21 de noviembre de 2015

John Keating, ¿héroe o villano? (Andrés Carmona)






21/11/2015

El Club de los Poetas Muertos (Dead Poets Society, 1989) es una de mis películas favoritas. Como una gran obra de arte que es, está repleta de significados y ocasiones para fomentar la reflexión. Sin embargo, en esta ocasión voy a usarla como excusa para criticar a su principal protagonista, el profesor John Keating. En la película se nos presenta como un transgresor de las normas establecidas, una especie de anarquista o librepensador que se opone al conservadurismo y el tradicionalismo, un innovador y un rupturista en lo que a educación y aprendizaje se refiere.


No voy a negar lo anterior, y puede que sea cierto, pero: John Keating ¿es un héroe o un villano por eso? A primera vista parece casi absurda la pregunta, y dan ganas de decir: un héroe, por supuesto. De hecho, el guión de la película sigue el esquema típico de los mitos de héroes, con su protagonista, antagonista, conflicto y resolución final. En cierto modo, es muy semejante al mito de Teseo y el laberinto del minotauro. Recordemos que el rey Minos (el malvado) construye un laberinto donde encierra al minotauro, y exige todos los años a los atenienses el tributo de que le entreguen varios jóvenes a los que encierra en el laberinto para que el monstruo los devore. Teseo (el héroe) se presta voluntario para ser uno de esos jóvenes, luchar con el minotauro y acabar con la injusticia que está cometiendo el rey Minos. En la película que estamos comentando, el laberinto es la Welton Academy, el instituto privado y de elite en el que son “sacrificados” los jóvenes de las familias más pudientes. Sacrificados en el sentido de que son educados en un riguroso sistema basado en técnicas pedagógicas obsoletas y rutinarias que les hace perder su libertad, sus pasiones y emociones. Keating es el héroe que les libera mediante una forma distinta de acercarse a la poesía, viviéndola y emocionándose con ella, haciéndoles descubrir sus auténticas pasiones y lograr así su libertad.

¿Por qué cuestiono la heroicidad de John Keating? Y más, cuando estoy totalmente de acuerdo con su metodología para acercarse a la literatura y la poesía. Pues por el detalle de que John Keating realiza su hazaña en la Welton Academy, es decir, en un instituto privado conservador. John Keating no es un profesor de la Educación Pública, tampoco de un centro privado tipo la Institución Libre de Enseñanza. Donde Keating es contratado es en un centro privado con un ideario y una metodología concretos, y caracterizado por ellos. Las familias que llevan allí a sus hijos, y que pagan por eso, lo hacen, precisamente, por ese ideario y metodologías concretos. Saben lo que allí se enseña y cómo, y eso es justamente lo que quieren y no otra cosa. Pero Keating, consciente de todo eso, lo ignora y hace todo lo contrario.

Para entenderlo, cambiemos el contenido pero mantengamos la estructura formal. Imaginemos un instituto público o un centro privado laico, y a un profesor de biología que, ignorando esa laicidad, se empeñara en catequizar a su alumnado, en enseñar el creacionismo, o la versión del Diseño Inteligente, en vez de la teoría evolucionista. ¿Lo consideraríamos un héroe o un fanático? Pues bien, el profesor Keating es igual de fundamentalista. Él está convencido de su verdad y se cree en el derecho de imponerla, saltándose las normas establecidas del centro donde trabaja. Esa es la esencia del fanatismo y a eso me quería referir con excusa de esta genial película.

El fanático está totalmente convencido de su verdad. Para él no hay dudas. Y está tan convencido que eso le sirve de justificación para obligar a los demás a ajustarse a esa verdad, o a romper las normas de juego si no le convienen. Volvamos a la película. John Keating podría haber buscado trabajo en otro instituto más acorde con su forma de pensar. O, incluso, haber fundado uno de acuerdo a su propio ideario. Pero no hizo eso. Acudió a uno en el que sabía, perfectamente, lo que había. En su mesianismo, tenía que ir allí a salvar a esos pobres chicos (aunque de pobres no tenían nada, por lo menos económicamente hablando). De la misma forma, al fanático no le basta con que a él le dejen vivir a su forma, necesita obligar a los demás a hacer lo que él cree que es correcto, e incluso “por su bien”. En su locura, el fanático cree que está salvando a los demás de ellos mismos.

Pudiera parecer que hablo del fanatismo religioso. Y es cierto, pero no solo del religioso. Me refiero a cualquiera que se crea en el derecho de saltarse las normas democráticas, justificándose en cualquier supuesta verdad absoluta que considere por encima de esas normas. Por supuesto, los terroristas. Pero sin ir tan lejos, me refiero a cualquiera que intenta imponer su propia moral o convicciones a los demás saltándose las normas democráticas.

