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«El último humo de la realidad que se evapora»: un elogio de la abstracción

Por José María Agüera Lorente
Cómo se filosofa con el martillo; así subtituló Friedrich W. Nietzsche uno de sus libros más críticos con los fundamentos de la cultura europea, El crepúsculo de los ídolos, que vio la luz en 1888. En cartas en las que se refiere a él le da mucha importancia como resumen de sus heterodoxias filosóficas esenciales. En sus páginas ataca duramente la religión, la moral y también la filosofía tradicionales como pilares justificadores de una concepción de la vida humana que le ha causado al ser humano la trágica enfermedad del nihilismo. Se impone su destrucción como inicio de la terapia que lo saque de esa alienación que le impide la necesaria regeneración vital.
Friedrich Wilhelm Nietzsche
El apartado tercero de la susodicha obra -titulado La "razón " en la filosofía- es, sin duda, central en esta obra desde el punto de vista de la «metafísica» de Nietzsche. Describe la idiosincrasia del filósofo; es decir, del filósofo típico, del filósofo habido hasta ahora, al que ya había contrapuesto en Más allá del bien y del mal «esos filósofos nuevos» que están apareciendo en el horizonte. La idiosincrasia del filósofo se resume en esto: en su odio a la noción misma de devenir, y, en consecuencia, en su odio a la vida. La filosofía anterior (con la excepción de Heráclito) ha sido obra del resentimiento. La "razón" (entrecomillada, así escribe la palabra el filósofo dinamitero, pues en verdad es uno de esos ídolos adorados por los dogmáticos del dualismo platónico) en filosofía es la causa de que nosotros falsifiquemos el testimonio de los sentidos. La razón, esa «vieja hembra engañadora» como la llama Nietzsche, ha parido los conceptos, que se hallan en el núcleo mismo de la «otra idiosincrasia de los filósofos», no menos peligrosa que la anteriormente expuesta, y que «consiste en confundir lo último y lo primero. Ponen al comienzo, como comienzo, lo que viene al final -¡por desgracia!, ¡pues no debería siquiera venir!- los "conceptos supremos", es decir, los conceptos generales, los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora». 
Ante expresiones de esta brillantez, ¿quién le puede negar al filósofo alemán su talento en el oficio literario y, concretamente, en una tarea creativa primordial en él, que no es otra que la creación de metáforas? El concepto es «el último humo de la realidad que se evapora». Sí señor: genial. Difícilmente -me parece- se puede enunciar de forma más sugerente e intuitiva, sin caer en la imprecisión, la naturaleza esencial del concepto, del elemento constitutivo de la teoría, que a su vez son los constructos intelectivos con los que las mentes tratan de comprender el mundo; vale decir: lo que es (concepto general donde los haya, vaya que sí, y que cuenta con una existencia filosófica de más de dos milenios).
Todo concepto es corolario, en el fondo, de lo que Jorge Wagensberg llama «la hipótesis del mundo real», la cual consiste en el postulado de que la realidad existe y es pensable. Ahora bien, ¿por qué habríamos de asumirlo? He aquí las razones dadas por Wagensberg: 
Una hipótesis no es verdad ni mentira. Se acepta o no se acepta. No aceptar la hipótesis del mundo real es una decisión inútil. Asumirla, en cambio, ha servido para producir toda la ciencia aún vigente. El científico necesita afirmar: todo lo real es pensable. Imposible demostrar la verdad o falsedad de esta afirmación. Por eso es una hipótesis. Para demostrar que es verdadera habría que recorrer toda la realidad (una tarea infinita). Para demostrar que es falsa habría que encontrar algo real que no fuera pensable (pero ¿cómo asegurar que tal situación no se debe a una particular incompetencia?). En cambio, la tesis todo lo pensado es real se puede demostrar falsa o verdadera. Por eso es una tesis. A ello, justamente, se aplica la ciencia. Se empieza por percibir lo real. Luego se piensa una representación. Y por fin la gran cuestión: ¿hasta dónde es real tal representación? ¿Cómo saber hasta qué punto es real lo que pensamos?
