29 de mayo de 2016

¿Quién tiene la culpa? O idea del anarcocapitalismo

 Por José María Agüera Lorente
Pocas obras cinematográficas tan conmovedoras hay que plasmen la frágil condición humana como Las uvas de la ira, realizada por John Ford en 1940. Basada en la novela homónima de John Steinbeck, narra la historia de desarraigo forzoso de una familia de campesinos estadounidenses que, en el contexto de la crisis económica de 1929,  tienen que abandonar las tierras que venían cultivando desde generaciones en Oklahoma. Sin techo ni apenas recursos, los desahuciados –abuelos, padres, hijos, nietos– emprenden un viaje de incierto resultado hacia la tierra «que mana leche y miel» según creen ellos, y que es California. Buscan trabajo desesperadamente mediante el que obtener eso que todos precisamos para vivir: alimento y cobijo. En el viaje de esa familia reconoce uno el viaje de cualquier ser humano despojado de todo lo preciso, arrancado de su entorno conocido, vulnerable a las miserias a las que siempre estamos expuestos pero olvidamos los que disfrutamos de una vida digna, que ellos, en su precaria situación, ven puesta en riesgo.
Da esta película mucho en lo que pensar sobre cómo la economía puede zarandearnos vitalmente a las personas, igual que si de un impredecible desastre natural se tratase, que cuando ocurre se lleva por delante todo aquello que nos parecía haber construido con solidez perpetua. Entonces se pone a prueba el temple de las personas, y la condición humana puede dar lo mejor y lo peor de sí, lo cual queda en evidencia en este filme. Al cumplirse el primer cuarto de hora del metraje de la cinta se encuentra una secuencia en la que me gustaría reparar. En ella se nos narra mediante un flashback el desahucio de un agricultor y su familia de las tierras que sus antepasados llevan cultivando desde tiempo inmemorial. Cuando se le comunica en presencia de su mujer y sus hijos que van a ser víctimas de semejante despojo –de forma legal, eso sí– entablan conversación con quien, en un lujoso auto y con las preceptivas chaqueta y corbata, hace las veces de mensajero. El diálogo va tal que así:
«Yo no puedo hacer nada, cumplo órdenes; me mandaron a deciros que estáis desahuciados», declara el que se presenta como un simple mandado. «¿Quiere decir que me echan de mi tierra?», pregunta el campesino angustiado. «No hay que enfadarse conmigo, yo no tengo la culpa», se sacude la responsabilidad el otro. «¿Pues quién la tiene?», tercia el hijo del agricultor, «Ya sabes que el dueño de la tierra es la compañía Shawny Land», responde el mensajero. «¿Y quién es la compañia Shawny Land?», insiste el joven excitado. «¡No es nadie! ¡Es una compañía!». «Pero tienen un presidente; tendrán alguien que sepa para qué sirve un rifle», sigue amenazante el chico. «Pero, hijo, ellos no tienen la culpa. El banco les dice lo que tienen que hacer», rebaja el tono el hombre trajeado. «Muy bien, ¿dónde está el banco?», inquiere el cabeza de familia. «En Tulsa, pero allí no vas a resolver nada; allí sólo está el apoderado. El pobre sólo trata de cumplir las órdenes de Nueva York». «Entonces, ¿a quién matamos?», pregunta el que se resiste a perder lo que siente suyo. «La verdad, no lo sé. Si lo supiera te lo diría; yo no sé quién es el culpable», y con esta inquietante contestación se va el repartidor de malas noticias.
A todo esto, no debemos pasar por alto el que en ningún momento de la película se alude explícitamente a la coyuntura económica sobrevenida a partir del crack de 1929. La desgracia de esas familias campesinas de Oklahoma se presenta en el filme de John Ford de tal modo que se da a entender que su ruina es efecto de una mala racha climática devastadora para los cultivos de la cuenca en la que se ubican. He aquí una desconcertante ambigüedad de planteamiento tras la cual se halla la cuestión de si tiene sentido preguntar quién tiene la culpa. Nadie tiene la culpa de los desastres naturales, de un huracán, unas inundaciones, una sequía, una ola de frío polar (dejemos al margen el tan políticamente polémico calentamiento global). Pero una catástrofe económica no es un hecho de la misma índole, puesto que es consecuencia última de una serie de decisiones tomadas por agentes responsables; y si hay agentes responsables, tiene que haber culpables... ¿O no?
El diálogo arriba transcrito es sublime a la hora de sintetizar ese fenómeno de la dilución de la responsabilidad. Vemos que el propósito de quien pregunta –el agricultor al que le sobreviene la desdicha– es dar con una persona concreta, con nombres y apellidos, responsable de la decisión que conduce a su desgraciada situación. Y somos testigos, con cada pregunta y cada respuesta, de que tal indagación se pierde en una serie de instancias abstractas, localizadas cada vez más y más lejos, de forma que la culpabilidad se diluye en una brumosa y distante estructura de difícil entendimiento para quien, como el sencillo campesino, ha vivido toda su vida en el mundo tangible de la tierra que se cultiva día a día, en un contexto social en el que cada cara es un ente moral bien conocido y, por consiguiente, obligado en todo momento a rendir cuentas ante los demás miembros de la comunidad. Al final, el mensajero proveniente de la distante urbe, donde todos los rostros son anónimos, no puede darles un culpable; realmente no sabe quién es.
Como en otros aspectos la historia de Las uvas de la ira presenta elementos dramáticos parecidos a los que caracterizan la presente crisis que aún –por mucho que haya quien trate de convencernos de lo contrario– estamos soportando la mayoría de los ciudadanos. Como el arruinado campesino de la película hoy hay quien demanda saber quién es el culpable de su situación de paro, o de desahucio, o de pobreza, o de exclusión social. Suenan como responsables el mercado, los bancos, los gobiernos, la mala política económica... De nuevo, abstracciones. 
¿Qué hay detrás de esas abstracciones? Si acudimos a la teoría –que debido a su impermeabilidad a la evidencia fáctica se está ganando a pulso la consideración de ideología– sustentadora de la concepción del capitalismo como libre mercado, lo que mantiene a éste como fuente continua de generación de riqueza es la miríada de decisiones de los innumerables agentes racionales que forman parte activa en él. Sin embargo, cuando uno indaga someramente sobre el proceso desregulador de los mercados que, conforme a las consignas dogmáticas del laissez-faire y seguramente mejor sintetizadas que en ningún otro sitio, en el así llamado consenso de Washington, se puso en marcha a partir de la década de los ochenta del siglo pasado, encuentra que todo el camino que conduce a la crisis de 2008 se halla empedrado de conductas cuando menos imprudentes por no decir escandalosamente insensatas (se repite la historia de 1929). A este respecto es muy recomendable el documental Inside Job (véase su tráiler más abajo), realizado por Charles Ferguson en 2010 y premiado con el Óscar al mejor documental en 2011. En palabras de su autor trata de «la sistemática corrupción de los Estados Unidos por la industria de los servicios financieros y las consecuencias de dicha corrupción».
Esto no suena muy racional y vendría a avalar la tesis de Mario Bunge en su libro Filosofía Política, de que la noción del agente racional como protagonista del libre mercado, según la teoría económica neoclásica, no es más que un mito. En la misma dirección apunta el economista Ha-Joon Chang, quien en su libro 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo, asevera con toda contundencia respecto de la debacle financiera de 2008: 
En última instancia la catástrofe es fruto de la ideología de libre mercado que gobierna al mundo desde los años ochenta. Nos habían contado que, si no se tocaban los mercados, producirían por sí mismos el más eficaz y justo de los resultados: eficaz porque quienes mejor saben usar los recursos de los que disponen son los individuos, y justo porque los procesos competitivos del mercado garantizan que dichos individuos reciban una remuneración acorde con su productividad. Nos habían contado que era necesario dar la máxima libertad a las empresas, que al estar más cerca del mercado saben lo que les conviene. Si las dejamos a su aire, se maximizará la creación de riqueza, de lo cual también saldrá beneficiado el resto de la sociedad.
Desde este supuesto del laissez-faire, diríase que los mercados saben lo que hacen (en los medios uno también puede oír que los mercados «dudan», «se ponen nerviosos», «están eufóricos», etc.), lo que implícitamente los eleva a la condición de hipóstasis, una promoción ontológica que les da entidad sustancial concreta, la cual, no obstante, no conlleva una asunción de responsabilidad definida por las consecuencias que se derivan de las decisiones que toman y que las personas padecemos, pues, según este enfoque, somos meros entes pasivos dada nuestra ignorancia de cómo hay que proceder a la hora de producir riqueza. Resulta cuando menos paradójico que en el libre mercado la responsabilidad se diluya, que su libertad signifique la ausencia de rendición de cuentas;  pero esas cuentas se rinden si hay quien tiene reconocida potestad para pedirlas, la cual ha sufrido una decisiva merma a lo largo de décadas de creciente desregulación del negocio financiero. Éste, además, ha alcanzado tal sofisticación jurídica, que en demasiados casos resulta tarea poco menos que titánica alcanzar a identificar quién es la persona responsable de una determinada operación o negocio.  Asimismo se asume que los individuos que participan no son agentes morales, sino piezas de un engranaje que funciona según pautas objetivas, como prueba su plasmación en algoritmos informáticos, los que hacen posible los sistemas de trading automático. 
Asociado a este componente tecnológico está lo que el filósofo alemán Günther Anders denominó «el desnivel prometeico»; es decir, la falta de correspondencia en cuanto a la magnitud de la causa y los efectos que provoca, dado que somos capaces técnicamente de producir consecuencias desmesuradas con acciones insignificantes. Ello lleva aparejada la desorientación de la imaginación, base de la empatía. La realidad concreta queda oculta tras la pantalla (opaca) del ordenador donde desfilan con lógico orden algorítmico los guarismos del capital. Conforme crece la sofisticación tecnológica y subimos peldaños en la abstracción matemática la responsabilidad de los agentes del libre mercado se torna más y más tenue hasta evaporarse en la práctica. Uno quisiera creer que los campesinos de Las uvas de la ira podrían hallar respuesta a sus preguntas en este tremendo aserto de Günther Anders que encontramos en su libro Estado de necesidad y legítima defensa:
Quienes amenazan la supervivencia de la humanidad son vulgares hombres de negocios de aspecto inofensivo. Contra ellos tenemos derecho a recurrir a la legítima defensa.

