24 de julio de 2016

El valor de una vida


José Luis Ferreira

¿Cuánto vale una vida?

La cuestión no tiene fácil respuesta. De hecho, para algunas maneras de plantearla, no la tiene en absoluto. ¿Cuánto vale mi vida para uno mismo? En principio, todo lo que tenga y más si se puede pedir, robar o conseguir de cualquier otra manera. Si eso deja en la ruina a la familia habrá quien se rinda ante ese prospecto y no acepte pagar cualquier cosa por salvar la vida. Depende de cada cuál, claro. Consideraciones parecidas se harán con seres queridos. Por este camino no llegamos a ninguna parte. Bueno, sí, llegamos a que, trasladando esto a las decisiones sociales, dedicaríamos ingentes cantidades de dinero (es decir, de recursos) a salvar vidas. Dedicando muchos millones a mejorar una carretera estadísticamente se ahorrarán algunas vidas. Si una vida no tiene precio, no haríamos otra cosa que mejorar carreteras (era un ejemplo, pon aquí tu favorito si este no te gusta).

Hay otra manera de enfocar el asunto y que, además, es más acorde con las decisiones que tomamos. Como al final todos nos morimos, resulta que ninguna vida se salva realmente. Lo que conseguimos es aumentar la esperanza de vida (también su calidad, pero no nos compliquemos). ¿Cuánto estamos dispuestos a pagar por que nuestra esperanza de vida aumente en un año? No ingentes cantidades de dinero. No, por lo menos, si se trata de aumentar de 45 años más a partir de ahora a 46. Si se trata de aumentar de 0 a uno, volvemos al párrafo anterior, aunque un poco más moderados.

Esta es la clave. La inmensa mayoría de las decisiones que tienen que ver con salvar vidas no se refieren a la inmediatez del resultado (salvo en catástrofes), sino a aumentar la esperanza de vida evitando una enfermedad o un accidente. Ahí ya no estamos tan dispuestos a pagar. De hecho hay gente que renuncia a años de esperanza de vida por cosas tan tontas como fumarse unos cigarrillos al día. Otros arriesgamos la vida conduciendo en lugar de coger el tren porque no nos compensa la disminución de la probabilidad del accidente con la comodidad de nuestro coche. O vamos al monte arriesgándonos a peligros mayores que visitando museos. Así somos, si no hacemos algo más que salvarnos la vida no merece la pena vivir.

Y lo que no queremos para nosotros mismos no hay razón para que lo queramos socialmente. Podemos gastar más en mejorar carreteras, pero no todo el presupuesto. Hay que dejar algo para otras cosas.

En resumen. Uno puede, si tiene los datos, calcular cuántos años de esperanza de vida se ahorran gastando X euros en una determinada política y cuántos se ahorran en otra. Si de ahorrar vidas se trata, simplemente se ponen los euros en donde se salvan más años (no se me tome esto al pie de la letra, hay que tomar en cuenta más cosas, pero he dicho que no quería complicar el tema). En la medida en que gastamos en otras cosas que no son salvar años de vida estaremos implícitamente diciendo que X euros gastados en esa otra cosa nos produce más satisfacción que los años de vida que se ahorrarían con esos X euros si se ponen al uso de salvar años de vida.

2 comentarios:

  1. ¿No se dirigirían las políticas públicas a colectivos que, bien por su edad, bien por su número, bien por las condiciones genéticas, tuvieran un mayor impacto positivo en la esperanza de vida?

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    1. Eso sería si solo tomaras en cuenta el número de años vividos por la suma de ciudadanos. Además, es posible que quieras tener en cuenta la universalidad de la atención sanitaria, por ejemplo. De hecho, hagamos o no las cuentas, las decisiones que tomemos afectarán a ambas cosas.

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