10 de enero de 2016

Hablar es gratis


José Luis Ferreira

Según la leyenda, dos mujeres acudieron al rey Salomón reclamando ser la madre del mismo niño. Salomón decidió partir en dos a la criatura y entregar una mitad a cada madre. Una de ellas aceptó, pero la otra renunció a su reclamación. Salomón le dio a esta última el niño, al notar que solo una madre podría sacrificarse de esa manera para salvar al niño.

Una bonita historia, si no fuera porque quien la escribió hizo comportarse de manera poco inteligente a la falsa madre. Habría bastado que también hubiera retirado su reclamación para colocarse en la misma situación que la verdadera madre.

Para que un individuo no pueda hacerse pasar por otro debe concurrir alguna circunstancia que el impostor no pueda o no quiera hacer y que el verdadero sí. Por ejemplo, si sabemos que el verdadero tiene cierta información que solo conoce él, podríamos pedírsela a quien pretende serlo y sospechar que es un impostor si se niega a facilitarla.

Otro ejemplo lo constituye una situación en la que el verdadero puede realizar fácilmente una acción que sería demasiado costosa, si no imposible, a un posible impostor. Esta acción debe ser lo suficientemente costosa para el impostor como para que no le merezca la pena hacerse pasar por el original, porque los beneficios de hacerlo no compensaran esos costes.

La prueba que pone Salomón a las dos mujeres que aseguran ser la verdadera madre no es una prueba que permita discriminar, como hemos visto, entre la verdadera y la impostora. Ambas pueden hacer y decir las mismas cosas.

En la Biblia misma (como en el Corán o en cualquier otro libro supuestamente revelado) tenemos otro ejemplo de mala prueba. Algunos aseguran que es palabra de dios (por lo menos, inspirada por dios). Sin embargo, no hay en ese conjunto de libros absolutamente nada que nos haga pensar tal cosa. No hay una sola información que no pudiera haber dado un mortal de la época, ni una sola línea que no pudiera haber sido escrita simple y llanamente por un ser humano, y, desde luego, el hecho de haber escrito cualquiera de esos libros no es un acto excesivamente costoso para un apologeta de la religión judía o cristiana, según el caso.

1 comentario:

  1. Entiendo que parte de la base de una decisión racional con información suficiente. En contraposición a una decisión pseudo-racional basada en la fe o creencia falsa. Pero en este segundo supuesto no hay que imbricar de forma necesaria creencia a falsedad, en oposición a hecho contrastado empíricamente.
    Creer es gratis, pero solo las mutaciones, como sucesos no programados, de forma aleatoria, dotan al sujeto de originalidad. Claro que el exceso conlleva a la locura o a creer en cosas que carecen de realidad. La brecha en Teoría de Juegos, aparece a mi juicio cuando tratamos con individuos psicóticos, que toman decisiones imprevistas en base a creencias incontrastables. El talón de Aquiles acerca de la información en un escenario semejante provoca el quebranto del sentido lógico y racional.
    Sin embargo cuando Einstein soñaba como sería volar sobre un rayo de luz, estaba creando y creyendo su propia información, sin contraste empírico alguno. Por lo tanto, soñar y creer, al igual que la formulación de hipótesis es un riesgo sano y gratuito que hay que correr, para el avance científico y racional.

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