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Brevísima introducción a la neuroestética

“El artista es, en cierto sentido, un neurocientífico, explorando las potencialidades y capacidades del cerebro, aunque con diferentes instrumentos. Cómo pueden despertar experiencias estéticas tales creaciones es algo que sólo puede ser plenamente entendido en términos neurales. Un entendimiento tal está hoy a nuestro alcance.” Semir Zeki.

“Si las gaviotas tuvieran un museo de arte, colgarían allí un palo con tres rayas rojas y lo admirarían y pagarían millones de dólares por él, como si fuera un Picasso.”
V. S. Ramachandran.

Desde épocas inmemorables la reflexión en cuanto al origen del arte y del sentimiento que éste nos da al apreciarlo, se ha venido dando con muchas especulaciones y afirmaciones variadas, pero con pocas conclusiones aceptadas por todos. Desde Platón hasta Kant, la riqueza de la reflexión filosófica ha debatido sobre problemas como: ¿qué es lo bello y lo sublime? ¿Cuál es el origen de la conducta artística? ¿Por qué consideramos algo artístico? ¿Tiene la experiencia estética un lugar a parte de otras experiencias y sensaciones en nuestra mente?


"La fábula de aracne", popularmente conocida como "Las Hilanderas", Diego Velazquez, c 1657.


Sin embargo, es hasta finales de los años 80 en que, a raíz de los estudios en neurobiología sobre los sentidos (el sistema visual en los primates) se comenzó a considerar el estudio de la actividad cerebral cuando se percibe algo que se considera bello o hermoso. Así surge en 2002 el término "neuroestética" a raíz de las investigaciones del neurocientífico Semir Zeki, haciendo alusión a la rama de las neurociencias inspirada en los milenarios debates entre artistas, historiadores del arte y filósofos sobre la naturaleza de la belleza, pero con el objetivo de averiguar qué sucede en el cerebro cuando se considera una obra de arte como hermosa, utilizando como base para la especulación la psicología y biología evolutivas.

Esto no significa que el arte y sus problemas puedan reducirse al cerebro (por ejemplo, la neuroestética no nos dice nada sobre qué es una obra de arte, sino por qué consideramos bella o fea una obra de arte), sino todo lo contrario. Buscando entender la experiencia estética con base a los resultados de las neurociencias, se intentan determinar los universales, características compartidas en el arte en diversas culturas, teniendo un origen en el cerebro. Estas mismas investigaciones se hacen en los campos de la religión, la ética, la política y la economía (con resultados variados en cada una).

Los resultados obtenidos hasta ahora abren el horizonte de la reflexión hacia puntos inimaginados. Se han encontrado indicios, por ejemplo, de que nuestra capacidad de apreciar lo bello pudo haber sido una adaptación decisiva en la supervivencia de nuestros ancestros en el pasado remoto. Se ha demostrado que nuestra capacidad de apreciación estética es similar a nuestras capacidades para encontrar buenas fuentes de alimento y parejas fértiles y sanas, al relacionar lo “bello” con “lo bueno”, lo “placentero” y/o lo “sano”. Contrario a las intuiciones y anhelos de muchos filósofos, nuestra capacidad de admirar un Rembrant es exactamente la misma para admirar o disfrutar un pastel o una manzana.

Estas conclusiones se derivan de estudiar la belleza tal y como la experimenta cada individuo (pues no existe un estándar para la belleza ni un único grupo de características que la definan). Los experimentos muestran que las zonas del cerebro responsables de la sensación de que algo es bello, en cuanto a obras de arte se refiere, son las mismas responsables a la hora de percibir situaciones, objetos o personas deseadas. Estos hechos contrastables han dado sustento a la afirmación de que nuestra capacidad para juzgar algo como bello, feo, grotesco o sublime, es en realidad un producto de la evolución de nuestra especie. En este punto hay dos cosas importantes a destacar: 1) Gracias a las neurociencias ha sido posible investigar estados mentales subjetivos, y 2) la añeja idea cultivada dentro de la tradición filosófica de que el placer y la experiencia estética son diferentes de otras formas de placer y sensaciones (como el placer de comer), en realidad carece de sustento, pues los datos apuntan hacia el lado contrario. Kant estaba equivocado.

Con los resultados hasta ahora obtenidos, lo que se busca es poder entender la conducta artística, teniendo ésta un origen en nuestro pasado evolutivo. La investigación, por el momento, se ha ido por dos líneas o corrientes principales para responder el origen de la conducta artística: por un lado, podría tratarse de una adaptación que evolucionó como respuesta directa a una o más presiones selectivas en nuestro pasado ancestral, o bien es un producto residual de otras adaptaciones y por tanto, no es por sí misma útil para la supervivencia (Guerrero Mothelet, ¿Cómo Ves? No.171). Estas conclusiones han surgido luego de variadas investigaciones sobre cómo el ser humano percibe los rostros, los estándares de atractivo visual (de la preferencia sexual) y los estudios directos enfocados a responder qué es lo que cada individuo considera artístico o bello.

Hasta aquí, pareciera que la ciencia se ha metido en el terreno del arte y la filosofía. De hecho, muchos artistas y filósofos así lo han pensado efectivamente, llegando alegar que las neurociencias solo están haciendo un reduccionismo biológico, al estilo en que ya lo habían hecho (según ellos) con otros temas como la religión, la moral y el amor. Los neurocientíficos, dicen sus críticos, o buscan hacer de estas áreas una especialización de la ciencia dejando de lado las humanidades y los debates milenarios en historia y filosofía, o sencillamente ignoran los debates milenarios en historia y filosofía. Estas críticas simplemente no se sostienen.

La investigación científica en áreas que comúnmente pertenecen al arte, la historia o la filosofía nunca ha sido realizada con el fin de disolver dichas disciplinas, sino que se busca dilucidar con evidencias públicamente verificables y teorías basadas en los hechos cuáles son conocimientos auténticos que reflejan el mundo real dentro de los debates en humanidades. De este modo, ayuda a disolver problemas que no llevan a ninguna parte, ofrecen conocimientos sólidos que responden a incógnitas dejadas abiertas (como las presentadas al principio de este escrito) y con esto dan pie a nuevos problemas de una riqueza filosófica y cultural no pensada antes (Álvarez, Órbitas Científicas, No.14).

Otro punto a destacar, tal como concluye la divulgadora de la ciencia Verónica Guerrero Mothelet, es que la neuroestética no solo busca ver qué tiene que decirnos el estudio del cerebro sobre el arte y el artista, sino que también es cosa de asombrarse al ver lo que el arte y el artista nos dicen sobre el cerebro y sus enigmas aun por esclarecer.

Un ejemplo de esto último fue la sorpresa que se llevó Steven Brown y su equipo, quienes no solo demostraron que apreciar una obra de arte provoca la misma reacción cerebral que disfrutar un buen platillo o sentirse atraído por un “prospecto” a pareja. Brown (et.al.) analizó 93 estudios anteriores realizados mediante imágenes cerebrales sobre la vista, el oído, el olfato y el gusto. El objetivo era determinar qué áreas del cerebro se activaban frente a estímulos de los ya mencionados sentidos. Brown ya sospechaba inicialmente de un área específica, el área orbitofrontal, pero se sorprendió al descubrir que no era la única área activada. La ínsula anterior, que típicamente se asocia con emociones negativas como disgusto y dolor, también era una de las áreas con mayor actividad, lo que los estudiosos interpretaron a partir de las ciencias cognitivas: el procesamiento estético equivale, en el fondo, a evaluar las cosas percibidas ya sea como buenas o malas, según el estado fisiológico individual (otra área que se observó se activaba en los experimentos fue la red límbica general, que gobierna emociones básicas como el amor, la tristeza y el miedo, y controla conductas esenciales para la supervivencia de los mamíferos, como la búsqueda de alimento y el instinto de conservación). Estos hallazgos vendrían a dar apoyo a la idea de que la experiencia estética es un "producto residual" de adaptaciones evolutivas con fines específicos.

Guerrero Mothelet cita a Brown para que este punto quede más claro (y didáctico): “ver un pastel de chocolate puede provocarme emociones estéticas positivas si tengo hambre, pero una sensación de repugnancia si tengo dolor de estómago.” Pero los estudios en neuroestética cada vez van más lejos, al grado que algunos ya hablan de “leyes del arte” que siempre se cumplen, tal como las leyes de la física o las leyes de la genética. Esto quiere decir que existen principios universales que se dan en la conducta estética. Si esto es verdad, los neurocientíficos se encaminan cada vez más hacia una teoría científica de la experiencia artística. Tal como cuenta la divulgadora de la ciencia Glenys Álvarez, los estudios realizados por V. S. Ramachandran y William Hirstein muestran que es posible distinguir por lo menos 10 universales que ayudan a diferenciar (y apreciar) el arte de aquello que no es artístico, los cuales son:

1) Hipérbole. El arte implica una hipérbole deliberada, exageración, incluso distorsión, con el fin de crear efectos agradables en el cerebro.

