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El conservadurismo de Michael Sandel. Autor: Gabriel Andrade



            El proyecto de mejorar a la especie humana a través de la biotecnología cuenta con varios detractores. Previsiblemente, a las religiones tradicionales no les agrada la idea. Pero, de forma más sorprendente, a sectores supuestamente progresistas tampoco les hace gracia la idea de que se pueda perfeccionar la especie humana a través de la ingeniería genética u otros procedimientos. Estos sectores supuestamente progresistas rehúsan el conservadurismo en sus facetas tradicionales (en temas como la homosexualidad, el aborto, la desigualdad económica, etc.), pero son muy conservadores cuando se trata de conformarse con el estado natural de la especie humana.

            Uno de los progresistas que más se opone a las tecnologías de perfeccionamiento humano es el filósofo Michael Sandel, cuyo libro, Contra la perfección, ha venido a ser predilecto entre los opositores a los intentos de perfección humana. Mi principal preocupación frente a los proyectos de perfeccionamiento humano está en los riesgos: no conocemos suficientemente bien el funcionamiento del cuerpo humano, y deberíamos tomar cautela antes de aventurarnos a usar esta o aquella tecnología para potenciar las capacidades humanas, pues podrían tener graves efectos secundarios. Pero, si se llegase a demostrar que estas tecnologías son seguras, yo no tendría mayor objeción en su uso.
            Sandel, en cambio, opina que el argumento de los riesgos es el menos relevante, y que hay otros argumentos más contundentes. Él no se opone al uso de las tecnologías para corregir defectos y enfermedades. Pero sí se opone al uso de la biotecnología para perfeccionar cuerpos que, de por sí, no son afligidos por ninguna enfermedad. Su principal argumento reposa sobre la noción de “regalo”. Sandel postula que debemos entender la vida humana como un “regalo” que se nos es concedido, y que intentar manipularlo para perfeccionarlo es una forma de arrogancia e irrespeto.
            Este argumento parece típicamente religioso. En efecto, el Señor da y el Señor quita, y nosotros no tenemos derecho a cambiar esto. Pero, para aquellos de nosotros que más bien creemos, junto a Arthur Clarke, que quizás la misión del hombre en la Tierra no sea adorar a Dios, sino más bien crearlo, este argumento resulta pobrísimo. Nadie nos da nada; sencillamente, por meras razones de contingencia en la historia evolutiva de nuestra especie, tenemos el cuerpo que tenemos. Y, no solamente no hay nadie a quien agradecer, sino que además, si bien hay mucho por lo cual agradecer, podría haber más. Yo doy gracias por poder correr, pero daría aún más gracias si pudiera correr 100 metros en 5 segundos. No veo nada objetable en esta ambición.
            Sandel, tradicionalmente progresista en muchos ámbitos, en este asunto extrañamente aparece como un típico conservador. Él está conforme con la tremenda desigualdad en talentos naturales que hay en el mundo, los cuales, eventualmente, se convierten en desigualdades sociales. Al mundo ha venido gente con CI de 125, y gente con CI de 75 (asumamos, por el momento, que el CI tiene una firme base genética, aunque esto ha sido bastante cuestionado). Esta diferencia de CI, entre otras cosas, ha hecho que aparezcan distintas clases sociales: los dominantes con más inteligencia, los dominados con menos inteligencia. El uso de tecnologías para el perfeccionamiento humano (por ejemplo, fármacos potenciadores cognitivos) podría emparejar un poco las desigualdades, al permitir a la persona con CI de 75 aumentar significativamente su inteligencia, y tener más oportunidad de ascenso social.

            Pero, Sandel prefiere dejar las cosas en su santo lugar. En otros libros, Sandel ha demostrado preocupación por la desigualdad social. Pero, en sus escritos sobre la biotecnología, le importa un bledo la desigualdad natural. A los progresistas les choca cuando algún insensible dice que el pobre merece ser pobre, y no hay nada que se pueda hacer al respecto; pero les parece maravilloso cuando otro insensible dice que un CI de 75 es un “regalo”, y que debería agradecer lo que tiene sin rechistar. Cuando el ejecutivo le dice al obrero, “acepta tu pago y no te quejes”, progresistas como Sandel ponen el grito en el cielo; pero cuando el filósofo o el cura, en nombre de Dios, le dice al atleta, “acepta tus talentos limitados, y no te quejes”, a los progresistas como Sandel les parece genial.
            El bioconservadurismo de gente como Sandel es, me temo, una nueva forma de opio para el pueblo. El conformismo frente a las desigualdades naturales podría ser, en cierto sentido, una antesala al conformismo frente a las desigualdades sociales. Quien tolere que Bill Gates es naturalmente más inteligente que Fulanito de Tal, y no hay nada que hacer al respecto, eventualmente también tendrá que tolerar que Bill Gates es más rico y poderoso que Fulanito de Tal, y debemos callar frente a esto.  

