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Mujer y sexualidad en la Biblia (Andrés Carmona)



Salvador Viniegra: Adán y Eva: El primer beso
12/09/2015

           
La semana pasada hablábamos de los prejuicios machistas en la religión cristiana. En este queremos centrarnos brevemente en uno en concreto, el que subyace en los textos bíblicos referente a la sexualidad y las mujeres. La idea que hay bajo los textos es que el sexo es algo malo y las mujeres una tentación y fuente de pecado, especialmente sexual. No faltan interpretaciones que señalan a que el pecado original habría que entenderlo en sentido sexual: ese pecado habría sido el descubrimiento de la propia sexualidad y su carácter lúdico y no meramente reproductor. En ese sentido, podríamos interpretar (con cierta libertad) que la conversación de Eva con la serpiente no fue exactamente con una serpiente sino con otra cosa también alargada, con un consolador, y que lo que le enseñó Eva a Adán no fue a comer un fruto de un árbol sino a comerle otra cosa. Léase bajo esta perspectiva entonces lo que pasó después:


“Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí” (Génesis 3, 7-13).

            Adán y Eva se esconden de Dios porque están desnudos, precisamente porque desnudos han de estar para hacer lo que acaban de descubrir. Por eso se avergüenzan, no por el hecho en sí de su desnudez, sino porque oyen a Dios que se pasea por allí y está a punto de pillarles en plena acción.

            La obsesión cristiana contra el sexo es increíble. Su horror al sexo lúdico y su concepción de la mujer como tentadora y ocasión de pecado es lo que ha llevado a los cristianismos a postergar a las mujeres y apartarlas de la vida pública para recluirlas en el hogar y evitar así las tentaciones. Es esta misma idea la que conduce a la segregación escolar en los centros docentes religiosos y a separar a niños de niñas para evitar que descubran ese “pecado original”.

            Tal es así, que el horror cristiano al sexo ha hecho que la iglesia católica incluso falsifique los diez mandamientos originales para hacer desaparecer el segundo y duplicar el sexto en el noveno. Ya lo comentamos en otro artículo más profundamente y aquí solo lo recordamos: el 2º mandamiento original prohíbe hacer imágenes (justo lo contrario que hace la iglesia católica constantemente) mientras que el séptimo original prohíbe el adulterio. Pues bien, la iglesia católica elimina el 2º (con lo que el 7º pasa a ser el 6º) y lo transforma en “No cometerás actos impuros”. Al haber eliminado un mandamiento y quedar solo nueve, intercala uno más entre el 9º y 10º originales que repite al 6º pero exacerbado: “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”. Nótese el progresivo desplazamiento semántico desde la prohibición del adulterio hasta el anatema hacia los actos y aún los pensamientos impuros (esto es, de carácter sexual).
           
            Las estúpidas ideas cristianas sobre el sexo y la reproducción, y su machismo consustancial, se muestran claramente en el icono cristiano por antonomasia de la mujer perfecta: María. La madre de Jesús de Nazaret es ejemplo de esa contradicción cristiana entre su repudio de la sexualidad y su obsesión por la maternidad. María es a la vez virgen y madre, expresando así al mismo tiempo los dos objetivos máximos de las mujeres cristianas: ser vírgenes y madres. Lo que el mito de María expresa es que la sexualidad solamente tiene una función procreadora, que es el medio para tener hijos (y tenerlos con dolor, de acuerdo al castigo bíblico) pero no un fin en sí mismo. Por eso la mujer cristiana es madre pero es como si fuera virgen, porque el sexo no lo busca para disfrutarlo, solo para quedar encinta (de ahí la oposición a los métodos anticonceptivos o la interrupción del embarazo).

            Es de destacar que esta idea esquizofrénica del sexo no es propia del cristianismo original. La idea de que María dio a luz siendo virgen se deriva de un mito construido por los evangelistas a partir de una mala traducción de otro texto del profeta Isaías, tomado como profecía sin serlo, en el que se confunde “muchacha” con “virgen”. En Mateo 1, 22-23 el autor cree ver una profecía de Isaías 7, 14 en cuyo texto se habla de una “muchacha” (en hebreo) pero la Septuaginta lo traduce como “virgen”, dando origen al mito sobre el nacimiento virginal de Jesús de Nazaret. También sabemos que María tuvo más hijos además de Jesús, tal y como mencionan los evangelios. Por ejemplo, en Marcos 6, 3 se dice que sus hermanos se llamaban Jacobo, José, Judas y Simón y que además tenía hermanas. Fue Pablo de Tarso quien incorpora esa visión machista de las mujeres y ese repudio de la sexualidad a favor de la castidad, y es a partir de ahí que la tradición cristiana enfatizará la virginidad de María y negará que tuviera más hijos (pues eso implicaría que dejaría de ser virgen y que habría tenido sexo varias veces).

            En María, modelo de mujer cristiana, no solo aparecen sus rasgos de virgen y madre, sino también su carácter secundario, sumiso y subordinado a Jesús, modelo de hombre. Pese a ser su madre, siempre está en un segundo plano respecto de él, y además, el trato de Jesús hacia ella es, a veces, incluso despectivo. En el pasaje de las bodas de Caná, María le pide a Jesús que haga algo porque se ha acabado el vino, y la respuesta de su hijo es: “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora” (Juan 2, 4).

            A lo largo de la historia del cristianismo, ninguna de las confesiones cristianas ha contribuido nunca a la liberación y emancipación de las mujeres, ni a su lucha por la igualdad de derechos. Más bien al contrario, las iglesias cristianas siempre han estado del lado de las posiciones más reaccionarias y conservadoras sobre el papel de las mujeres en la sociedad y la familia. Entre todas las confesiones cristianas, tal vez la católica sea la más machista de todas, donde se reservan todos los cargos de poder de la iglesia a los hombres exclusivamente. Tan solo algunas iglesias anglicanas (y no todas, ni mucho menos) han llegado a admitir la ordenación sacerdotal de mujeres (e incluso de homosexuales), pero se trata de excepciones en el conjunto del anglicanismo y del cristianismo en general. En este aspecto, los cristianismos siguen siendo, y seguramente seguirán siendo, un obstáculo en el camino hacia la igualdad efectiva entre mujeres y hombres.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.


Comentarios

  1. Gracias por la descriptiva información. Saludos.

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  2. María no fue la única esposa de José..No se mira referencia de la influencia cultural de otros pueblos como griegos, egipcios, romanos, y otros en la elaboración de este Mito... Hijo de dios tiene otro sentido en el esoterismo...

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  3. muy bueno me aclara muchas dudas me gustaría si no es molestia algún numero de contacto

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