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Los cultos del cargo: ¿más irracionales que otros cultos mesiánicos? (Gabriel Andrade)

Los historiadores y sociólogos suelen recordarnos que los movimientos apocalípticos y mesiánicos prosperan cuando hay condiciones de opresión, o al menos, cuando una minoría se siente perseguida (aun si objetivamente no lo está). El Apocalipsis de Juan se escribió poco tiempo después de la persecución de Domiciano contra los cristianos. La Virgen de Fátima apareció haciendo anuncios apocalípticos cuando la cristiandad occidental temía el auge del bolchevismo ruso, y así muchos otros casos.
Uno de los casos más curiosos de movimientos apocalípticos en el siglo XX fue el de los “cultos de cargo” en Melanesia. Como cabría esperar, surgió en un contexto de opresión. En el actual país de Vanuatu, los nativos estaban sometidos a misioneros escoceses que les imponían restricciones a su tradicional estilo de vida. Los bailes, el adulterio y la poligamia, entre otras cosas, eran severamente castigadas por los misioneros.

De la prédica de los misioneros, a los nativos les interesaron especialmente las enseñanzas apocalípticas. También se sentían muy atraídos por los bienes de consumo que disfrutaban los occidentales, pero a los cuales ellos no tenían acceso. Entonces, apareció un misterioso personaje nativo que les dijo a sus compatriotas que, si dejaban de obedecer a los misioneros, él les traería todos los bienes materiales de los cuales disfrutaban los misioneros.
Aquella promesa coincidió con la llegada de los militares norteamericanos, durante la Segunda Guerra Mundial. Los nativos quedaban perplejos al ver que había soldados negros como ellos, pero que gozaban de los bienes de consumo que se negaban a los nativos. Eventualmente, los militares norteamericanos empezaron a emplear a los nativos en distintas labores, y les pagaban con los bienes tan anhelados.
Pero, la guerra terminó, los militares norteamericanos se fueron, y los nativos quedaron desencantados porque ya no recibían más bienes. Surgió la leyenda de un tal John Frum, supuestamente el mesías que originalmente les había prometido bienes de consumo si se alejaban de los misioneros. Ante la partida de los norteamericanos, surgió entre los nativos el mito de que John Frum se escondía en el interior de un volcán, y que ahora ellos debían hacer rituales para forzar su regreso con los bienes, o como ahora lo llamaban, el “cargo”.
Los nativos empezaron a imitar todo lo que los norteamericanos habían hecho en años anteriores. Hicieron rifles de bambú; construyeron aviones, pistas de aterrizaje y torres de control con cañas, se pintaban una cruz roja en el pecho (en imitación de los médicos militares), marchaban en pelotones, etc.
Toda esta historia es muy pintoresca por varios motivos. En primer lugar, excita mucho a la mentalidad imperialista. Una fantasía imperialista siempre fue llegar a una isla remota, y ser recibidos como dioses. Se ha dicho que Cortés en México, y Cook en Hawaii, fueron recibidos como tales, pero hay dudas sobre la autenticidad de estas historias. En cambio, los informes sobre los cultos del cargo en Melanesia son completamente verídicos.
El otro motivo por el cual esta historia es pintoresca, es que coloca de manifiesto cómo opera el pensamiento mágico. Los nativos confundieron las causas con las consecuencias. Vieron una asociación entre los ritos que hacían los americanos y la llegada de bienes de consumo, y apresuradamente concluyeron que si se hacía lo mismo en rituales, lograrían los objetivos planteados. 
En un célebre experimento, el psicólogo B.F. Skinner documentó cómo una paloma se va volviendo supersticiosa cada vez que recibe comida en una jaula, al punto de llegar a creer que algunos de sus movimientos específicos son los causantes de que desde afuera se le otorgue comida. Los nativos de Vanuatu hacían algo muy parecido.
Ciertamente, los nativos, en un nivel de desarrollo cognitivo aún muy primitivo (Piaget lo habría llamado “pre-operacional”), cometían errores básicos de razonamiento. Casos como éste deberían ser suficientes para refutar a antropólogos como Levi-Strauss, quienes se empeñan en sostener que todas las culturas son racionales en el mismo grado.
 Pero, al mismo tiempo, deberíamos preguntarnos si los cultos del cargo no son más racionales que la amplia gama de movimientos apocalípticos que perduran hasta el día de hoy. La mayoría de los movimientos apocalípticos (y, no perdamos de vista que las tres grandes religiones abrahámicas son apocalípticas, pues todas esperan el fin del mundo) son contemplativos: esperan pasivamente que Dios intervenga y misteriosamente resuelva las cosas. En esto, yo valoro más a los cultos del cargo: hay en ellos un intento por tomar control, y tratar de hacer algo para modificar las cosas. Ciertamente sus acciones son ridículas, pero al menos está la intención de participar activamente, y no quedarse de brazos cruzados esperando algo que en realidad nunca llega.
Con todo, como los melanesios, hoy hay algunos fanáticos que creen que, haciendo algunos rituales, pueden acelerar la aparición de algún mesías. Los fanáticos judíos, aupados por algunos fanáticos cristianos, creen que demoliendo la mezquita del domo dorado en Jerusalén, y construyendo el Tercer Templo, se apurará el apocalipsis. Algunos campesinos en Texas creen que criando vacas rojas, Cristo volverá más rápido. Hay el temor (más o menos bien fundado) de que el programa nuclear de Irán sea un intento por hacer que vuelva el Mahdi.
Pero, aun en estos casos, yo prefiero a los cultos del cargo, y no solamente porque los melanesios son inofensivos en sus rituales, mientras que los apocalípticos judíos, cristianos y musulmanes pueden ser muy peligrosos. Valoro más a los cultos del cargo, porque hay en ellos mayor inclinación a la verificación empírica. Los nativos de Melanesia razonaban erróneamente, pero al menos partieron de una base empírica: el mesías original (transformado luego en el legendario John Frum) prometió algo, y esa promesa pareció cumplirse con la llegada de los norteamericanos y su mercancía. Desde su limitado conocimiento en esa región tan apartada, no era descabellado hacer los rituales que imitaban a los soldados norteamericanos, con la esperanza de que volviera el cargo.

En cambio, ¿qué indicios empíricos hay para seguir pensando, dos mil años después, que un campesino galileo volverá a derrotar a una bestia de siete cabezas? ¿Qué promesa pareció cumplirse, para que se sigan creyendo estas cosas? En el caso de los melanesios, procedentes de una cultura muy rudimentaria, sus errores de razonamiento son bastante excusables; e incluso, hoy son pocos los melanesios que participan en estos cultos. Pero, debería ser motivo de vergüenza para nosotros que, en una civilización que envió el hombre a la luna, se siga esperando la venida de algún mesías, y peor aún, que se hagan cosas muy peligrosas para acelerar su llegada.

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