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«El machismo mata»: un comentario crítico (tercera y última entrega)

Por José María Agüera Lorente
Mucho debo a quienes no amo. El alivio de enterarme que intiman con otros. La alegría de no ser el lobo de sus ovejas. En paz estoy con ellos, y en libertad; dos cosas que el amor no sabe dar ni puede tomar.
En mis últimas aportaciones a este blog he estado analizando la llamada «violencia machista», desde una perspectiva crítica respecto del modo en que se presenta el fenómeno social de las muertes de mujeres a manos de sus parejas y exparejas por parte de los medios de comunicación. A partir de aquí, he dado razones para sostener que la etiquetada como «lacra social» se presenta las más de las veces con un cierto sesgo ideológico que no contribuye al correcto enfoque del problema si queremos afrontarlo inteligentemente. Siguiendo como hilo conductor de mis reflexiones el comentario de un programa de Salvados titulado precisamente «El machismo mata», he ido señalando aquellos elementos que, lejos de contribuir a la comprensión del hecho criminal, lo enmascaran tras una pantalla de tópicos ideológicos ya asumidos como verdades inapelables, lo que desaciva el interés social por desvelar sus causas reales.

Tras analizar las declaraciones de una magistrada de un juzgado de violencia de género y de un psicólogo que trata con agresores condenados, destacando las incongruencias y falta de fundamento objetivo de su coincidente tesis según la cual la causa de esos crímenes es la ideología machista, en la anterior entrega sometí a examen el testimonio de un maltratador convicto y confeso, lo que me llevó a sugerir un enfoque psicológico, alternativo al ideológico, político y jurídico, que no me parece que aborde el problema de forma acorde a su auténtica naturaleza, ciertamente compleja. Con esta entrega quiero poner fin al comentario del citado programa y a mis textos sobre el vínculo causal entre la violencia que sufren las mujeres en el contexto de la pareja y el machismo (al menos por un tiempo).
Tras haber entrevistado al anónimo agresor, que se reconoce como machista, pero también como un «enfermo emocional», Jordi Évole conversa con una víctima de maltrato que trabaja en la prevención de las conductas sexistas mediante la educación de los jóvenes. Su nombre es Marina Marroquí, una mujer joven -ni siquiera llega a la treintena-, miembro de AIVIG (asociación ilicitana contra la violencia de género). Tiene el protagonismo de un programa de apenas una  hora durante casi veinticinco minutos, de los que siete son para mostrar la sesión que ella conduce en una clase de un instituto de secundaria, donde alumnos y alumnas de quince años reflexionan conjuntamente sobre los estereotipos sexuales. Aquí hay una cuestión interesante por la que se pasa de largo, y es la relación entre esos estereotipos, los roles sociales de los sexos y el sexismo. Da la impresión de que tanto los estudiantes como quien los dirige durante la mencionada sesión lo mezclan todo, incluso con los ideales eróticos de los chavales, sin distingos entre lo que es adjudicable a las pulsiones naturales y lo que cabe adscribir a la cultura. En cualquier caso, todo parece ser culpa de una sociedad (machista y patriarcal, hay que sobrentender) que nos los inculca desde nuestra más tierna infancia. Diríase que la naturaleza no cuenta nada, y que las predisposiciones innatas (pulsiones, según Freud) establecidas filogenéticamente son despreciables a la hora de entender nuestra conducta sexual, que queda reducida a un mero condicionamiento social. Esto no deja de suponer un decisivo sesgo ambientalista que elimina una porción relevante de la realidad multidimensional que es la sexualidad humana, en la que la cultura potencia los rasgos naturales en ocasiones y, en otras, va en su contra.
Cuando la señora Marina Marroquí empieza su conversación con Jordi Évole parte de la relación de pareja, destacando que, en el caso de los adolescentes, podemos detectar elementos de riesgo favorecedores de conductas agresivas. Que eso no ha cambiado en los últimos años, por lo que se hace necesario una tarea educativa de prevención que contribuya a elevar la autoestima de las jóvenes; lo cual es contradictorio con lo que le habíamos oído decir antes en la sesión con los chicos, cuando aseguró que la falta de autoestima no tenía correlación con la condición de víctima. Sea como fuere, el caso es que ella se centra en el íntimo mundo de la pareja como punto de partida, donde la víctima -asegura- «está presa con las puertas abiertas»; y añade: «si la gente entendiera lo que de verdad sufre una mujer o un hombre que sufre violencia de género, es que la sociedad no actuaría cómo actúa», aunque deja sin especificar cómo actúa. Pero no sigamos sin subrayar que ella reconoce -sea como de pasada- que esa violencia la puede sufrir tanto un hombre como una mujer. Jordi Évole, sin embargo, no repara en ello. Yo, por mi parte, no puedo evitar recordar lo vivido por mí en clase de segundo de bachillerato, tras una charla, precisamente, sobre violencia de género, cuando una de mis alumnas me confesó que la primera que controlaba el tráfico de comunicaciones del teléfono móvil de su novio era ella misma, a lo que otras que la oyeron asintieron por considerarlo de lo más normal.
