18 de junio de 2015

¿Somos prisioneros de nuestro color de piel? Autor: Gabriel Andrade

    Mis prolongadas visitas a EE.UU. a lo largo de varios años me ha hecho formar una opinión firme: ese país es muchísimo menos racista de lo que habitualmente se supone. Recientemente ha habido algunos incidentes de tensiones raciales con policías, pero francamente, son incidentes aislados, y no es del todo claro que esos episodios de violencia tengan una inspiración racial (aunque, no por ello deja de ser cuestionable el proceder de los policías). Tristemente, los medios de comunicación, con su acostumbrado morbo y amarillismo, están aparentemente deseosos de exagerar esos incidentes aislados, y naturalmente, eso alimenta el estereotipo de EE.UU. como país racista.


            Insisto, la realidad es muy distinta. En el grueso de la población blanca norteamericana hay un intenso deseo de expiar las culpas del pasado. Y, eso ha hecho que haya una tremenda sensibilidad (de hecho, muchas veces es una híper-sensibilidad) entre los norteamericanos respecto al racismo. De hecho, he sostenido varias veces la opinión de que la adscripción racial de Obama fue para él una ventaja, y no una desventaja: aprovechó su condición, para promocionarse como el primer presidente negro, y así, convencer al electorado de que, si votaban por él, el pueblo norteamericano se quitaría de los hombros la odiosa culpa histórica de varios siglos.
            Así pues, ser negro en EE.UU. no es la tragedia que muchas veces se quiere hacer creer. De hecho, el ser negro ha venido a ser bastante glamuroso. Para triunfar en el espectáculo norteamericano, desde Elvis Presley hasta Éminem, es imprescindible adoptar elementos propios de la cultura negra. Por supuesto, estadísticamente, los negros siguen ocupando las posiciones sociales más bajas. Pero, hay un tremendo appeal (sobre todo estético, pero también en otras áreas) en ser negro.
            De esa manera, a diferencia de otros comentaristas, no he quedado impactado ante la noticia de que Rachel Dolezal, una mujer que aparentemente nació como blanca, asumiera una identidad negra y se convirtiera en líder defensora de los derechos de los negros. Casos como el de ella no me sorprenden, pues en efecto, hay muchos blancos que sienten una gran atracción por la identidad negra.
            Una primera lección que deberíamos aprender de este singular caso, es que los programas de acción afirmativa basados en preferencias raciales, son mucho más problemáticos de lo que se supone. Es fácil vencer al sistema y aprovecharse de ello. Los programas de acción afirmativa buscan principalmente corregir las injusticias del pasado, pero es relativamente fácil manipular las circunstancias para aprovechar los beneficios. Ya hay algunos precedentes: por ejemplo, hace tres décadas, en Boston, los hermanos Malone trataron de ingresar como bomberos, pero reprobaron las pruebas. Luego, cambiaron su adscripción étnica y se declararon negros (alegaron que tenían un bisabuelo negro), y ¡voilá!, fueron admitidos como bomberos, pues las pruebas a los negros eran más laxas, en función de los programas de acción afirmativa. 
          Cuando en India, por ejemplo, se empezaron a privilegiar a los intocables en estos programas, el número de personas que alegaban ser intocable abruptamente aumentó, una obvia consecuencia del deseo de cobrar los beneficios (evidentemente, mucha gente que alegaba ser intocable, en realidad no lo era). Un hijo de africanos en EE.UU. puede ser beneficiado por la acción afirmativa en virtud de su color de piel, pero hay alguna probabilidad de que ese negro sea descendiente de esclavistas que en África comerciaba con negreros europeos. ¿Realmente se estaría haciendo justicia? No lo creo. La dificultad en determinar quién es descendiente del oprimido, y quién es descendiente del opresor, debería hacernos considerar que la acción afirmativa no es la panacea que muchas veces se asume.
            Hay otros aspectos preocupantes a considerar en el caso de Rachel Dolezal. Mucha gente se ha molestado con esta mujer por ser una “impostora” (pero, a decir verdad, molesta más a los negros norteamericanos que a los blancos). Yo pregunto: ¿dónde está la impostura? ¿Cuál es la falta que ha cometido? Si esta mujer se identifica con la cultura negra y se compenetra con ella, ¿quiénes somos nosotros para impedírselo?
            La gente que acusa a Rachel de ser impostora básicamente está asumiendo que somos prisioneros de nuestro color de piel. Según esta idea, quien tenga la piel oscura debe llevar cierto tipo de cabello y le debe gustar cierto tipo de música, y lo mismo aplica a quien tenga la piel clara.
Esto, en sociología, se llama “esencialismo racial”. Y, fue un cimiento del racismo por muchas décadas. En el tardío siglo XIX, por ejemplo (la época cuando más prosperaron las teorías raciales pseudocientíficas), se asumía que los negros no eran asimilables a la civilización occidental. Se creía que un niño negro educado en Londres sin ninguna influencia africana, de algún modo, seguiría comportándose como africano, pues su comportamiento y preferencias ya van en la sangre.
Esta forma racista de pensar es muy reprochable. Pero, es exactamente la misma forma de razonar entre quienes reprochan a Rachel por asumir una identidad ajena a su supuesta esencia racial. Curiosamente, Rachel se crió con hermanos negros adoptivos, se casó con un hombre negro, y es líder de una organización de negros. Eso, diría yo, debería  servir para asumir que esta mujer está impregnada de elementos culturales afro-americanos, lo suficiente para que a ella se le considere parte de ese grupo étnico.
Pero, en cambio, sus críticos asumen que, en tanto ella es descendiente de europeos, ella nunca podrá ser negra. Estos críticos asumen que unos ancestros a quien nunca conoció, ¡influyen más en su identidad que su propio marido y sus propios hermanos, con quienes ha convivido toda la vida!

            Mi exhortación: ¡dejen en paz a esa pobra mujer! De hecho, los propios negros deberían sentirse halagados de que una mujer sienta tanto amor a esa cultura, que la asumió como propia (como de hecho, sensatamente ha hecho la propia organización negra de la cual ella es líder). Pero, al mismo tiempo, es prudente ver que esto también aplica al contrario: una persona de piel oscura que se identifica más con Madonna que con Janet Jackson, más con la navidad que con el kwanzaa (una fiesta decembrina que algunos negros norteamericanos han planteado como alternativa a la navidad), no es ningún traidor, ni está faltando a su propia esencia. No hay ningún imperativo que exija que un color de piel deba concordar con una identidad étnica o una preferencia cultural.
Líderes como Frantz Fanon y Malcolm X sentían repudio ante gente negra que se identificaba más con Europa que con África. Para ellos, el negro tenía que preservar su esencia, y debía aferrarse a sus raíces africanas. Es decir, eran esencialistas puros y duros. En esto, lamentablemente, se parecían muchísimo a los propios racistas que ellos tanto denunciaron.

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