2) Agrupación. Los seres humanos necesitamos conectar los puntos, descubrir objetos y vencer el camuflaje.

3) Contraste. En muchas ocasiones, los distintos reflejos de luz sobre un fondo nos cuentan una historia. A través de este proceso se enfatiza lo pertinente en una obra y se le resta importancia a otras partes menos relevantes.

4) Aislamiento. Aislamos ciertas características de una pintura con el fin de hacerla más simple y descubrir así la historia que intenta contarnos. Desde pequeños, el cerebro se acostumbra a buscar la estrategia más simple, la que gaste menos energía en descubrir la respuesta.

5) Resolución del problema de la percepción. La resolución de problemas es tan placentero como descubrir algo. Por eso nos anclamos en esas imágenes que nos piden interpretar variables distintas para resolver la pintura.

6) Simetría. Algunos dicen que en la biología, lo simétrico usualmente evoca salud mientras que la asimetría puede significar enfermedad. Esta es la razón de por qué respondemos bien a algunas obras de arte simétricas o que estén matemáticamente bien estructuradas. También la forma como rostros simétricos o con interesantes asimetrías causan placer.

7) Aversión a las coincidencias. El uso extremo de coincidencias nos aburre. Esto se debe a que nuestro cerebro prefiere, en muchas ocasiones, escenarios genéricos pero pertinentes y verosímiles. Lo predecible nos gusta, pero sólo para otorgar credibilidad.

8) Repetición. Las fatigosas repeticiones estériles no son bien vistas en el cerebro. También aburren a las neuronas. Sin embargo, las neuronas muestran su interés si repetimos la belleza, si subrayamos lo artístico y otras variables estéticas que nos causan placer. De esa forma, no nos aburrimos, nos complace la acción.

9) Ritmo y orden. El orden y el ritmo son elementos importantes en la vida humana. Una obra de arte no puede ser puramente caótica y necesita de cierto orden para despertar interés y tocarnos en lo profundo. A veces al desviarse del orden la obra genera fascinación debido a un orden implícito ya establecido.

10) Equilibrio y metáfora. La metáfora no solo funciona a nivel literario, sino también a nivel visual. Símbolos y metáforas evocan placer y encanto.

Aunque no falta el detractor (tanto desde las neurociencias como desde las humanidades) de estos postulados y de la idea general de una teoría del arte, lo cierto es que las investigaciones continúan y no parece que haya un futuro en el que cesen. Aún en pañales, esta disciplina ha aportado a la estética, la filosofía y la historia del arte, y al arte mismo, un conjunto de conocimientos incalculables e inimaginables. Tal vez sea demasiado pronto para tratar de afirmar universales en el quehacer artístico y la experiencia estética, ya no se diga de una teoría del arte. La investigación aún tiene que centrarse también en áreas específicas, como la música, la literatura, el teatro y la escultura, sacando a la luz nuevos conocimientos que enriquezcan la reflexión estética.

La neuroestética es pues, un ejemplo más de los muchos que demuestran que la unión entre ciencia y humanidades no solo es posible, sino que además es deseable y necesario. Bien podemos afirmar con alto grado de certeza que en el siglo XXI ya no es posible hacer filosofía del arte o estética sin conocimiento científico.

  Por Daniel Galarza Santiago.


PARA SABER MÁS

*"Statement on Neuroesthetics", una breve introducción de Semir Zeki a la neuroestética. Zeki también sostiene un blog sobre el tema. 

*"Neuroestética: cómo el cerebro humano construye la belleza", ponencia de la Dra. Celia Andreu Sánchez en el I Congreso Internacional de Estética Cinematográfica: "Los límites de la belleza", Universidad de Barcelona.

*“Neuronas que revelan la belleza y el arte”, artículo de Glenys Álvarez en la revista virtual Órbitas Científicas, Editora Neutrina.

