Ir al contenido principal

De cuotas electorales



por David Osorio (@Daosorios)

Últimamente ha hecho carrera la 'paridad' electoral: ajustar la legislación para que un grupo históricamente discriminado, por lo general las mujeres, reciba 'mayor representación' en elecciones, independientemente del número de votos que consigan —o asegurándose de que reciban más votos, por ejemplo, con listas cremallera—.

Hace poco, mi amigo Gabriel Andrade (quien también escribe para Filosofía en la Red) se refirió a estas cuotas electorales mientras comentaba medidas de este tipo que fueron tomadas en su país:

En una plena democracia, rige el principio de universalidad: cada persona vale un voto. Si, bajo ese sistema, la mayoría decide elegir abrumadoramente hombres en la asamblea, lo democrático es respetar esa decisión popular. Un sistema de cuotas pretende colocar freno a la decisión de las mayorías.

Muchas veces, las mayorías se equivocan eligiendo a populistas que manipulan al pueblo. Antaño, muchos países pretendían remediar esto colocando freno al electorado. Así, por ejemplo, se exigía que, tanto para elegir como para ser electo, se cumplieran requisitos como saber leer y escribir, o tener propiedades. Con estas medidas se pretendía que llegaran al poder gente con un mínimo criterio político. En otras palabras, había cuotas electorales para las personas técnicamente preparadas, pues se corría el riesgo de que, en un voto verdaderamente popular, no llegasen, debido a que el populacho no simpatizaría con ellos.

Este sistema de requisitos electorales ha sido justamente criticado como anti-democrático. Pero, hemos de caer en cuenta de que las cuotas electorales, sean basadas en el género o en grupos étnicos, obedecen básicamente al mismo principio. Es una forma de privilegio que atenta en contra de la universalidad del voto. El pueblo elige a una persona, pero otra, en virtud de sus genitales o color de piel, resulta ganadora, aun con la minoría de votos.

Este es un producto posmoderno de la ridícula noción de las políticas de identidad: se cree que si alguien tiene tu mismo color de piel, tu misma cultura o genitales similares decidirá a favor tuyo y estarás mejor representado.

Y es completamente ridículo por dos motivos — primero, los políticos deben gobernar y legislar para todos, así que la noción de resultar particularmente favorecidos por una identidad compartida resulta completamente antidemocrática.

Segundo, las políticas de identidad no funcionan. Hay abrumadora evidencia de que los políticos sólo gobiernan para su propio beneficio; ¿qué ganan las mujeres con más políticas si todas se oponen al aborto y los métodos anticonceptivos?

Él único caso en el que las políticas de identidad funcionan es el mejor ejemplo de por qué tienen que desaparecer: cuando se privilegia la religión del político de turno, violando el principio democrático del laicismo.

¿Cómo se supone que alcancemos la igualdad y la equidad si la política pública sigue reforzando las diferencias?

Darle un estatus legal privilegiado a un grupo de ciudadanos por tener, por ejemplo, determinados rasgos biológicos sigue siendo discriminación. (Y no hay tal cosa como 'racismo positivo' o 'sexismo positivo'siempre son negativos, lacras que devalúan una democracia.) Y, por supuesto, como con todas las creencias irracionales, estos privilegios cuestan vidas y terminan en paroxismos electorales y jurídicos que hacen que las dicusiones bizantinas sobre si los ángeles podían bailar sobre la cabeza de un alfiler parezcan racionales.

Pero ya puestos, los ateos hemos sido la minoría más perseguida y discriminada de la historia: entonces, ¿para cuándo nuestras cuotas?

(original en De Avanzada | imagen: Pixabay)

