30 de octubre de 2016

La lucha de clases


José Luis Ferreira

Izquierda frente a derecha, proletarios frente a capitalistas, pobres frente a ricos, los de abajo frente a los de arriba, desposeídos frente a propietarios. ¿Cómo no reconocer estas diferencias en la población? Las diferencias de intereses, de ideología y de necesidades son evidentes. Pero esto no es la lucha de clases. O, mejor dicho, reconocer estas diferencias no es lo que define lo que se conoce como lucha de clases desde la perspectiva marxista.

La lucha de clases como explicación de la historia

En principio, la lucha de clases se refiere a que estas diferencias entre clases son el motor de la historia. La lucha de la burguesía frente a la aristocracia nos saca del sistema feudal y nos encamina al capitalismo. La del proletario frente al capitalista nos lleva al comunismo. Esta lucha de clases está en el centro del materialismo histórico. El problema es que los hechos no encajan con la teoría. Para empezar, no todos los grandes acontecimientos históricos se explican como lucha de clases. Segundo, la evolución seguida por los países europeos, que sirvió de referencia a los marxistas, por comenzar ahí la revolución industrial, no es la seguida por el resto del mundo. Tercero, y para desconcierto de los marxistas de la época, las revoluciones comunistas surgieron donde ellos decían que no deberían haber ocurrido, en países sin industrializar o poco industrializados. Por supuesto, para todas las excepciones hubo explicaciones ad hoc y hubo reinterpretaciones de la historia y de la teoría para conseguir encajar las cosas. Y si hubo problemas para entender que el comunismo surgiera en esos países, todavía era peor observar a los países industrializados pasar a ser sociedades con economía de servicios donde toda la teoría se diluía.

Y todo esto sin contar con la propia definición de clase, que no podía ser objetiva, porque tampoco cuadraban los hechos, sino subjetiva: un obrero es de clase obrera y participará en la lucha de clases cuando sea consciente de la explotación a que está sometido. Con esta manera de dar la definición evitamos problemas a costa de no ser falsables. Las clases existen y tú perteneces a esta clase. ¿Dices que no? Es que estás alienado.

La lucha de clases como estrategia política

Vale, la historia realmente existente no encaja con el materialismo histórico, pero podemos proponer la lucha de clases como acción política. Existen los que tienen los medios de producción y los que no. Concienciemos a estos últimos para formar un frente común y cambiar el sistema económico hacia el ¿comunismo? de manera que haremos que se cumpla la profecía de la lucha de clases como motor de la historia. Ahí ya está la opinión de cada cual y sus esperanzas, pero la historia política del último siglo no parece que dé mucha razón a esta política como estrategia, que con sus altibajos cada vez ha tenido menos adeptos. Habrá quien extrapole los casos de Syriza en Grecia y Podemos en España en el último par de años como una tendencia que les da la razón. Se olvidan del resto del mundo y de lo que significa una tendencia.

Entonces, ¿no hay clases? Las hay, pero no en el sentido marxista ni con las consecuencias referidas por sus adeptos. Hay ricos y pobres, propietarios y desposeídos, desde luego. Pero en medio hay demasiadas cosas que no sabemos de qué lado están, y en los extremos también hay diferencias de intereses. Difícilmente habrá un choque revolucionario en las sociedades modernas como el requerido por el marxismo. Más fácilmente se continuará la evolución hasta sociedades más igualitarias con las adecuadas políticas económicas. Para el estudio de esa evolución otros conceptos como grupos de intereses o de presión serán más útiles.

Entradas relacionadas:

Marxismo y economía moderna (1)
Marxismo y economía moderna (2)

23 de octubre de 2016

El Marxismo vs la Economía moderna (3)


José Luis Ferreira

Esta es la tercera (y, de momento, última) entrada comparando cómo trata el marxismo y la economía moderna algunos de los temas que más caros son a los marxistas. La primera entrada trataba del valor de un bien, del excedente y de la explotación, mientras que la segunda trataba de pobreza, desigualdad y lucha de clases. Hoy hablamos del cambio de sistema económico.

7. El cambio de sistema

El marxismo quiere cambiar el sistema capitalista explotador e injusto por uno comunista. Sin embargo no tiene ni idea de cómo hacerlo. Ya hemos dicho que la teoría en que se basa es incoherente. Tiene un horizonte al que llegar: una sociedad sin clases donde los medios de producción no sean de propiedad privada y en donde reinen la igualdad y la prosperidad. Pero eso no responde a la pregunta de cómo llegar a ello y tampoco resuelve la cuestión de si tal cosa es posible (sin iniciativa empresarial ¿cómo se toman las decisiones? si la igualdad está garantizada ¿por qué esforzarse?).