Ojalá fuese tan sencillo.
A mi juicio quien mejor expone todo este ejercicio de sospecha sobre el capitalismo global de nuestro tiempo es John N. Gray. Seguramente se abusa del calificativo «profético», pero estoy convencido de que su libro Falso amanecer. Los engaños del capitalismo global, que vio la luz por primera vez en 1998, lo merece por sus aciertos a la hora de proyectar el devenir en el siglo XXI de lo que él denomina «utopía del libre mercado global». Según sostiene:
En los contextos tardomodernos, el poder ha escapado del control de Estados y empresas. Ambas instituciones se vuelven cambiantes y evanescentes a medida que los mercados globales y las nuevas tecnologías transforman a las culturas de las que toman su legitimidad e identidad.
El entorno global en el que hoy por hoy interactúan los Estados soberanos y las fuerzas del mercado es sustancialmente inestable. En él las corrientes de cambio circulan a una velocidad de vértigo merced al incontrolable torrente de innovaciones tecnológicas. Los acontecimientos más notables de este nuevo siglo ya han evidenciado que no hay institución capaz de dominarlo. Queda así compuesto el cuadro que describe nuestro mundo según el profesor Gray:
Es la combinación de esta corriente incesante de nuevas tecnologías, competición de mercado descontrolada e instituciones sociales débiles o fracturadas lo que produce la economía global de nuestro tiempo.
A esto lo llama «el contexto global del capitalismo desorganizado». En él impera «la tempestad global de la destrucción creativa», y no cabe refugio donde los gobiernos y las empresas puedan protegerse de ella. Para el profesor Gray son las tecnologías las que impulsan ese fenómeno de magnitud sobrehumana que obliga a procesos continuos de imitación, absorción y adaptación. La consecuencia de todo ello es la siguiente expresada con sus palabras:
Ningún país puede aislarse de esta ola de destrucción creativa, y el resultado no es un libre mercado universal sino una anarquía de Estados soberanos, capitalismos rivales y áreas desestatalizadas.
La idea de la destrucción creativa como principal característica del capitalismo es original del que fuera insigne economista, el austro-estadounidense Joseph Alois Schumpeter. Para él constituye la principal caracterísitca del capitalismo, que consiste en su capacidad para revolucionar incesantemente la estructura económica desde dentro, destruyendo la vieja y creando una nueva. 
Ahora bien, el profesor Gray va más lejos que Schumpeter al reconcer al libre mercado que se trata de imponer a escala global un poder destructor que no se limita a la estructura económica, ya que deshace el vínculo orgánico originalmente existente entre los mercados y sus sociedades y culturas originales. Por eso halla semejanzas entre la utopía del laissez-faire global y el proyecto comunista, por su coincidente falta de respeto a la historia y su hostilidad a las necesidades humanas vitales. Y por lo mismo denuncia el autor inglés:
Las principales víctimas del libre mercado global son, igual que las del comunismo de guerra y las del sistema soviético, los campesinos y –en menor medida pero de todos modos considerable– los trabajadores industriales urbanos y la clase media profesional.
¿Quién tiene la culpa?, preguntan precisamente los campesinos de Las uvas de la ira, incapaces de entender por qué se les despoja de todo lo que ha sustentado sus vidas, apelando a un sentido moral ya obsoleto. Porque la destrucción creativa que define el capitalismo de libre mercado también afecta al orden moral que ha mutado históricamente, y que se plasma en sistemas de leyes que legitiman un capitalismo de casino (véase la espeluznante película La gran apuesta, cuyo tráiler aparece abajo) en el que la ruina de muchos se asume naturalmente como efecto colateral de quien ha ganado en la ruleta de los mercados.

 

El nuevo problema de la inducción (y 2)


José Luis Ferreira

Completo con esta la serie de entradas sobre el problema de la inducción. Aquí se presentaba el problema y mi visión de él, aquí se hablaba del nuevo problema de la inducción. Básicamente viene a decir que no hay manera de distinguir entre la Física tal como la conocemos y la Física que es igual a ella excepto porque las leyes se acaban en el solsticio de invierno de 2012. Llamémoslas Física I y Física II. Más concretamente diríamos que, no importa qué probabilidades a priori tuviéramos para cada una de estas dos posibilidades, los datos habrán ido rechazando la Física aristotélica y la newtoniana y habrán aumentado las la Física I y la Física II y además lo habrán hecho en igual proporción. Esto es así porque los datos son tan compatibles con una como con la otra.

Normalmente la razón de elegir como más probable la Física I es que es más sencilla. Física II requiere de los axiomas de Física I y, además, de la desaparición del mundo en plan profecía maya inventada. Esto permite justificar el tener una creencia a priori de que Fisica I es, digamos, 100 veces más probable que Física II, pero no para justificar que esta proporción cambie con los datos.

Voy a argumentar que esto no es necesariamente así.

Junto con los datos que nos sirven para decir cosas exclusivamente acerca de la Física, tenemos en nuestro quehacer científico datos sobre cómo se van siendo las teorías que construimos para explicar la realidad. Y, entre otras cosas, vamos aprendiendo que las hipótesis innecesarias no aportan nada a la teoría, y esto es algo de lo que cada vez tenemos más datos, de manera que cada vez podemos poner menos peso relativo en la creencia de que las teorías con hipótesis innecesarias sean ciertas. La hipótesis del fin de las leyes de la física tal como las conocemos dentro de unos meses y dentro del modelo de Universo que tenemos para explicar lo observado es totalmente innecesaria.

Lo anterior no es una demostración lógica de nada, porque bien podría ser que la realidad fuera como Física II y simplemente nuestros datos sobre cómo hemos construido otras teorías no se aplican a la Física, en donde esta hipótesis findelmundesca sí es necesaria para explicar el mundo. Lo anterior es una manera de ilustrar que no es lógicamente imposible tener un modelo de cómo construimos teorías en el que quepa decir que cada vez que tenemos más datos Física II pierde terreno frente a Física I.

