19 de junio de 2016

Troya nunca muere

Por Alejandro Miñano

TROYANOS

Son los esfuerzos nuestros, de los desventurados,
son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Algo conseguimos; nos reponemos
un poco; y empezamos
a tener coraje y buenas esperanzas.
Pero siempre algo surge y nos detiene.
Aquiles en el foso enfrente a nosotros
sale y con grandes voces nos espanta.
Son los esfuerzos nuestros como los de los troyanos.
Creemos que con decisión y audacia
cambiaremos la animosidad de la suerte,
y nos quedamos afuera para combatir.
Mas cuando sobreviene la gran crisis,
nuestra audacia y decisión desaparecen;
se turba nuestra alma, paralízase;
y en torno de los muros corremos
buscando salvarnos con la fuga.
Empero nuestra caída es cierta. Arriba,
sobre las murallas, comenzó ya el lamento.


Este poema pertenece al poeta griego Constantino Petrou Cavafis (1863-1933)  una de las figuras literarias más importantes del siglo XX y uno de los mayores exponentes del renacimiento de la lengua griega moderna. Dicho poema, en los tiempos de hoy, encaja perfectamente con la situación de crisis que hay a nivel mundial.
Troya, la “dueña de Asia”, la legendaria ciudad que inmortalizó la epopeya homérica, aparece situada bajo el signo de la gloria y la traición: presentes divinos y promesas no respetadas jalonan su historia desde su fundación hasta su destrucción por la astucia y la fuerza.

Fue fundada en la llanura del Escamandro por Ilo, hijo del Rey Tros (a su vez fundador mítico del reino troyano), que la bautizó con el nombre de Ilión. Algún tiempo después de su fundación, Zeus envió una señal para demostrar su favor y protección: una estatua de la diosa Palas Atenea, el Paladio, milagrosamente caída del cielo. Para albergarla, Ilo hizo construir en Troya un gran templo consagrado a Atenea. Ilo es el antepasado común de dos linajes reales troyanos llamados a tener unos destinos tan ilustres como opuestos. Por un lado, la rama encabezada por su hijo Laomedonte (padre de Príamo) condenada a la extinción y la de su hija Temiste (abuela de Eneas), destinada a perpetuarse gloriosamente a través de la fundación de Roma.

La caída de Troya por J.G. Trautmann
La caída de Troya fue el exterminio de prosperidad  y poder de una ciudad en la que el anciano Príamo, Rey de Troya, tuvo que sufrir la pérdida de sus conciudadanos bajo las armas griegas. Cuando Troya cae al fin, el anciano monarca muere degollado por Neoptólemo, el hijo de Aquiles, de quien un oráculo había profetizado que sería el supremo vencedor de la ciudad. Con Príamo y su linaje desaparecería definitivamente la ciudad de Troya.

¿Qué simboliza Troya en nuestros tiempos?

La tensión social, política y económica por dominar el mundo es clave para entender que siempre habrá muchas "Troyas". El éxodo de personas que son arrancadas de sus raíces, lejos de su patria, el destino miserable de romper la estabilidad familiar, la destrucción de una nación, una cultura y una unidad, son marcas que lamentablemente nunca pasan de moda. Un ejemplo reciente sería el éxodo de sirios que huyen de su país hacia Europa.

Troya también  presenta el destino miserable de las mujeres arrastradas como esclavas sexuales.  Hay muchos países en el continente africano que trafican con mujeres en periodo de guerra que son torturadas y violadas. No hay que irse muy lejos:  ISIS viola y ejecuta a mujeres que se niegan a integrarse en sus filas y trafica con menores como si fueran mercancias. 

Troya nos enseña  que el hombre se separa de la sabiduría, esa vanidad o esa desmesura que desafía a los dioses y, a través de ellos, al orden cósmico. Más allá de representar una entidad abstracta y simbólica, este es el valor que se le confiere a la guerra de Troya en el mito cosmogónico antiguo: un valor que por ser simbólico continúa siendo hoy día muy actual, pues las condiciones que dieron lugar a esa gran guerra son hoy en día tan actuales como entonces. Así lo vemos en el poema de Cavafis, donde Troya y su trágico destino sirven al poeta para ejemplificar la vida de los hombres, luchando cada día por la felicidad pero que sólo se consigue en momentos determinados pues los obstáculos volverán a surgir. Sin duda un mensaje pesimista que no puede dejar de recordarnos aquellos primeros versos de aquel soneto IV de Garcilaso: Un rato se levanta mi esperanza / mas, cansada de haberse levantado, / torna a caer, (…)

También, Miguel de Cervantes nombra Troya indicando una situación desgraciada en el Quijote: la primera en 2.29: "si no fuera por los molineros que se arrojaron al agua y los sacaron en paso a entrambos (a don Quijote y a Sancho), allí había sido Troya para los dos", y en 2.66 "al salir de Barcelona volvió don Quijote a mirar el sitio donde había caído y dijo: Aquí fue Troya, aquí, mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias”

En definitiva, Troya, más allá del mito, nunca muere.

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