En efecto, la señora Marina Marroquí, al contarnos su propia experiencia, nos revela un proceso de aislamiento y manipulación, una especie de abducción que hace que un individuo pierda progresivamente su mundo personal hasta quedar reducido a pieza de un universo dual, en el que el yo deja de ser el sujeto de su vida para serlo el nosotros. He aquí -a mi modo de ver- un componente clave del problema: si hay un estereotipo social que merece un examen profundo es el de la pareja, el cual, entendido de cierta forma más extendida de lo deseable, constituye un sacrosanto espacio de intimidad donde parece justificada demasiadas veces la pérdida -incluso voluntaria, en aras al verdadero amor- de ciertos derechos individuales, empezando por el de la propia intimidad personal de los mismos componentes de la pareja. Véase como muestra un botón, extraído de un libro para niñas púberes de María Frisa, titulado 75 consejos para sobrevivir en el colegio; quien escribe lo que sigue es una niña de entre 10 y 12 años que sopesa los pros y los contras de tener novio: «No puedes fijarte en otros chicos delante de él porque se pone celoso. Aunque eso, alguna vez, es bueno. No puedes vestir mal por si acaso no le gustas. No puedes salir con más chicos porque sales con él». Seguramente lo que piensa esa niña ficticia es representativo de lo que creen no sólo la mayoría de los adolescentes reales, sino también los más de los adultos. A mí me parece revelador de una concepción de la institución de la pareja según la cual se considera lo normal la renuncia al ejercicio de libertades elementales y la apreciación de los celos como una emoción autentificadora del amor. Su presencia en un libro de cierto éxito de ventas escrito por una psicóloga y dirigido a lectoras preadolescentes demuestra que se socializa al individuo en un cierto modelo de pareja que constituye un excelente caldo de cultivo de una afectividad sexual no precisamente sana. Su entraña perversa es la posesividad. Como sabe ver certeramente el psicólogo Yves-Alexandre Thalmann en su insolente librito titulado Las virtudes del poliamor:
El amor sentimental busca la posesión de su objeto, porque es el depositario de la satisfacción de numerosas necesidades fundamentales: la seguridad afectiva, la ternura, la sensualidad, el reconocimiento, verse estimado por sí mismo. El que ama pone en manos de otra persona la mayor parte de las claves de su bienestar. Su temor a perder esa felicidad está a la altura de su alegría y de su regocijo. De ahí su necesidad de controlar a la pareja y de considerarla cada vez más como su propiedad. Las relaciones amorosas se vuelven entonces juegos de poder.
La señora Marina Marroquí nos narra, a través de su caso personal, una de esas historias de posesividad que se plasma en el poder y el control que el miembro de la pareja en situación de ventaja -por las razones que sea, también las creencias y actitudes machistas- ejerce sobre el otro. En su relato destaca ese aislamiento social y esa incredulidad del entorno que disculpa lo que se considera algo normal entre novios, y que lleva antes o después a la desconexión de las amistades que antes de la relación se cultivaban de forma personal y autónoma. Es la historia que magistralmente cuenta la directora de cine Icíar Bollaín en su terrorífica película Te doy mis ojos, título que plasma con siniestra lírica el infierno del amor conyugal concebido desde la posesión y entrega totales, y donde quedan igualmente plasmados el tormento de quien sufre los celos así como la soledad íntima de quien ha roto con su entorno social (amigos, familia...), perdiéndose a sí misma -además de perder su dignidad- en el trance de lograr la plena realización del amor romántico. Tal como lo expresa la entrevistada por Jordi Évole al explicar cómo queda una víctima al terminar la relación con su maltratador: «no tienes personalidad, no sabes cómo eres, tú eres como él te ha pintado; tienes que volver a hacerte entera».