Creo que esto es lo más que podemos llegar a decir. Y creo que no es poco (y algo parecido hice con el problema clásico de la inducción), considerando que el nuevo problema de la inducción se suele presentar como irresoluble. Lo que vendo a decir es que, según el modelo epistemológico que se elija será irresoluble o no. ¿Cómo elegir entre modelos epistemológicos? Igual que elegimos entre teorías sobre el mundo, escogiendo aquellos que explican mejor su objeto de estudio. En este caso, cómo se elaboran las teorías científicas. Y el modelo epistemológico que tiene en cuenta nuestro proceder científico en todas las materias explica mejor el quehacer científico que el que propone una epistemología para cada ciencia.

28 de mayo de 2016

El mito de la filosofía oriental (Andrés Carmona)

Kapila (s. V a. C), filósofo ateo de la India.



 28/05/2016.

Roberto Augusto ha publicado recientemente un texto provocador criticando la historia de la filosofía estándar por considerarla eurocéntrica en tanto que meramente occidental y que ignora la filosofía oriental. Daniel Galarza ha respondido a su artículo, recibiendo otra respuesta del propio Roberto Augusto.

22 de mayo de 2016

El nuevo problema de la inducción


José Luis Ferreira

En una entrada anterior, y a modo de introducción para esta de hoy, hablé del problema de la inducción. Como prometí entonces, esta segunda será sobre "el nuevo problema de la inducción", que intentaré resumir a continuación.

Pongamos que tenemos unas observaciones y queremos construir una teoría basándonos en ellas. Por ejemplo, hemos observado las posiciones de los planetas en el cielo y formulamos el modelo heliocéntrico gobernado por las leyes de Kepler. Con ese modelo hacemos predicciones y encontramos que estas se cumplen con mayor precisión que las predicciones hechas con un modelo alternativo, por ejemplo, con el modelo geocéntrico con epiciclos.

Entendiendo la inducción como inferencia estadística, y usando, dentro de ella, el modelo bayesiano, diremos que, si partíamos de ambas teorías, a las que asignábamos ciertas probabilidades a priori de ser ciertas (p para la primera y 1-p para la segunda), la información de los nuevos datos, que eran más esperables con la primera que con la segunda, hace que nuestras nuevas probabilidades de aceptación de las teorías sean p' y 1-p', donde p' > p. Es decir, los nuevos datos, que son más compatibles con la primera teoría nos llevan, por la regla de Bayes, a aumentar nuestra confianza en esa primera teoría.

Hasta aquí la explicación bayesiana del principio de inducción, y a partir de aquí tenemos "el nuevo problema de la inducción". Todo el truco está en que hemos partido de dos teorías suficientemente distintas, pero podíamos haber tenido un punto de partida distinto, manteniendo las dos teorías anteriores y añadiendo una tercera: un modelo heliocéntrico gobernado por las leyes de Kepler hasta el solsticio de invierno de 2012. Si, como antes, asignamos unas probabilidades a priori para cada una de las tres teorías (q para la heliocéntrica de antes, r para la heliocéntrica hasta el solsticio y 1-q-r para la geocéntrica), los nuevos datos nos harán dar más probabilidad a las dos primeras (q' > q y r' > r) y quitársela a la última. Y ahí está la clave: los datos no distinguen entre las dos teorías heliocéntricas, solo entre ellas y la geocéntrica. Si hubiéramos tenido r (ambas igual de probables a priori), tras los datos tendríamos q' r' (ambas igual de probables a posteriori).

Sin embargo, muy pocos científicos tendrán por igual de buenas ambas teorías y desdeñarán la heliocéntrica con final a la profecía maya. ¿Por qué? La razón no puede estar en la aplicación del teorema de Bayes con los nuevos datos (por lo menos, no hasta el solsticio de invierno), sino en la especificación de las probabilidades a priori, que asignará muy poca probabilidad a la teoría heliocéntrica con final en el solsticio. La pregunta parece ser: ¿por qué preferimos asignar un bajo valor a priori a esa teoría? Al fin y al cabo, no tenemos datos que nos permitan decir que una de las dos teorías heliocéntricas es mejor que la otra. ¿O sí?

Pero la entrada se alarga. Dejaremos la discusión para una muy próxima ocasión. De momento, vayamos entendiendo y digiriendo este nuevo problema de la inducción.

21 de mayo de 2016

"La resurrección de Cristo": buena película, pero típicamente acrítica (Gabriel Andrade)

En los últimos años ha habido una explosión de películas apologéticas cristianas. Por lo general, son de pésima calidad, y no tratan sobre los eventos fundacionales del cristianismo, sino sobre las fantasías apocalípticas del siglo XXI. La resurrección de Cristo, dirigida por Kevin Reynolds, tiene la típica calidad hollywoodense (mucho mejor que las mediocres películas apologéticas cristianas), y sí trata sobre los eventos fundacionales del cristianismo. Pero, no es nada del otro mundo.
            Narra la historia de Clavio, un tribuno romano que recibe de Pilato la orden de hacer aparecer el cuerpo de Jesús, para refutar a quienes están proclamando que Jesús ha resucitado. Pilato teme una sublevación, y presiona a Clavio para que cumpla su labor. Clavio empieza a investigar, pero eventualmente se da cuenta de que el sepulcro de Jesús estaba vacío y de que nadie robó el cuerpo. Al final, se encuentra con el propio Jesús resucitado, y se convierte a la naciente religión cristiana.

            Si yo fuera Clavio, habría hecho lo mismo. Clavio hizo bien en indagar, y al final, hizo lo correcto en hacerse cristiano. Si a un tipo lo crucifican y muere, luego aparece vivo ante mí, desaparece repentinamente de las habitaciones, y me aseguro de que eso no es ninguna confusión o truco, yo me tomaría muy en serio su mensaje religioso. Pero, lamentablemente, los datos históricos no coinciden con muchas de las cosas que se asumen en la película.
            En primer lugar, es muy dudoso de que el sepulcro de Jesús estuviera vacío. Pablo, el autor más temprano del Nuevo testamento, no hace ninguna mención del sepulcro vacío, a pesar de que sí habla mucho de la resurrección. Eso es un fuerte indicio de que la tradición de la tumba vacía es bastante posterior. En la película, se asume también que, en concordancia con los evangelios, Jesús fue enterrado en una tumba privada de José de Arimatea. Pero, de nuevo, los historiadores dudan mucho de esto. Ni siquiera podemos estar seguros de que se trate de un personaje real. No hay ninguna evidencia de que existiera la localidad de Arimatea, y además, la forma progresiva en que el personaje de José se va haciendo más cristiano desde el evangelio más temprano (el de Marcos) hasta el evangelio de Juan (el más tardío), hace sospechar que, en realidad, es un personaje inventado para decorar la tradición del sepulcro vacío. Lo más probable, es que Jesús fue enterrado en una fosa común, o devorado por los perros.
            En la película, Clavio encuentra varios cadáveres que son supuestamente Jesús, pero luego logra identificarlos con otros reos ejecutados. Esto reposa también sobre otra asunción errónea. En la película, la investigación de Clavio empieza inmediatamente después de la muerte de Jesús, porque ya hay gente proclamando que Jesús ha resucitado. Pero, esto contradice el propio relato de Hechos de los apóstoles, el cual postula que esa proclamación empezó cincuenta días después de la supuesta resurrección. Para ese momento, si alguien como Clavio hubiese adelantado una investigación, habría tenido muchísima dificultad en identificar cadáveres, pues ya estarían totalmente descompuestos.
            El éxito del cristianismo estuvo en su apertura al mundo gentil. Y, por eso, los autores más tempranos procuraron asegurarse de que se incluyeran a personajes romanos que, de algún modo, reconocieran la grandeza de Jesús. En los evangelios, incluso Pilato es parcialmente exculpado; se narra que él estaba muy reticente a matar a Jesús, y que sólo lo hizo cediendo a la presión de los judíos, que querían matarlo por cometer blasfemia. La película reafirma esta versión. Esto es históricamente muy dudoso. Declararse el mesías (como sucede en el juicio a Jesús en los evangelios) no era ninguna blasfemia para los judíos. Y, tampoco había en los judíos la expectativa de que el mesías sería un personaje que resucitaría. Por ello, Jesús, que probablemente sí se creía el mesías, no anunció su propia resurrección. La película, no obstante, asume ingenuamente que Jesús sí hizo esos anuncios.
            En los evangelios, hay varios militares romanos piadosos. La fe de un centurión hace que Jesús cure milagrosamente a su esclavo. Cuando Jesús muere, otro centurión romano lo reconoce como el hijo de Dios. El primer gentil converso formalmente al cristianismo es Cornelio, un centurión. Esta película da continuidad a esa tradición del centurión romano que se hace cristiano. Y, en la resolución de la trama, los discípulos felizmente lo aceptan como parte de los suyos (en cierto sentido, reemplazando a Judas, para así completar el número doce).
            Pero, de nuevo, históricamente, esta aceptación inmediata de cristianos romanos (especialmente si eran militares) es muy dudosa. En Antioquía, Pedro y Pablo tuvieron una amarga disputa porque Pedro no quería comer con los gentiles. Seguramente, Pedro obedecía a Santiago (el propio hermano de Jesús), quien era el jefe de la temprana comunidad cristiana, y era aún un judío muy piadoso que habría visto en los romanos a personas impuras. Hay firmes razones para pensar que el propio Jesús despreciaba a los romanos, y que no los habría aceptado en su movimiento. En alguna ocasión, Jesús consideró a los gentiles personas tan degradadas como los perros, y su mensaje, en concordancia con la ley de Moisés (la cual Jesús defendía férreamente, al punto de decir que no venía a abolirla, sino a cumplirla), era típicamente nacionalista.