De hecho, la Economía moderna no se mete en valorar si expropiar toda la riqueza actual del mundo y repartirla equitativamente está bien o mal. Si acaso dirá que, una vez hecha esa expropiación y repartido el total, dejar a los individuos libertad para usar su parte como mejor gusten es mejor que impedirles usar esa propiedad. Podemos pensar en el ejemplo de los ejidatarios en México tras la revolución: campesinos a los que se dio tierra, pero sin dejársela tener en propiedad y sin poder venderla o arrendarla y a quienes se condenó a ser campesinos de por vida, a ellos y a sus descendientes.

La Economía moderna no dicta si cambiar o no de sistema. Analiza las consecuencias de una política u otra, de un mecanismo económico y otro, de un sistema u otro. Ofrece, además, herramientas para realizar muchos cambios, como se ha dicho en el punto 4. Ante esto se critica que vale, que sirve para poner un parche, pero no para cambiar realmente el sistema para tener mi utopía particular. Esto es cierto, la Economía moderna no ofrece una manera de construir un sistema como el paraíso comunista (pero es que ni el marxismo ni nadie lo ofrece tampoco), pero sí explica muy bien el porqué de los fracasos habidos y el porqué de los fracasos si se siguen según qué tipo de políticas y por qué no hay que tirarse a la piscina hasta saber que sea muy probable que haya agua en ella.

A menudo me recuerdan estas discusiones a las que se tienen con algunos partidarios de medicinas alternativas. Hablan también despectivamente sobre eso de curar una enfermedad o aliviar un síntoma, lo que hace falta es un cambio total, una actuación sobre toda la persona, un tratamiento holístico. Los hay que quieren una Economía holística.

18 de octubre de 2016

La vida nos encamina a la muerte.




Otra vez nos encontramos en Filosofía en la Red amable lector, en una nueva cita semanal. Ahora quisiera reflexionar sobre aquello que todos los seres vivos, queramos o no, tenemos seguro a la hora de ver la luz por primera vez... que tarde que temprano vamos a morir. 

Lo sé, es trillado, pero quizá la frase filosófica, por decirle de algún modo, más sincera es precisamente esa: la muerte es lo único seguro que tenemos, pero no por ello ésta debe de condicionarnos a vivir como una vela que espera el momento en que su llama se extinga. 

Entre los estudiosos de la antropología, y de las religiones -de una manera crítica- se ha llegado a plantear la hipótesis de que lo que muchos llaman Más Allá no es más que fruto de la angustiosa necesidad de saber que frente a lo desconocido hay algo que nos confrontará

Dentro del cristianismo, al menos la postura oficial, señala y enseña que la muerte es el paso a la verdadera vida, a la Vida Eterna en donde el creyente -o todos los temerosos de dios- vivirán en compañía con el Creador pero, a la hora de la verdad, cuando alguien cercano muere... esa esperanza que infunde la Iglesia católica se desvanece incluso entre los más férreos seguidores. 

Retomaremos más delante esta cuestión pero antes es importante preguntarnos ¿qué es la muerte?

Podemos responder rápida y tajantemente con un dejar de vivir/existir pero bueno, esto es un espacio para filosofar y como seres pensantes solemos plantearnos la cuestión en un plano más trascendental. 

Y es que lejos de tener o no alguna creencia religiosa/espiritual los hombres, como especie buscamos trascender. Anhelamos que se hable de nosotros pese a que el tiempo haga lo suyo... Platón, Julio César, Carlos Fuentes, Marx, DaVinci.

Esta huella que queremos impregnar se plasma de diversas maneras, ya sea en obras -arte, literatura, arquitectura- o en descendencia. Antes, sobretodo, la urgencia del matrimonio era precisamente que ante una esperanza de vida muy corta, el apellido se conservara pero en el siglo veintiuno y con unos millennials menos preocupados por el sexo, la cuestión está cambiando... pero nos estamos desviando. 

Decía que aunque el derecho a morir es aquello que adquirimos al nacer esto no debe de ser motivo por el cual tengamos que sobrevivir mientras llegue. Aunque también plantear nuestra vida del modo opuesto -pensando que nunca moriremos- no es lo más adecuado. 

Por diferentes cuestiones he acariciado varias veces a la muerte, llegando a planos -consiente pero sin fuerza- en donde literalmente me debatía frente a ella; como es evidente le he ganado -por ahora- pero gracias a mis batallas he aprendido a ver y valorar la vida de una manera que quizá pocos llegan a entender. 

Es genial hacer planes, proyectarnos a un futuro lejano en donde alcanzaremos nuestras metas, conozcamos medio planeta y compremos un Ferrari pero aferrarnos a nuestros proyectos y sentir que solo con nuestro ímpetu lo lograremos es soberbio. Debemos, al menos creo y sobretodo he aprendido, sí agendar hacia el futuro pero estando consientes que quizá mañana, o en una horas, podríamos dejar de existir. 

