26 de noviembre de 2015

Mussolini, Ataturk, y la abolición del califato (Gabriel Andrade)

  La reciente ofensiva del Estado Islámico de Irak y el Levante me hace contemplar la idea de que, en algunas cosas, Mussolini no fue tan malo. Explicaré por qué.
            Hasta 1870, el Papa era gobernante absoluto de un territorio más o menos extenso, los Estados Papales, con Roma como capital. Los nacionalistas venían conformando la nación italiana, y lograron expulsar a potencias extranjeras (fundamentalmente el imperio austríaco) de la península itálica. Pero, los nacionalistas querían a Roma como capital de su nueva nación, y eventualmente, al aprovecharse de algunas coyunturas (fundamentalmente, la guerra franco-prusiana), ocuparon Roma y despojaron al Papa Pío IX definitivamente de su poder político (en las décadas anteriores el Papa también había sido destronado, pero eventualmente había logrado regresar). Si bien el Pío IX no fue maltratado, el hecho de que ya no tuviera poder político significaba para él que era ahora un prisionero en el Vaticano (aunque, a decir verdad, nadie le impedía el libre tránsito por el país).

            Esto fue un duro golpe al papado. Y, si bien la Iglesia Católica venía avanzando hacia la modernidad, hubo muchos sectores del rancio tradicionalismo católico que no aceptaban que el Papa fuera meramente una autoridad en asuntos espirituales. Desde la antigüedad tardía, los Papas tuvieron rencillas con reyes europeos. A veces, reprochaban a los reyes el inmiscuirse en asuntos eclesiásticos (lo denunciaban como “cesaropapismo”); a veces, los reyes reprochaban a los Papas el inmiscuirse en asuntos terrenales de otros Estados (el Papa Bonfiacio VIII en el siglo XIV, con delirios de grandeza, decía que todos los seres humanos eran sus súbditos políticos). Para los tradicionalistas, era ahora difícil aceptar que el Papa no tendría poder terrenal.
            Desde ese momento, quedaba esa espina en el tradicionalismo católico. En la década de los 1920, Mussolini intentó poner fin a la disputa. Hasta cierto punto, Il Duce era como la enorme cantidad de reyes europeos que tuvieron querellas con los Papas en disputas por el poder; pero, a diferencia de muchos de esos reyes, trataría de buscar una solución. Así, en 1929, firmó los tratados de Letrán: el Vaticano sería un Estado (en la forma actual que tiene).
            Hacemos bien en no desestimar el poder que siguen teniendo los Papas, pero podemos admitir que, con la firma del tratado de Letrán, el Vaticano es hoy un Estado relativamente inofensivo, y que Mussolini encontró un balance: pudo contentar al sector más tradicionalista del catolicismo, devolviendo una parte del poder temporal a los Papas, pero sin que ello perjudicase seriamente la secularidad del Estado italiano. Regalando esa migaja al catolicismo, Mussolini logró contener a las ovejas, y hoy el Vaticano no representa ninguna amenaza a la nación italiana.
            Comparemos estos hechos con la obra de Kemal Ataturk. El padre de la moderna nación turca merece muchos elogios por haber modernizado y secularizado a Turquía. Pero, tomó algunas decisiones erróneas. Antes de la Primera Guerra Mundial, el partido de los Jóvenes Turcos había destronado al sultán absoluto, Abdul Hamid II, en 1909. Desde entonces, habría sultanes, pero como figuras decorativas (algo muy parecido a las monarquías constitucionales en la Europa actual). Los sultanes también poseían el título de “califa”, y en ese sentido, hasta cierto punto su posición era comparable al Papado, pues además de ser gobernantes terrenales, alegaban ejercer cierta autoridad espiritual sobre todos los musulmanes del mundo.
            Ataturk pudo haber hecho como Mussolini: conservar a un califa que vive lujosamente en un palacio, pero que en realidad no gobierna. Así, del mismo modo en que Mussolini logró contener a los sectores más tradicionalistas del catolicismo, Ataturk pudo haber intentado contener a los sectores más tradicionalistas del Islam: limitar el poder político del califa, pero mantener su figura religiosa como cabeza de la comunidad de musulmanes. Pero, no fue así. Ataturk, fiel a sus principios laicos y republicanos, promovió la disolución del califato en 1923, y así, el último califa, Abdulmecid II, tuvo que exiliarse.
            Aparentemente, esto no fue traumático para Turquía, una nación que, con sus avances y retrocesos, marcha hacia la modernidad y la europeización. Pero, los acontecimientos de los últimos veinte años en el Medio Oriente revelan que la decisión de abolir el califato ha sido más problemática de lo que se pudo haber creído en un inicio. Es cierto que el integrismo musulmán obedece a factores de muy diversa índole, pero uno de los puntos de mayor resentimiento es, precisamente, la ausencia del califato.
            Los videos amenazantes de Al Qaeda continuamente recordaban la humillación sufrida “durante 80 años”, las ocho décadas sin califato. Y, hasta cierto punto, el auge del Estado Islámico en el Levante e Irak es un intento por restituir el califato, pues el jefe de esta organización yijadista, Abu Bakr Al Baghdadi, se ha auto-proclamado el nuevo califa, y su objetivo es reconstituir el califato.

            Los grandes triunfadores militares de la historia han sabido utilizar los palos y las zanahorias. Al enemigo se le vence dándole palazos, pero también, en ocasiones conteniéndolo con zanahorias. Mussolini obviamente terminó mal, pero en un aspecto muy puntual, dio una buena lección: es posible contentar a los fanáticos religiosos, manteniendo símbolos que, en realidad, son inofensivos. A Il Duce no le importó entregar unas pocas hectáreas de soberanía italiana al Vaticano, a fin de que los católicos no generaran problemas. Quizás Ataturk debió haber empleado el mismo pragmatismo, pues de haber conservado al califa como autoridad espiritual del Islam, posiblemente hoy el integrismo musulmán tendría menos inspiración para reclutar a tantos jóvenes fanatizados.

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