*“La belleza está… en tu Cerebro”, artículo de Verónica Guerrero Mothelet en la revista ¿Cómo Ves? , UNAM.

*"Arte y Ciencia: cómo ponerle ordel al caleidoscopio del mundo", artículo de Sergio de Régules en la revista ¿Cómo Ves?, UNAM.

Comentarios

  1. Es interesante investigar el cerebro, pero como se sugiere en alguna parte del texto, este tipo de reduccionismo neurológico no resuelve realmente ningún problema relevante en estética. Pretender descubrir criterios de belleza, o el fundamento del juicio estético, en la observación del funcionamiento cerebral de una muestra de sujetos que evalúan cosas como bellas, es no empezar siquiera a entender el problema. La pregunta es qué lleva a un sujeto a apreciar algo como bello (no qué pasa en su cerebro cuando lo hace) y, sobre todo, cómo podemos estar seguros de que tal apreciación es justa (y no una muestra de mal gusto). Que una muestra de individuos considere algo como bello no implica necesariamente que deba serlo (deducir tal cosa sería incurrir en una versión de la falacia naturalista). Es como si, para deducir o justificar criterios morales, hiciéramos una encuesta acerca de lo que la gente considera bueno y observáramos qué ocurre en sus cerebros mientras. Ocurra lo que que ocurra, ni eso ni los resultados de un muestreo pueden justificar que algo sea bueno --o bello-- (a lo sumo pueden servir para describir lo que la gente "considera" como tal). Del mismo modo, un neurólogo puede describir lo que ocurre en el cerebro de un matemático que resuelve teoremas, pero no justificar neurológicamente que lo haga correctamente. Si creemos que los juicios estéticos (o los morales) tienen un mínimo de objetividad (si no, no sería posible estudiarlos desde ninguna perspectiva, ni siquiera la neurológica) plantean un problema criteriológico que no puede resolver ningún saber puramente descriptivo como son la neurología o la biología. Este tipo de confusiones sitúan a discursos como este a un nivel filosófico no ya pre-kantiano, sino, casi diría, presocrático. Un saludo.

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  2. " nuestra capacidad de admirar un Rembrant es exactamente la misma para admirar o disfrutar un pastel o una manzana. " Esa afirmación se me hace demasiado exagerada, un chimpance puede disfrutar una manzana sin poder apreciar ninguna pieza de arte, definitivamente son planos totalmente diferentes, una cosa es señalar que estan las mismas areas del cerebro involucradas pero tambien me pareceria sospechoso. Sigue " la añeja idea cultivada dentro de la tradición filosófica de que el placer y la experiencia estética son diferentes de otras formas de placer y sensaciones (como el placer de comer), en realidad carece de sustento, pues los datos apuntan hacia el lado contrario. Kant estaba equivocado." Aca no hay que confundir areas del cerebro involucradas y el goce en si, es totalmente diferente comer algo rico que escuchar Beethoven, definitivamente, los animales pueden disfrutar sabores sin poder apreciar arte, se me hace una afirmación tan extraordinaria que mereceria por lo menos mas profundidad. Por ejemplo, la amígdala procesa la ira y el miedo, dos cosas muy diferentes, a partir de eso no se puede exclamar que sentir ira es lo mismo que sentir miedo porque es falso, son sensaciones y experiencias diferentes en donde se involucra el mismo organo. De ningun modo me opongo o reacciono ante la genial y necesaria presencia de las neurociencias en los problemas estéticos pero no habria que confundir creo yo, el area del cerebro involucrada para hacer comparaciones apresuradas como equiparar observar un Goya y comer una manzana.

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  3. Me encantó. Es un área sujeta a muchas críticas por ser joven. Más aún por las hipótesis que plantea. Pero creo que es inevitable a pesar de aquellos que prefieren las cosas confusas en las humanidades. Les es cómodo para escribir y discutir. "Todos -sólo- opinan". El arte en ese sentido es susceptible porque el artista gusta de trascender de la realidad de la ficción porque es lo que nos divierte. Pero a algunos, como si fueran o se hiciesen los 'locos', no vuelven a pisar la realidad, les cuesta discriminar y hablar racionalmente (no es nuestro mejor campo, salvo excepciones).

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  4. Ver dos artículos sobre el tema en http://www.signisargentina.org/ Aportes y reflexiones

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