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Puliendo lentes (II): la noción de «a priori» desde la perspectiva de la unidad del conocimiento


Por José María Agüera Lorente
En el último texto que publiqué en este blog presenté el paradigma epistemológico de la «consiliencia» (consilience), el cual promueve una concepción unitaria del conocimiento. Defendía en él la necesidad de una comunicación entre ciencias y humanidades cuyo catalizador podía ser muy bien la filosofía con el fin de alcanzar un conocimiento integrado del universo físico y el mundo humano, posible desde luego e imprescindible, más que nunca en la actualidad, para afrontar con inteligencia los retos globales a los que se enfrenta nuestra especie.
Quisiera en este artículo tomar un concepto ya clásico en la filosofía, en concreto en el ámbito gonoseológico,  para que pueda servir de muestra de lo que significa la tesis de la «consiliencia» o unidad del conocimiento. 
Quede claro desde un principio que no es la pretensión de quien escribe modestamente estas reflexiones trazar las líneas maestras de un riguroso tratado filosófico acerca del a priori kantiano al modo de los eruditos hermeneutas que se encuadran en la más formal tradición academicista. Nada de eso; me motiva la curiosidad personal sobre una cuestión relativa a la naturaleza del conocimiento humano sobre la cual entiendo que ganamos comprensión conforme integramos todo el saber sobre la misma, venga de la reflexión filosófica o de la investigación científica.  
Partamos de la noción genuinamente epistemológica de a priori. Definámosla de modo preciso, conciso y claro. Para ello nos puede echar una mano el profesor Sergio Rábade, quien se basa –como no puede ser de otro modo en la idea kantiana del concepto. Veamos su explicación tal como la econtramos en Teoría del conocimiento, su clásico manual sobre la materia: 
lo a priori es lo que antecede a la naturaleza y es independiente de ella; pero la antecedencia respecto de la experiencia no es temporal, ya que antes de la experiencia no ha lugar a ningún conocimiento objetivo. Cabría decir que se trata de una antecedencia o prioridad de naturaleza, que, sin duda, es lo que se trata de subrayar con la independencia. Lo importante es la necesidad de esos elementos que no se deben a la experiencia. 
A partir de aquí cabe deducir una importante consecuencia también enunciada por Rábade: 
Dado que tales elementos pertenecen a la naturaleza de nuestras facultades cognoscitivas, sólo resultará cognoscible lo que se ajuste a tales elementos o estructuras, con lo cual lo a priori constituye desde el sujeto, el límite del conocer objetivo. 
He aquí una idea dada a luz desde la reflexión filosófica que supuso una decisiva aportación en el campo de la gnoseología. Con ella queda fundamentada la universalidad del conocimiento humano al tiempo que se reconoce el límite del conocimiento objetivo, el cual por cierto, paradójicamente, tiene sus raíces en las estructuras cognoscitivas del sujeto. Me parece que el filósofo estadounidense Mark Johnson en su sugerente libro El cuerpo en la mente expresa lo que queremos decir muy certeramente: 
Kant afirma que la unidad de nuestra conciencia, a la que nuestra experiencia siempre se somete, es la base de la objetividad de nuestra experiencia. Podemos tener experiencias objetivas, comunes y compartidas porque nuestras conciencias poseen una estructura objetiva. Kant denomina unidad «trascendental» de la conciencia a esta estructura objetiva, que constituye las condiciones de posibilidad de la experiencia objetiva. Es «trascendental» porque está dada por la estructura de la conciencia en lugar de proceder de nuestra experiencia empírica.