¿Por qué nos cuesta tanto ver a Keating como un fanático? Porque simpatizamos con su forma de enseñar la literatura. Porque nos parece que lleva razón. Y yo creo que la lleva, que su manera de enseñar es mucho mejor que la oficial de la Welton Academy. Pero eso no le legitima para hacer lo que hace. En un contexto laico, no basta con llevar razón, sino que además hay que cumplir con las reglas del juego democrático y la separación público-privado. Las creencias privadas, por muy firmemente que se crean, no justifican su imposición en el ámbito público, ni mucho menos el uso de la ilegalidad o la violencia para romper esa separación público-privado. En los ejemplos que siguen, nótese que, en ningún caso, intento juzgar la bondad o maldad de los contenidos (en algunos casos estoy de acuerdo con esos contenidos), sino el fanatismo a la hora de utilizar ciertos medios a favor de esos contenidos.

Por ejemplo, el antiabortista que intenta impedir abortos poniendo bombas en las clínicas abortistas o, sin ir tan lejos, que hace escraches a las mujeres que quieren ejercer su derecho a la interrupción del embarazo. El animalista que entra en granjas industriales para “liberar” animales en pro de sus “derechos animales”. El ecologista que arrasa un campo de maíz transgénico para arruinar la investigación biotecnológica. En todos estos casos, el activista por esas causas (que pueden ser nobles en sí mismas) actúa de modo fanático, pues no se conforma con hacer propaganda de sus ideas y procurar convencer a los demás de las mismas, esperando a ganar la mayoría necesaria para cambiar las leyes a su favor, sino que actúa por su cuenta aún a sabiendas de la ilegalidad de lo que hace. Para él, la verdad o la justicia de su causa, y la gravedad de la injusticia que él cree que se está cometiendo, justifican que se salte las leyes e imponga su punto de vista por la vía de los hechos.

Todo sería muy distinto en un contexto dictatorial, por supuesto. Cuando no hay forma de mostrar la disidencia, cuando se castiga el disenso, entonces puede estar justificado (e incluso ser un deber moral) la desobediencia y hasta la violencia contra el poder ilegítimo. Pero en contextos laicos y democráticos, en los que antiabortistas, animalistas y ecologistas pueden hacer uso de sus libertades de opinión, expresión, reunión, manifestación, etc., para lograr mayorías y cambiar las leyes, el uso de esos medios está totalmente injustificado. Es como si John Keating no tuviera derecho a fundar un centro privado de acuerdo a su ideario y todos los centros fueran obligatoriamente como la Welton Academy. Entonces sí sería un héroe, porque no tendría otra opción. Pero teniendo libertades democráticas, la (supuesta) bondad de una causa no justifica el uso de cualquier medio para conseguirla.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.


5 comentarios:

  1. Según el penúltimo párrafo ¿era Rosa parks fanática?

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  2. Me ha gustado este artículo. En Venezuela, algunos medios privados de comunicación, tienen una línea editorial marcadamente opositora al gobierno. A estos medios privados se les exige imparcialidad. Pero, a mí me parece que, si es privado, el dueño tiene todo el derecho de marcar la línea editorial que a él le plazca (por supuesto, dentro de un marco que no raye en la llana desinformación y mentira).
    Algunos simpatizantes del gobierno dicen que, así como algunos medios privados son sesgados en contra del gobierno, ellos tienen el derecho de hacer que los medios estatales sean sesgados a favor del gobierno (y, las televisoras públicas venezolanas son infames por lo brutalmente propagandísticas que resultan). Pero, a mí me parece que, a diferencia de los medios privados, los medios públicos no tienen el derecho de colocar líneas editoriales sesgadas, pues a diferencia de los privados, los públicos se financian con dinero público, y al ser sesgados, no representan acordemente a sus contribuyentes.
    ¿Tú cómo lo ves?

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    1. Uf, la respuesta daría para un artículo entero, pero lo intentaré. Perdona que la respuesta sea tan larga, aunque estoy bastante de acuerdo contigo.

      Sabes que yo parto de ideas republicanas. Según estas, la República necesita de ciudadanos políticamente activos y no meramente pasivos, es decir, que no solo obedezcan las leyes, sino que se impliquen en su elaboración, por lo menos, aunque solo sea mínimamente en las más importantes. Que se informen, que participen en el debate social sobre las mismas, etc. (para el liberalismo no hace falta este activismo político de la ciudadanía más allá de votar cada cuatro años).

