a los seres humanos es una consecuencia lógica de que funcione la ciencia, pues al producir conocimientos certeros, elegantes y demostrables, ayudan a explicar una variedad de fenómenos que antes podían verse como misterios indescifrables. Conocer nos hace más libres, pero esa libertad es solo consecuencia de buscar conocimiento.

Decir que “mantenerse en contacto con la realidad es mostrarse burdo y superficial” para afrontar las supuestas contradicciones con la libertad a que nos empuja la ciencia, es, en el mejor de los casos que puedo imaginar, una cínica muestra de irresponsabilidad intelectual. Es irresponsable no solo enfrentarse así a la ciencia, sino a cualquier problema o actividad humana compleja que nos exija mayor esfuerzo, y una gran ofensa para aquellos que están conscientes de todo esto.

Las críticas de Feyerabend a la existencia del método científico no van mucho mejor. ¿Por qué Feyerabend decide examinar la tradición filosófica en vez de analizar la actividad científica tratando de identificar las generalidades detrás de toda investigación científica para así poder averiguar si existe el método científico? Esta pregunta queda sin contestar por parte de Feyerabend. Tal vez sus críticas a las doctrinas epistemológicas rivales puedan ser acertadas (lo que tampoco es una originalidad en Feyerabend), pero el que sus antecesores filósofos estuvieran equivocados o no, no nos dice nada sobre la existencia de cierta generalidad metodológica inherente en toda investigación científica: el método científico.

Su afirmación de que la ciencia  tiene un lugar privilegiado en la sociedad por sus resultados carece de sentido porque la ciencia no es la única actividad que genera resultados, es ambigua siendo muy amables con el señor anarquista, y un completo disparate si nos ponemos estrictos. Es cierto que además de la medicina moderna han existido otras formas de tratamiento, como la acupuntura o el exorcismo, y que toda terapia ha tenido sus defensores por su supuesta efectividad. Pero es falso que no pueda diferenciarse ni medirse la eficiencia y veracidad de una y otra. La medicina moderna ha tenido (y tiene) otros competidores, sí, pero ninguno ha logrado tantos resultados como la ciencia médica en la producción de conocimientos sobre enfermedades, el cuerpo humano, y la manera de tratar con las primeras, la forma en que puede sanar el cuerpo y el tipo de tratamientos más eficaces, seguros y basados en conocimientos bien corroborados. Eso es algo que ninguna competidora de la medicina ha logrado hacer jamás, por más que le duela al orgullo de Feyerabend. Lo mismo se puede decir del resto de la ciencia: no se trata si es la única opción o el único camino para obtener conocimientos fácticos verdaderos, se trata si es la mejor opción o el mejor camino. Y por lo que sabemos tanto de la historia como de nuestro presente, la ciencia es sin lugar a dudas la mejor herramienta de la que disponemos para producir conocimientos fácticos verdaderos, que puedan ser contrastados y libremente analizados, replanteados, corregidos y aumentados.

La pseudociencia y la superstición, es cierto, son opciones alternativas, pero por lo que sabemos son perniciosas para la salud tanto individual como social. Mirarlas como resistencia de la tiranía científica solo cabe en las fantasías de alguien que o no comprende la ciencia o no le interesa hacer otra cosa sino ser criticado por un público debidamente informado.

Aunque es cierto que la comunidad científica debe compartir el conocimiento de manera accesible para el público en general, que la sociedad debe estar científicamente informada y que es justamente la sociedad quien se  encarga de las decisiones importantes dentro de sí misma (o debería hacerlo), es falso que los resultados científicos puedan ser objeto de voto popular. Una cosa es decidir sobre qué investigar o cómo aplicar los conocimientos ya obtenidos, y otra muy distinta es votar por lo que nos gustaría que fuera considerado conocimiento científico y por lo que no. Aunque Feyerabend no lo vea, en ciencia existen rigurosos métodos de contrastación con los que se busca la mayor objetividad posible para que las teorías y leyes que explican los fenómenos  puedan ser entendidas como explicaciones verdaderas, que se dan no por un accidente histórico o el consenso de sacerdotes, sino que se deducen por la naturaleza misma del universo. Sugerir un Estado separado de la ciencia sería la forma más fácil de que la civilización moderna se suicidara, siendo que esta es hoy día profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología.


Lo único que podemos concluir es que Feyerabend era más un showman, no un filósofo. Sus ácidas conferencias y ensayos eran solo provocaciones que por desgracia ayudaron a germinar el virus del relativismo cultural y la anticiencia. Tal vez Feyerabend no deseaba esto último, pero la manera en la que se ocupó de hacer “su filosofía” no podía más que dar como resultado el prestigio que da la academia para cubrir de seriedad cualquier estafa pseudocientífica, por más vulgar que fuera. Tal vez Feyerabend no lo quería, pero dados sus halagos a la acupuntura y la telepatía, y sus felicitaciones al creacionismo y al lysenkoísmo por obstaculizar la ciencia auténtica, me es imposible mirar en Feyerabend a una figura que pueda tomarse en serio o que deba seguirse estudiando.

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