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¿Europa sin ideales? (Un poquito más a cuenta del «Brexit»)



 Por José María Agüera Lorente
En su elocuente libro titulado El retorno de los chamanes, publicado no hace siquiera un año, el joven y cosmopolita politólogo Víctor Lapuente nos presenta una visión audazmente crítica de la Unión Europea forjada en las últimas décadas. Todo el libro merece un comentario, pues es muy apreciable su valor como provocador de reflexiones y de replanteamientos de creencias que uno creía suficientemente razonadas amén de queridas. Así que habrá que volver a él en más de una ocasión a la hora de abordar diversas cuestiones todas ellas interconectadas por cuanto tienen que ver con el problema de la consecución del bien común.
Para este crítico del actual modelo político europeo la eurocracia de Bruselas ha suplantado la Europa de los mercaderes por la Europa de los burócratas. Su percepción despectiva de tal modelo apenas queda disimulada en estas sus palabras:
El comercio de los no comerciantes es el más intenso, no se acaba al estrechar la mano para cerrar un negocio. El trasiego de los que buscan rentas no cesa. Hoy se debe redefinir esta regulación, pedir aquel crédito. Mañana habrá que retocar otra regulación, extender otro crédito.
Como en el mito griego, Europa es víctima de un rapto, del que el culpable no es como yo creía– el toro de Wall Street, que tan oportunamente representa el empuje imparable de los mercados financieros, sino la hidra que serpentea por los despachos sitos en su centro institucional, desde los que se trata de someter a los diversos Estados europeos a un imperio uniformizador. El apocalipsis de la historia vendrá de la mano de una «Gran Bruselas», que así queda descrita por nuestro agorero autor:
miles de mercaderes que no mercadean, porque extraen sus rentas de torcer las directivas a su antojo y agrietar las regulaciones para encontrar un inagotable manantial de riqueza, y miles de políticos demócratas que no hacen política demócrata, pues carecen de accountability, de responsabilidad, con sus votantes. Representantes de mercaderes y representantes de representantes políticos.
Conforme a la descripción que nos ofrece a lo largo del texto el gobierno europeo se basa en una «compleja arquitectura institucional», y asemeja «un castillo demasiado grande y lleno de trampas» en las que acaban cayendo sí o sí los bienintencionados funcionarios y europarlamentarios que tratan de innovar. Porque allí lo que se cultiva es la intriga palaciega y se premia a «los Richelieu de traje estrecho y sonrisa amplia». 
Mirado así, los adalides del Brexit han de ser tenidos por auténticos visionarios, salvadores a la 007 de su real democracia. Clarividentes opositores al leviatán europeo que se está gestando contra natura. Porque los europeos somos evidentemente muy heterogéneos. No vale en la actualidad esa línea demarcatoria durante tanto tiempo válida más allá de las fronteras nacionales que dibujaba las categorías de izquierda y derecha. Por si no basta la evidencia del contraste entre griegos y alemanes, lo ha demostrado el dichoso referéndum británico, donde las posturas han sido antagónicas no en función de esas ideologías políticas, sino según el corte generacional (jóvenes que han votado por la permanencia en la UE frente a viejos que han votado por la salida); dependiendo de las particularidades locales (ámbito rural mayoritariamente a favor de la salida) o de identidad nacional (Escocia e Irlanda del Norte por la permanencia). En esto no cabe sino darle la razón a Víctor Lapuente. Y cuando uno ve cómo se rompe por sus costuras la solidaridad europea ante las pruebas a las que la historia la somete, como la llamada crisis de los refugiados, parece que no queda otra que aceptar que el sueño de la Gran Europa política y social no es más que eso, un sueño.
De todo lo anterior infiere el mencionado autor que más nos valdría a los europeos renunciar a la utopía europeísta; la grandeur no es más que un mito que fácilmente se derriba desde el conocimiento de la realidad de los pequeños países que inventan sus propias políticas desde su independencia y experimentación innovadora. Como es el caso de los países escandinavos, a los que nuestro mordaz politólogo tiene permanentemente presentes como modelo a seguir. Ojo: según él, el problema no lo constituye el gran mercado único europeo, sino la creación de un gran gobierno central que uniformice la política con un fuerte ascendiente ideológico, lo que irremediablemente tendría el efecto de agostar toda capacidad de innovación en políticas públicas. Para esto sí reconoce el profesor Lapuente la necesidad de una Bruselas fuerte y con competencias claras, para velar por el funcionamiento justo y eficiente de ese mercado común europeo. Al mismo tiempo se necesita una Bruselas débil en lo político para posibilitar un «mercado de políticas públicas». Desde este su punto de vista, consecuentemente: 
el sueño de los integristas de la integración europea, la unión monetaria y fiscal, significaría (o está significando, porque su parte monetaria se está cumpliendo ya) la desaparición de esa ágora de políticas públicas. 
En definitiva, lo que se propone es que una Europa más aligerada en ideales y menos cohesionada políticamente permitiría a sus países cultivar desde su insoslayable heterogeneidad su creatividad en políticas públicas, las cuales competirían libremente entre sí.
Como prueba histórica a favor de sus tesis el politólogo contrapone el monstruo de la UE al modesto pero pragmático proyecto de la Unión Nórdica, constituida a comienzos de la década de 1950 por Noruega, Islandia, Finlandia, Suecia y Dinamarca. Una integración construida desde arriba frente a una promovida desde abajo. Una pomposa y fatua, pero fracasada, frente a otra modesta a la par que exitosa. Pequeños países que abrieron sus fronteras entre sí para que sus respectivos ciudadanos se moviesen libremente sin pasaporte, y que pudieran residir y trabajar en otro país sin necesidad de pedir permiso. Nada de grandilocuentes discursos sobre el sueño europeo; plena autonomía y responsabilidad de sus  gobiernos para decidir sus políticas. El resultado es que han alcanzado un alto grado de integración y convergencia sin necesidad de un leviatán europeo como Bruselas. La conclusión es inapelable: 