La muerte es algo tan repentino, en muchas veces, que llega en los momentos menos esperados. Y tenemos que aprender a que convivir con ella es algo real, tangible y cercano aunque a veces parezca algo destinado a los ancianos. 

Y es aquí donde retomo el punto de los cristianos y su esperanza desvanecida cuando alguien cercano muere. Nos da miedo hablar sobre la muerte, se le tiene cierto respeto -amén a mi amado México, en donde incluso nos burlamos de ella pero no se acepta- al grado de tema tabú. 

El cristianismo, hablando desde el lado en donde más convivo, enseña que la muerte es necesaria para llegar al encuentro con el Padre (incluso los primeros cristianos aceptaban gozosos el hecho de morir martirizados); de hecho, la Resurrección de Cristo, pilar de fe, es precisamente la antesala de dicha creencia: que al morir no se muere -valga la redundancia- sino que el alma llega al cielo. 

Pero lejos de ver gente feliz en un funeral cristiano se ve gente llorando -no solo por la evidente pérdida de contacto con el finado- sino porque murió en un plano que suena a tragedia, como si al fallecer todo acabara... siendo que, se supone, su creencia dice todo lo contrario. 

Si al morir dejamos literalmente de existir y no existimos eternamente en calidad de alma, o no reencarnamos en algún ser inferior o similar, o no nos unimos al Dharma entonces debemos de vivir con la encomienda de que la muerte es una sombra que nos acompaña pero que al mismo tiempo nos ilumina para día a día vivir como si fuera nuestro último día, aprovechándolo al máximo. 

Hay algo en particular que me cae bien de Agustín de Hipona... tenía frente a su escritorio un cráneo humano para que al filosofar recordara constantemente que la muerte tarde o temprano lo alcanzaría. 


Hasta la próxima semana. 

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16 de octubre de 2016

El secuestro de la mente y la paradoja de internet

Por José María Agüera Lorente
 Este año se cumplen diez de la publicación del libro El secuestro de la mente. Supe de él por un alumno que me recomendó su lectura hace años, porque relacionó su contenido –muy atinadamente, por cierto– con una de las cuestiones centrales que conforman la espina dorsal de la reflexión filosófica a lo largo de la historia; a saber: ¿es real todo lo que creemos? Pregunta en la que se imbrican ontología y epistemología inextricablemente, representada ya en la alegoría clásica de la caverna platónica y que en la actualidad sigue tan vigente como siempre. 
El autor del susodicho libro es un psiquiatra, el doctor Fernando García de Haro. Al contrario de lo que pudiera pensarse por su profesión, a cuya práctica se dedicó durante la friolera de más de treinta y cinco años, el enfoque que desarrolla de la antes enunciada pregunta no es puramente médico, sino ampliamente filosófico, eso sí, partiendo de los conocimientos disponibles sobre el cerebro y la psicopatología, especialmente del trastorno mental que se conoce como delirio (diríase que en esto sigue a Mario Bunge, para quien –de acuerdo con lo que yo mismo le oí en una conferencia– lo que procede es «primum cognoscere, deinde philosophari»). El delirio es la capacidad de creer enferma, y la creencia, en según qué circunstancias y modos, puede acabar en delirio. En forma de eslogan el doctor García de Haro lo plasma así:
Si el delirio es una creencia de origen patológico, la creencia es un delirio de origen cultural.
Tal delirio de origen cultural puede desembocar peligrosamente en fanatismo, el cual presenta rasgos que se asemejan a los síntomas característicos de la paranoia (léase el epígrafe de la susodicha obra titulado «sectas, paranoia, fanatismo y violencia»). 
Todo el libro es interesante y está inspirado por un espíritu proveniente tanto del amor al saber que anima a la filosofía desde sus inicios, como de los principios que engendraron el pensamiento ilustrado. A ambos alude el autor cuando presenta su receta contra «las creencias y sus males», y que se compone de dos ingredientes esenciales: racionalidad y humanismo. Entonces puntualiza:
Esta es una vieja receta que se remonta a los llamados «filósofos griegos» y que se continúa en el Renacimiento, la Ilustración y en la actualidad en formas muy diversas. Parece evidente que sólo el pensamiento racional puede liberar al ser humano del laberinto de las creencias en el que se pierde desde el principio de su existencia sobre la Tierra.
¿Esa liberación tiene asegurado su progreso? Nuestro psiquiatra parece responder afirmativamente a esta pregunta, y halla un poderoso argumento a favor de su respuesta en el papel que otorga a las nuevas tecnologías en relación con el combate entre racionalidad y creencias. He aquí su tesis:
Las tecnologías de la comunicación, tanto de la información como Internet, la televisión por satélite o los medios de desplazamiento, hacen que las culturas cerradas sean imposibles. Este mundo permeable instala al hombre en una realidad nueva, no fijada por una manera concreta y establecida mediante una creencia de origen divino. El hombre moderno no puede continuar en mundos cerrados y diferentes entre sí por mucho que se empeñen los custodios de las creencias. Este movimiento es imparable.
Por mi parte, tengo razones para no compartir la postura optimista del doctor García de Haro. La primera de ellas es de naturaleza empírica y tiene que ver con el fenómeno del terrorismo yihadista, de rápido y preocupante crecimiento, y que tiene su base en la expansión y asimilación de creencias que pueden desembocar en el fanatismo violento. En el clarificador libro de hace apenas un año titulado Objetivo: califato universal. Claves para comprender el yihadismo, sus autores (Eduardo Martín de Pozuelo, Jordi Bordas y Eduard Yitzhak) se dedican a un preciso y riguroso análisis del fenómeno referido. En el capítulo 7 titulado «la captación: de la mezquita a internet» encontramos la disección de los modos y los medios de los que se sirven los yihadistas para atraer a los jóvenes y convertirlos en adeptos a su causa. En una de sus páginas leemos:
El elemento tecnológico fundamental que marca un antes y un después en el proselitismo radical gira en torno a internet, las redes sociales y las grandes redes mediáticas que las organizaciones terroristas yihadistas del siglo XXI tienen a su disposición.
Esas organizaciones cuentan con agencias de información que se sirven muy eficientemente del mundo virtual con dos intenciones básicas: una es publicitaria y de propaganda; la otra es la captación, reclutamiento y adoctrinamiento de simpatizantes de todo el mundo. Mediante la red también informan y entrenan militarmente a quienes convierten en armas vivientes al servicio de sus siniestros propósitos.
Los autores del libro describen, a través de casos reales, cómo jóvenes europeos –por lo demás aparentemente «normales»que muestran indicios de predisposición a la radicalización son contactados y sometidos a un auténtico aislamiento cultural y lavado de cerebro sectario que en muchos casos no serían factibles y, desde luego, no serían tan efectivos sin la herramienta de internet. Ésta es imprescindible en el terrorismo global del siglo XXI para inocular y activar en la psique el germen del fanatismo, que requiere la comunicación de las creencias radicales. Se trata de radicalizaciones urgentes o exprés, porque se llevan a cabo en lapsos de tiempo que se cuentan más bien por semanas que por meses.
Hay un momento decisivo en el proceso de captación. Tras haber conseguido atraer la atención del potencial recluta en las redes sociales mediante mensajes generales, y una vez discriminados los más susceptibles, los captadores los conducen a espacios virtuales más privados. Chats, grupos de whatsapp y otros recursos nuevos diseñados por los propios especialistas de la organización terrorista, que son objeto de menos vigilancia por parte de los grupos especializados de la policía, constituyen el espacio en el que se somete, sobre todo a los jóvenes, a mensajes de gran poder seductor que, a la postre, consiguen el secuestro de sus mentes, es decir, su desconexión de todo lo que hasta ese momento conformaba su mundo. Por último, llegará el contacto personal para culminar el proceso de alienación, que conlleva la pérdida del sentido de la realidad (o delirio).
Como se ve, internet no es aquí la tecnología del librepensamiento, sino, muy al contrario, el medio de cultivar y extender el fanatismo, mal que le pese al doctor García de Haro. Se trata de toda una paradoja que el politólogo Benjamin Barber reconoce de la siguiente forma:
Estamos ante la grotesca situación de que gente pone «me gusta» en sitios de la web donde se ven decapitaciones. ¡Estamos ante el movimiento simultáneamente más moderno y más reaccionario de la historia! Están intentando destruir Occidente en parte debido a su modernidad y su tecnología pero al mismo tiempo son creaciones de la tecnología moderna, y dependen de ella íntimamente para generar miedo y odio.
No, las nuevas tecnologías por sí mismas no nos salvarán del delirio latente en las creencias irracionales. Es más, según lo dicho hasta ahora, hay que estar alerta ante su alto poder de sugestión. El universo de las pantallas puede crear auténticos mundos solipsistas que, sin darnos cuenta, nos aíslen de la realidad, ese lugar en el que nos hallamos con lo otro, y en el que hemos de convivir, lo que se hace imposible si nos enclaustramos en nuestros mundos privados.
El diálogo es imprescindible para posibilitar el encuentro en el espacio objetivo de la realidad. Las redes sociales parecen, en principio, potentes recursos tecnológicos que incrementan esa capacidad nuestra de diálogo, pero hay quien detecta una deriva contraproducente en las innovaciones relativas al procesamiento de los big data incorporadas en los últimos años. En este sentido va la advertencia del activista de internet Eli Pariser, que se plasma en su teoría de la burbuja de filtros. De acuerdo con ella, existe una tendencia en la red de progresiva personalización de contenidos en los medios digitales, lo que conlleva la creación de una realidad distinta para cada internauta. Los algoritmos de Google o Facebook muestran resultados distintos a cada usuario, en relación a su historial de búsquedas y su comportamiento en la Red. Es por esto que la información que se nos ofrece a través de estos medios es sesgada: la mecánica de los motores de búsqueda hace que sólo seamos receptores de la información que se presupone de nuestro interés. Esos algoritmos acabarán decidiendo por nosotros qué es la realidad siempre en una senda de continua confirmación de nuestras creencias, reduciendo así el margen para la falsación de las mismas y confinando al usuario en burbujas ideológicas y culturales sin comunicación entre ellas (para más detalle véase el vídeo que sigue al párrafo).
En consecuencia, no creo que las nuevas tecnologías por sí mismas tengan el poder de acabar con el efecto alienante de las creencias. Es el sujeto desde la razón el que las tiene que someter a juicio poniéndolas constantemente a prueba. Internet y los diversos medios digitales ayudan como herramientas que expanden nuestras capacidades cognitivas y su conexión a la realidad en toda su amplitud y diversidad de detalle, quebrantando cuando corresponda, sobre todo, nuestras más queridas expectativas sobre ella; pero también hay que ser muy conscientes de su posible uso perverso, que puede llegar a ser de gran efecto por su enorme poder de seducción. 



