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Pío IX y la infalibilidad papal (Gabriel Andrade)

  Mi Papa favorito es Juan XX. Ese pontífice nunca existió. Mi Papa favorito es uno inexistente, porque encuentro el papado abominable en sí mismo. Abrogarse el título “Vicario de Dios en la Tierra” es una tremenda arrogancia, y una gran oportunidad para la explotación de los más débiles. Para mí, el mejor Papa es aquel que nunca lo fue.
            Ha habido Papas notoriamente corruptos y despreciables. En el siglo IX, por ejemplo, Esteban VI ordenó exhumar a su antecesor, Formoso, y sometió a juicio al cadáver, imponiéndole como pena la mutilación de su dedo. En el siglo XVI, un hijo del Papa Alejandro VI organizó una gran orgía en el Vaticano, con las prostitutas de Roma. En el período que ha venido a llamarse la “pornocracia”, en el siglo X, gobernaron de facto las amantes de los Papas.

            Pero, si tuviera que elegir al Papa más ruin de la historia, ése sería Pío IX, en el siglo XIX. Los Papas que anteriormente he mencionado fueron corruptos, pero básicamente su corrupción fue para su propio deleite, sin hacer demasiado daño a sus ovejas. Fueron pequeños déspotas, pero no tuvieron designios totalitarios. En cambio, Pío IX ha sido el Papa que más se ha acercado al totalitarismo. Pío IX perdió los Estados papales ante la naciente nación italiana, pero quiso compensar su pérdida de poder imponiendo reformas que hicieron de la Iglesia Católica una institución más totalitaria.
            A Pío IX debemos la imposición de la doctrina de la infalibilidad papal, en 1870. Ciertamente, Pío IX no la inventó. Ya desde hacía siglos, un sector de la Iglesia simpatizaba con ella, y acudía a bases bíblicas como respaldo. En Juan 16:13 Jesús dice que el Espíritu guiará a sus discípulos a la verdad (no menciona nada sobre Papas infalibles), y en Mateo 28:20 dice que estará con ellos hasta el fin del mundo (de nuevo, no dice nada sobre Papas infalibles); pero, en fin, desde hacía siglos, se tomaba a esos pasajes como supuesta prueba de que los Papas sí son infalibles.
            No todos los católicos estaban convencidos de esa doctrina. En los siglos anteriores, varios Papas habían visto su peligro totalitario, pues dejaba abierta la posibilidad de que, en un momento de disenso, cualquier Papa acudiera a ella, incluso para derogar lo que concilios anteriores habían promovido. Pero, Pío IX estaba decidido a imponer la doctrina, y se valió de muchas artimañas para lograr su propósito. Sabemos esto, gracias a las investigaciones de August Hasler, un sacerdote católico que tuvo acceso a los documentos del I Concilio Vaticano, los cuales estuvieron sellados hasta la década de 1970. Hasler publicó su investigación en un célebre libro, Cómo llegó el Papa a ser infalible.
            Según Hasler, Pío IX mostraba signos de inestabilidad mental: perdía la memoria, e incurría en arrebatos violentos, emocionales e irracionales, y sus allegados tenían dificultad en relacionarse con él. Cuando se reunió el concilio para deliberar sobre la doctrina de la infalibilidad, Pío IX se aseguró de que los discursos no se pusieran por escrito, de forma tal que los deliberantes no tuvieran oportunidad de leerlos y pensar detalladamente el asunto. El Papa prohibió que los asistentes se reunieran en pequeños grupos a discutir la doctrina entre ellos, impidió recesos en las sesiones, no detuvo el concilio aún frente a un brote de malaria, y puso bajo arresto a un obispo armenio que vehementemente se oponía a la aprobación del dogma.
            Al final, con estas tácticas de intimidación, Pío IX prevaleció. Así, en 1870, se impuso una de las doctrinas religiosas más totalitarias que han existido: si el Papa opina X, pero yo opino Y, debo renunciar a esa creencia y abrazar la promovida por el Papa, sin importar cuán absurda me resulte, pues el Papa no puede equivocarse. Pío IX se anticipó varias décadas a la pesadilla que narra Orwell en 1984.
            Los católicos habitualmente tratan de endulzar el asunto. Ellos alegan que, la infalibilidad papal no aplica a todo lo que haga el Papa, sino sólo cuando habla ex cathedra sobre aspectos doctrinales de fe y moral. En el pasado, dicen los católicos, ha habido Papas que se han equivocado, pero eso no invalida la doctrina. El Papa Honorio I, por ejemplo, llegó a enseñar la herejía monotelita (Cristo tiene una sola voluntad); pero los católicos advierten que esto no compromete a la infalibilidad papal, pues Honorio I no enseñaba ex cathedra, pues sus pronunciamientos  monotelitas no eran formales.
            Esto es cierto. Pero, históricamente, antes de 1870, no estaba muy claro cuándo un Papa enseñaba algo informalmente, y cuándo lo hacía ex cathedra. En todo caso, tienen razón los apologistas católicos cuando dicen que, desde que se impuso el dogma de la infalibilidad papal, sí ha quedado delineado cuándo se habla ex cathedra y cuándo no. Hasta ahora, la única ocasión en la cual un Papa ha hablado ex cathedra fue en 1950, cuando Pío XII promulgó el dogma de la asunción de María.


            Pero, el dogma de la infalibilidad papal es una caja de Pandora. Hasta ahora, no ha habido un Papa megalomaníaco que se valga de su condición para imponer doctrinas que la abrumadora mayoría de los fieles rechace. Pero, la puerta ha quedado abierta para que cualquier Papa sí pueda hacerlo, si así lo desea. Un Papa aficionado a la ufología, podría imponer a sus más de mil millones de seguidores, que los extraterrestres nos han visitado en el pasado y que han abducido a profetas del antiguo Israel (Elías, fundamentalmente), y por qué no, que los extraterrestres construyeron las pirámides de Egipto y las líneas de Nazca (la infame tesis de Erich Von Daniken). Bastaría para este hipotético Papa respaldar su opinión citando a Ezequiel 1:16 (ciertamente una interpretación muy forzada de ese pasaje bíblico, pero no más forzada que los pasajes bíblicos que se utilizan para respaldar la infalibilidad papal), promulgar la doctrina ex cathedra haciendo uso de la infalibilidad papal, y ¡voilá!, los católicos tendrían ahora que aceptar los alegatos ufológicos, aun si consideran absurda esa creencia (como seguramente, muchos católicos considerarán absurdo, igual que ortodoxos y protestantes, que María fue ascendida en cuerpo y alma al cielo, la única doctrina que ha sido promovida acudiendo al recurso de la infalibilidad papal). Los dictadores de 1984 estarían contentos.

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