El bienestar de los europeos requiere también desmantelar parte de la infraestructura de la Unión para recrear un auténtico mercado de políticas públicas. Y es que aquello que Europa necesita más es precisamente aquello que sus medios de comunicación suelen atacar más; a saber, la denostada «Europa de los mercados». Europa necesita un mercado competitivo tanto de bienes y servicios como de políticas públicas. Que los ciudadanos europeos puedan decidir libremente tanto qué productos como qué políticas consumir.
La pregunta es: ¿vale todo en ese mercado? Si aceptamos que «espíritu europeo» no es más que un vacuo sintagma nominal que sólo da apariencia de realidad a los abstractos ideales europeos, y asumimos su naturaleza puramente retórica, ¿podremos mantener la mínima cohesión política necesaria para conjurar los conflictos derivados del enfrentamiento entre pueblos que no perciben entre sí vínculos de fraternidad?
Una ojeada a ese espacio mediático hostil a la Europa de los mercados, permite encontrar voces muy cualificadas que reconocen la necesidad de flexibilizar el proyecto de integración. Léanse como exponentes los artículos de Loukas Tsoukalis, profesor de integración europea en la Universidad de Atenas, y de Frank-Walter Steinmeier, ministro alemán de relaciones exteriores. Ambos reconocen en sus textos la crisis por la que atraviesa la UE, pero ambos apelan al mantenimiento de la unión, recordando la necesidad histórica del proyecto europeo común tras tantos siglos de guerras entre los distintos territorios del viejo continente. Como reconoce Tsoukalis, es innegable que «Europa está en un aprieto: es difícil avanzar y da miedo retroceder». Por su parte Steinmeier apela a la urgente necesidad de «implantar un nuevo sistema de funcionamiento en Europa» en la dirección que apunta la crítica de Víctor Lapuente, reconociendo la realidad heterogénea de los pueblos europeos, pero «sin excluir ni dejar atrás a nadie». Esto implica seguramente aligerar el elefantiásico aparato burocrático de Bruselas, pero no desprendernos de ideales que pueden orientar la acción política en los momentos en que los diversos intereses grupales (también dentro de cada uno de los Estados nacionales) chocan entre sí. Apelar a la historia, a la paz, a la justicia, a la par que se toman concretas decisiones políticas que tornen tangibles para el ciudadano tales abstracciones no es en principio descabellado. El filósofo italiano Alessandro Ferrara lo consigue expresar lúcidamente en su libro La fuerza del ejemplo mediante las siguientes palabras: 

En política, el imaginario desempaña un papel fundamental, ya que la política no sólo está trufada de intereses, conflictos y poder, como una visión reduccionista podría creer, sino también por ideas, algunas de las cuales presentan la extraña cualidad de «movilizar» a la gente.
Así pues, no parece inteligente retirarse del campo de batalla de las ideas, porque otros lo ocuparán tremolando banderas que exalten las identidades nacionales, construyendo muros que justifiquen los conceptos (también abstractos) de dentro y fuera, de igual y diferente. Ese imaginario al que se refiere Ferrara se define sobre el telón de fondo de experiencias históricas que los individuos comparten y que se transmiten a través de los rituales de la memoria. Ese acervo de la memoria común europea nos indica que no nos queda más remedio que arreglarnos entre nosotros, coexistir en este territorio donde todos han sido alguna vez enemigos; y dialogar y negociar, «ya que –como sostiene el filósofo italiano– el enemigo de hoy siempre estará allí, en el mismo espacio político en el que estamos nosotros». Bruselas se puede tomar muy bien por ese imperfecto pero imprescindible espacio, materializado institucionalmente, de diálogo.

A todo esto, no hay que soslayar la realidad del mundo global, la cual se hace patente sobre todo en los problemas que no pueden hallar solución más que desde propuestas de un gobierno cosmopolita, tome la forma institucional que tome. Me refiero –por mencionar algunos de esos problemas– a la explosión demográfica, la destrucción de la biodiversidad del planeta, el agotamiento o escasez de recursos naturales como el agua o el petróleo, posibilidades y riesgos de la ingeniería genética, globalización de los mercados y la economía, migraciones masivas, insuficiencia de los Estados nacionales como marco de la vida política, una cultura universal basada en la difusión instantánea y mundial de la información a través de los canales de comunicación, las tensiones identitarias latentes en el multiculturalismo, el terrorismo global. ¿De verdad está Europa en mejor disposición de afrontar todos esos retos sin una política común (que no uniforme) basada en las enseñanzas derivadas de su tortuosa historia y en su compromiso ético con la universalidad de los derechos humanos?
 

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