Quiere decirse entonces que la aprehensión de la realidad por una mente exige la elaboración de conceptos, que son la principal forma de representación de la realidad, y la única en el ámbito del conocimiento que hasta ahora ha demostrado continuadamente a lo largo de la historia su efectividad, es decir, su utilidad en el establecimiento de verdades, meta última en definitiva del que busca saber, mal que le pese al genial Nietzsche. No obstante, su metáfora antes recordada nos llama la atención certeramente -insisto- sobre el proceso que alumbra los conceptos, a saber, la abstracción. En efecto, esa evaporación de la realidad a la que alude el filósofo alemán representa magistralmente la alquimia del intelecto en la que hallan su génesis los conceptos. Éstos no son otra cosa que el depurado producto que resulta tras el paso de la plural, diversa y cambiante realidad a través de los filtros del alambique del pensamiento.
Es sin duda en la matemática donde el proceso de abstracción destaca por su condición de esencial. Hay muchos matemáticos que hablan abiertamente de «creación» y de «construcción matemática» cuando se refieren a lo que hacen y cómo contribuyen a la explicación y a hacer comprensible nuestro universo. Es el caso de Robert Osserman, matemático y divulgador científico estadounidense ya fallecido, quien en su libro La poesía del universo reconoce:
Si existiera una clave única para explicar el modo en que se crean las nuevas construcciones de las matemáticas, habría que decir que surgen mediante el proceso de abstracción.
El mismo autor se sirve de una de las nociones más importantes y sin duda omnipresente en nuestra cultura, producto de dicho proceso, el concepto de número, para exponer las virtudes que lo hacen imprescindible para el conocimiento del universo, el cual en sí mismo es concreto en todo aquello en lo que consiste.
La primera de esas virtudes es la que Osserman denomina «el poder de la universalidad». No importan los objetos concretos ni las circunstancias concretas que definen las situaciones concretas que tratamos de comprender si hemos dado con ese concepto  o pauta general que expresa la naturaleza esencial de los hechos particulares a los que resulta de aplicación. Así, el concepto de gravedad y su ley permiten comprender desde la caída de una manzana, pasando por las mareas que se producen en las playas de Cádiz hasta la existencia de un lejanísimo exoplaneta.
La segunda de las virtudes tiene que ver con algo de lo que hacemos uso no sólo en el ámbito específico de la ciencia, sino también en la vida ordinaria. El concepto, en tanto que etiqueta mental, nos ayuda a definir y distinguir lo que, de otro modo, podría ser confuso. El ejemplo paradigmático de esta utilidad lo representa la taxonomía. Cuando digo que soy un animal-cordado-mamífero-primate-homínido-homo-sapiens, enuncio una cadena de conceptos mediante la cual me sitúo en el universo de los seres vivos. Todos ellos son conjuntos abstractos, los taxones. Como objeto de la realidad sólo existo yo, individuo concreto. 
Es verdad que siempre cabe el riesgo de incurrir en errores como consecuencia de esa brecha innegable entre el nivel de la abstracción y el de los objetos concretos. Entre estos errores sin duda destaca por su notable efecto distorsionador el error categorial en sus distintas formas, entre las cuales cabe contar la que da soporte al nacionalismo; aquí la noción producto de la abstracción (nación) suplanta la realidad concreta (el conjunto de individuos que componen una comunidad política), sustrayéndole los atributos que de suyo le corresponden. Podríamos decir que en el nacionalismo se cumple esa segunda idiosincrasia que denunciaba Nietzsche por la que se confunde lo último y lo primero (con onerosas consecuencias, si hacemos caso a la historia).
