11 de septiembre de 2016

Cerebro, evolución y naturaleza humana (trasfondo filosófico de la neurociencia cognitiva)


Por José María Agüera Lorente
Richard Leakey, el veterano paleoantropólogo, tomando prestada la expresión de un teólogo, lo llamaba «la inquietud fundamental». Él lo tiene por un sentimiento específicamente humano del que brota el deseo inveterado de indagar sobre nuestros orígenes. Cuando nos planteamos en la actualidad dentro de los dominios de la neurociencia cognitiva las cuestiones propias de este vanguardista ámbito de investigación sobre la mente también nos impulsa, desde lo más profundo de nuestra condición humana, la susodicha inquietud. Ella nutre ese trasfondo filosófico que subyace a toda investigación científica que, al final, apunta a las grandes cuestiones que conforman el horizonte trascendental del conocimiento humano, y que reconoce el fundador de la sociobiología, Edward O. Wilson, en su libro titulado La conquista social de la Tierra. En él nos encontramos con que las partes segunda, quinta y sexta llevan por títulos, respectivamente, ¿qué somos?, ¿de dónde venimos? y ¿adónde vamos? Creo que es prueba suficiente de que la ciencia toma consciencia, conforme va expandiendo sus dominios epistemológicos, de que, más pronto que tarde, tendrá que abordar explícitamente esas cuestiones radicales (es decir, filosóficas).
Y podría uno atreverse a decir que ya ha empezado a hacerlo. Desde unos primeros planteamientos más generales se ha ido ganando en precisión. Gracias, indiscutiblemente y en primer lugar, al poderosísimo paradigma teórico que supuso la aportación de Charles Darwin hace siglo y medio, que colocaba al ser humano en el marco de referencia adecuado para su estudio dentro de los estrictos límites gnoseológicos de la ciencia positiva. Pocas obras intelectuales llevadas a cabo por el ser humano han demostrado tener un mayor poder de inspiración en tan diversos campos de investigación. La teoría de la evolución ha sido fértil humus, en términos generales, tanto en el trabajo correspondiente a las llamadas ciencias de la naturaleza como en el que se desarrolla en las ciencias sociales. Esto –al margen de las sempiternas refriegas ideológicas y de propuestas pseudocientíficas como la que representa la teoría del diseño inteligente– no lo niega nadie en nuestros días, si es que cuenta con un mínimo de seriedad intelectual.
En este punto resulta muy oportuno traer a la memoria un viejo artículo de Pedro Laín Entralgo –humanista que edificó su pensamiento sobre las bases del conocimiento científico–, que es una elocuente muestra de la síntesis entre las fundamentales cuestiones filosóficas y los problemas más concretos que abordan las ciencias.
El texto lleva por título Cajal y el chimpancé, título con el que el autor vincula la inteligencia del sabio pionero en la neurociencia con la de los simios con los que trabajó el psicólogo de la Gestalt Wolfgang Köhler en los años de la Primera Guerra Mundial, sirviéndose del concepto de la evolución para establecer la conexión a partir de las reflexiones a las que conducen los hallazgos fósiles. En palabras del propio Laín Entralgo extraídas del susodicho artículo: 
Dos problemas, pues, íntimamente conexos entre sí, el paleontológico y el psicológico-experimental. El primero: ¿cuándo y cómo unos restos óseos permiten concluir que la figura y la presumible conducta del animal a que pertenecieron eran todavía antropoides o eran ya humanas? El segundo: ¿en qué medida y de qué modo las ocurrencias resolutivas y las invenciones técnicas de los antropoides son equiparables a las ocurrencias resolutivas y las invenciones técnicas de los hombres? En definitiva: ¿es homogénea o no lo es la conversión evolutiva del género Australopithecus en género Homo? Por tanto: ¿en qué se asemejan y en qué difieren la revelación que iluminó a Cajal ante ciertas preparaciones micrográficas de tejido nervioso y la vivencia del ¡ajá! que experimentaba el chimpancé Sultán ante sus cañas empalmadas? Fascinantes preguntas, tanto para la ciencia positiva como para la especulación antropológica, e incluso para cualquier hombre preocupado por saber lo que como hombre es.
Es aquí donde interviene de manera decisiva la neurociencia cognitiva, ofreciendo ese enfoque desde la encrucijada interdisciplinar que se enriquece con las aportaciones de la neurología, de la psicología cognitiva y de las ciencias de la computación y de la inteligencia artificial. En la actualidad tenemos suficientes pruebas de que así es considerado por quienes destacan en la exploración de este apasionante universo interior que apenas recién hemos empezado a comprender. Es el caso del psicólogo norteamericano Steven Pinker que, en su libro Cómo funciona la mente, no ahorra loas a la teoría computacional de la mente. Como muestra, un botón: 

¿Por qué debemos confiar en la teoría computacional de la mente? Ante todo, porque ha resuelto problemas filosóficos que tenían milenios de antigüedad, porque ha supuesto el inicio de la revolución informática, porque ha planteado preguntas relevantes a la neurociencia y ha proporcionado a la psicología un programa de investigación magníficamente fructífero. 
¡¿Qué más se puede pedir?!
Efectivamente entre esos problemas filosóficos que tenían milenios de antigüedad no es el menos importante y antiguo el que hemos referido al comienzo, y que fue planteado por el padre de la teoría de la evolución, consciente de que sus tesis tenían importantes implicaciones para el susodicho problema, de cuya complejidad era víctima –por así decir– el propio Darwin; pues es el mismo sabio inglés el que afirma en 1871 en su libro The descent of man, and selection in relation to sex tanto que «no puede haber duda de que la diferencia entre la mente del hombre más primitivo y la del animal más avanzado es inmensa» como que «sin embargo, la diferencia en mente entre el hombre y los animales superiores, grande como es, es ciertamente de grado y no de clase». A la misma cuestión trata de dar respuesta concluyente el neuropsicólogo norteamericano Michael S. Gazzaniga siglo y medio después de publicadas esas palabras por primera vez. Léase el primer capítulo de su libro titulado ¿Qué nos hace humanos?, donde aparece el siguiente encabezamiento: «¿son únicos los cerebros humanos?». Así que diríase que algo hemos ganado en el camino; hemos precisado la pregunta y la hemos replanteado en un terreno lo suficientemente fértil como para que nos dé los frutos del conocimiento que tanto ansiamos. En palabras de Gazzaniga: 
Pese a que es obvio para todo el mundo que los seres humanos somos físicamente únicos, también es obvio que diferimos de otros animales en aspectos mucho más complejos. Creamos arte, pasta boloñesa, y máquinas complicadas, y algunos entienden la física cuántica. No necesitamos que un neurocientífico nos diga que nuestro cerebro es el que manda, pero sí necesitamos uno que nos explique cómo lo hace. ¿Hasta qué punto somos únicos y en qué modo lo somos?

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada