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"300": una película con un tufo fascista (Gabriel Andrade)

No suelo volver a ver películas que ya he visto en el pasado. Pero, puesto que recientemente he decidido leer un poco sobre la historia de los antiguos griegos, y Heródoto en especial, decidí ver nuevamente 300, dirigida por Zack Snyder. Recuerdo haberla visto en el cine cuando fue estrenada en 2007. En aquella ocasión, no me generó mayor impresión. La interpreté sencillamente como una más de la enorme lista de películas hollywoodenses sobre orcos, elfos, y demás; una vulgar película de acción que, en vez de mostrar a Rambo disparando una ametralladora contra los rusos, muestra a un antiguo héroe arrojando lanzas contra monstruos.

            Ahora que he estado un poco más interesado en temas de la antigua Grecia, he cambiado mi juicio sobre 300, pero no demasiado. Valoro su estilo visual. El uso de la violencia extrema en las escenas puede ser moralmente objetable, pero como bien recordaba Oscar Wilde, lo bueno no siempre coincide con lo bello, y en el caso de 300, debo admitir que los chorros de sangre y las decapitaciones generan un efecto estético significativo.
            Valoro también la intención de Snyder, de tratar de representar los hechos históricos de la batalla de las Termópilas, aun si el mismo director deja muy claro que no pretende hacer un retrato realista de aquellos acontecimientos. Heródoto, nuestra fuente sobre aquella batalla, no fue tampoco ningún paladín de la descripción objetiva de las cosas. Pero, con todo, seguimos valorando su crónica. Algo similar podemos hacer respecto a 300.
            No obstante, las distorsiones de Snyder son mucho más preocupantes que las de Heródoto. El llamado “padre de la historia” pecó muchas veces de ingenuo al dar crédito a todo cuanto escuchaba, y en función de eso, sus crónicas deben ser asumidas muchas veces con mucha cautela. Pero, si bien Heródoto tuvo muchos sesgos, no llegó a la distorsión maliciosa a la que Snyder sí llega.
            300 narra la historia de la batalla de las Termópilas, en la guerra entre los persas y los espartanos, en el año 480 antes de nuestra era. Heródoto era un griego a todo cabal, y ciertamente mostraba la xenofobia típica de su contexto, pero nunca buscó presentar una visión tan maniquea de aquella contienda. Para Heródoto, los persas son el enemigo, pero no son unos monstruos degradados.
Snyder, en cambio, presenta una visión brutalmente sectaria del conflicto entre occidentales y orientales, con la posible intención de hacer que resuene en nuestras circunstancias contemporáneas. En 300, los persas están a medio camino entre los hombres y las bestias. El primer persa que aparece en la película, es un embajador de raza negra (es muy dudoso que los persas tuvieran a gente negra como embajadores). De antemano, ya con eso se intenta generar una barrera entre los espartanos blancos y los persas negros. Luego, aparece Jerjes (el rey persa), como una drag queen, que disfruta de los típicos harenes orientales. A mi juicio, autores como Edward Said fueron muy injustos en sus críticas a los orientalistas europeos de los siglos XIX y XX, pero con toda seguridad, en 300 aparecen los típicos prejuicios sobre Oriente que Said denunció a lo largo de su carrera.
Esa imagen distorsionada de los persas es contrastada con la nobleza de los espartanos. Allí donde Jerjes es cobarde (nunca participa en las batallas), afeminado y promiscuo, Leónidas (el rey espartano) es muy varonil, aguerrido, y muy fiel a su esposa. 300 parecería querer hacernos creer que en la antigua Grecia, todos eran meros machos, y que la pederastia no existía.
En la película, continuamente se intenta contrastar el despotismo oriental con la libertad occidental. Leónidas está al mando de su legión, pero es sólo un primus inter pares, y esto le gana la extrema fidelidad de sus soldados; Jerjes, en cambio, es el típico déspota oriental que exige culto como si se tratase de un dios.
Ciertamente los griegos tenían esta idea, y hasta cierto punto, puede defenderse históricamente. Pero, Snyder carga las tintas en 300. Pues, ni los espartanos eran tan amantes de la libertad, ni los persas eran tan despóticos. La ciudad que acaso cultivó más la libertad en el mundo griego, fue Atenas, no Esparta. Los atenienses desarrollaron la democracia como sistema político, algo que jamás hicieron los espartanos. Y, en ese sentido, mucho más que la batalla de las Termópilas, el verdadero símbolo del triunfo de la libertad sobre el despotismo oriental es la batalla de Maratón, en la cual los atenienses (no los espartanos), vencieron a los persas diez años antes.
Esparta, además, tiene la infamia de ser lo más cercano al fascismo en la antigüedad. De sobra es conocido el carácter tremendamente militarista de aquella sociedad. 300 no esconde esto; más bien, lo celebra. Es, de hecho, una película con muchas tonalidades fascistas. El film hace del derramamiento de sangre algo emocionante y sublime. Y, recurrentemente se expresa un mensaje de eugenesia y darwinismo social no muy distinto del de los nazis: los débiles deben desaparecer (se elogia la práctica de exponer niños minusválidos). Incluso, el gran villano de la historia, el traidor Efialtes, es una persona deformada. En la imaginación de Snyder, claramente los discapacitados no son gentes en quienes se pueda confiar; mejor salir de ellos en cuanto se pueda.
Por otra parte, Persia no era el bastión de despotismo que imaginaban los griegos, y que 300 representa con mucha exageración. Ciertamente, los monarcas persas, a diferencia de los griegos, tenían pretensiones divinas. Y, los persas no concebían las libertades que los griegos (pero, vale recordar, muchísimo más los atenienses que los espartanos) sí defendieron. Pero, el esplendor de Grecia estuvo reservado a los libres, y una de las grandes paradojas de la civilización griega radica en el hecho de que, por mucho que hablaron de la libertad, a casi nadie se le ocurrió reprochar la esclavitud. En cambio, la esclavitud en Persia era prácticamente inexistente.
Además, en el mismo mundo antiguo hubo pueblos que admiraron a los persas. Algunos libros del Viejo testamento llenan de elogios a Ciro, el emperador persa que permitió a los judíos regresar a su patria tras el exilio babilónico y quien, aparentemente, practicó la tolerancia religiosa y facilitó el desarrollo de los pueblos de su imperio. En el siglo IV antes de nuestra era, esa admiración también se vio reflejada en la Ciropedia, un texto halagador del emperador persa, escrito por el griego Jenofonte. El mismo Heródoto parecía simpatizar con algunos aspectos de la civilización persa.
Por supuesto, no debemos perder de vista que, en la batalla de las Termópilas, los persas eran los imperialistas invasores. Pero, no debemos cometer el error izquierdista de suponer que los invadidos son siempre buenos en todo, y los invasores imperialistas son siempre malos en todo. En nuestra época moderna, podemos reprochar muchas cosas al imperialismo francés, británico, o español, pero sería una insensatez negar sus contribuciones positivas al avance civilizatorio en Asia, África y América. Lo mismo, me parece, aplica a los persas.