            Hacia el final de la película, Jesús ordena a sus discípulos a divulgar su mensaje entre todas las naciones, y esto sirve para que Clavio empiece su vocación como misionero. Esa orden de Jesús, efectivamente, tiene base en la escena final del evangelio de Mateo. Pero, de nuevo, es muy históricamente dudosa. ¿Cómo un predicador que era tan nacionalista, de repente quiere que su mensaje vaya a todos los pueblos del mundo? Si ese mensaje universalista era tan claro, ¿por qué el propio hermano de Jesús, Santiago, era tan renuente a aceptar gentiles en la temprana comunidad cristiana?
            En fin, La resurrección de Cristo es entretenida, no es sermoneadora, y tampoco es demasiado mística. Pero, sigue siendo muy complaciente con la historia tradicional del cristianismo. Las películas críticas con la versión tradicional de los orígenes del cristianismo suelen presentar historias igualmente místicas (como La última tentación de Cristo), o tremendamente disparatadas (como El código Da Vinci). Que yo sepa, la única película que se acerca bastante a presentar la versión correcta de los orígenes del cristianismo es la española El discípulo, pero esta película es cinematográficamente muy pobre. Aún estamos a la espera de que Hollywood se tome en serio la crítica neotestamentaria, y haga una película con buena trama, actuaciones y efectos especiales (como, sin duda, lo es La resurrección de Cristo), y a la vez, informe correctamente al público sobre qué fue lo que realmente sucedió con un predicador apocalíptico galileo ejecutado en el siglo I.

20 de mayo de 2016

Por qué no creo que exista la filosofía oriental (y por qué pienso que Roberto Augusto se equivoca)

El cartel del Epic Rap Battles History en el que
los filósofos occidentales rapean contra
los filósofos orientales, disponible
en YouTube.
Esta será solo otra gran parrafada que espero se convierta en un estimulante diálogo-debate con mi facebook-friend, el filósofo Roberto Augusto (y con quien quiera aportar cualquier cosa valiosa sobre el tema).
De acuerdo a este breve artículo de Augusto en la revista Filosofía Hoy, la historia de la filosofía es un fraude porque (principalmente) no se suele incluir a la filosofía oriental dentro de la misma. Además, como acertadamente nos dice el buen Roberto, en la historia de la filosofía se ha seguido al idealismo para dividir las distintas etapas, doctrinas y autores. No discutiré ese último punto. Lo que sí voy a sostener es que la razón por la que (usualmente, más no siempre) no se incluye la filosofía oriental en la historia de la filosofía es porque, definido claramente, no existe la filosofía oriental. Me explico.
No tengo duda alguna de que existen filósofos orientales en la actualidad (chinos, rusos, japoneses, indios, vietnamitas, árabes...) con temas y propuestas interesantes qué ofrecer, que además sí llegan a ser estudiadas y debatidas en muchas (si no es que en todas) facultades de filosofía. Oriente siempre ha llamado la atención a los que estamos "del otro lado". Tampoco dudo que existieron figuras notables que podemos identificar como grandes pensadores. Confucio, Lao Tzu o Mozi, me parecen ejemplos paradigmáticos. Esto es algo parecido cuando sostengo que no existe la filosofía latinoamericana. Hay filósofos en Latinoamerica, importantes, interesantes e irrelevantes también. Hubo en otros tiempos pensadores también.
Sin embargo, la filosofía es una disciplina que sabemos bien nació en occidente, más en específico en Grecia. La razón por la que la historia de la filosofía que se muestra en los cursos no suele incluir a pensadores orientales, es porque estos:
1) Están desconectados por completo del desarrollo cultural e histórico de occidente. Las ideas de Confucio o de Lao Tzu son de enorme importancia para entender la historia de China, pero irrelevantes para comprender cómo se llegaron a formar los grandes sistemas filosóficos de la historia, como los de Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Kant, Marx, etc. La historia de estos sistemas filosóficos, en cambio, sí se encuentran íntimamente ligadas. No podríamos comprender de qué habla Kant sin antes saber qué dicen Hume, Leibniz, Descartes y Spinoza. A su vez, no entenderíamos bien a estos sin ver quiénes están detrás.
2) Podemos otorgarles la categoría de "grandes pensadores" a personajes como Confucio, Lao Tzu, Mozi, Charvaka, Buda, etc. También podemos reconocer que estos se plantean problemas importantes con una innegable conexión entre sus preguntas y las problemáticas de la realidad (social y natural). Sin embargo, no es posible hablar de sistemas filosóficos elaborados por estos pensadores. Su obra se encuentra mezclada con la de pupilos y partidarios de ellos, al igual que buena parte de ésta es indistinguible del misticismo y la religión. La historia de la filosofía es en realidad la historia de los sistemas filosóficos (aunque parte de la historia de la filosofía tiene mucho de cuestionable como lo señala Roberto en su escrito), o lo que Jesús Mosterín llama "Gran filosofía".
3) La filosofía en su historia se caracterizó por ser una disciplina que, si bien apela a la reflexión y la contemplación, también hace uso de la razón. Antes de la "independización" de las ciencias, la filosofía buscaba brindar tanto respuestas a cuestiones éticas, metafísicas y gnoseológicas, como cosmológicas, biológicas y naturalistas. Luego de su división en el camino de la madurez científica, la filosofía se ocupó (y se ocupa hasta nuestros días) del estudio de los fundamentos y problemas generales de las distintas partes que componen los sistemas sociales y culturales. Los problemas ontológicos, éticos, gnoseológicos, epistemológicos, axiológicos, semánticos y lógicos, se examinan hoy día a la luz de sistemas filosóficos acorde con el conocimiento científico actual. Nada de eso se observa en cualquier propuesta moderna basada en las ideas de cualquier místico oriental (que es lo que son justamento los que suelen ser llamados "filósofos orientales": en realidad fueron místicos, que como todo místico de épocas antiguas, cuestionaba sobre problemas importantes, pero sus propuestas eran insuficientes o desconectadas de dichos problemas).
Para mi, estas son las principales razones por las que no existe la filosofía oriental como tal. Existe el misticismo y las religiones de oriente; también existen filósofos en la actualidad en oriente (titulados en filosofía, con papel en mano), lo mismo que en cualquier parte del mundo; existieron pensadores notables y (hasta cierto punto) admirables en la historia de oriente, los cuales dieron forma en gran medida a las culturas de aquella parte del globo. Si definimos la filosofía de forma trivial como sinónimo de pensamiento como "amor a la filosofía", entonces sí podríamos afirmar que existe las filosofías orientales.
Pero si somos más precisos y definimos la historia de la filosofía como la disciplina que se ocupa del estudio de los sistemas filosóficos que se sucedieron en la historia hasta la formación de las disciplinas filosóficas modernas, y a la filosofía la definimos como la disciplina académica que se ocupa del estudio de los fundamentos y problemas generales de las manifestaciones culturales (ciencia, arte, política, religión...), podemos asegurar entonces que la historia del pensamiento de oriente antiguo (rama de la historia por demás fascinante) es una parte de la historia de la humanidad separada de la historia de la filosofía y de la filosofía moderna.

