1 de noviembre de 2015

¿Religión? No en nombre de la trascendencia

Por José María Agüera Lorente 
Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía (W. Shakespeare: Hamlet)
En el argumentario al que suelen recurrir quienes defienden la presencia de la religión como doctrina en la escuela o como ingrediente esencial en las expresiones comunitarias ya sean políticas, culturales o de otra índole imaginable, hallamos razones de diversa índole y calidad. En estas líneas que inicio deseo centrarme en aquella que se basa en que la religión es la manifestación por antonomasia de la trascendencia. En efecto, hay quien opina que la eliminación de la asignatura  de la religión de la educación como institución pública supondría la anulación de la dimensión trascendente de la realidad humana, que una escuela laica y este mensaje se difunde por quienes tienen acceso a los medios que conforman la opinión pública "exige a los alumnos que dejen en la puerta todo lo que tiene que ver con la trascendencia y la espiritualidad antes de entrar en clase" (estas palabras se pueden leer en este artículo); se da por supuesto que la escuela laica es, por definición, contraria a esa dimensión, por otro lado esencial en la existencia del común de los mortales, lo que la lleva no sólo a eliminar los símbolos que la representan, sino también "a extirpar las preguntas que todo el mundo se hace al respecto" (véase el susodicho artículo).
Es evidente que en el argumento recién reproducido se parte de una identificación que implica un burdo reduccionismo. Se identifica trascendencia con religión, dando por sentado que ésta agota todo lo que aquélla significa. Confusión y error. Si acudimos al socorrido Diccionario de filosofía abreviado del maestro José Ferrater Mora, encontramos la siguiente explicación:
En general se ha entendido que lo trascendente está "más allá de algo", trascender es "sobre-salir". A menudo se ha admitido que algo "trascendente" es algo superior a algo "inmanente", hasta el punto de que cuando se ha querido destacar la superioridad infinita de Dios respecto de lo creado se ha dicho que Dios trasciende lo creado e inclusive que Dios es trascendencia.
Así pues, la trascendencia supone el límite de aquello más allá de lo cual apunta, el límite que define el reino de la inmanencia. En el contexto del pensamiento religioso la trascendencia refiere la dimensión  sobrenatural que desborda el contorno del mundo terrenal. Ahora bien, se trata de una acotación del significado general del término que analizamos, porque ese límite que necesariamente hay que marcar para definir a continuación dónde empieza el ámbito de lo trascendente se muestra sujeto a la movilidad según evidencia la historia. Hasta la revolución astronómica puesta en marcha por la publicación de De revoluitonibus orbium coelestium en 1543 de Nicolás Copérnico, el llamado mundo supralunar, el de los cuerpos celestes que orbitan más allá del límite de la órbita de la Luna, constituía el espacio donde se ubicaba esa trascendencia supraterrena, que hasta entonces se confundía con el reino de los cielos (recuérdese: Dios es "Padre Celestial"), ontológicamente distinto del reino de la inmanencia, el mundo sublunar, el terrestre, en el que incluso regían leyes físicas cualitativamente distintas de las propias de las esferas celestes según dictaba el paradigma de la física aristotélica; como tenía que ser tratándose de dos naturalezas contrapuestas: la trascendente del universo celestial y la inmanente del mundo material. A partir de la revolución científica moderna y con el avance vertiginoso de la cosmología, sobre todo desde el siglo pasado, el límite de la inmanencia se ha ido expandiendo a la par que el dominio del conocimiento científico sobre la realidad, en la que queda, correspondientemente, menos reductos para justificar ese concepto estrecho de la trascendencia que se utiliza como excusa para legitimar la presencia de las religiones confesionales en las instituciones académicas. (Otra cosa distinta es el estudio de la religión como hecho histórico o fenómeno antropológico u objeto de reflexión filosófica, que ni que decir tiene– ha de hallar su lugar en una enseñanza que promueva el conocimiento integral y reflexivo de la realidad humana.)
¿Quiere esto decir que la superioridad epistémica de la ciencia anula por completo el sentido de la trascendencia? Coincido con Roberto Augusto cuando como afirma en su ambicioso ensayo titulado Librepensamiento ve una incompatibilidad, desde el supremo criterio de la verdad, entre ciencia y religión y una manifestación de irracionalidad en aquellos científicos que mantienen contra viento y marea de las evidencias su fe doctrinal. En este sentido me resultó desconcertante la lectura del libro de Stephen Jay Gould titulado Ciencia versus religión donde aduce coartadas para la supervivencia de la religión frente al empuje de la ciencia. Por contra, tengo por coherente las tesis al respecto de Richard Dawkins defendidas en su contundente El espejismo de Dios. No obstante, recordemos que hemos partido de la premisa de que la trascendencia no se reduce a su acepción religiosa; por lo que mantiene su sentido siempre y cuando el sujeto tenga noción de límite. Y ésta, mal que nos pese, es consustancial a la condición humana, como se destacó con apasionada expresividad durante el periodo de predominio del movimiento romántico. ¿No hay acaso trascendencia, no se la palpa en el cuadro de El caminante sobre el mar de nubes (1817-1818) del pintor alemán Caspar David Friedrich, uno de los más representativos iconos de la cosmovisión romántica? 

