Ir al contenido principal

Derechos humanos y derechos contractuales


José Luis Ferreira

Es muy común en algunas maneras de argumentar definir tal cosa como una conquista social para que la sola etiqueta defienda la bondad de la cosa tal. Es un error porque es concebible que alguna de las instituciones que tenemos como conquista social pueda ser un lastre para nuevas mejoras sociales.

Esta falacia la he oído muchas veces en los debates sobre las distintas propuestas de reforma del mercado laboral (ya sabe el lector de este blog que quien suscribe no apoyó la de ZP ni la de Rajoy, sino la del manifiesto de los 100). La manera de argumentar es la siguiente:
  • Búsquese en la reforma un apartado en el que se reduzca un derecho de algún colectivo de trabajadores.
  • Úsese esta reducción como argumento en contra de la propuesta.
  • Enfatícese el hecho de que ese derecho era una conquista social y que su reducción nos coloca x años en el pasado.
  • Óbviese cualquier aspecto de la reforma que conceda más derechos a algún colectivo de trabajadores.
Este tipo de argumentación parece indicar dos cosas: (i) que cualquier pérdida de derechos en cualquier aspecto es mala en sí misma y (ii) que esa pérdida en un aspecto no puede ser compensada con ganancias en otro aspecto y producir un resultado mejor.

Se comete el error de considerar los derechos contractuales como derechos humanos. La pérdida del derecho a la no discriminación por razón de sexo, por ejemplo, es siempre una mala noticia. La pérdida de un derecho en un contrato no tiene por qué serlo. Más ventajas en una cláusula de un contrato no tiene por qué significar más ventajas en el contrato. Veamos algún ejemplo.

Si concedemos a los clientes de las panaderías el derecho a la propiedad del establecimiento solo por comprar una barra de pan les estaremos dando a los consumidores, sobre el papel, unos derechos enormes. Pero en lugar de beneficiarlo, simplemente ocurrirá que la panaderías desaparecerán y nos quedaremos sin nadie que nos venda el pan.

De la misma manera, el que el colectivo A de trabajadores tenga muchos derechos puede implicar que sea un colectivo cada vez más reducido porque los del colectivo B rara vez pasan a ser del A, como se esperaba, así que todos esos derechos, lejos de ser una buena noticia para los trabajadores en general, pueden ser una mala.

Por supuesto, todo lo anterior solo muestra la falacia del argumento arriba señalado. Si esos derechos son buenos o malos lo serán por otras razones, no porque uno de los argumentos que los defienden sean malos. En particular, en el caso de los derechos contractuales hay que determinar si el equilibrio de derechos y deberes que se imponen a las distintas partes permiten, por un lado, la realización de más contratos ventajosos para las partes y, por otro, el reparto equitativo de las ganancias. Esta es una de las razones por las que defiendo la propuesta de los 100. En ella se analizan todas estas cuestiones teórica y empíricamente. Ninguna de las alternativas con que me encuentro llegan siquiera a plantearse esa necesidad. Son buenas porque sí, porque la ideología propia lo dice.

Comentarios

  1. Hay quien lo lleva más allá y habla de blindar «los derechos sociales» en la Constitución. Al parecer se trata de imponerlos a la realidad.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

El mito de la filosofía oriental (Andrés Carmona)

28/05/2016.
Roberto Augusto ha publicado recientemente un texto provocador criticando la historia de la filosofía estándar por considerarla eurocéntrica en tanto que meramente occidental y que ignora la filosofía oriental. Daniel Galarza ha respondido a su artículo, recibiendo otra respuesta del propio Roberto Augusto.

«La pobreza es un estado mental»: desigualdad y el mito de la meritocracia

«La injusticia siempre exige justificaciones y argucias; las causas justas mucho menos». (Robert Trivers: La insensatez de los necios)
 Por José María Agüera Lorente Oigo la escueta noticia a través de la radio: Ben Carson, el secretario de vivienda estadounidense, afirma que la pobreza es «un estado mental». Busco en internet qué hay tras lo que aparece en forma de titular en varios medios digitales. Así me entero de que el señor Carson, neurocirujano de oficio, fue el primer afroamericano en ser nombrado jefe de neurocirugía pediátrica en el Centro Infantil Johns Hopkins de Baltimore. Negro, es decir, hombre perteneciente a una minoría que, atendiendo a los datos estadísticos de toda índole, es el grupo de la ciudadanía que más sufre la pobreza en un país de por sí con un importante índice de desigualdad; para ponerlo en cifras, el índice de Gini, que cuantifica la desigualdad en los Estados, se situó en la república norteamericana en 0,48 puntos según informe de 2015, siendo en Es…

Mario Bunge contra la psicología evolucionista

La psicología evolucionista es la ciencia emergente (o protociencia)que investiga la evolución de las habilidades y estrategias cognitivas. En la actualidad, es una disciplina que goza de gran popularidad entre los divulgadores de la ciencia. Muy probablemente su popularidad se deba, en buena medida, a que suele ser el tema de discusión de algunos de los divulgadores y psicólogos más famosos de la actualidad, como Michael Shermer, Jesse Bering, Desmond Morris, Leda Cosmides, Richard Dawkins, Daniel Dennett y Steven Pinker. Pero algo curioso es el hecho de que, paralelo al auge y popularidad de esta rama del saber, también existe un creciente escepticismo sobre la versión popular de la psicología evolucionista, principalmente empujado por filósofos de la ciencia (así como por algunos activistas del escepticismo científico, como PZ Myers y Rebecca Watson).
Algunas de las críticas a la psicología evolucionista, se ha demostrado, son el resultado de no entender qué es lo que investiga (o…