29 de octubre de 2015

Hans Kung: ni frío ni calor (Gabriel Andrade)

  Para muchos liberales y secularistas, Hans Kung es un gran héroe. He aquí al católico progresista, que se enfrenta a los mastodontes de Roma. Opina que el Papa no es infalible. Aprueba moralmente la eutanasia. Ha denunciado el antisemitismo de Pío XII. Contribuye a la tolerancia promoviendo el diálogo entre religiones. Está abierto a la ciencia. Favorece el Estado laico. Cree que la Iglesia debe asumir mayor compromiso con los pobres. Y, como cabría esperar, el Vaticano lo ha acechado: fue suspendida su licencia para enseñar teología católica. Es el mártir de los dinosaurios del Vaticano, y por ello, merece nuestra simpatía.
            Yo no soy tan entusiasta. Me agrada que Kung no sea tan retrógrada como Benedicto XVI. Pero, sigue siendo retrógrada. Con Kung, ocurre algo similar a lo que sucede cuando un cristiano demuestra que Zeus, Isis o Quetzalcóatl no existen. Está muy bien su labor, pero no ha ido lo suficientemente lejos, pues ese cristiano debe caer en cuenta que, probablemente, el dios al cual él adora, tampoco existe. Kung se opone a algunas creencias católicas; pero no cae en cuenta que debe oponerse a muchas más.

            Kung hizo fama al retar el dogma de la infalibilidad papal, promulgado por Pío IX en 1870. Esto le valió la censura y suspensión que pesa sobre él hasta nuestros días. Pero, los argumentos de Kung para oponerse a ese dogma, son tan pobres como los que usó Pío IX para imponerlo. Pío IX básicamente alegaba que ese dogma tenía base en las escrituras y en la tradición (aunque, infamemente, dijo que él mismo era la tradición). Kung trató de rebatir esto diciendo que no: no hay nada en las escrituras que haga presumir que el Papa es infalible, y la tradición católica en torno a ese dogma es muy escueta.
            El error de Kung está en suponer, como hace toda la teología cristiana, que lo que digan, o dejen de decir, unos textos escritos hace dos mil años, es relevante a la hora de decidir si un ser humano es o no infalible en sus enseñanzas. Supongamos que los evangelios y la tradición sí hubieran dicho que el Papa es infalible. ¿Y? ¿Es acaso eso prueba de algo? El problema de Kung, como el de toda la teología, es que sus alegatos terminan por reposar sobre la autoridad. Kung cree X, no porque haya pruebas empíricas que así lo sustenten, sino sencillamente, porque una autoridad así lo dicta. Es, burdamente, la falacia ad verecundiam, aquella que apela a la autoridad.
La única forma de saber si el Papa es o no infalible en lo que enseña, es contrastando sus enseñanzas con lo que dictan los datos. Sabemos que la teoría de Darwin es casi infalible (contiene algunos errores, con todo), porque podemos contrastar sus alegatos con la evidencia fósil, biogeográfica, genética, etc. No podemos saber si lo que los Papas enseñan es falible o no, porque no hay forma de demostrar si María realmente fue sin pecado concebida, o si ascendió al cielo en cuerpo y alma.
            De hecho, Kung no es tan librepensador como se cree. Ciertamente, se opuso a la infalibilidad papal. Pero, defendió aquello que él llamó la “indefectibilidad” de la Iglesia: es decir, que a pesar de algunos errorcillos, la Iglesia siempre mantendrá el Espíritu de la verdad. ¿En qué se basa Kung para hacer semejante alegato? En la pura autoridad. Y, así como Kung es un rebelde en contra del dogma de la infalibilidad papal, es bastante obediente frente a otros dogmas cristianos que, a una mentalidad racional, resultan igualmente absurdos: un Dios bueno y omnipotente que tolera el mal, que encarnó en un fallido predicador apocalíptico del siglo I…
            Asimismo, Kung se muestra muy escéptico frente a las experiencias cercanas a la muerte, y duda de que sean contactos con el más allá. Bien por él. Pero, en un libro muy influyente, afirma la existencia de la vida eterna (aunque, vale agregar, de un modo muy confuso), más allá del tiempo y el espacio (¿qué diablos significa que algo esté más allá del tiempo y el espacio?), sin plantearse la enorme cantidad de dificultades conceptuales que el concepto de la inmortalidad trae consigo (¿cómo nos aseguramos de que se mantiene la identidad personal tras la descomposición del cuerpo?, la principal dificultad).
            También Kung critica a los fundamentalistas creacionistas que critican la teoría de la evolución. Pero, en tanto es teísta, Kung afirma la coexistencia de la evolución con Dios, y más o menos a la manera de Teilhard de Chardin, postula un modelo de evolución teísta, a través del cual, Dios guía los procesos evolutivos para crear a la humanidad. Este modelo es bastante problemático, pues enfrenta una dificultad básica: la evolución teísta atribuye un propósito predeterminado a la selección natural, pero no hay ninguna evidencia de eso; antes bien, la evidencia respalda la tesis de que la evolución no tiene propósito, y si hubiese habido siquiera una mínima variación en la historia natural de la vida, la aparición de la especie humana no estaría garantizada.
            La intención de Kung de acercar a distintas religiones y construir un marco de tolerancia es muy loable. Pero, en ocasiones, Kung llega a extremos relativistas, al punto de sugerir que todas las religiones son igualmente valorables, y que todas tienen un mismo sustrato ético. Eso es falso. La religión cristiana, debo reconocer, tiene una ética más elevada que la religión tradicional azteca o el vudú. Y, el intento por conciliar las religiones muchas veces implica hacerse la vista gorda del principio lógico de no contradicción, pues si las religiones tienen alegatos mutuamente incompatibles (por ejemplo, para los cristianos y musulmanes, Jesús es el Mesías; para los judíos, no lo es), entonces no podemos decir que todas son igualmente valorables.
            En fin, quizás Kung sea el Caballo de Troya del laicismo para penetrar el catolicismo y hacerlo estallar desde dentro. Pero, yo más bien pienso que él se opone a algunos dogmas, pero genuinamente acepta otros. Así, como el cristiano que demuestra que los otros dioses no existen, hace una buena labor, pero es insuficiente. Al final, con Kung, no se siente ni frío ni calor.

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