Comentarios

  1. El debate es complicado y hace tiempo quiero escribir sobre él, pero adelanto algunas ideas. Para mí lo principal es no confundir el “derecho a la diferencia” con la “diferencia de derechos”.
    Las políticas de “acción afirmativa” o “discriminación positiva” que establecen medidas como cuotas electorales o para ingresos en la Universidad, etc., pueden o no estar justificadas según contextos y circunstancias. Por ejemplo, en un contexto altamente racista o machista, donde haya prejuicios fuertemente asentados incluso entre las minorías raciales y las mujeres, ciertos privilegios y discriminaciones pueden percibirse y reproducirse de forma aparentemente “natural”: los blancos (o los hombres) no aceptarán de buena gana a negros (o mujeres) en ciertos puestos y los propios negros (o las mujeres) pueden creer que hay cosas que son “de blancos” (o de hombres). Eso puede conducir a que en política, ciertos empleos o estudios universitarios haya una desproporción inmensa entre blancos y negros (o entre hombres y mujeres). En ese caso, puede ser muy conveniente una política de cuotas como forma de vencer el prejuicio y el sesgo: al obligar a la cuota se rompe la tendencia del prejuicio o sesgo y se da una oportunidad con garantías a la minoría de mostrar lo que vale a ella misma y a la mayoría. En teoría, con el tiempo, la cuota dejará de tener sentido por una de dos: 1. o bien porque se equilibrarán las proporciones de blancos y negros o entre sexos, 2. o bien porque no ocurrirá a pesar de la cuota. En el primer caso habremos comprobado que se trataba efectivamente de un sesgo o prejuicio injustificado y que se ha vencido; en el segundo caso no era un prejuicio sino que simplemente la gente de ciertas características prefiere unas cosas a otras de forma mayoritaria y totalmente libre. El primer caso podría ser EEUU, donde medidas de cuotas han permitido la integración de la población afroamericana en puestos tradicionalmente de blancos: política, ejército, policía, universidad… El segundo caso podrían ser las preferencias de hombres y mujeres acerca de ciertos estudios y empleos, donde en algunas sociedades altamente desarrolladas e igualitarias entre hombres y mujeres, ellos prefieren mayoritariamente unos estudios y ellas otros distintos: http://www.terceracultura.net/tc/?p=6131

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hay varios problemas.
      1. ¿Cómo saber si realmente hay estereotipos y racismos? En EE.UU., los negros dicen que es necesaria la acción afirmativa, porque supuestamente persiste el racismo. Pero, ¿qué evidencia hay de ese racismo? Más allá de lo anecdótico, la única evidencia que se señala es la desproporción en cargos. Pero, el hecho de que haya desproporción NO es necesariamente evidencia de racismo. Hay una desproporción de futbolistas chinos en el fútbol. ¿Es eso evidencia de que la FIFA discrimina contra los chinos? Hay una desproporción de judíos premios Nóbel. ¿Significa eso que el comité Nóbel está al servicio del sionismo internacional (como, de hecho, sí creen algunos antisemitas)? A no ser que sea muy evidente que haya prejuicios, esto es muy arbitrario. Si en Arabia Saudita ocurre una revolución laica hoy, yo estaría de acuerdo en un sistema de cuotas para las mujeres. Pero, el mero hecho de que en un país como España o Colombia, las mujeres sigan sin ser representadas acordemente en la política, NO es necesariamente evidencia de misoginia.
      2. Yo no diría que en el caso de EE.UU. la acción afirmativa ha mejorado las posiciones de los negros. En muchos ámbitos, ha sido incluso peor. En los años 40, apenas el 25% de los presos norteamericanos eran negros; hoy, son el 80%. Gente como Thomas Sowell (un economista negro norteamericano) opina más bien que la acción afirmativa, despoja de incentivos al logro (no necesito esforzarme tanto, pues sé que, en tanto negro, ganaré la plaza gracias a la acción afirmativa), y esto ha propiciado un grave problema en la cultura negra norteamericana.

      Eliminar
  2. Pero en todo caso lo importante es darse cuenta de que se trata de políticas destinadas a lograr el DERECHO A LA DIFERENCIA, esto es, el derecho a ser diferente (por color de piel, sexo, orientación sexual…) y no ser discriminado por eso sino a ser tratado como los demás. Que es muy distinto de la DIFERENCIA DE DERECHOS, es decir, recibir un trato distinto por ser diferente en algún aspecto irrelevante (color de piel, etc.). Dicho de otra forma, el derecho a la diferencia es el derecho a que esa diferencia sea IRRELEVANTE a efectos políticos, de acceso a cargos o puestos o empleos, etc., a ser tratado como un INDIVIDUO y no como un miembro de un grupo determinado por el sexo, color de piel, etc.
    El problema es cuando en una sociedad la mayoría entiende como modelo de INDIVIDUO a un ejemplar de la mayoría (por ejemplo, si la mayoría con una estatura promedio toma como modelo de individuo a la gente de esa estatura) porque entonces se discrimina indirectamente a la gente de menor estatura, lo que da lugar a barreras arquitectónicas (por ejemplo, a colocar ciertas cosas demasiado elevadas para ellos en lugares públicos: mostradores, inodoros, botones en los ascensores, etc.). Para evitar esos prejuicios (muchas veces inconscientes) de la mayoría, es bueno que haya miembros de las minorías en ciertos órganos de decisión para llamar la atención sobre esos aspectos que, de otra forma, podrían pasar desapercibidos a la mayoría (quien no padece una discapacidad o quien es del color de piel de la mayoría puede ser insensible sin darse cuenta a los problemas y discriminaciones que sufre la minoría discapacitada o de otro color de piel). En ese sentido también pueden ser adecuadas las cuotas de minorías. Pero insisto, siempre que estén justificadas en ese sentido del derecho a la diferencia y no la diferencia de derechos que busca lo que he llamado el “histrionismo identitario”: http://www.filosofiaenlared.com/2015/02/histrionismo-identitario-andres-carmona.html