Asumida y precisada la aportación filosófica ahora podemos profundizar en la comprensión de las estructuras a priori del conocimiento, cuya pertenencia ya hemos dicho que Kant atribuye a la naturaleza de nuestras facultades cognoscitivas. Pero en esta tarea hemos de apartarnos del venerado filósofo de Königsberg, porque podemos humildemente ir más lejos que él. Es lo que nos permite ampliar nuestro horizonte de pensamiento, yendo ahora a beber de las fuentes de las ciencias, y, más precisamente, de una de las teorías más fértiles que haya concebido la mente humana; a saber: la teoría de la evolución. Y una de las teorías desarrolladas a partir de la original de Darwin es la teoría evolucionista del conocimiento. Se trata de una interesante y relativamente novedosa perspectiva sobre el problema del conocimiento que toma como paradigma explicativo de partida la teoría de la evolución. Su objetivo es –en palabras de Nicanor Ursua «descubrir las raíces biológicas, genéticas, evolucionistas del conocimiento». Como supo ver Konrad Lorenz –según nos recuerda Jesús Mosterín en Ciencia, filosofía y racionalidadcabe una explicación de nuestras capacidades cognitivas sobre la base de la teoría del naturalista inglés. También Karl Popper desarrolló una concepción evolucionista de nuestro aparato cognitivo, identificando el conocimiento con la expectativa y la adaptación, y asumiendo que el conocimiento es congénito. El planteamiento, en definitiva, que esta propuesta filosófica hace del conocimiento asume que su base reside en la interacción entre estructuras subjetivas y objetivas. Se entiende que tales estructuras se ajustan, que de este modo el mundo real y nuestra retícula mental para aprehenderlo hacen posible el conocimiento. He aquí una de las tesis fuertes de la teoría evolucionista del conocimiento en palabras del profesor Ursua: 
Nuestro aparato cognitivo con sus capacidades es el resultado de la evolución biológica. Las estructuras cognitivas subjetivas se «ajustan» (adecuan) a las estructuras objetivas del mundo, porque se han formado en la «adaptación» a este mundo y concuerdan (en parte) con las estructuras reales, porque sólo tal concordancia ha hecho posible la supervivencia.
Tales estructuras son nuestras formas de intuición y categorías, y –según la mencionada teoría son independientes de toda experiencia individual. De aquí que Ursua afirme que son «ontogenéticamente a priori». Lo que quiere decir que son universales y necesarias, compartidas necesariamente por todos los sujetos de conocimiento, pues constituyen la naturaleza humana en lo que a la dimensión gnoseológica se refiere, naturaleza que, como toda naturaleza específica, tiene su génesis en el proceso evolutivo. Desde este punto de vista, esas leyes que –según la premisa kantiana el entendimiento prescribe a la naturaleza han de ser comprendidas desde la «relativización filogenética del a priori, que se explicaría como un a posteriori de la evolución biológica» –como propuso Konrad Lorenz, pero en todo caso anterior e independiente de la experiencia del sujeto, lo que es coincidente con la idea de a priori filosófica de origen kantiano.
Este nuevo modo de entender la idea de a priori, que –en mi opinión no es una traición al concepto epistemológico, sino una profundización enriquecedora en el mismo, es ya manejado en los ámbitos más vanguardistas de la investigación que tiene por objeto la mente humana. Porque, claro está, a este frente de análisis habíamos de llegar más pronto que tarde, ya que estamos tratando las estructuras cognitivas del sujeto, estructuras inscritas filogenéticamente –según lo dicho en el cerebro humano.
Y, llegados a este punto, sería poco riguroso despreciar el aporte de las neurociencias. Desde ellas se maneja el concepto de «a priori neurológico». Es el neurocientífico Rodolfo R. Llinás quien, reconociendo el origen epistemológico del concepto en la obra kantiana, lo aborda desde el paradigma evolucionista y lo explica en términos neurológicos en su libro El cerebro y el mito del yo:
Según un darwinismo directo, vemos que el a priori neurológico se desarrolló durante cientos de millones de años de filogenia en vertebrados e invertebrados, (...) podemos considerar que la cognición no es sólo un estado funcional, sino una propiedad intrínseca del cerebro y un «a priori neurológico». La capacidad de conocer no necesita aprenderse; sólo debe aprenderse el contenido particular de la cognición en lo que se relaciona específicamente con aspectos particulares del ambiente.
Así, toda visión del entendimiento humano de sesgo puramente empirista es decir, la visión de la mente humana como tabula rasa queda al margen de las últimas evidencias obtenidas en los dominios de las neurociencias. Hoy por hoy es insoslayable el componente filogenético de los elementos a priori que constituyen las capacidades cognoscitivas del sujeto, y que se explican por el llamado «precableado» de las funciones cerebrales. Es lo que demuestra todo lo que sabemos sobre las funciones mentales que apenas hemos empezado a conocer; por dar un par de ejemplos: la función lingüística y la visual. En efecto, respecto de ésta última los circuitos nerviosos imprescindibles para la misma se generan durante la ontogenia, sin ninguna entrada sensorial. En cuanto al lenguaje se trata de un a priori filogenético, ya que se constituye como una propiedad del sistema nervioso presente desde el nacimiento. Steven Pinker –el que para muchos es el cachorro intelectual de Noam Chomsky es seguramente el más conspicuo divulgador de esta tesis. En relación con el lenguaje lo plasmó en su libro titulado de forma muy explícita El instinto del lenguaje; haciéndolo extensivo a la antropología filosófica en su posterior obra que, en castellano, lleva por título La tabla rasa: la negación moderna de la naturaleza humana. Aquí se trata de anular el valor de verdad de la inveterada –uno puede retrotraerse por lo menos a Pico della Mirandola en su rastreo genealógico– creencia filosófica de que el ser humano es tanquam tabula rasa es decir, cual hoja en blanco– cuando llega al mundo; o con otras palabras, las de nuestro José Ortega y Gasset, «el hombre no tiene naturaleza, lo que tiene es historia».  Estas sentenciosas afirmaciones se les puede perdonar a sus autores por su ignorancia de las más recientes aportaciones provenientes de los fértiles dominios de la genómica, que la filosofía no debe ignorar para cumplir con esa función de catalizador de una tercera cultura que, desde la visión sistemática de las aportaciones de las distintas ciencias y la apreciación de su relevancia para las inquietudes humanísticas, aporte verdades de más sólido fundamento que contribuyan a iluminar nuestra autoconciencia.
De todo lo anterior se colige que, desde la revisión de la idea de a priori, queda igualmente recogido su rasgo de universalidad. Porque la filogénesis específica garantiza que tanto las posibilidades como las limitaciones (que no podemos hacer ciencia de las cuestiones de la metafísica, por ejemplo) de nuestras capacidades cognoscitivas son esencialmente compartidas por todos los sujetos de conocimiento humanos. Es cosa de nuestra naturaleza, cabría decir.
Haciendo algo así como filosofía ficción retrospectiva me atrevería a conjeturar que Kant seguramente tomaría con interés este enfoque de su idea, siendo –como sabemos que fue un sabio de la ilustración con gran curiosidad científica, y que siempre tuvo a la ciencia como ineludible referente filosófico. En otras palabras, le alegraría constatar que esa lente, que nos legó ya preciosamente pulida, puede permitir una visión más nítida aún de la que él pudo alcanzar sobre la naturaleza del conocimiento y, por ende, del propio ser humano.