 
 

El Marxismo vs la Economía moderna (2)


José Luis Ferreira

En la entrada anterior vimos cómo tratan el marxismo y la economía moderna las ideas de "valor", "excedente" y "explotación" y cómo el marxismo erraba por la base. Sigamos con "pobreza", "desigualdad" y "lucha de clases".

4. Pobreza

El marxismo llega a la conclusión de que los trabajadores cada vez serán más pobres. Esto es un error doble: (i) no se deduce lógicamente de las premisas de la teoría marxista, (ii) empíricamente no ha ocurrido ni se espera que ocurra. La Economía moderna muestra que la complementariedad entre trabajo y tecnología permite a los trabajadores ser remunerados por una productividad cada vez mayor. Aquí los seguidores de Marx empezaron a decir cosas como que la razón de no observar la depauperización del proletariado es porque las empresas occidentales se expandían por el Tercer Mundo, donde sí había esa depauperización. La Economía moderna muestra que tanto con esta expansión como con el desarrollo de empresas propias en el Tercer Mundo lo que se produce es la posibilidad de que los países pobres puedan salir de su pobreza (si toman las políticas económicas correctas y están libres de calamidades como guerras y sátrapas). Esto último es lo observado históricamente.

5. Lucha contra la desigualdad

El marxismo propone "a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus posibilidades". Maravillosa teoría, pero para la especie equivocada, como dijera E. O. Wilson. ¿Quién decide cuánto puedo trabajar o qué tan bien o mal sé tomar decisiones de dónde hacer nuevas inversiones de recursos? ¿Quién decide mis necesidades? Han sido las maneras absurdas de responder a estas preguntas las que han llevado a los regímenes comunistas que en el mundo han sido al fracaso, y no tanto enfrentamientos, guerras frías o bloqueos. Todo eso puede haber contribuido, pero en todos esos países, cada vez que introducían alguna apertura económica en el sentido que marca la Economía moderna, lograban avances y cada vez que volvían a la ortodoxia volvían también al estancamiento. Ha ocurrido en la URSS, en Cuba, en China y en todos los demás países.

La Economía moderna dota de mejores herramientas para luchar contra la desigualdad a un gobierno que quiera hacerlo. Primero, la competencia es una gran disciplina contra las desigualdades. Una empresa que gane excesivamente verá cómo le nacen competidores como setas. Un trabajador especializado que cobre grandes salarios verá cómo otros intentan ser como él. Segundo, el Estado puede corregir desigualdades sociales mediante políticas de igualdad de oportunidades (mediante programas de salud y educación universales) y mediante políticas que palien la desigualdad de resultados (transferencias de rentas, p.e.). La Economía moderna dice, por ejemplo, cómo las políticas de renta son, en este sentido, mucho mejores que las políticas de precios o de cuotas. Los países que han aprovechado estas ventajas son los que han conseguido las sociedades más igualitarias que ha conocido la Historia (tal vez no la Prehistoria).

Todo es mejorable, y en este blog se han criticado muchas cosas de cómo se lleva la Economía en España y Europa y se han apoyado unas cuantas medidas para mejorarla.

6. Lucha de clases

El marxismo distingue básicamente entre los que tienen la propiedad de los medios de producción y los que no. Como los primeros viven de parasitar sobre los segundos (según la teoría de la plusvalía) su primer interés es que las cosas sigan así, mientras que los segundos deben hacer desaparecer a esa clase parásita. Pero la realidad tiene la costumbre de ser más complicada, por ejemplo, qué diremos de los pequeños empresarios, los autónomos, dueños de medios de producción, pero no especialmente ricos, o qué de los asalariados que cobran grandes cantidades. Ante esto los marxistas han añadido complicaciones ad hoc como "lo que define es a quién se sirve", "lo que importa es la conciencia de clase", etc. que acaban de hacer de su idea de clase una hipótesis no falsable. Al final la definición queda al arbitrio de quien la hace, pero lo importante es qué análisis se hace con este concepto (en la definición que sea) y ya hemos visto que parte de un concepto equivocado.