Repárese que a lo largo de todo su relato no deja de insistir esta mujer en la importancia de la dimensión social del fenómeno de la violencia en el seno de la pareja. Manifiesta su disconformidad con la percepción recogida en los medios, y asumida por la opinión pública, según la cual «la sociedad nos ve al final como pobrecitas» -según sus propias palabras-, es decir, como seres indefensos. Declara estar en contra de los minutos de silencio por las fallecidas, y de su burocrática contabilidad, que ofrecen una imagen de fatal pasividad  de aquéllas a las que ella reconoce en sí misma como luchadoras y supervivientes. El punto de vista que muestra se acerca al de Berta G. de Vega y las otras firmantes del documento ya referido por mí en una anterior entrega, y titulado Contra la generalización del género, donde  se dice: «Las niñas de hoy necesitan saber que ellas no son víctimas, que ellas tienen el futuro en sus manos»Creo que Marina Marroquí reivindica lo mismo cuando promueve, ante todo, y pide que se promueva socialmente, la imagen de la mujer valiente  que se enfrenta a quien trata de someterla mediante la manipulación de sus afectos y el hurto de su dignidad. Ella quiere -insiste en ello a lo largo de su testimonio- que se la considere una superviviente, bajo ningún concepto una víctima; y reivindica la fe en la propia fortaleza de las mujeres, que han de crecer ante todo en el valor y la autoconfianza. Ciertamente hay que combatir el estereotipo que reduce la compleja riqueza de las personalidades individuales a clichés uniformes, y que constituye una de las raíces principales que alimenta la mentalidad causante de cualquier tipo de discriminación y maltrato. También el estereotipo de la mujer, indefensa de partida ante el hombre machista que quiere mantener a toda costa su superioridad patriarcal. Es muy significativo que, repasando las palabras pronunciadas por esta verdadera superviviente a lo largo de la entrevista que referimos, se constate que de su boca no sale nunca la palabra «machista» o «machismo» cuando expone su caso. En ningún momento se infiere de lo que dice que ella vea en esa forma de pensar la causa de la violencia de género, aunque el entrevistador se lo insinúe. Cuando éste le pide un consejo para mujeres y sus familiares que se hallen en esa terrible situación de «violencia machista»  ella contesta: «es que la violencia de género es la punta del iceberg» de lo que presenta como un estado de alienación, por lo que para ayudar efectivamente a la mujer que lo padece hay que «buscar profesionales que le hagan ver la realidad y le den herramientas para poder sacarla de esa relación», dando a entender en todo caso que es la víctima la protagonista activa de su salvación. En este sentido es como si hablara de una suerte de secuestro mental (o emocional, si se quiere), como el que padece el que es captado por una secta, que está preso con las puertas abiertas y es privado de su identidad, precisamente igual que la víctima del maltrato en el seno de la pareja.

