9 de diciembre de 2015

Los mormones y la salamandra (Gabriel Andrade)

El mundo de los mormones me fascina, en parte debido a una gran tensión que hay en el seno de esta cultura religiosa: la forma en que se combina lo ultramoderno con lo arcaico. Por una parte, los mormones han destacado por sus innovaciones tecnológicas y su enorme talento para la ciencia ficción. He estado en Salt Lake City, y es una ciudad cuyo modernismo deslumbra, no sólo en sus edificios (por ejemplo, el grandioso centro para el resguardo de genealogías), sino también en los eventos que allí se organizan, etc.
Pero, por otra parte, las creencias de los mormones son de las más absurdas que se puedan encontrar (no quiero decir con esto que las creencias de las otras religiones no sean absurdas, pero como bien dice Sam Harris, en el caso de los mormones, la improbabilidad de sus doctrinas es aún mayor). Y, muchos de los aspectos del mormonismo proceden de prácticas y creencias mágicas arcaicas (ha de admitirse que las grandes religiones monoteístas han hecho un esfuerzo por deslastrarse de aspectos mágicos, aunque por supuesto, nunca por completo).

Joseph Smith, el profeta de los mormones, estaba muy interesado en la magia. La propia Iglesia de los Santos de los Últimos Días admite que Smith dictó el Libro de Mormón colocando dos piedras en su sombrero, y observándolas mientras dictaba a su secretario. Pero, hay otro aspecto que la iglesia mormona no está tan dispuesta a admitir, o al menos, lo trata de disimular bastante: antes de su vocación como profeta, Smith era un buscador de tesoros, y para ello, se valía de técnicas de adivinación para encontrarlos. No sabemos si Smith era deliberadamente fraudulento, pero el hecho cierto es que, en vista de que sus métodos adivinatorios no daban resultado, en múltiples ocasiones tuvo que comparecer ante tribunales, debido a denuncias por estafa.
Desde sus inicios, en torno al mormonismo ha habido una enorme cantidad de rumores sobre las excentricidades de las creencias y prácticas de Smith y sus herederos. La iglesia mormona admite algunos de estos rumores, pero intenta lo más que puede, sólo presentarlos a aquellos que ya están iniciados en la iglesia, y trata de presentar a los posibles conversos sólo los aspectos que parecen menos estrambóticos (ésta es la estrategia de “la leche antes de la carne” que persiguen los misioneros). Pero, hay algunos otros rumores que son tan excéntricos, que la iglesia hace todo lo posible por suprimirlos.
Un ejemplo especialmente revelador es el de la llamada “carta de la salamandra”. A inicio de los años ochenta del siglo pasado, Mark Hoffman, un mormón convertido en ateo, empezó a vender a la iglesia mormona, supuestos documentos originales de la historia del mormonismo. Estos documentos no tenían gran cosa controversial, y así, Hoffman se fue ganando la confianza de las autoridades mormonas que le compraban los documentos.
Pero, Hoffman empezó a vender documentos que daban la impresión de que Smith era un buscador de tesoros. El más relevante de estos documentos era una carta, supuestamente escrita por Martin Harris (un colaborador de Smith) en 1830, en la cual se narra que Smith recibió las planchas doradas, no del ángel Moroni (la versión oficial del mormonismo), sino de una salamandra con quien Smith tenía comunicación. La carta también narra que la salamandra dijo a Smith que no le daría las planchas, si Alvin, el hermano de Smith, no estaba presente, a pesar de que Alvin ya había muerto.
Desde los inicios del mormonismo, corría el rumor de que la familia de Smith había exhumado el cuerpo de Alvin para un procedimiento mágico, y también se decía que, en su encuentro con Moroni, Joseph llevó parte del cuerpo de su hermano. No sabemos bien cuán verdaderos son estos rumores, pero sí es un hecho cierto que el padre de Joseph tuvo que exhumar el cuerpo de su hijo Alvin, porque corrían rumores de que algunos bandoleros habían profanado la tumba, y el padre quiso asegurarse de que el cuerpo de Alvin no había sido profanado.
La iglesia mormona pagó bastante dinero a Hoffman por ese documento. Hizo todo lo posible por mantener secreto el asunto, pero cuando ya no pudo más (pues, según parece, el mismo Hoffman reveló los contenidos del documento a otra gente), muchos representantes del mormonismo trataron de ajustarse, diciendo que la experiencia con la salamandra no es propiamente motivo de vergüenza, pues se trataba de una visión mística.
Tiempo después, mientras Hoffman conducía, una bomba estalló en su automóvil. La policía investigó el caso, y descubrió que esa bomba había sido fabricada por el mismo Hoffman, quien ya había matado previamente a dos personas con bombas. Y, en el curso de la investigación, la policía descubrió que Hoffman era un falsificador de documentos. La “carta de la salamandra” resultó ser un fraude. Si bien Hoffman se basó en rumores de vieja data (aunque, lo de la salamandra sí es un invento nuevo), la carta era producto de la imaginación de Hoffman.


Pero, ya el daño estaba hecho. Este episodio reveló hasta dónde es capaz de llegar la iglesia mormona, con tal de suprimir información que le resulta incómoda. La iglesia mormona pagó mucho dinero, a fin de poseer los documentos vergonzosos y obstaculizar la búsqueda de la verdad. El que no la debe, no la teme; pero, obviamente, la iglesia mormona tuvo mucho que temer, y por eso, mostró tanta desesperación en contener aquello que creían que era la verdad. Si la iglesia mormona estuviera tan segura de que Smith no era practicante de la magia, habría sometido al examen público estos documentos, con la esperanza de que se demostrara su falsedad. Pero, puesto que sabía que corría un enorme riesgo (en tanto es bastante probable que Smith sí participó continuamente en procedimientos mágicos), prefirió tratar de mantener todo en secreto.

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