Las explicaciones de procesos históricos con el concepto de lucha de clases marxista caen, además, en el problema del funcionalismo. El que al grupo X le convenga la medida A no quiere decir que los individuos del grupo X hagan nada al respecto; hay por una parte un problema de acción colectiva, y, por otra, el de lograr convencer a las autoridades para conseguir esa política. Historiadores marxistas más sofisticados hace mucho tiempo que abandonaron ese funcionalismo infantil (por ejemplo, David Abraham en su libro El colapso de la república de Weimar).

La Economía moderna permite hablar de ricos y pobres y de estratos intermedios y permite integrar conceptos como "grupo de presión", mucho más versátil que el de clase y, desde luego, dispone de herramientas para no caer en el funcionalismo señalado. No todos los propietarios de grandes empresas tienen los mismos intereses, ni todos los trabajadores. Pero en la medida que algún subgrupo de ellos tengan intereses comunes podrán ser un grupo de presión. La teoría económica, al tener una medida de la retribución por productividad es capaz de dirimir si un grupo de presión es, efectivamente, más poderoso que otro y puede complementar a análisis sociológicos y políticos para analizar influencias, connivencias y corrupciones.

14 de octubre de 2016

La iniciación en el culto contra el miedo a la muerte

Por Alejandro Miñano
“Llegué hasta la línea divisoria que separa la vida de la muerte. En el inframundo traspasé el umbral de Perséfone, y después de haber viajado a través de todos los elementos, emprendí de nuevo el regreso”.
Este texto tiene más de dos mil años de antigüedad y procede de un hombre anónimo que había sido iniciado en los antiguos cultos mistéricos, reservados únicamente a los iniciados, un círculo muy elitista. El hombre creía que iniciándose en los misterios participaría del poder divino y podría sacar provecho de ello en la vida después de la muerte. Todos los que no hubieran experimentado una iniciación a través de los misterios, estarían destinados al Hades.
Lo que les sucedía en la iniciación era una vivencia simbólica o ritual de la muerte. Ésta tenía que ver con la oscuridad, el recogimiento y con un retiro completo,  así que los sacerdotes escenificaban hábilmente la “vivencia”. Los creyentes entendían esta escenificación como su propia salvación tan pronto como se produjera su muerte real. El objetivo es que seguirían existiendo en el más allá, de manera consciente, y no como una sombra, un espectro.
En la antigüedad se originaron diferentes cultos mistéricos, como los Misterios eleusinos en Grecia, explicados en el siguiente enlace: Misterios
El objetivo de la iniciación era adquirir unos conocimientos secretos. Estos conocimientos capacitaban al que participaba de los misterios para distinguir en profundidad lo divino de lo humano, lo terrenal de lo ultraterrenal pero, además, lo capacitaban para que perdiera el miedo a la muerte. En definitiva, al iniciado se le presentaba un camino mejor que al resto de los mortales.
Deméter
Deméter
La iniciación tenía lugar fundamentalmente porque la vida del individuo se hallaba ligada a la de los dioses. Por ejemplo, Deméter se lamentaba porque su hija Perséfone había sido raptada por Hades, dios de la muerte, así, de esta manera, el hombre reconocía en esto que los seres sobrenaturales tenían sentimientos similares a los suyos. De este modo se estrechó el vínculo entre dios y hombre por lo que los hombres se sentían unidos a su dios por encima de su propia muerte. El dios sobre el que se había experimentado en la iniciación se situaba en un plano humano; la persona iniciada se sentía emparentada a este dios en el luto, en el dolor y en el miedo. Esta relación estrecha la experimentaban exclusivamente los iniciados en los cultos mistéricos. A quien no hubiera sido iniciado le aguardaría otro destino lleno de horrores y peligros. Estar muerto significaba tener que vegetar por toda la eternidad como una sombra.
“ Que la iniciación te permita a ti, hombre, perdurar en el tiempo más allá de la propia muerte. Sin embargo, todos los que no hayan sido iniciados, deberán permanecer hundidos en el fango eternamente filtrando agua con una criba. (…) Los no iniciados no pasan por el filtro y son eliminados. A continuación, serán aniquilados por los demonios guardianes de puertas”.
La iniciación en los cultos mistéricos debía de ser sin duda una vivencia única, especial y penetrante. Se cree que al iniciado le aplicaban determinadas técnicas para alcanzar el éxtasis, que le provocaban estados psíquicos hasta entonces nunca experimentados. El éxtasis lo capacitaba para una percepción sobrenatural. En ese estado, el iniciado podía verse cara a cara frente a Deméter. Esta experiencia era percibida como algo completamente real por los iniciados.
Deméter era experimentada del siguiente modo: el hombre embargado por el éxtasis dice: “Yo soy ceniza, la ceniza es tierra, la tierra es una diosa, entonces no estoy muerto”.  La cercanía de la diosa sería felizmente percibida en ese momento. Después el iniciado continuaba: “He entrado en el castillo de la diosa del inframundo”. Él sabía que de estas entrañas brotaría una vida nueva, pues vida y muerte van de la mano. De esta manera, cada iniciado, a través de esta experiencia, se libraría del miedo a la muerte.