 

Comentarios

  1. Sin mucho conocimiento del tema y sólo a la luz de lo escrito en el post, me asalta una duda. En el caso del hombre, la parte final de cuya evolución fue como primate gregario, ¿no tendría tanta importancia para la supervivencia que el conocimiento adquirido fuera comunicable como que se adecuara al mundo? ¿No incidiría el gregarismo en la forma de las estructuras subjetivas del conocimiento? La intersubjetividad como motor filogenético del a priori.

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    1. Interesante... ¿Es una insinuación lo que propone de un fundamento evolutivo para el constructivismo epistémico, quizá la propuesta más representativa de la teoría de conocimiento de la posmodernidad? Porque, si no, entiendo que la intersubjetividad es fundamento de objetividad, en el que se salvaguarda, dialógicamente entre sujetos que se exigen fidelidad a la realidad y no a las creencias del grupo,la verdad siempre provisional y sujeta a revisión.
      Gracias por su estimulante comentario.

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    2. No era mi intención llegar tan lejos. Intentaba pensar desde el punto de vista evolutivo. Azar y necesidad. Me preguntaba si para un animal gregario no es tan importante para la supervivencia que el conocimiento que sea capaz de adquirir sea comunicable además de veraz. Es decir, si las estructuras a priori no solo están adecuadas (en parte) a la realidad sino también a la capacidad de comunicación con la manada. A la intersubjetividad. Unas estructuras ajustadas a la realidad y modeladas por el lenguaje.

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  2. La hipótesis tiene sentido desde las premisas del evolucionismo. Ahora mismo no caigo si Steven Pinker, quien seguramente ha ido más lejos y más atrevidamente por el camino de extrapolar al lenguaje el paradigma evolucionista, dice algo preciso al respecto. Habría que repasar «El instinto del lenguaje» y «El mundo de las palabras» para ver qué fundamentos hay desde el punto de vista de la investigación. Ahora me viene a la mente el fetichismo del lenguaje del que habla Nietzsche en el capítulo de «La "razón" en la filosofía» de «El crepúsculo de los idolos», donde parece apuntar en la dirección que usted sugiere, aunque de la forma que suele hacer el filósofo dinamita, más intuitiva que argumentativa. También hay referencias en «Verdad y mentira en sentido extramoral». Asimismo, su idea es compatible con la hipótesis del cerebro social, que ha alcanzado amplio consenso en el ámbito de las neurociencias.
    Una vez más, gracias por sus sugerentes aportaciones.

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    1. Gracias, estoy seguro de que es usted un buen profesor porque me están entrando ganas de leer a Pinker.

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  3. Cuánto le agradezco el cumplido, porque enseñar las más de las veces no se ve recompensado con el reconocimiento de quienes se benefician de ello. En cualquier caso Pinker es un autor interesante a partir del cual pensar. Aunque no se esté de acuerdo con sus tesis se aprende mucho de la visión no sólo de la mente sino también de la naturaleza humana que se deriva del paradigma de la psicología cognitiva que él abraza -y con esto hay que tener cuidado- casi como un dogma de fe.

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