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tu argumento me parece bien, pero me temo que es demasiado fácil reducirlo al absurdo. No hay pakistaníes en el fútbol de nivel. ¿Sería bueno que la FIFA imponga que se asegure una plaza a un pakistaní en el Real Madrid, de forma tal que un muchacho en una aldea pakistaní se sienta más motivado a ser un gran futbolista?

      Eliminar
  3. Es difícil saber cuándo hay racismo u otra forma de discriminación, efectivamente. En uno de los enlaces que ponía (http://www.terceracultura.net/tc/?p=6131) se plantea eso: la desproporción de hombres y mujeres en ciertos empleos no tiene por qué significar necesariamente discriminación, puede ser simplemente que a unos y otros les gustan más unos trabajos que otros. La desproporción PUEDE SER un indicador, pero no el ÚNICO indicador: habrá que considerarlo en el contexto de otros indicadores, no basta la mera desproporción, como tú indicas en el caso de los chinos y la FIFA. Lo que habrá que buscar en cada caso son formas objetivas de acceso que garanticen la neutralización de posibles sesgos o prejuicios. Leí en un sitio (ya no lo recuerdo) que una orquesta solo seleccionaba a hombres como músicos y que casi nunca seleccionaba a mujeres, y que los tribunales juraban no tener prejuicios sino que simplemente los hombres hacían las pruebas mejor que las mujeres. Hasta que se instituyó como forma de hacer las pruebas que los aspirantes tocaran los instrumentos detrás de un telón para que los tribunales solo pudieran oír la música pero no saber el sexo de quien tocaba (una especie de experimento ciego). A partir de entonces la proporción hombres-mujeres se igualó mucho más en la orquesta. En ese caso, la desproporción sirvió como indicador de posible discriminación, y hacer las pruebas con un telón confirmó que había esa discriminación. Podría haber ocurrido que, a pesar del telón, siguiera persistiendo la desproporción: en ese caso no habría habido discriminación pese a la desproporción. También tengo entendido que en algunos sitios se utilizan “currículos ciegos”, es decir, sin fotografía ni nombre para que quien selecciona desde recursos humanos no tenga prejuicios sobre el sexo u origen étnico del candidato a partir de su aspecto físico o su nombre y se fije solamente en su cualificación profesional y experiencia acreditadas en el currículo. En conclusión: no se trata de buscar el RESULTADO de la igual proporción sino la igualdad de OPORTUNIDADES reales independientemente del resultado final que salga.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muy sensata tu respuesta (la izquierda a la cual yo estoy acostumbrado en América, sí es más dada a buscar igualdad de resultados).
      Respecto a las pruebas en ciego, esto efectivamente se ha hecho con distintos grupos étnicos en EE.UU. y otros países. Un empleador recibe un CV de una persona blanca, y otro CV de una persona negra, ambos con exactamente las mismas credenciales, y el blanco siempre es favorecido en mayor proporción. Eliminar la foto no siempre es suficiente, porque el nombre puede ser indicativo de origen étnico (dudo de que un empleador no sepa quién es castizo, si Felipe Álvarez o Muhammad al-Matar).
      Ahora bien, esto plantea una pregunta: ¿debe juzgarse a una persona enteramente en términos individuales, o su adscripción al grupo debe contar también como criterio? A simple vista, la tradición liberal diría que sólo se debe juzgar individualmente. Pero, yo creo que en asuntos como asignación laboral, racionalmente sí podría considerarse la adscripción grupal como criterio. No pensemos en el caso de las mujeres músicos, sino más bien, en un oficinista de Madrid. Supongamos que el empleador recibe el CV de Dionisio Simón y de Dionisie Simonescu, ambos con las mismas credenciales. El empleador prefiere a Dionisio Simón, porque razona que quizás Simonescu sea rumano, y teme que ese candidato tenga algún vínculo con las bandas criminales rumanas que operan en Madrid. Estadísticamente, Dionisie Simonesce tiene más probabilidad de tener vínculos criminales que Dionisio Simón. ¿Es eso moral y políticamente aceptable? Yo diría que, al menos, está abierto a discusión. Esto es el llamado "perfil racial", que muchas veces es condenado, pero yo creo que debemos ver esto con más racionalidad. Las compañías aseguradoras de coches hacen perfiles etarios (cobran más caro a los jóvenes, porque estadísticamente, tienen más probabilidad de incurrir en accidentes). ¿Por qué un empleador no puede hacer un perfil étnico?