Fuente original: animasmundi

9 de octubre de 2016

El Marxismo vs la Economía moderna (1)


José Luis Ferreira

Hay mucha gente todavía afecta al Marxismo por razones de lo más diversas. Sin pretender ser exhaustivo, a mi alrededor veo algunos que piensan que es una teoría económica válida, pero marginada por el pensamiento único; otros parecen pensar que tiene las claves para una sociedad mejor, otros que maneja conceptos que explican mejor que otras teorías la economía capitalista y otros que se identifican con sus fines de crear una sociedad igualitaria, próspera y sin explotación. Ninguna de esas cosas es cierta. No es que esté marginada, simplemente no está en la Economía moderna como no lo está el flogisto en la Química ni la teoría de los humores en la Medicina. En cuanto al atractivo de sus conceptos, en esta entrada y otras próximas mostraré cómo la Economía moderna puede perfectamente hablar de las cosas que preocupan a los marxistas y de muchas más, y con un análisis económico más adecuado a la realidad. Finalmente, el deseo de una sociedad mejor no es exclusivo del Marxismo y si el Marxismo no ofrece los mecanismos ni para diagnosticar de manera adecuada los males presentes ni para ofrecer alternativas, mejor si se queda en los libros de historia como una de tantas teorías fallidas (esto es reconocido por investigadores provenientes del Marxismo o inspirados por él, como los pertenecientes a la corriente del marxismo analítico).

Vamos allá con algunos conceptos que suelen aparecer cuando se habla de marxismo y qué podemos decir sobre ellos.

1. Valor de un bien

Todas las teorías económicas distinguen entre valor de uso y valor de cambio y buscan una relación entre ambos. El Marxismo busca una relación intrínseca, que tiene que ver con el número de horas de trabajo que encierra el bien. La economía moderna deja que el valor de uso sea subjetivo y reconoce que el valor de cambio tampoco es intrínseco, puesto que depende del precio a que se intercambie. Ese precio no es intrínseco, sino que depende de la oferta y la demanda. Esa sí dependerá de los valores de uso. El Marxismo busca una entelequia y desarrolla un modelo incoherente (un bien puede tener metidas muchas horas improductivas en su manufactura o ser un bien que nadie quiere), mientras que la economía moderna conjuga sin contradicciones ambos conceptos en un modelo coherente.

2. Reparto del excedente

Para el Marxismo todo el excedente (beneficio) debe ir al trabajo, ya que todo el valor se mide en horas de trabajo. Este es un gran error deducido del error anterior. Sin considerar la actividad empresarial como un factor de trabajo cualquier régimen económico basado en esta premisa carecerá de ese input y verá cómo su actividad se estanca. La teoría económica moderna encuentra que en una economía moderna se remuneran todos los factores de producción (tierra, trabajo, capital, actividad empresarial) y que en una situación de mercados perfectamente competitivos la remuneración será proporcional a la productividad marginal, cosa que tiene muy buenas propiedades en términos de generar asignaciones eficientes y de señalar de manera correcta dónde hay escaseces y dónde merece la pena retirar o dedicar recursos. Nada de esto ocurre en la teoría marxista. Aquí y aquí me explayo más sobre la importancia de la actividad empresarial.

3. Explotación

La plusvalía, es decir, la parte del excedente que se queda el empresario, es vista en el Marxismo como una medida de la explotación. Para la Economía moderna existe un abuso de poder de mercado cuando el excedente de alguno de los factores es superior al que marca su productividad. Ocurre cuando, por ejemplo, una empresa es monopolista, cuando existe un oligopolio, un cártel o una mafia o cuando el gobierno reparte prebendas y privilegios. Seguramente el mayor exponente en el uso de la economía moderna para hablar de explotación sea John Roemer, que la define a través de las relaciones de mercado y no como propiedad intrínseca.

En la siguientes entradas sobre el tema hablaremos de pobreza, desigualdad, lucha de clases y algún otro tema.

4 de octubre de 2016

No planees... ¡vive!



Una semana más en nuestra querida cita semanal. Ahora les comparto una reflexión que nace de una experiencia que tuve recientemente; creo que filosofar sobre la vida diaria es una buena forma de repensar nuestros actos y, sobretodo, de madurar como seres humanos. Espero les guste. 