Asimismo, sería insensato elogiar a líderes revolucionarios que, aun si lucharon contra imperialistas invasores, cometieron atrocidades. El Che Guevara, por ejemplo, luchó contra el imperialismo, pero lo hizo de un modo muy reprochable. Pues bien, los espartanos lucharon contra los imperialistas persas, pero muchas veces también de un modo reprochable. Por ejemplo, en una de las escenas más emblemáticas de 300, Leónidas empuja al embajador persa a un foso. A pesar de que la escena parece muy fantasiosa, sí está basada en un hecho real. Asesinar a embajadores no es algo digno de elogios. Del mismo modo, en la película aparece cómo, al final de una batalla, los espartanos rematan a los soldados persas heridos. Esto está hoy prohibido por las leyes que rigen la actividad bélica, y así como es reprochable hoy, debió haberlo sido en el siglo V antes de nuestra era.

En definitiva, 300 es una película que ha abierto el camino para una nueva estética del cine histórico. Hasta ahora, la tendencia dominante en el cine histórico ha sido más afín a la objetividad de Tucídides. Para conseguir otros efectos estéticos, no está mal inspirarse más bien en Heródoto y las licencias poéticas. Pero, que una película tenga méritos estéticos no implica que no sea moralmente terrible, tal como lo demuestra El triunfo de la libertad. Y, lamentablemente, como esa misma película, 300 tiene un fuerte tufo fascista.  

Comentarios

  1. Un detalle del texto, donde dice "El triunfo de la libertad" no debería decir "El triunfo de la voluntad"?

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