15 de julio de 2015

La crianza comunal de los niños, ¿una quimera? Autor: Gabriel Andrade

Los comunistas de antaño defendían la igualdad de condiciones: no debe haber ganadores ni perdedores, todos debemos recibir la misma porción del pastel. Otros, como Marx, tenían más bien la pretensión de que el pastel se repartiese en función de la necesidad, y no del mérito: de cada quien según su capacidad, a cada quien según se necesidad.
            En vista del fracaso soviético, entre otros factores, los izquierdistas más recientes aceptan que la igualdad de condiciones es una quimera. No todos merecemos lo mismo; quien esté más cualificado, debe recibir una porción mayor del pastel. En este sentido, los izquierdistas más modernos son más tolerantes de la desigualdad. Pero, inmediatamente, estos mismos izquierdistas saltan a decir que, para que la desigualdad de condiciones sea justa, debe haber igualdad de oportunidades. No es injusto que en una carrera haya ganadores y perdedores, pero sí es injusto si el ganador tuvo al inicio más ventaja que el perdedor.

            Y así, muchos izquierdistas se proponen corregir las desigualdades de oportunidades. El mecanismo más habitual de hacerlo es alguna forma de “discriminación positiva”: favorecer a aquellos que, desde un inicio, han tenido desventajas, para así emparejar la carrera, y hacerla verdaderamente justa. Así, por ejemplo, un joven negro es descendiente de esclavos y debe enfrentar diariamente el racismo, mientras que un joven blanco es descendiente de esclavistas y no sufre el racismo. El blanco tiene más ventaja. Puesto que las oportunidades que la sociedad ha brindado a ambos no son las mismas, habría que favorecer al joven negro (en trabajos, cupos universitarios, etc.), y sólo así, la competencia será verdaderamente justa.
            El problema, no obstante, es: ¿dónde paramos? La desigualdad de oportunidades empieza desde el mismo momento en que nacemos. Hay padres más cariñosos y más responsables que otros. Ya desde un inicio, unos niños gozan de mejor crianza y tienen más ventajas. ¿El aspirante que tuvo padres irresponsables debe tener ventaja en una oposición, frente al aspirante que tuvo padres responsables, a fin de emparejar la carrera desde el inicio y hacerla verdaderamente justa? ¿Cómo se puede llevar un registro de todas las desigualdades de oportunidades a las que ha estado expuesto un individuo en su vida?
            Precisamente frente a problemas como éstos, hay una larga tradición de comunistas que proponen una solución radical: emparejar a todos los niños desde el momento en que nacen, de forma tal que las desigualdades que surjan cuando sean adultos, deriven de sus propios talentos y méritos, y no de las desigualdades de oportunidades que acumularon en vida. ¿Cómo lograrlo? Sometiéndolos a todos a la misma crianza.
            Bajo esta idea, han surgido los proyectos de crianza comunal, defendidos por autores tan variopintos como Platón, Fourier y Owen. Los niños no serían criados por familias. Puesto que hay familias más competentes que otras, la crianza familiar de niños propicia desigualdad de oportunidades. En cambio, si las familias entregan los niños a la comuna, y todos son criados por igual, las desigualdades de oportunidades desaparecerían.
            Si bien muchos filósofos han fantaseado con la crianza comunal de los niños, ha habido pocos intentos de materializarla. En el siglo XIX, varios movimientos utópicos lo intentaron; seguramente el más prominente fue el de la comunidad de Oneida, en EE.UU. En el siglo XX, los kibbutzim en Israel, fueron también un experimento social institucionalizado basándose en esta idea.
            Invariablemente, estos proyectos han fracasado. La comunidad de Oneida colapsó. La primera generación fue entusiasta de la crianza comunal de los niños, pero la segunda quería un apego especial con los hijos biológicos, y no estaba tan dispuesta a criar a niños sin parentesco biológico, del mismo modo en que criaban a sus propios hijos biológicos.
Los kibbutzim no fracasaron en la misma medida. Pero, ya hacia finales del siglo XX, quedaba muy poco de su organización comunal original. En unos famosos estudios, el psicólogo Bruno Bettleheim documentó que los niños criados en kibbutzim tenían un alto sentido de la justicia y de la cooperación (presumiblemente, al estar sujetos a menos desigualdades de oportunidades desde un inicio, valoraban altamente el sentido de justicia), pero al mismo tiempo, observó que cuando estos niños se volvían adultos, eran personas muy conformistas, y con un pobrísimo espíritu de emprendimiento e individualidad. En todo caso, de forma parecida a lo que ocurría en la comunidad de Oneida, los miembros de los kibbutzim buscaban la manera de preservar los lazos biológicos de exclusividad familiar, y a la larga, los propios promotores de la crianza comunal se dieron cuenta de que hay un impulso a atomizarnos en familias nucleares, y que es muy difícil ir en contra ello.
El filósofo Larry Arnhart ha argumentado muy persuasivamente a favor de un “derecho natural darwiniano”, con inclinaciones conservadoras. Arnhart propone que debemos conocer bien nuestra naturaleza (utilizando la teoría de la evolución), pues si bien el collar que nos ata es muy largo, al final, sí somos prisioneros de nuestros genes. Instrumentar programas de ingeniería social que van muy en contra de nuestra naturaleza, eventualmente conducirá al fracaso. El lazo biológico entre padres e hijos es muy fuerte como para pretender romperlo y establecer la crianza comunal. Tarde o temprano, obedeceremos el mandato de nuestros genes, y querremos dedicar especial atención a nuestros hijos biológicos, por encima de los otros niños de la comunidad.

La implicación de todo esto, me parece, es la reafirmación de un viejo principio conservador: debemos reconocer nuestras limitantes. Debemos admitir que vivimos en un mundo injusto, pero que, en muchos casos, no hay gran cosa que podamos hacer. Los esfuerzos utópicos por hacer desaparecer las desigualdades de oportunidades, pueden resultar más catastróficos. Ciertamente, hay niños que, desde el momento del nacimiento, tienen más ventajas que otros. Pero, pretender corregir esas injusticias puede ser una receta para el desastre. La naturaleza es injusta, pero lamentablemente, todos somos hijos de ella. Quizás, en un futuro encontremos biotecnologías que nos permitan transformar radicalmente nuestra constitución genética. Quizás, la ingeniería podría diseñar un gen que haga que no nos importe que nuestros hijos sean criados en comunas. Pero, en el entretiempo, insisto, hemos de reconocer nuestras limitaciones.

1 comentario:

  1. El otro día las desigualdades genéticas, hoy las desigualdades de oportunidades, supongo que el siguiente será la conclusión que, siguiendo esta progresión, debería ser crianza automatizada (para ser una verdadera igualdad de oportunidades) de clones de un único ser humano (para ser genéticamente iguales). Como utopía no suena bien. En la novela La guerra interminable de Joe Haldeman se trata tangencialmente este tema. En ella dejan una reserva de irreductibles heterosexuales por sí no saben tanto de genética como creen. No es una utopía muy atrayente.

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