      Para eso hace falta información, y que esa información sea veraz. El art. 20.1.d de la CE establece el derecho: “A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión”. Veraz, que no verdadera, es decir, que quien emita esa información la crea verdadera y no esté mintiendo a sabiendas. Se podría añadir que la haya contrastado lo suficiente como para pensar razonablemente que es cierta, aunque no se pueda demostrar su verdad al 100% (en el mismo sentido que decimos que las conclusiones científicas son veraces pero no verdaderas al 100%: nuevos datos o investigaciones podrían demostrar que no eran verdaderas).

      A mi modo de ver, si alguien tiene un derecho, eso significa que otro tiene una obligación. No concibo derechos sin obligaciones: el derecho de uno es la obligación de otro. El derecho del acreedor a cobrar es la obligación del deudor a pagar, mi derecho a la libertad y la propiedad es el derecho de todos los demás a no secuestrarme ni robarme. El derecho a la información veraz es la obligación de los demás a informar verazmente. Si los derechos son reales, deben estar garantizados. En este sentido, el Estado debe garantizar esa veracidad (que no verdad, es importante la diferencia para que no se cuele la censura).

      En este sentido, el Estado debe ofrecer información veraz de esos asuntos públicos de los que se supone que el ciudadano debe estar mínimamente informado. Para garantizar esa veracidad al máximo, debe 1) no mentir, 2) ofrecer la información contrastada, y 2) si hay varios puntos de vista opuestos y sin consenso, ofrecer esa pluralidad para que el ciudadano disponga de toda la información relevante en sus aspectos fundamentales. Como se trata de veracidad y no de verdad, el Estado no puede ofrecer una sola interpretación como “la verdadera” o la única. Tampoco debe ofrecer todas las opiniones en pie de igualdad, sino las que pasen los mínimos filtros de veracidad. Tal vez se entienda mejor en analogía con la salud: el Estado solo debe ofrecer tratamientos médicos: 1) que no sean peligrosos, 2) contrastados y eficaces, y 3) en algunos casos habrá varios y será el paciente el que elija entre ellos asesorado por los médicos, pero el Estado no debe ofrecer tratamientos peligros, ni no contrastados (por ejemplo, los pseudocientíficos) ni obligar a solo uno si hay varios semejantes. En la analogía, el carácter no peligroso y contrastado y eficaz del medicamento sería el equivalente a la veracidad de la información.

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    2. En el caso de los medios privados, entiendo que, en tanto que ofrecen información, la suya también debe ser veraz, para que sea real el derecho del ciudadano de recibir esa información veraz. Ahora bien, dado su carácter privado, y su derecho a la libertad, su obligación de veracidad sería mínima y no máxima como la del Estado, es decir, que debería cumplir con 1) no mentir, y mínimamente con 2) contrastar la información (aunque no necesariamente con el rigor que se exigiría al Estado). No creo que esté en la obligación de cumplir con el requisito 3) que decíamos antes de ofrecer todas las alternativas o evitar los sesgos. Vuelvo al ejemplo de la medicina. Una clínica privada 1) no puede ofrecer remedios terapéuticos que sean peligrosos, pero sí puede ofrecer otros 2) aunque no estén totalmente contrastados (por ejemplo, homeopatía) y no tiene obligación de 3) ofrecer otros tratamientos si no quiere. Eso por exigencia de la libertad: es igual que si escribo un libro, tengo derecho a expresar mi opinión veraz pero no estoy obligado a escribir más que mi propia opinión, no tengo por qué añadir las opiniones de los demás con las que no estoy de acuerdo.
      Se supone que el ciudadano (a través de la Educación pública) ha aprendido que lo que es privado funciona de esa forma, y que no puede exigirle lo mismo que a lo que es público. Si yo acudo a la sanidad pública, puedo y debo exigir todos los requisitos máximos que he dicho, pero no si acudo a la sanidad privada: ahí voy por mi cuenta y riesgo. Lo mismo con los medios de comunicación: el dueño del medio puede ofrecer la información desde su propia perspectiva siempre que cumpla mínimamente con el requisito de veracidad, aunque sin las exigencias máximas que debería cumplir el Estado. En un contexto de libertad, los medios que más se acercaran a las exigencias máximas, en teoría tendrían más clientes, puesto que resultarían más fiables que los que fueran más tendenciosos, pero eso ya quedaría a la lógica del propio mercado.

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    3. Disiento de la afirmación sobre el liberalismo, una ideología que se caracteriza por una profunda desconfianza del poder del Estado o de cualquier concentración de poder. En ningún caso consideraría suficiente votar cada cuatro años, ni siquiera en una democracia que funcione correctamente.

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