15 de mayo de 2016

¿Qué significa modernizar el islam? (Apuntes críticos sobre el Estado multiconfesional)

Por José María Agüera Lorente

Hemos llegado ya al punto en que la loa a la racionalidad se considera como señal de que un hombre es un viejo oscurantista, lamentable superviviente de una era pasada.
Bertrand Russell: Esbozo del disparate intelectual

El currículum de religión islámica para los distintos niveles educativos de nuestro sistema de enseñanza ha sido publicado en el BOE, donde se hace carne el verbo de la ley para que ésta habite efectivamente entre nosotros. Así caminamos con paso firme hacia el Estado multiconfesional. Es una forma ciertamente espuria de interpretar la aconfesionalidad reconocida en nuestra constitución como forma de definir la relación entre las instituciones civiles y las religiosas en el espacio público (y la escuela es parte esencial del mismo). En vez de tender hacia un efectivo cumplimiento de la laicidad, que es condición sine qua non para conformar un verdadero Estado democrático capaz de garantizar la libertad de conciencia de sus ciudadanos, convertimos el aula en altavoz de los dogmas de las distintas confesiones religiosas que conviven en nuestro territorio. Sabemos que vivimos en un criptocatolicismo de facto; ahora se trata de justificarlo mediante la coartada de que no es excluyente de otras creencias que entre los españoles –grey tradicionalmente propiedad de la franquicia del Vaticano– han venido a habitar; especialmente el islam, al que se teme en la misma medida que se dice respetar, porque así lo manda el manual del político correcto y el ciudadamo progresista posmoderno. Claro, claro, puesto que quedamos en que todas las opiniones –y dogmas, por ende– son respetables. De modo que criminalicemos cuanto queramos el terrorismo –ente satánico de turbia naturaleza, pero no a la religión, no a las creencias. Éstas no son la causa de que los hombres maten; lo es el virus del fanatismo, que no se sabe muy bien cómo ni de dónde viene. ¡Cuantísimos creyentes hay de todos los monoteísmos que no son fanáticos homicidas! 
En consecuencia hay que procurar que el islam se modernice, tratar de inmunizarlo contra el contagio del delirio fundamentalista, como de hecho se hizo históricamente con el cristianismo. Es lo que propugnan algunos de quienes han reflexionado sobre el complejo fenómeno yihadista, como es el caso de Eva Borreguero, profesora de ciencia política en la Universidad Complutense de Madrid, que defiende esta tesis en su artículo titulado Modernizar el islam. Se trataría, en su opinión, de apoyar a aquellos musulmanes moderados que trabajan, ejerciendo una siempre amenazada libertad de expresión en sus ámbitos de dominio musulmán, para que triunfen en su propósito de que se imponga una exégesis por así decir ilustrada frente a la interpretación literal de la palabra sagrada, la cual es central en el salafismo que, a su vez, justifica ideológicamente el movimiento yihadista. Dice que «ello implica contextualizarla (la dimensión belicista de los textos sagrados) en su dimensión histórica, respetando la construcción teológica de valor universal». Confieso que no entiendo muy bien a qué se refiere con lo último, con eso de la «construcción teológica de valor universal». ¿En qué consiste una construcción así? ¿Cuáles son las construcciones de valor universal de las diversas religiones? ¡Pero si desde que se dio el cisma de oriente hace un milenio se le viene dando vueltas al dichoso ecumenismo en el solo ámbito del cristianismo sin apenas avances!
A no ser que admitamos la imposición por la fuerza como procedimiento válido de alcanzar la universalidad de ciertos valores (muy congruente, por cierto, con el componente belicista de todos los textos sagrados), sólo cabe el diálogo para lograrlo. El diálogo únicamente es fructífero a ese respecto si nos colocamos trabajosamente en un espacio de entendimiento que trascienda las convicciones personales, esto es, que sea objetivo, común, interpersonal y firme; un territorio, en definitiva, que no sea propiedad de nadie y que acoja a cualquiera que venga con el pasaporte de las buenas razones; el mismo que se torna imposible de cohabitar cuando es invadido por los dogmas. En su libro La inteligencia fracasada José Antonio Marina acierta a expresarlo luminosamente cuando dice:
En esto consiste el uso racional de la inteligencia, en usar toda su operatividad transfigurada, incluido por supuesto el razonamiento, para buscar evidencias compartidas. El hombre necesita conocer la realidad y entenderse con los demás, para lo cual tiene que abandonar el seno cómodo y protector de las evidencias privadas, de las creencias íntimas. Sopesar las evidencias ajenas, criticar todas, las propias y las extrañas, abre el camino a la búsqueda siempre abierta de una verdad y de unos valores más firmes, más claros y mejor justificados. La irracionalidad, el encastillamiento en la opinión personal, lleva irremisiblemente a la violencia. Popper decía: «Conviene que combatan las ideas para que no tengan que combatir las personas». El uso racional de la inteligencia, indispensable para convivir, se concreta en dos grandes dominios de evidencias universales: la ciencia y la ética.
Aquí considero que reside el punto clave de la imbricación de la religión en el nuevo paradigma de civilización que se inauguró con la edad moderna, y en el que se tiene que integrar el islam: ¿cómo se articula la relación entre el criterio de la fe (propio de las religiones) y el de la razón en el seno de una sociedad multirreligiosa que se ordena conforme a los principios democráticos consolidados a partir de la modernidad? De acuerdo con lo que afirma Marina: no es la religión dominio de «evidencias universales», es decir, que puedan compartir quienes no sean creyentes de esa religión. Si se alcanzan tales evidencias es porque se trasciende el ámbito creencial de la confesión particular para hacer comunión en el dominio de la ética, en el que no la fe, sino la razón constituye su primordial fundamento.
Tampoco hay que pasar por alto que es intrínseco al ser de las religiones una cierta soberbia respecto de la verdad, que es lo que convierte a sus creencias en evidencias para el creyente, lo que las excluye de la palestra del debate racional. De modo que la mera crítica de sus contenidos es fácilmente tenida por una falta de respeto en el mejor de los casos o de un ataque en el peor de ellos (piénsese si no en esa rocambolesca figura penal del delito contra los sentimientos religiosos; ¿y por qué no un delito contra los sentimientos estéticos, de manera que se multe o encierre a todo aquel que atente contra el buen gusto en el vestir, pongamos por caso?). Seguramente no exagera Sam Harris en su libro de improbable título, El fin de la fe, cuando afirma:
La fe religiosa supone un mal uso tan intransigente del poder de nuestra mente que es como una especie de perverso agujero negro cultural, con una frontera más allá de la cual se vuelve imposible cualquier discurso racional. 
Esto en esencia es lo que significa la palabra wahi, perteneciente al universo lingüístico que apuntala las creencias del islam: revelación divina dada a la humanidad a través de sus profetas. Es considerado un fenómeno misterioso y enigmático que no cabe en el marco del intelecto común del ser humano. Es un tipo de alocución celestial e inmaterial que no puede ser concebida a través de los sentidos ni la reflexión intelectual, sino que es otra percepción que a veces se manifiesta en algunas personas por la voluntad de Alá. He aquí un elemento que no resistiría la prueba del algodón de la modernidad –¡que no es otra que la de la razón!– y que no representa una de esas construcciones teológicas de valor universal, de las que cree la arriba mencionada Eva Borreguero que hay que salvaguardar en todas la religiones. Pero ¿cuáles la resistirían, si el valor universal, precisamente, se levanta sobre el suelo de ese territorio común que decíamos fertiliza el uso racional de la inteligencia, el mismo que con la fe se abotarga?


