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Puliendo lentes: una reflexión sobre la relación entre ciencias y humanidades a la luz de la filosofía


Por José María Agüera Lorente
Desde que supe, siendo estudiante de filosofía, que Spinoza se ganaba la vida como pulidor de lentes he encontrado muy inspiradora la imagen del sabio que, en silencioso recogimiento, pule pacientemente la superficie transparente a cuyo través ha de percibirse la realidad. Y la tomo por la alegría que con mayor fidelidad y belleza puede plasmar intuitivamente la labor de filósofos y científicos. Semejante a pulir lentes es el quehacer de quienes tratan de comprender y tornar inteligible para todos lo que no para de plantearnos interrogantes. Sus lentes, el producto de su esfuerzo intelectual, no es otro que las ideas. «Idea» que –permítaseme la pedante digresión etimológica guarda parentesco con el verbo griego eído, que significa ver, mirar, obervar, reconocer; y con el sustantivo eidos, que significa vista, visión; el término griego para «saber» que econtramos en los tres primeros libros de la Metafísica de Aristóteles es eidénai. Así pues, con ideas, con conceptos, a partir de ellos, a su través y a la búsqueda de ellos, desarrolla su actividad intelectual el pensador, a cuyo trabajo subyace la ambición última de conocer (comprender) lo que la realidad es. 
Asimismo, parece que discriminar qué ideas contribuyen, después de su necesario pulido, a una verdadera visión de las cosas constituye una tarea central en el trabajo filosófico. Ya sabemos quienes a esto del filosofar le tenemos afición lo que eso conlleva. De forma semejante a como las distintas lentes han de combinarse en el artilugio óptico para obtener a través del mismo la imagen nítida deseada, la razón busca la interrelación de ideas que componga el más verosímil mapa inteligible, las mejor fundamentadas teorías.
Sin embargo, como consecuencia del desarrollo, sobre todo a partir del siglo XVIII, de las llamadas ciencias positivas, sus contenidos teóricos han alcanzado tal complejidad que desde hace décadas parece ineludible la especialización de científicos e, incluso, filósofos. Tampoco hay que despreciar, como señalaba Carlos Castilla del Pino hace dos décadas en su artículo El hombre anti-ilustrado,
los factores de carácter económico y político que, a su juicio, desde la segunda mitad del siglo pasado, conducen la labor científica, en todos sus frentes, hacia metas establecidas desde instancias ajenas a los criterios estrictamente intelectuales; esto es lo que escribe el doctor Castilla del Pino:
Desde entonces, desde la vigencia de este «principio-eficacia», la compartimentación del saber es un axioma porque hace posible que el científico sea, ante todo, un productor. Un plus de saberes le estorbaría en su rol de productor
Pero –y es fácil de ver para el mismo autor tal «compartimentación del saber» tiene sus consecuencias, ya que conlleva una cosmovisión fragmentada de la realidad, una pérdida de paradigma unitario, que promueve el desarrollo de destrezas, si bien no el cultivo de un saber formativo en el sentido humanista. Ciertamente las lentes que son las ideas no parece que deban contribuir a una fragmentación de la realidad, provocando la ilusión de que existen –en expresión de nuevo de Castilla del Pino «universos tangentes e incomunicables», haciendo casi imposible la consecución de necesarias síntesis totalizadoras, imprescindibles si de verdad pretendemos comprender, y sí dejando margen al riesgo de los reduccionismos, que no son otra cosa sino el síntoma de las luchas de poder en la república académica de los saberes. 

Mario Bunge, que como el autor antes citado reúne la doble condición de científico y filósofo, expresa la insuficiencia de cualquier clase de reducción en el conocimiento «para explicar hechos», tal y como sostiene en su libro Crisis y reconstrucción de la filosofía. Reconoce el filósofo de origen argentino que la nuestra es una cultura de especialistas, en la que cada uno posee su propia «perspectiva fragmentaria»; y entiende el reduccionismo como el intento del neopositivismo por recuperar la unidad del conocimiento humano, la cual resulta ser imprescindible para afrontar los problemas individuales y colectivos a los que nos enfrentamos a decir de Jesús Mosterín, filósofo que apuesta por la recomposición de lo que llama
en su libro titulado Ciencia viva «el espejo roto de la investigación especializada».
