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¡Presentes!: apuntes para una metafísica (o economía) de la ausencia


José María Agüera Lorente

Se acuerda el hombre del niño que iba al pueblo a visitar a sus abuelos de tanto en tanto. Llevado por sus padres iba obligado a cumplir con un deber familiar ingrato para él por romper con su confortable rutina festiva. Había algo, no obstante, que atenuaba en cierta medida el enojo que inevitablemente le causaban tales visitas: cuando había pasado un tiempo prudencial con sus abuelos, habiendo recibido los besos prescriptivos -siempre más de los que él consideraba necesarios para expresar cariño- salía de su casa corriendo hacia la plaza de la iglesia. Allí iba a pasar el tiempo que todavía tenía que transcurrir hasta volver a su hogar, jugando con los niños que todos los domingos se juntaban por la tarde.
A un niño cuya vida cotidiana transcurría en la capital le resultaba acogedor aquel espacio donde todo se hallaba bien definido, ordenado, fácil de identificar: la iglesia, el ayuntamiento, el cuartel de la guardica civil, la botica, el cine. Cada cosa en su sitio, y el espacio, como un seno perceptible receptor de presencias. En la gran ciudad, la escena siempre era un entorno abigarrado, todo presencia que ahogaba el espacio. (Esto -ni que decir tiene- no lo pensaba así el niño de entonces. Lo piensa el adulto en el que se ha convertido rememorándolo desde el presente.)
La iglesia, por supuesto, era el edificio protagonista. Frente a su fachada principal, modesta pero barrocamente coqueta, jugaban los niños a la pelota y las niñas a la comba. En cierta ocasión  el niño -del que se acuerda el hombre adulto- descubrió en aquella pared una lápida en la que había una lista de nombres grabada. La precedía una frase que le estremeció al leerla: "muertos por Dios y por la patria"; y tras el nombre que la cerraba aparecía en letras más grandes: "¡presentes!". Así que muertos, pero presentes. Intuyó el niño que ahí había un misterio, uno de esos misterios que los adultos se guardaban para sí, hurtándolo a la voraz curiosidad infantil, de modo que se  pudiera mantener a los menores en un prolongado estado de ignorancia que concedía a los mayores una vital ventaja. A él esa palabra, "presentes", le remitía al momento indefectible de todos los días, cuando su maestro pasaba lista en el colegio. Te nombraban y tú tenías que decir: "¡presente!". Era la palabra del control, el santo y seña exigido por la autoridad para sancionar según lo debido el correcto empleo de tu tiempo. Pero era el tiempo de los vivos, no el de los muertos. Se le antojaba a ese niño del que se acuerda el adulto que  los muertos eran los ausentes, pues ya no estaban...  Quedaban, pues, fuera del control del tiempo.
Cree el adulto que entonces fue cuando empezó a ser consciente de sufrir episodios de ausencia. Lo recuerda mientras mira por enésima vez el reloj en el trabajo, esperando a que se apresuren los minutos de modo que pueda cumplir cuanto antes con su cuota de presencia laboral y así poder fichar en la máquina de control horario. Se pregunta si no se ha ido ya, si no está ya ausente. Mira a su alrededor, a sus compañeros, muchos de los cuales se quedarán incluso después de haber cumplido con su tiempo de presencia obligada, por aquello de que los jefes los vean en sus lugares de trabajo más allá de la hora debida, y aunque -como los nombres de la lápida de la iglesia del pueblo de sus abuelos- se hallen hace tiempo ausentes. 
El hombre recurre de nuevo a sus recuerdos de infancia, y piensa que es como en los juegos; también para los mayores el disimulo es vital. Y así la mera presencia, sin necesidad del auxilio del lenguaje, se erige ella misma en mentira, frente a la ausencia, que puede ser verdad; quiere decir que quien está puede que lo haga en el mundo de la apariencia, y el que no, nos coloque ante la cruda verdad. ¿Quién dijo que la verdad tuviese que tener siempre un contenido? Puede ser que su desvelamiento nos asome al vacío. Ay, cómo nos vamos alejando de esos niños en el recreo, que se re-crean, se crean a sí mismos una y otra vez, plenamente presentes en el reconocimiento de sí mismos. ¿Es por eso que en la infancia parece el tiempo discurrir parsimoniosamente? Diríase que la vida es un camino que se aleja de nosotros mismos hacia la ausencia eterna que es la muerte. El tiempo presente es ya ausencia.
¡Qué maravillosa obra de la naturaleza es el hombre, capaz de vivir desdoblado, presente y ausente a la vez! ¿Cómo era aquel relato que leyó en el bachillerato y que le fascinó? El vizconde demediado; en él, su autor, Italo Calvino, imagina la historia del vizconde de Terralba, quien fue partido en dos por un cañonazo de los turcos y cuyas dos mitades continuaron viviendo por separado. ¿No somos todos como Medardo de Terralba? ¿No somos súbditos, a nuestro pesar, de dos reinos: el de lo que es y el de lo que pudo ser y no fue, siempre ausentes en alguno de los dos? Nuestro hombre sí, sin duda -piensa mientras observa al compañero que tiene más cercano en el despacho haciendo solitarios en el ordenador mientras deja pasar el tiempo, eso sí, presente, pero estando en ausencia. Repara entonces en el báculo de la tecnología para dar mayor asiento sensitivo a nuestra querencia por ausentarnos del mundo, que queda opaco a nuestra presencia merced a la pantalla. Ya no somos seres reales con cuerpos que están en lugares reales. Por obra y gracia de la magia cibernética somos mentes desligadas de sus cuerpos, en ausencia. Rara vez nos dejamos acoger por el mundo, pues solo transitamos, y si estamos, estamos en ausencia.
Donde está nuestra atención, siempre cautiva de la obligación y dispersa entre mil estímulos, cantos de sirena de un mundo virtual pero maravilloso, es donde estamos. Lo real necesita para existir humanamente, para ser mundo, para ser cosa con significado,  la importancia que le otorga nuestra atención. Gran responsabilidad para el humano. Pero a las cosas no les prestamos atención porque sean importantes; son importantes porque les prestamos atención. Estamos allí a donde atendemos. La plenitud se da cuando nuestra atención ama lo que atiende y entonces el estar nos colma de deleite y somos, íntegramente. En ello va la verdad de nuestro estar sin dobleces: el hombre íntegro, no el demediado, es aquel cuya mera presencia es aval suficiente para tener certeza de quien es. Su estar y su ser son uno y lo mismo: plenitud. El mundo es acogedor entonces.
¡Cuánto tiempo estamos donde no deseamos estar y, por consiguiente ausentes (es decir, muertos)! Alienación moderna la del horario, que nos hace estar en ausencia, ya pre-ocupados por donde hemos de estar y no estamos, limbo del ser enajenado que nos conmina a vivir fuera de nosotros, sujetos a la pauta rutinaria que lastra nuestra (re)creatividad, pues nuestra presencia no nos pertenece, ya que es el tiempo en el que estamos, pero somos ausentes. Santa Mediocritas, patrona de los burócratas, tu presencia es tu impostura. La soledad es tu epifanía, que no conjura el estar con los demás, cáscara inerte del ser.
Al fin el hombre certifica su salida en la máquina de control horario y abandona el trabajo. De vuelta a casa en el coche oye la radio: el presidente de Google España es entrevistado. Se muestra orgulloso de que en una empresa tan exitosa como la suya no haya horarios para sus empleados. Éstos se organizan el tiempo como creen conveniente y ello, a juzgar por los resultados, mejora su rendimiento. 
Los principios de la vida buena no bastan; han de ser convalidados por el supremo criterio de la economía.

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