Hay quien dirá que es mejor que el islam, como el resto de religiones (¿todas? ¿sólo las mayoritarias? ¿las que alcancen pactos educativos con el Estado en virtud de arbitrarios criterios? ¿estamos ante el inicio del famoso «café para todos» para el adoctrinamiento religioso en la escuela pública?), esté en la escuela moderna, precisamente para contribuir a su modernización, que aquí equivale a moderación. El creyente moderado de cualquier fe es el que no renuncia a vivir en el mundo moderno y, para ello, no tiene más remedio que interpretar alegóricamente o incluso ignorar lo que no dejan de ser cánones constitutivos de la palabra divina en la que, por otro lado, dice creer a pies juntillas (esto es la fe). A esa moderación contribuye no poco la ignorancia de la mayoría de los creyentes de la cantidad de barbaridades que en verdad contienen sus sagradas escrituras por no haber dedicado un tiempo a la lectura de lo que es, en definitiva, la prístina fuente de sus creencias (esto lo ilustra espléndidamente una secuencia de la serie El ala oeste de la casa blanca que seguidamente inserto al atento lector). Dicho de otro modo: para ser un musulmán o un cristiano o un judío moderados hay que ser necesariamente un negligente lector de la letra de la ley divina, lo que equivale, lógicamente, a ser un mal musulmán o un mal cristiano o un mal judío. Para explicarlo con contundencia: el joven transexual cordobés que ha pretendido hace unos días confirmarse para apadrinar a un niño, y que ha recibido un rotundo no del párroco, obediente a la consigna del obispado de Córdoba, quería un contradiós (nunca mejor dicho), pues, con el catecismo en la mano, el transexual es inapelablemente un mal católico, y como tal ha de sufrir las consecuencias, igual que los homosexuales y demás colectivos de moral pecaminosa. ¡Lo contrario supondría que la Iglesia Católica Apostólica y Romana renegase de sus principios! 
Sea como fuere, si se trata de modernizar el islam –o lo que es lo mismo, contribuir al crecimiento de un islam moderado– de nada sirve introducirlo en nuestras aulas para adoctrinamiento de nuestros niños y adolescentes. Porque, como taxativamente explica Sam Harris en el libro citado:
Las puertas que nos llevan a renunciar a la literalidad de las escrituras no se abren desde dentro. La moderación que vemos entre los no fundamentalistas no es señal de que los credos han evolucionado, sino, más bien, de que es producto de los muchos martillazos que la modernidad ha propinado a ciertos dogmas de la fe exponiéndolos a la duda. El menor de estos progresos no es la aparición de una tendencia a valorar las evidencias y a dejarnos convencer sólo por propuestas respaldadas por la evidencia. Hasta los más fundamentalistas se mueven a la luz de la razón; la diferencia está en que sus mentes parecen haberse compartimentado para acomodar las abundantes afirmaciones de certeza que conlleva su fe.
Lo prueba la historia. Al cristianismo lo fue poniendo en su sitio la modernidad conforme el librepensamiento se fue abriendo camino, y una ilustración militante fue construyendo, no teológicamente sino filosóficamente es decir, sobre el pensamiento crítico y el conocimiento, los valores universales que conforman el marco dentro del que los individuos pueden aspirar a una vida buena. Toda religión es –repitámoslo– intrínsecamente soberbia y en la idiosincrasia del creyente está la pulsión –latente o no– del proselitismo (¿cómo no si se hallan en posesión de la verdad? ¿Y no querría todo el mundo que se le diese la oportunidad de conocerla? Más aún, ¿no es deber del creyente darla a conocer, es decir, hacer profesión de fe?). Así que la moderación le vino impuesta al cristianismo cuando la razón le ganó la partida histórica a la fe en la cultura europea. Ahora bien, no se debería incurrir en la ingenuidad de confiar en que esa victoria sea definitiva. Ni mucho menos.
En la escuela está uno de los frentes de una guerra que se libra contra el fanatismo todos los días. La posmodernidad nos ha vuelto más tolerantes a un relativismo que desincentiva el debate racional y crítico (inteligente) que hoy más que nunca precisamos en la aldea global, donde convivimos codo con codo con quien respira una atmósfera cultural distinta a la nuestra, pero forma parte del mismo organismo social. A ese debate también hay que someter a las religiones, en torno a las que no tiene justificación establecer cordones sanitarios contra el librepensamiento. Lo expuso con claridad meridiana Bichara Khader, profesor de la universidad belga de Lovaina, palestino de origen y fundador del Centro de Estudios e Investigaciones sobre el Mundo Árabe Contemporáneo, en una entrevista emitida recientemente por una cadena de radio. Al respecto de la cuestión de la incompatibilidad de la democracia y el mundo árabe dijo: 
Lo que es necesario, y los musulmanes tienen que entenderlo, es que hay que separar el espacio religioso del espacio político. Esta separación es la laicidad, es la neutralidad del Estado de cara a las creencias y a la no creencia... El futuro del mundo musulmán reside en la separación de lo religioso, que tiene que ser algo privado, y de lo público, de la gestión del Estado y de los asuntos oficiales, que tienen que ser separados del impacto de las interferencias nefastas de la religión. Entonces, no hay una incompatibilidad de principio, pero estas interferencias constantes de la religión en nuestros Estados perjudican la búsqueda de un mundo árabe secular.
Y lo que vale para el islam vale para cualquier otra religión.

¿Existe el problema de la inducción?


José Luis Ferreira

El argumento que presenta el problema de la inducción es, históricamente, el siguiente:

Observamos salir el sol cada día y presumimos que seguirá saliendo. Esto es un argumento inductivo y lo aceptamos porque ha funcionado bien en muchos otros ejemplos y aceptamos que seguirá funcionando. El argumento que justifica la inducción es, pues, circular.

En una entrada pasada me he referido a los argumentos circulares y he alertado contra meter en el mismo saco a los aparentemente circulares que a los circulares de verdad. ¿De qué tipo es la circularidad de la inducción? Sostendré que es solo aparente y para ello usaré un modelo formal en el que se justifica la inducción. Ya he hablado de él en más de una ocasión, pero creo que solo en comentarios o en las discusiones del Otto Neurath, se trata de la inferencia estadística.

Expliquemos un caso sencillo. Tenemos una urna con bolas. Sacamos una bola, que resulta ser blanca. Sacamos otra, que también es blanca. Seguimos así y a la enésima, que sigue siendo blanca decidimos que todas son blancas (es decir, que la siguiente que saquemos será también blanca). La inferencia estadística no dice que la siguiente será blanca con probabilidad 100%, sino que a medida que sacamos bolas y resultan ser blancas, la probabilidad de la hipótesis "todas las bolas son blancas" aumenta. Esto ocurre con los modelos de inferencia estadística clásico y bayesiano y ocurre con todo el rigor matemático. No hay circularidad.

Repasemos. El ejemplo es un modelo de aplicación de la inducción. La urna es la realidad (esa desconocida), la muestra de bolas son los datos (reales o aparentes) observados y la hipótesis "las bolas son blancas" son nuestra teoría acerca de esa realidad.

La inducción a que se refiere el problema que encabezaba la entrada es de la misma índole. No se afirma que la proposición "el sol saldrá mañana" esté establecida sólidamente por el argumento inductivo, sino que significa que la hipótesis "el sol saldrá mañana" cobra más valor (más probabilidad). Pero en realidad, en ciencia, tampoco es exactamente eso, sino que lo que dirá es que "el modelo o teoría científica que explica el movimiento de los astros del sistema solar" tiene más probabilidad de ser cierto gracias a los datos de que el sol ha salido cada día tal como el modelo predice y según ese modelo el sol saldrá también mañana.

Que el modelo de inferencia estadística sirva o no para entender la realidad es algo que no podemos deducir lógicamente y, como siempre, lo único que nos queda es mostrar su utilidad (inductivamente, claro). No hemos resuelto el problema del conocimiento, algo imposible lógicamente, pero sí hemos establecido que la inducción no tiene por qué ser un argumento circular e inválido.

Para una entrada posterior dejamos el problema de distinguir entre distintas teorías compatibles con los datos y que algunos llaman "el nuevo problema de la inducción".

12 de mayo de 2016

IVA a libros: ¿sí, no, por qué?



por David Osorio (@Daosorios)

Esta semana El Tiempo reportó que la Comisión de Expertos Tributarios contempla empezar a cobrarle impuesto del IVA a a los libros — la reacción instintiva es oponerse a la medida y hasta indignarse, pero analicemos las cosas por un momento.

La exención tributaria a la industria del libro parte de la base de que los libros son una puerta a la cultura y el conocimiento, pero los escépticos sabemos mejor que eso. Existen muchos tipos de libros, con diversos contenidos: así como los hay de divulgación y cultura, también los hay, de hecho abundan, sobre pseudociencias, de superación personal, de dietas que no sirven, politiqueros, de proselitismo religioso y —tal vez los más molestos— de 'ciencias' sociales cuyos autores parecen tener alguna alergia a la rigurosidad.