En este último tramo de El machismo mata -veinticinco minutos de casi una hora, recuerdo-, el machismo ha pasado a un segundo plano. Por lo que nos cuenta de su experiencia la señora Marina Marroquí, la clave parece residir en el perverso juego de poder que se puede desencadenar en la relación de pareja -como nos señalaba más arriba Yves-Alexandre Thalmann-, en la que una insana y torpe forma de entender los sentimientos convierte el amor erótico en un infierno. Posesividad, exclusividad, celos, exigencia absoluta de fidelidad son promovidos desde una concepción fundamentalista o integrista de la pareja. Y no sé hasta qué punto ésta se inserta en el complejo de creencias que entra bajo la categoría de machismo o lo trasciende -o si es cosa exclusivamente del (hetero)patriarcado-. Por cierto, no parece muy coherente desde el punto de vista político promover una cruzada en todos los frentes contra el machismo al tiempo que se exige respeto hacia las religiones, las cuales -al menos las grandes religiones monoteístas- guardan en su arsenal dogmático y simbólico auténticas joyas de la más rancia ideología patriarcal. En cualquier caso, me atrevo a sugerir que poner el foco en el aspecto ideológico-político -exacerbado por la perspectiva del combate entre machismo y feminismo- del fenómeno del maltrato en el seno de la pareja, puede relegar a la insignificancia los componentes psíquico, social y cultural, que, cuando menos, se hallan en igualdad de correlación con el que representa el machismo; lo cual -como prescriben los más elementales principios de la metodología experimental- no permite afirmar categóricamente y sin más que sea el machismo el que mata. Lo que nadie puede negar es que son personas concretas las que matan y personas concretas las que mueren; que a esos homicidios los distingue de otros el vínculo afectivo de carácter sexual que unía a esas personas, institucionalizado (constituido en pautas culturales asumidas por la sociedad en general) en la forma que reconocemos como pareja (cónyuges, novios, amantes); que después de diez años de entrada en vigor de una ley creada ad hoc el número de muertas no ha disminuido significativamente. ¿No habría que pensar en un replanteamiento teórico del problema, evitando el sesgo ideológico y promoviendo una investigación científica seria de los perfiles de asesinos y víctimas a partir de los datos empíricos correspondientes a los casos concretos, abriendo en canal el microcosmos hermético de la afectividad de la pareja, desmitificando esa institución criticando sus presupuestos emocionales, liberando a hombres y mujeres de la asunción de servidumbres culturales que atrofian el desarrollo de sus identidades personales y ponen en riesgo su dignidad, deshaciendo las trincheras de los estereotipos sexuales, asumiendo al propio tiempo el hecho cierto de nuestras diferencias naturales para ver en ellas no un permanente motivo de conflicto entre los individuos de ambos sexos, sino de aprovechamiento para el goce de la vida?
Piense el lector, y busque por sí mismo las respuestas. 

Comentarios

  1. Un desacuerdo, creo que mantener una cruzada contra el machismo y, a la vez, mantener la exigencia de respeto a las religiones es perfectamente coherente desde un punto de vista político. Proponer las dos ideas puede ensanchar la base electoral y, lo que es más importante, reducir el número de personas que nunca te votarían. Es el mismo tipo de «razonamiento electoral» que hace que se mantenga una política pública que, obviamente, no consigue los resultados perseguidos. Se puede objetar que más votos daría reducir efectivamente las víctimas de violencia de género. Sería cierto si se pudiera hacer en una legislatura pero la ciencia requiere mucho más tiempo que un prejuicio. Conozco libertarios que dirían que quien vive de capturar rentas no tiene ningún incentivo para solucionar el problema que le permite capturarlas. No estoy de acuerdo pero siempre me ha parecido una crítica pertinente a la hora de investigar posibles sesgos en grupos de presión, etc. Este es un primer problema.
    Totalmente de acuerdo en que es un tema que no se ha estudiado de forma aséptica y científica, en realidad creo que ni siquiera sabemos qué debiéramos buscar porque no tenemos una teoría operativa alternativa y a eso tenemos que sumarle la dificultad práctica y ética de la recogida de datos. Los estudios de perfiles no han dado otro resultado que no sea que el agresor es un varón y la agredida una mujer. Hay un alto porcentaje de casos donde aparecen alcohol, desórdenes mentales,pobreza...pero ningún perfil diferente a «sexo masculino». Puede que el problema sea que se encuentra solo lo que se busca. O que sea así. En todo caso, la policy falla y no por falta de insistencia.
    Desde luego, estoy de acuerdo en que habría que intentar hipótesis alternativas, incluyendo la que propone, aunque le duela a mi pequeño «ramalazo» minarquista. Complejo tema, por su objeto y por las pasiones que genera que hacen difícil hablar y actuar en y con libertad. Posiblemente eso es lo primero a recuperar si no, no se avanzará más.

