6 de septiembre de 2015

De lo descriptivo, lo normativo y otros -ivos

José Luis Ferreira

Pongamos que uno quiere hacer una teoría sobre “la multiplicación”. Fácilmente llegará a escribir la tabla de multiplicar que todos conocemos. ¿Qué clase de teoría es? No es una teoría que describa bien lo que hacen los humanos cuando estiman los resultados de una multiplicación sin tener tiempo, paciencia, estudios básicos de matemáticas, tablas de multiplicar o calculadoras.

La teoría será normativa, en el sentido que insta a usar la tabla de multiplicar para resolver problemas que impliquen la multiplicación. Pero también será normativa una teoría de la multiplicación que inste a usar cualquier otra norma (p.e., “usa lo que te dice el corazón” para estimar el resultado de 45x89).

La teoría normativa tendrá éxito si los demás se adscriben a esa teoría. Los demás pueden ser el resto de estudiosos de la multiplicación o el resto de la humanidad, pero dejemos esto de lado, de momento. Los demás se adscribirán a la teoría si ocurre que, al conocerla, la entienden y la aceptan (por fuerza, porque no les queda más remedio, porque, si no, no encuentran trabajo, porque dado que los demás la aceptan es lo mejor que pueden hacer, o por grado).

Por otro lado, si uno quiere hacer una teoría descriptiva de cómo multiplican los humanos, deberá recoger, por ejemplo, que la mayoría de la gente estima que 45x89 es, digamos, un número alrededor de 2.000. Incluso si la teoría es cierta, en cuanto se conozca y se entienda, dejará de serlo, pues a medida que se conozca, la gente entenderá el error y lo corregirá.

Es decir, para que una teoría sea una buena teoría normativa debe ser adscriptiva, y eso significa que será descriptiva de lo que hacen aquellos que la conocen.

Cambiemos ahora de ejemplo. La teoría de los juegos propone que el equilibrio en el juego del dilema del prisionero implica “no cooperar”. ¿Cómo ha de entenderse esto? No, desde luego, como una descripción de lo que hacemos los humanos en cada situación que se pueda modelar como este juego. Tampoco es exactamente una teoría normativa, en el sentido de que se quiera imponer como regla para nadie. Si podría ser normativa, en cambio, en el sentido de que, expuestos a la teoría, aceptamos su lógica y jugamos la estrategia “no cooperar” y aceptamos que esa es la norma que debe aceptar un ser lógico y racional.

La economía, como cualquier otra ciencia social, está constantemente pasando de un terreno a otro, de lo descriptivo a lo normativo y a lo adscriptivo, pasando por lo narrativo, lo exhortativo y muchos otros “-ivos”. Esto dificulta el desarrollo y la comprensión de muchos de sus modelos. Así, modelos propuestos como teorías adscriptivas provocan rechazo porque se entienden como descriptivas. O teorías normativas en un sentido (lo que se propone que hace el ser racional) se rechazan porque se entiende que son normativas en otro sentido (lo que se propone que se deje hacer a un ser racional).



Hubo, tal vez, un tiempo en que los trabajadores tenían “ilusión monetaria”. Es decir, tomaban sus decisiones basándose en el valor nominal de sus salarios, no en el valor real (tras descontar la inflación), o en el que los empresarios no anticipaban sino un efecto expansivo del gasto público (sin contar con el efecto negativo al detraer esos recursos del sector privado). Las recetas que pudieron valer para un momento tal vez no valgan para otro si los agentes implicados han aprendido la lección.

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