Así que los libros pueden ser ventanas al conocimiento y la cultura... pero también pueden ser portales para expandir la ignorancia y la incultura. Asumir que cualquier libro, por el hecho de serlo, incrementa automáticamente los niveles de cultura en la sociedad es cuando menos ingenuo.

8 de mayo de 2016

Argumentos circulares


José Luis Ferreira

Es relativamente fácil pretender que cualquier defensa de cualquier afirmación acerca del mundo es circular. Basta pedir que se definan todos los términos de la afirmación, para luego pedir que se definan los términos que aparecen en las definiciones y así sucesivamente. Como el lenguaje es finito, al final tendremos unos términos que se referirán entre sí de manera circular o que no se refieren a ningún otro.

Otra manera de hacerlo consiste en pedir justificación de todos los pasos realizados para hacer la afirmación y después pedir justificación de las justificaciones. Ocurrirá algo parecido. Por ejemplo, las afirmaciones que se consideran justificadas en una determinada ciencia lo son porque se sigue un método aceptado por quienes hacen esas afirmaciones. Así que parece que las justificaciones son circulares, que podían haberse hecho de otra manera y gozar del mismo tipo de apoyos.

Todo lo anterior es apariencia del discurso natural y descuidado. Tomemos el siguiente ejemplo:
y
x
En este sistema de ecuaciones, decir que x vale 7 porque y vale también 7 porque x vale 7 es un argumento circular.

Tomemos este otro ejemplo
= 3
= 1
Alguien puede argumentar que no es posible saber los valores de x y de y porque se basarían en un argumento circular como el anterior. Para conocer x hay que conocer y, y para conocer y hay que conocer x, de manera que postular cualquier valor caería en la falacia del argumento circular. Esto claramente no es así, este segundo ejemplo tiene solución no basada en argumentos circulares, = 2 e = 1. El argumento circular expresado verbalmente y sin rigor no es tal, pero hace falta un poco de cálculo riguroso para mostrar que no es así.

Cuando nos encontremos con un argumento que intenta mostrar la circularidad de otro habrá que preguntarse si estamos ante un caso de circularidad verdadero como en el primer ejemplo o falso como el segundo.

Ejemplo del primer caso: La adivinación del futuro puede existir porque sabemos que existen cosas inexplicables como la telepatía. Luego uno mira qué evidencias hay para mostrar que puede existir al telepatía y oye que por qué no, dado que la adivinación del futuro existe.

Ejemplo del segundo caso: Toda ciencia, tal como se explica aquíaquí y aquí.

7 de mayo de 2016

Los abusos de la palabra “energía”




 Por Matías Suarez Holze                                             

 Una de las palabras de las que más se abusan tanto los charlatanes de todo tipo, como las personas comunes que intentan justificar creencias endebles es sin duda la palabra “energía”. Esta palabra también en el lenguaje de uso cotidiano carece por lo general de justificación y precisión, lo que hace que raras veces se la utilice como corresponde. De tantos usos injustificados, este término de apariencia “técnica” terminó por ser de un significado completamente vago y aparentemente aplicable a todo. La definición de energía utilizada tanto en las pseudociencias como popularmente, no tiene absolutamente nada que ver con lo que la ciencia y la semántica  entienden por energía(s), sino más bien, es por lo general absolutamente arbitraria, ambigua e imprecisa, y tiene como fin una impostura explicativa. Ante cualquier supuesto hecho paranormal/sobrenatural, sacan a relucir está práctica palabra como parte de una supuesta explicación, con el problema de que no está nada claro a que se refieren con tal, ni si tal palabra representa algo verdaderamente real, y no un simple fruto de la creencia irracional.  En algunos casos, ésta se utiliza para explicar o representar hechos cuya explicación realista no tiene relación con energías de ningún tipo, y en otros casos, tal palabra sirve para “explicar” hechos que directamente no tienen más base que la excitada imaginación de sus creyentes. El fin de éste artículo es analizar los abusos vagos e injustificados de la palabra, y como bonus, tratar algunos temas relacionados con tal, que específicamente son: el reiki y la energía orgónica.

  A veces, se refiere popularmente con “energía” a sensaciones o impresiones, por ejemplo: “Esa persona tiene una mala/negativa/baja energía”. Esto puede significar que aquella persona no le cae bien, por ejemplo, por no compartir sus creencias. Pero, al no poder comprender el hecho de que una persona no sea de su agrado, atribuyen el fenómeno a “energías” inexistentes, típico de la cosmovisión animista y primitiva. El agrado o desagrado de una persona tienen bases puramente psicológicas, donde el uso del término energía no contribuye en nada a una explicación realista del agrado o desagrado personal. Las personas no poseen ni misteriosas “energías”, ni “vibraciones de onda”, ni nada parecido que pueda influir en como la perciben los demás. Lo que sí, las personas poseen estados de ánimo, ideas y comportamientos que sí influyen en como los demás la perciben. Cuando un supersticioso se encuentra frente a una persona pesimista y depresiva, suele culpar a su “energía” o “vibraciones”, y juzgar arbitrariamente a esa persona en virtud de estas, e incluso suelen excluirlas y rechazarlas inmoralmente, en lugar de intentar ayudarlas –por ejemplo preguntándoles cordialmente cómo están y por qué. El estado de esa persona y nuestra reacción ante ellas poseen bases psicológicas, donde no hay “energías” místicas que influyan en relaciones humanas. 

  Otro ejemplo de abuso de la palabra energía es su confusión con el optimismo o pesimismo. Por ejemplo: “Necesito tener una energía positiva para poder atravesar este momento”. Aquí se puede interpretar “energía positiva” como actitud optimista. Aunque no tenga nada que ver el optimismo con “energías” (más allá de la energía que requiere el cerebro para funcionar). La atribución de “energías” positivas (buenas) y negativas (malas) a todos tipos de personas, pensamientos y posturas, intentando clasificarlos dualistamente  es parte de una visión maniqueísta propia del humano primitivo.

   El mal uso de la palabra energía da pie a la invención de miles de energías inexistentes o incomprobables -inconmensurables. Y esto a su vez, da pie a todo un negocio. Por ejemplo el negocio de las rocas que poseen “energías positivas”. Esto es un excelente ejemplo de la atribución de valores positivos/negativos a energías inexistentes, fenómeno digno del pensamiento mágico. Recuerden los “amuletos de buena suerte”, comunes en la Edad Media. Lamentablemente este pensamiento primitivo volvió a la moda y está en auge en nuestra cultura actual, triste y gravemente contaminada de superstición debido al nocivo fuerte impacto del movimiento anti-intelectual conocido como New-age. Por ejemplo, en México donde se encuentran ruinas mayas y aztecas es fácil encontrar comerciantes de rocas que supuestamente se cargan con la “energía” de las pirámides (como si tal cosa existiera). Sin embargo no se registró jamás en la historia una sola prueba concluyente que demuestre que existan “amuletos de la buena suerte” eficaces, rocas con algún tipo especial de energía ni incluso, que las pirámides posean alguna propiedad especial (como afirman los pseudocientíficos piramidólogos). Todo esto es solamente cuestión de creencias que no están para nada basadas ni en la razón ni en las evidencias, sino en un infantil deseo de creer lo que fácilmente se puede comprobar como falso.
 
  Así, el termino energía del modo en que lo usan comúnmente es completamente vago, y sirve tanto como forma de camuflar la ignorancia, como para ejercer la charlatanería con un término aparentemente técnico. De esta forma su significado real pierde totalmente valor. La desvirtuación de esta palabra es propia del movimiento new-age y la pseudociencia clásica. Se dice por ejemplo que los chakras “regulan energía espiritual”, pero esta energía como prácticamente todas las energías del new-age no es más que una ficción inconmensurable y por lo tanto incomprobable. También dicen que “Dios es energía”, lo que refuerza más el hecho de que se refieren con este término a cualquier tipo de ficción.
   Sin embargo, no todas los malos usos de la palabra provienen de creencias tan irracionales. Muchos malos usos provienen de importantes intelectuales e incluso de científicos. El astrofísico Gustavo Esteban Romero denuncia en un artículo suyo (Creatio ex nihilo y cosmología: algunas clarificaciones)  que la palabra energía es también mal usada por los propios físicos:
 “Muchos físicos tienden a reificar no sólo conceptos sino también propiedades. El caso más típico es el de la energía. Expresiones como “energía pura” no tienen sentido. La energía es una propiedad de las cosas. No puede haber propiedades sin individuos que las posean. Así, no puede haber sonrisas sin rostros que sonrían, ni digestiones sin estómagos que digieran. Tampoco puede haber energía sin sistemas concretos. La energía es simplemente la capacidad de cambiar que tiene un dado sistema físico. Un error notable es confundir energía con radiación. La radiación está formada por partículas. En el caso de la radiación electromagnética, por fotones. Por citar un lugar común, cuando una partícula se aniquila con su antipartícula, no se “libera energía”, sino que ocurre un cambio en la naturaleza de las partículas, que pueden ser transformadas en fotones, neutrinos, etc. De hecho, la cantidad de energía del sistema se conserva durante la interacción.” (Las negritas son mías).