Uno de los principales mantras de la productividad es el de planear tus actividades con la finalidad, se dice, de no desviarse de lo importante y de ser, evidentemente, productivos

Muchos tienen el don de llevar lo de agendar a un plano de la excelencia en dónde nada se les escapa y logran equilibrar incluso el ocio y trabajo de una manera admirable. Otros no tenemos esas habilidades. Pero el artículo no versa sobre eso... o no en el sentido estricto. 

Resulta que he tenido a bien reunirme, casi cada mes, con mis antiguos compañeros de educación básica. Si bien no asiste la mayoría sí solemos ir entre ocho y doce viejos compañeros de clase a recordar, reír y actualizar nuestro día a día retomando amistades de esas que literalmente fueron para toda la vida y que Facebook se encargó de reencontrar. 

Pero la más reciente de nuestras citas fue peculiar. Estuvimos solamente una amiga y yo en el punto y hora acordados. Esperamos pacientemente pero nadie se presentó; con ello parecía que el plan original saldría mal -aunque no existía uno como tal más que el platicar con música de fondo y bebidas que acompañaran la velada- pero lejos de eso la reunión dio un giro inesperado. 

Decidimos al hacerse evidente que únicamente estaríamos ella y yo comer y platicar un poco aunque luego de un rato ella -debo admitirlo- organizó algo mejor: salir del lugar con destino a un andador cultural para caminar y platicar

No cabe duda que las mujeres suelen tener buenas ideas. 

Las cosas no pudieron salir mejor. Una cita que inició a las ocho y media de la noche (y que suelen durar hasta las once) se alargó hasta cerca de las dos de la mañana. Caminamos, vimos objetos de arte popular (pulseras, objetos de piedras raras, cráneos de piedra, etc.) y platicamos de cosas tan diversas como desde tecnología hasta homosexuales, películas y música, literatura y religión... una larga charla que entre amena y divertida fue, como se dice coloquialmente, de lo más genial

La reflexión de hoy va direccionada con la manía de querer siempre organizar hasta el más mínimo detalle en situaciones o eventos especiales (dejemos la productividad/planeación en otro plano) como citas, cumpleaños, salidas casuales... a veces, sino es que casi siempre la improvisación es de lo mejor. 

Es verdad que la organización es necesaria, un mundo sin ella sería un caos pero la vida es tan efímera que el plan que tengamos mañana puede cancelarse porque la muerte prefiera llamarnos. 

Creo que el equilibro sería lo ideal aunque si inclinamos un poco la balanza no estaría mal... un poco de planes pero mucho más de improvisaciones. 

Hasta la próxima semana. Puedes leerme también en El bLog de miguE >>



La imagen la obtuve del Utel Blog.

2 de octubre de 2016

Conciliando falsabilidad sí, falsabilidad no


José Luis Ferreira

De un comentario mío en Cuaderno de Cultura Científica. Se trata de una entrada de César Tomé sobre la falsabilidad. No es la primera vez que habla del tema ni la primera vez que comento. Aquí podéis acceder a la parte anterior del debate.

Esta nueva entrada de César Tomé explica mejor (o yo lo entiendo mejor) su postura sobre la falsabilidad. Y lo explica de una manera que me hace entender que podemos reconciliar su idea de que las teorías científicas no son falsables y la mía de que sí lo son. ¿Cómo? Leed la entrada de César y luego leed mi comentario:

Dice César:
“Para empezar, afirman (quienes defienden la falsabilidad) que existe una característica inherente a la hipótesis que, una vez “medida”, permite catalogar la hipótesis como verdadera o falsa.”
Mi comentario:

Esta es la clave, me parece, y me parece que con esto nos podemos entender. Repasemos qué se entiende por inductivismo y por falsabilidad.

Inductivismo tradicional: Busquemos hechos que validen la hipótesis. Se valida por inferencia estadística (aumentando la probabilidad a posteriori si los datos son los predichos).

Falsabilidad tradicional: Busquemos hechos que refuten la hipótesis. Se invalida la hipótesis si se encuentra un hecho contradictorio con la predicción.

Tu posición parece ser que el introducir el error en la falsabilidad anula la validez de la idea tradicional. Mi posición es que podemos seguir hablando de falsabilidad, pero reconociendo esta posibilidad de error, de manera que viene a ser la otra cara del inductivismo (la refutación también es inductiva). De esta manera podemos definir falsabilidad de una manera satisfactoria para ambos.

Falsabilidad como debe ser: Busquemos hechos que refuten la hipótesis. Se invalida por inferencia estadística (disminuyendo la probabilidad a posteriori si los datos no son los predichos).

Es la posición que vengo manteniendo desde hace tiempo. Es mi tesis número 15 aquí.