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    1. Estoy muy de acuerdo con el desacuerdo que expone, así como con todo lo demás. Ciertamente hay algo desazonante en estas manifestaciones de lo que podríamos llamar el mal incomprensible. Sobre ello escribí hace algún tiempo; esa vez con ocasión de los atentados yihadisas ocurridos en París. Por si le interesa: http://www.filosofiaenlared.com/2015/12/religion-terrorismo-y-la-ciencia-del-mal.html

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    2. Leí el post, desazonante. Cuesta aceptar que ciertos actos de pura maldad no nos son ajenos.

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    3. No hay que despreciar la situación como variable explicativa de la conducta. En una determinada situación, ¿de qué podríamos llegar a ser capaces? Creemos saber quienes somos y dónde se halla el límite que no atravesaríamos nunca, pero dada la situación propicia, quién sabe... Y la situación concreta es, por definición, un conjunto de circunstancias siempre particulares, mientras que las leyes explicativas son siempre generales. He aquí una brecha de juicio que dificulta la explicación del hecho "anormal".

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    4. De acuerdo aunque iría un poco más allá. Creo saber quién soy y qué haría o, al menos, qué no haría pero sería presuntuoso (y aburrido) pensar que seré igual dentro de un año. El mismo pero no idéntico. Al parecer no sólo las religiones chocan de frente y se destrozan con el problema de explicar la existencia del mal en el mundo.

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  2. Buena y entretenida serie de entregas. La pregunta no es solo justa sino necesaria. Pero lo que más necesario es aún es que se produzca el debate. Vivimos en un mundo en el que, una vez recogidos los frutos de la libertad de expresión, le damos portazo. En la sexta columna de la semana anterior emitieron también un programa sobre el machismo (Ahí se entraba incluso en el 'micromachismo', aparentemente los camareros deberían de dar a los hombres la bebida sin alcohol y la alcoholica a las mujeres o podrían incurrir en la llamada 'violencia de género invisible') con los mismos traspiés, el de la falta de una búsqueda por las respuestas

    Como crítica si querría decir que en el primer artículo aseguras lo siguiente: 'Tampoco esgrimió en ningún momento su tableta digital para mostrar datos objetivos (y los hay como mostraré) para poner en apuros a quienes exponían sus puntos de vista.'. Creo que haberlos mencionado habría aportado aún más valor a los artículos.

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    1. Agradezco más que nada la crítica, además de sus amables comentarios. En efecto, era mi intención aludir a tales datos con más detalle, pero cuando me vine a dar cuenta me pareció que ya me pasaba en la extensión dedicada al tema con las tres entregas.

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  3. Creo que puede ser de interés, especialmente porque algunas de las reacciones que el artículo ha provocado son desproporcionadas.
    JAVIER BENEGAS
    JUAN M. BLANCO
    La 'violencia de género': una moderna caza de brujas

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  4. Bueno el Machismo no representa a todos los hombres yo soy hombre pero no soy para nada machista ni tampoco estoy de acuerdo con esos hombres machistas que abusan de las mujeres esos para mi son unos cobardes obvio que no todos los hombres somos así, yo resto mucho a las mujeres ya que ellas al igual que nosotros los hombres ellas también son humanas como nosotros y también merecen respetó....porque el machismo es un problema Cancerígeno que debe de erradicarse....

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  5. Bueno yo soy Hombre y a mi No me gusta el Machismo es mas me da Asco el Machismo eso de que los Hombres abusen y maltraten a las Mujeres creyéndose sus dueños no es de Hombre yo no comparto el machismo de esos hombres...

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  6. No me parece justo que existan hombres machistas que hagan sufrir a una mujer porque ellas no se merecen la mujer es muy valiosa La Mujer, es Madre, Amiga, Hermana, Compañera, valoren mucho a la mujer ellas se los merecen...

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