Stephen Hawking antes de que la ELA fuese visible
El tercero de los poderes sobre la realidad que nos confiere la capacidad de abstracción de nuestras mentes lo plasma ejemplarmente la figura de Stephen Hawking, icono del científico, elemento que es parte ya de la cultura de masas reconocible incluso por el ciudadano más ignorante en ciencias merced a sus múltiples apariciones mediáticas. Todos sabemos que el cosmólogo británico fue el heraldo de los agujeros negros. Igualmente todos sabemos -y más a partir del estreno de la película La teoría del todo- que se encuentra indefectiblemente postrado en silla de ruedas desde que era muy joven debido a la esclerosis lateral amiotrófica que padece desde hace décadas.
Pero ello no le ha impedido viajar a los confines del universo, a donde ningún ser humano ha llegado jamás, igual que los aventureros galácticos de Star Trek; sólo que él lo ha hecho con su pensamiento, y no en la nave intergaláctica Enterprise como aquéllos. Todo su viaje cósmico ha tenido lugar siempre en las dimensiones abstractas de la teoría, como la de la relatividad general. El caso de Hawking es ciertamente extraordinario, pero cualquiera que desee conocer cómo son las cosas más allá de lo que alcanza su limitada experiencia tendrá que recurrir a la abstracción, que nos permite vagar libremente por la realidad, al poder concebir modelos teóricos que la representen, y que si corresponden a algo existente en el mundo real contribuyen a nuestra comprensión del mismo. Como ya advirtió hace siglos Descartes -que fue muy consciente del valor del pensamiento abstracto- en la cuarta parte de su Discurso del método, resulta un error de muy pernicioso efecto sobre el potencial cognoscitivo de la mente confundir lo imaginable con lo inteligible, como actualmente ponen en evidencia la física contemporánea y todo el aparato matemático que la sustenta, de un altísimo grado de abstracción y de muy difícil (por no decir imposible) intuición con base en la imaginación.
En la actualidad, Steven Pinker, en su ambicioso libro -que trata de ser un compendio de la actual psicología cognitiva- Cómo funciona la mente, destaca lo decisivo de las categorías abstractas para «enfrentarse al mundo natural», dado que «nos permiten avanzar por debajo de la superficie y hurgar hasta encontrar las leyes ocultas que hacen funcionar las cosas». Son las que llama «representaciones simbólicas concisas», o sea, los conceptos,  las que posibilitan las cadenas de razonamiento «en las que los símbolos se copian literalmente en pensamientos sucesivos, formando lo que los lógicos denominan argumentos soritas... Un argumento sorita permite al pensador sacar conclusiones con confianza a pesar de tener una exigua experiencia». Y concluye el psicólogo respecto del valor epistémico de los conceptos:
En todas las culturas las personas realizan largas cadenas de razonamiento que construyen a partir de enlaces cuya verdad puede que no hayan observado nunca de forma directa. Los filósofos han señalado a menudo que esta aptitud ha hecho posible la ciencia.
La idolatría de los conceptos que Nietzsche denuncia en El crepúsculo de los ídolos no deja de ser pertinente, sobre todo cuando el libro fue publicado, en un contexto histórico dominado por un paradigma filosófico de núcleo metafísico hegeliano en el entorno centroeuropeo. Conviene tener en cuenta su afilada crítica bien presente a la hora de filosofar, y evitar por todos lo medios incurrir en el «fetichismo del lenguaje» que asimismo denuncia en las páginas del libro mencionado. Pero resulta demoledora desde el punto de vista epistemológico la tesis que desarrolla en un opúsculo anterior titulado Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (de 1873), donde extiende su crítica a los conceptos de la ciencia, que incurriría en el mismo error de la filosofía al suplantar la realidad por la teoría (así quedó sembrada, dicho sea de paso, una de las semillas de la que brotó con el tiempo la cizaña de la postmodernidad).