De esa necesidad de recuperación de la mencionada unidad trata un estimulante libro de Edward O. Wilson titulado Consilience. La unidad del conocimiento humano.  En su primer capítulo habla el autor del «hechizo jónico», expresión que es original del físico e historiador de la ciencia Gerald Holton. Su origen coincide con el nacimiento de la filosofía, que en su seno trae la semilla de las ciencias y que –en palabras del propio Wilson
«significa la creencia en la unidad de las ciencias, una convicción, mucho más profunda que una simple proposición de trabajo, de que el mundo es ordenado y puede ser explicado por un pequeño número de leyes naturales». Y en los grandes científicos contemporáneos, los capaces de alumbrar ideas de verdad fértiles, el «hechizo jónico» también está inspirando sus obras. Es el caso de Einstein, por ejemplo, que estuvo soñando con alcanzar la unidad sistemática del todo cósmico hasta el final de su vida; y es esencialmente lo que actualmente cree Steven Weinberg que constituye la meta última de la física contemporánea, según lo expone en su libro El sueño de una teoría final. Para Wilson el momento histórico en el que ese ideal es enunciado con toda su significación lo representa la Ilustración de los siglos XVII y XVIII, en la que ocupa un lugar preeminente la que el autor llama «la mayor empresa de la mente», esto es, «el intento de conectar las ciencias con las humanidades». La clave de tal unificación, que parece estar en el origen del propio pensamiento racional e inspira el proyecto intelectual que entraña la ilustración, es la «consiliencia» (consilience), término que Wilson toma de William Whewell, el cual, a su vez, lo usa en su Historia de las ciencias inductivas (1840), y que refiere la coherencia de un corpus cognoscitivo sustentado sobre la conexión de hechos y teorías pertenecientes a varias disciplinas y que, por su coherencia, acaban dando lugar a un ámbito común de explicación. La posibilidad de consiliencia «es una visión metafísica del mundo», la cual contiene un decisivo valor orientador para la tarea científica, y en concreto es decisiva para comprender la condición humana, ya que sólo en la confluencia de los conocimientos atesorados en las ciencias de la naturaleza y los cultivados por las humanidades cabe la posibilidad de aspirar a certezas respecto de lo que somos. Más recientemente, y desde una perspectiva global, ha sido Jesús Mosterín quien ha valorado esa concepción epistémica también en su sentido pragmático, como forma de abordar los grandes retos a los que se enfrenta la humanidad del siglo XXI. Tal como lo expresa el filósofo español en su mencionado libro Ciencia viva: 
El espejo roto de la investigación especializada ha de ser recompuesto en una imagen global unitaria, si es que ha de servir como marco en el que analizar y resolver nuestros problemas individuales y colectivos. La búsqueda de una cosmovisión global, por muy provisional que sea, es el fin último de toda investigación. Para ello necesitamos ciencia, pero también racionalidad y sabiduría. En definitiva, necesitamos un nuevo humanismo a la altura de nuestro tiempo, que haga uso de los tesoros de la información que la ciencia nos proporciona y encare sin prejuicios los problemas y retos actuales
Para este autor es claro que es deber ineludible de la filosofía ofrecer el puente para conectar los dos grandes ámbitos de conocimiento. En la misma dirección parece apuntar Mario Bunge cuando explica las virtudes del paradigma epistemológico al que llama sistemismo, según el cual «toda ciencia es un sistema conceptual y es, a su vez, un miembro del sistema de conocimiento humano. Ninguna ciencia fáctica es independiente o autosuficiente: toda disciplina interactúa con otras disciplinas y todas ellas poseen un núcleo lógico, matemático y filosófico común. Cualquier campo que no esté relacionado de este modo no es científico: si está aislado, es un fraude». 