La belleza que contempla el paseante, materializada en ese océano de nubes que su posición en la cumbre de la montaña le permite contemplar desde lo alto, se revela en toda su magnificencia más allá de los límites que comprende una vida humana, la cual se encuentra inexorablemente constreñida en la jaula del espacio y el tiempo. Lo bello decía Schelling, otro romántico, pero filósofo es "el infinito representado de forma finita", que es la única forma al alcance del sujeto de abrirse al campo de lo absoluto. Como lo expresa el filósofo francés André Comte-Sponville en su libro El alma del ateísmo queda bien explicado:
El bien y el mal, lo bello y lo feo, lo justo y lo injusto, etc., sólo tienen una existencia relativa: por y para la humanidad. Pero existen. No se trata ya ni de abolirlos ni de absolucitarlos... ¿Porque el absoluto está en otra parte? Al contrario: porque está ahí, siempre ya ahí, anterior a cualquier obra, anterior a cualquier juicio, anterior a cualquier compromiso, porque los precede y los envuelve, los lleva consigo y prevalece sobre ellos... Sólo lo real es real y engloba todos los juicios.  (El alma del ateísmo. Paidós, Barcelona, 2006, pp. 188-189)
Nada más trascendente que la misma realidad, pues. No es menester ser creyente, entonces, para estremecerse ante la contemplación de lo sublime; sólo se requiere sensibilidad –no fe, algo que la ciencia no anula, sino muy al contrario. ¡Cuánta de esa sensibilidad hacia la trascendencia, es decir, hacia lo que nos supera (el universo mismo), hay contenida en esa frase de Carl Sagan en la que nos define a los humanos como polvo de estrellas o en su monólogo de Ese punto azul pálido! (Véase el siguiente vídeo:)

¿Qué tontería es esa, entonces, de que la escuela laica supone la extirpación de las preguntas humanas acerca de lo que nos trasciende? ¡Si es el conocimiento justamente el que nos asoma a las insondables profundidades que constituyen las entrañas de lo inmanente!. ¿Se puede extirpar la curiosidad de la mente juvenil que impele a indagar en ellas? Sí, claro que sí: mediante el adoctrinamiento, que es precisamente el objetivo de las clases de religión confesional, ya sean de catolicismo, religión evangélica, islam, etc. No hay más que echar un vistazo a los contenidos de tales materias, que están publicados en el boletín oficial del Estado, convirtiendo así el dogma en norma; ¿no es la perversión del Estado de Derecho que en su constitución se declara aconfesional?
Al menos desde Hume y Kant, si no antes, sospechamos razonadamente que la realidad trasciende nuestro entendimiento. Reducirla a los estrechos límites de unas verdades que no lo son por dogmáticas para que así lo que es coincida con lo que nos gustaría, además de ser pueril, va en contra de la honestidad intelectual, lo que no es ético. La ética, precisamente, trasciende los límites de la religión, demasiado miope para alcanzar a ver más allá de los anacrónicos principios morales fundados sobre los prejuicios tribales que  pretendieron definir de una vez para siempre lo que trasciende, precisamente, a los rígidos márgenes de una doctrina que huye de la revisión crítica de lo que tiene por verdades definitivas e irrefutables. La superioridad de la razón respecto de la fe consiste, precisamente, en ser consciente de que sus verdades son limitadas y provisionales, lo que la obliga a estar en continua revisión crítica de lo conocido. Por consiguiente, ante la trascendencia la actitud consecuente es la de la filosofía, de la que cabe decir lo que el filósofo italiano Massimo Cacciari expresó hace una década con estas palabras:
La filosofía ha hecho siempre la guerra a la vanidad. La nuestra, decía Platón, es la sabiduría concedida a los hombres, no la sabiduría divina. La filosofía ha sido siempre, y en sentido literal, ejercicio de modestia, medida, distancia crítica, y después, ejercicio de liberación, porque te libera del sentido común, de la idolatría. Es, por tanto, modestia liberadora...  (Fragmento de entrevista publicada en El País el 30-10-2005)


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