Ahora bien, no hay conocimiento sin teoría, porque no cabe conocimiento alguno del ser de las cosas sin comprensión, esto es, sin inteligibilidad. La teoría es creación del intelecto humano, que es el que la construye mediante la generación de los conceptos que -como ya he explicado- permiten pensar la realidad. Ésta, inabarcable en su infinitud, desborda cualquier mente, que ha de comprimir conceptualmente la experiencia incontenible a través de la cual se manifiesta, si es que es su deseo conocerla. Como viene a decir Jorge Wagensberg en su delicioso libro El gozo intelectual, la comprensión del mundo de las cosas concretas exige su compresión en el mundo de los conceptos teóricos. La familiaridad de aquello que observamos frecuentemente no debe confundirse con conocimiento, pues normalidad no equivale a inteligibilidad. O expresado al modo kantiano: la experiencia sin conceptos es ciega; los conceptos sin experiencia son vacíos.
¿Puede haber verdad científica sin teoría, pues? Me temo que entre la ciudadanía de nuestras sociedades secularizadas y confiadas en el poder que confiere la tecnología se halla muy extendida la creencia de que la verdad científica es resultado primordialmente de la experiencia. Incluso en la enseñanza de las ciencias que recibe la mayoría de la gente -enseñanza que no es de orden superior, sino que en todo caso llega hasta el nivel de la enseñanza secundaria- la poca cultura científica que se adquiere viene por vía de una asimilación acrítica y en clave de mecánico adiestramiento de contenidos dispersos, cuyo sentido profundo apenas se alcanza a atisbar. (Lo que acabo de afirmar lo puede comprobar cualquier profesor de bachillerato que someta a somera encuesta la cultura científica de sus alumnos, entre los cuales es lo común -pongamos por caso- que el nombre de Copérnico se asocie con dificultad a la revolución a la que da nombre, al tiempo que se revela su ignorancia acerca de su trascendencia histórica y filosófica).
Me parece que acierta Carlos Fernández Liria cuando, en su reciente texto titulado La importancia de la filosofía (y II), rescata una tesis de Gustavo Bueno para poner en su correcto sitio a la filosofía respecto de la ciencia. Ésta -de acuerdo con el viejo filósofo- procede genéticamente de la técnica y la experiencia, hechos presentes en el mundo humano desde mucho antes que ella (conviviendo, por cierto, con el mito y la religión). Mucho después llega la filosofía a ese mundo, y es con su poder de teorización, con su crecimiento en la capacidad de abstracción y, por ende, de generación de conceptos que la ciencia (episteme) se despega de la técnica (techné) y aspira a la verdad, esto es, al conocimiento de lo que es la realidad. Dicho con las elocuentes palabras de Fernández Liria:
Las ciencias se acomodaron en su esencia propia sólo cuando se insertaron en el proyecto filosófico del saber por el saber. 
La genuina condición que comparten el filósofo y el científico, en efecto, es ese «saber por el saber», es decir, el saber como fin en sí mismo, cuya única recompensa es el gozo intelectual que lo acompaña, gozo que va asociado al propio proceso de abstracción, «quizá el proceso más genuinamente humano», a decir de Jorge Wagensberg, sugerencia que viene avalada por las investigaciones más recientes en el ámbito de la psicología evolutiva; por ejemplo, de K. Roberts, quien demostró que niños de nueve meses forman categorías a partir de ejemplos diferentes de una clase de cosas que conforman sus experiencias. Parece suficientemente constatado, a través de experimentos diseñados a tal efecto, que los niños vienen capacitados de forma innata para la abstracción, que comienzan a desarrollar empezando por la percepción, lo que les permite organizar el mundo y las emociones, contribuyendo esto último a articular una teoría de la mente con la que manejarse en el dominio de las relaciones sociales.
En Sobre verdad y mentira en sentido extramoral Nietzsche, que se jactaba de escribir para «los menos», expresa su descreencia ante «el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad». Lo que está claro es que tal inclinación -que el que escribe modestamente cree sentir- conlleva la necesidad de dotarse mediante la abstracción de los conceptos capaces de llevarla a su fin.

 

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