Consecuentemente, la filosofía ha de servir como elemento conector entre las aportaciones de las diversas ciencias, y puede ser especialmente bienhechora a estos efectos suturando el desgarro epistemológico (que lo es ontológico también) causado por la distinción diltheyana entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu. Nada más contrario a los intereses intelectuales desde la consiliencia o el sistemismo que distinciones de esa índole. Ya hace tiempo que se es consciente de este error, como prueba que en 1959 C.P. Snow, en su ensayo The two cultures and the scientific revolution, escribiera: «Esta polarización es una pérdida para todos nosotros... Para nosotros como personas, y para nuestra sociedad. Es a la vez una pérdida práctica, intelectual y creativa». Seguramente desde el Renacimiento, que vio tanto la revolución científica como el origen de las humanidades reconocidas como un territorio específico de conocimiento literario con objeto en la cultura, esa brecha, que certifica y justifica teóricamente Wilhelm Dilthey siglos después, sigue abierta hoy día; lo que es manifiesto en la resistencia que la mayoría de los reconocidos como intelectuales muestran cuando se trata de plantear la relevancia de las ciencias naturales a la hora de explicar el comportamiento social. Por eso propone Wilson «terminar con las guerras de la cultura. Se trata de ver la frontera entre las culturas científica y literaria no como una línea territorial, sino como un terreno amplio y en gran parte inexplorado, que espera el acceso cooperativo desde ambos lados. Los malos entendidos surgen de la ignorancia del terreno, no de una diferencia fundamental en la mentalidad».
Pues bien, pudiera ser que la clave para orientar correctamente la ejecución de esa obra que podríamos calificar de conciliadora, resida en la primorosa labor de pulido de las lentes. Es decir, que es el trabajo con las ideas el que puede acercarnos en esta y en aquella cuestión, en este campo del conocimiento y en aquel otro, al correcto enfoque –unitario y sistémico
de lo que llamamos realidad (natural y humana). Así cabe entender que Bunge vea la filosofía como un «cemento interdisciplinario», y que Jesús Mosterín le otorgue la función de «actuar como un catalizador en esta tarea, convirtiéndose en un puente entre las ciencias y las humanidades»; ¿y cómo no, si como ya hemos dicho son las ideas (o los conceptos para Bunge) las que constituyen el objeto central del trabajo filosófico? Ideas en cuyo sentido hay que profundizar, renovándolo de acuerdo con las evidencias científicas, buscando el modo razonable y objetivo de diseñar en cada momento el mapa más completo y fidedigno del acervo cognoscitivo.
Fue el ya mencionado C. P. Snow quien, además de –como ya se ha dicho
deplorar la escisión académica y profesional entre el ramo de las ciencias y de las letras, el mismo que acuñó el concepto de tercera cultura para referirse a la emergencia en el panorama cultural de los científicos-escritores. El caso es que, transcurrido medio siglo largo, los así llamados intelectuales (de letras) siguen sin comunicar con los científicos, probablemente porque en su noción de cultura (las letras o humanidades) quedan excluidas las ciencias, cuando no ocurre que se echa mano de ellas de forma más bien frívola (como prodigiosa demostracion de ello está el ya clásico libro de Alan Sokal y Jean Bricmont Imposturas intelectuales). Pero –como advierte certeramente Salvador Pániker en la introducción a El nuevo humanismo y las fronteras de la ciencialibro coral de algunos de los más lúcidos intelectuales de nuestros días cada vez hay más científicos que se incorporan a esa creciente marea de la tercera cultura para saciar la curiosidad del gran público. «Un gran público que –como el mismo Pániker aprecia comienza a estar familiarizado con nociones como biología molecular, inteligencia artificial, teoría del caos, fractales, biodiversidad, nanotecnología, genoma, etc.; un gran público que huye de viejas disquisiciones teológicas, pero que comienza a apasionarse con cuestiones secularizadas tales como: ¿cuál es el origen de la vida?, ¿de dónde surgió la mente?, ¿cómo empezó el universo?». 
La filosofía nació del deseo humano de hallar las respuestas a esas preguntas, de conocer la verdad, no sólo acerca del universo sino también de la condición humana, sin olvidar en ningún caso la conexión que entre las dos se da. Spinoza, el paciente pulidor de lentes lo sabía, como lo demuestra su obra y su vida.

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