Comentarios

  1. Yo soy partidario de la eugenesia. No solo como algo para mejorar defectos congénitos, sino para mejorar nuestras habilidades, si tal cosa es posible. Sería matavilloso, por ejemplo, tener una mejor visión nocturna. Nos ahorraríamos bastante luz. No veo lo negativo en ello

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    1. Yo también soy simpatizante de la eugenesia, pero no coercitiva; es decir, la eugenesia liberal.

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    2. Yo también soy simpatizante de la eugenesia, pero no coercitiva; es decir, la eugenesia liberal.

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  2. ¿Estamos hablando de mejorar capacidades o de igualar las capacidades? Nada impide al que tiene un CI de 125 tomarse el mismo potenciador cognitivo que se toma el que tiene 75. La desigualdad seguiría existiendo sólo que tendríamos los conserjes más inteligentes de la historia. Igualmente el autor podría correr los 100 metros en 5 segundos, cosa útil si fuera a perder el autobús pero su marca quedaría lejos de los 2,38 segundos de Usain Bolt. El artículo creo que confunde mejorar con igualar.

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  3. En realidad, no sólo Bill Gates podría tomar la misma sustancia potenciadora de la inteligencia sino que posiblemente su mayor cantidad de inteligencia de partida y mayor riqueza le darán la oportunidad de acceder a una sustancia mejor lo que aumentará aún más la desigualdad. También creo que la visión cambia si se piensa en otras mejoras, ya posibles, y que pueden conducir a reducir la desigualdad (estas sí) y al éxito social como puede ser un aumento de pecho, reducción de nariz, aumento de pene, etc.

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  4. Dos cosas:

    1. Yo no situaría a Sandel en el campo del progresismo, o por lo menos no del todo. Que tenga ciertas preocupaciones sociales y sea partidario de limitar los mercados y todo eso no creo que baste. Si fuera así, la doctrina social de la Iglesia la situaría también en el lado progresista. Sin embargo, el comunitarismo de Sandel y sus ideas acerca (o más bien en contra) del matrimonio homosexual, el aborto, la inmigración, el laicismo, etc., (en su libro “Justicia. ¿Hacemos lo que debemos?”) le alejan bastante del ideario progresista. Y su oposición a la mejora también. De hecho, progresista viene de “progreso” y progresar no es otra cosa que ir a mejor, mejorar. Si acaso, Sandel es anti-liberal, pero no todos los anti-liberales son progresistas: Carl Schmitt también era antiliberal y para nada progresista.

    2. Siguiendo con la idea de que el “progreso” es ir a mejor, la izquierda ha sido normalmente progresista porque ha creído en que el ser humano era capaz de mejorarse a sí mismo y mejorar su entorno, que no estaba condenado a comer el pan con el sudor de su frente ni a parir con dolor (las maldiciones bíblicas por el pecado original) sino que las máquinas podrían evitar ese sudor y la medicina ese dolor, gracias a la ciencia y la tecnología. En definitiva, la izquierda progresista rechazaba el mito del pecado original e insistía en que ese pecado era una virtud: en comer del árbol de la ciencia para ser como Dios. Y en el siglo XXI el progreso va de la mano de la mejora. Pero es que, de hecho, el ser humano no ha hecho más que mejorarse en toda su historia. Desde que el primer ser humano se colocó una pata de palo hasta las gafas que millones de personas usan (o las operaciones con láser en vez de las gafas) todo eso son mejoras que tratan de mejorar artificialmente a la naturaleza. Y es que, en el fondo, el mito del pecado original sigue presente en la otra izquierda, la new-age, neoludita y primitivista que sigue creyendo en la falacia de natural=bueno, artificial=malo, y que en vez de “Dios” habla de “naturaleza” pero el mito es el mismo.

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    1. Lamentalemente, esa izquierda progresista es hoy minoría. La izquierda mayoritaria es, como tú bien señalas, la primitivista y neoludita. Me parece muy loable que tú protestes y digas que la izquierda ha abrazado el progreso. Pero, creo que es una batalla que estás perdiendo, pues insisto, la izquierda mayoritaria, al menos en tiempos post-soviéticos, es cada vez más la anti-moderna.
      Por otra parte, yo no estoy tan seguro de que, si hacemos un arqueo histórico de la izquierda, siempre se abrazó el progreso tecnológico. En ocasiones, se decía que el progreso tecnológico va en detrimento del progreso social. El propio Marx, por ejemplo, tenía preocupación de que la tecnología llevaba al colapso económico, al generar desempleo masivo y hacer colapsar el valor de las mercancías, en tanto éste dependía del trabajo.

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