      Eliminar
  4. Y en ese sentido habría que ver caso por caso si medidas de afirmación positiva pueden favorecer esa igualdad de oportunidades o perjudicarlas, lo que seguramente sea una cuestión más empírica que de principio y pueda ser útil en unos casos pero no en otros. Pero insisto, no se trataría tanto de utilizarlo como una forma de corregir los resultados sino de garantizar la igualdad de oportunidades inicial.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Simpatizo con tu respuesta, pero pronto, encuentro los problemas que ma han mortificado toda mi vida. Yo tuve padres amorosos. Mi vecino no. Ya desde nuestra infancia, yo tuve más oportunidades que él. Cuando llegue el momento de que ambos vayamos a la misma oposición, ¿debe él tener ventaja? ¿Dónde colocamos el límite respecto a la desigualdad de oportunidades, si ya desde el momento en que nacimos, las oportunidades son brutalmente dispares? Como punto aparte, estas injusticias cósmicas (que no necesariamente sociales) han sido un factor importante para que yo abandone la religión. Si Dios existe, ¿por qué me dio ventaja a mí con buenos padres, pero no a mi vecino?

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

El mito de la filosofía oriental (Andrés Carmona)

28/05/2016.
Roberto Augusto ha publicado recientemente un texto provocador criticando la historia de la filosofía estándar por considerarla eurocéntrica en tanto que meramente occidental y que ignora la filosofía oriental. Daniel Galarza ha respondido a su artículo, recibiendo otra respuesta del propio Roberto Augusto.

«La pobreza es un estado mental»: desigualdad y el mito de la meritocracia

«La injusticia siempre exige justificaciones y argucias; las causas justas mucho menos». (Robert Trivers: La insensatez de los necios)
 Por José María Agüera Lorente Oigo la escueta noticia a través de la radio: Ben Carson, el secretario de vivienda estadounidense, afirma que la pobreza es «un estado mental». Busco en internet qué hay tras lo que aparece en forma de titular en varios medios digitales. Así me entero de que el señor Carson, neurocirujano de oficio, fue el primer afroamericano en ser nombrado jefe de neurocirugía pediátrica en el Centro Infantil Johns Hopkins de Baltimore. Negro, es decir, hombre perteneciente a una minoría que, atendiendo a los datos estadísticos de toda índole, es el grupo de la ciudadanía que más sufre la pobreza en un país de por sí con un importante índice de desigualdad; para ponerlo en cifras, el índice de Gini, que cuantifica la desigualdad en los Estados, se situó en la república norteamericana en 0,48 puntos según informe de 2015, siendo en Es…

El pensamiento débil, el pensamiento oscuro, el pensamiento desordenado y el pensamiento crítico

Por Matías Suarez Holze

La finalidad del presente texto pretenderá ser la de analizar cuatro diferentes formas de pensar. Primero, pasaré a realizar un esbozo de las principales características de estas para contrastarlas entre sí, luego las llevaré a un análisis un poco más extenso.

1) El pensamiento débil se caracteriza por el desinterés y/o el repudio al rigor, la argumentación racional, los criterios estrictos de verdad, la evidencia empírica y la falta de búsqueda de la coherencia tanto interna como externa. Tiene la costumbre de dar afirmaciones a priori, sofística y dogmáticamente sin ningún tipo de respaldo. En el mejor de los casos subestima la racionalidad; en el peor la desprecia de forma explícita. La consecuencia de este tipo de pensamiento es el relativismo gnoseológico, o al menos, algo similar. Este modo de pensar es característico de algunos romanticismos y posmodernismos filosóficos.
2) El pensamiento oscuro se caracteriza por ser ininteligible. A diferencia del prime…