Esto nos lleva a buscar una definición clara de la palabra:

  Mario Bunge en su diccionario de filosofía ofrece una definición bastante clara de energía que resumiré a continuación: <a) PROPIEDAD: La medida en la que una cosa concreta cambia y puede cambiar. (…) La energía es la más universal de las propiedades de las cosas reales (…). Precaución 1: la energía es una propiedad, no una cosa; no existe por si misma sino a la par de la materia (…). b) PREDICADO: la medida más general del cambio real o potencial. Existen diferentes clases de energías: la potencial y la cinética, la mecánica y la térmica, la electromagnética y la nuclear, etc. La energía está representada por predicados en diferentes teorías: por funciones en algunas, por operadores en otras.  Esta es una razón para no confundir los predicados con las propiedades que representan.>

   Los abusos de la palabra “energía” son demasiado frecuentes. Lo que podemos hacer en presencia de esta palabra usada de forma vaga o plenamente injustificada, es preguntar a qué tipo de energías se están refiriendo, si a energías electromagnéticas, nucleares, térmicas, etc.  Ante respuestas como “energía espiritual”, “energía pura”, “energía orgnónica”, “energía etérea” o alguna vaguedad similar inexistente y/o vinculada a la pseudociencia, podemos descartar la legitimidad del término. Debemos exigir rigor ante las definiciones de energías que nos intenten dar, muchas veces los promotores de las medicinas alternativas hablan de “energías” sin especificar de ningún modo que son o a que energía se refieren, aquí debemos agudizar nuestro escepticismo y pedir una definición clara, precisa y demostrable de los que nos quieren decir.

A continuación, examinaré dos pseudociencias relacionadas con supuestas energías:

Reiki, el arte de manipular energías inexistentes


Mikao Usui


Contrario a lo que comúnmente se piensa, el reiki de milenario no tiene nada. Se trata de una práctica inventada por el monje Mikao Usui en 1922. Como pasa con las prácticas de la MTC (Medicina Tradicional China), parte de sus consumidores confían en su eficacia creyendo que la práctica lleva milenios, y creen, muy erróneamente porque se trata nada más que de una falacia ad antiquitatem, que por esto la práctica es más confiable. Pero no, la MTC como sistema de creencias, al igual que el reiki, data del S XX. La acupuntura como la conocemos (con agujas pequeñas, ya que antes las agujas eran mayores y se utilizaban en una especie de sangría), por ejemplo, es un invento de los años 30 del pediatra chino Cheng Dan’an. Así como los fundamentos teóricos de la acupuntura antigua (no la de pequeñas agujas) datan de la revelación de un supuesto “dios” emperador de las montañas (del que claro, no hay evidencias históricas),  el reiki se le fue “revelado” a Usui en un retiro espiritual en las montañas. Nada de estudios de fisiología, microbiología, medicina, ni nada de eso.
  Este consiste en pasar las manos en diferentes direcciones por sobre el cuerpo de alguien tendido sin tocarlo, supuestamente, para manipular sus energías y así conseguir logros “terapéuticos”. Claro está, que no hay ninguna evidencia de que estas energías existan. Según algunos practicantes de reiki, su práctica sirve para lograr mejoras en el cáncer, la bulimia, el dolor de espalda, la presión alta, la diabetes, el estreñimiento, etc. El mismo  Usui no dudó en poner su academia y en cobrar por su práctica, y hoy en día muchos estafadores inconscientes de serlo la llevan a cabo por lo general, cobrando grandes sumas de dinero por sesiones o enseñanzas y alegando que pueden tratar los problemas mencionados y muchos más.
  ¿Hay evidencias de que el reiki funcione? No exactamente, pero tenemos evidencias de que no funciona. De hecho, sobre el timo de que los practicantes ”pueden sentir la energía de las personas a distancia”, tenemos el estudio de Emily Rosa. Esta es una mujer que a la edad de 9 años realizó un experimento en el que demostró que los practicantes no podían sentir estas inexistentes energías. Fue la persona más joven que publicó en una revista científica médica revisada por pares (el Journal of the American Medical Association). El experimento consistió en colocar a varios de estos curanderos detrás de una pantalla y hacer que sus manos salieran por un hueco; la niña colocaba su mano (sin tocar al curandero) sobre de una de sus manos sin que el individuo detrás de la pantalla pudiera ver, y si esta teoría era cierta, el curandero debía saber si la mano de la niña estaba o no debajo de la suya, y si estaba, en cual, ya que debería sentir su “campo biomagnético”, “vital” o “energético”. Claramente el experimento demostró que no sentían en absoluto dicho campo, nunca pudieron demostrar que sabían sobre qué mano la niña colocaba la suya, ni si efectivamente la colocaba. Se debe sentir muy mal que una niña de 9 años refute correctamente una teoría de la cual vivís ¿No?... Ningún experimento posterior refutó los descubrimientos de Emily.
  Como tratamiento médico tenemos varios estudios que demuestran su ineficacia. En Effects of reiki in clinical practice: a systematic review of randomised clinical trials[1]
M. S. Lee, M. H. Pittler y E. Ernst analizan randomizadamente varios estudios para concluir que no tiene evidencia a su favor para el tratamiento de ninguna patología, salvo como placebo (y como sabemos, el placebo se limita a muy pocos problemas, por lo general hipocondriacos, y no representa una mejora real). Hoy a la comunidad científica no le queda ninguna duda de que el reiki tanto teórica como prácticamente es un completo timo.
Emily Rosa

La energía orgónica

Los psicoanalistas son gente curiosa. Como si no bastara con que el psicoanálisis fuera en sí mismo una pseudociencia, muchos importantes psicoanalistas fueron aún más lejos y crearon otras pseudociencias, como sí ejercer una les pareciera poco. Tenemos a Velikowsky y su libro “Mundos en colisión” donde confunde hidratos de carbono con dióxido de carbono y en base a esto afirma que los judíos se alimentaron de un pan brotado de un cometa que pasó cerca de la Tierra, entre otros disparates. Y también tenemos al psicoanalista Wilhelm Reich, quién decía ser hijo de un “hombre del espacio”, inventor de la “energía orgónica” (palabra creada a partir de la raíz de “organismo” y “orgasmo”). Esta supuesta energía cósmica omnipotente emanaba de todos los seres vivos y estaba involucrada en los orgasmos. Reich sostenía que tal energía podía ser mesurable y que además era responsable del color del cielo, la gravedad e incluso las revoluciones políticas frustradas. Completamente convencido, intentó probar su existencia construyendo en 1940 el primer “condensador de energía orgónica”, que incluso usó en pacientes con cáncer creyendo que así podía ayudarlos. Totalmente animado por su hipótesis, llegó al punto de invitar a nadie menos que al mismísimo Albert Einstein a discutir sobre su “nueva ciencia”, la orgonomía.
   A pesar de sus optimistas intentos de probar la existencia de la energía orgónica, Reich jamás lo logró (como tampoco Freud pudo debidamente probar sus teorías, no mucho menos fantasiosas).   

 Para colmo, su vida fue de mal en peor y terminó falleciendo el 3 de noviembre 1957 en la Penitenciaría Federal de Lewisburg en Pennsylvania, donde fue enviado luego de una acusación penal impuesta por negarse a obedecer una orden contra la venta de equipos médicos fraudulentos.
 A pesar de que la orgonomía no posea una sola evidencia a su favor y que además, haya sido creada por un tipo que rozó la completa locura, dicha pseudociencia continúa siendo popular y hasta se venden condensadores de “energía orgónica”, en forma de bonitas artesanías.  

Reich en su acumulador de energía orgónica