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¿Fue la invasión a Afganistán justa? A propósito de Peter Singer. Autor: Gabriel Andrade

Lamentablemente, las posiciones respecto a la guerra suelen ser polarizadas. Y, esto es especialmente así en el caso de las intervenciones militares de EE.UU. Por regla general, quien se opone esta o aquella guerra en la cual participó EE.UU., se opone a todas las intervenciones militares norteamericanas, y quien apoya una de esas intervenciones, suele apoyarlas todas. En esto, no suele haber matices.
            Yo trato de ser más cuidadoso. Por ejemplo, frecuentemente he pensado que la invasión a Afganistán en 2001 fue justa, pero no así la invasión a Irak en 2003. No obstante, he revisado algunos argumentos que el filósofo Peter Singer ofrece en su libro El presidente del bien y el mal, y me ha hecho reconsiderar algunas cosas.

            Singer parte de la doctrina de la guerra justa, la misma que se invocó para tratar de legitimar la invasión a Afganistán. Esa doctrina dice que, para que una guerra sea moralmente aceptable, debe haber: causa justa, intención justa, probabilidad de éxito, proporcionalidad, y agotamiento de alternativas diplomáticas.
            Singer acepta que hubo una causa justa: EE.UU. fue atacado el 11 de septiembre de 2001 por terroristas islámicos (afortunadamente, Singer, un filósofo bastante serio, no da crédito a las idiotas teorías conspiranoicas que defiende gente como Michael Moore). Hubo también una intención justa: EE.UU. no buscó anexar territorialmente Afganistán (de nuevo afortunadamente, Singer ni siquiera contempla la posibilidad de que los norteamericanos fueron a depredar recursos en ese país tan miserable).
            Pero, Singer cuestiona los otros requisitos. Dice que aquella invasión no tuvo probabilidad de éxito, pues Afganistán albergaba sólo a un puñado de terroristas, y el ocupar Afganistán no iba a cumplir el objetivo de erradicar el terrorismo. En esto, creo que Singer se equivoca. En primer lugar, el objetivo primordial de aquella invasión no fue acabar con el terrorismo a escala global (ciertamente, las FARC, ETA o los Tigres de Tamil no tienen nada que ver con el yijadismo), pero sí deponer a un gobierno que estaba entrenando a terroristas. Pero, en todo caso, EE.UU. ha tenido éxito en su acometido de luchar contra el terrorismo, pues al menos dentro de sus propias fronteras, no ha habido más ataques terroristas.
            Singer también cuestiona la proporcionalidad, aunque su crítica es tenue. En esto, tiene razón. El 11 de septiembre de 2001 murieron menos de tres mil personas, mientras que en la invasión de Afganistán murieron muchos más. Pero, yo veo esto como señal de que el criterio de proporcionalidad es problemático. Hubo en la II Guerra Mundial sesenta millones de muertos, muchísimos más de los que seguramente habría habido, si los aliados hubiesen accedido a que Hitler hiciese cumplir sus deseos (incluyendo el Holocausto). Pero, ¿implica eso que los aliados debieron haber apaciguado a Hitler, como intentó hacerlo Chamberlain? No lo creo. Ciertamente el criterio de proporcionalidad es pertinente, pero me parece que, si la causa de guerra es lo suficientemente justa, debe matizarse.
            Singer es mucho más contundente en su cuestionamiento al requisito de haber agotado las opciones diplomáticas. Reseña cómo Bush estaba tremendamente deseoso de invadir Afganistán y se mostraba muy impaciente en aquellos momentos. EE.UU. se portó con Afganistán del mismo modo en que, en 1914, Austria-Hungría se portó con Serbia al detonar la Primera Guerra Mundial: exigió la entrega de terroristas, pero con una serie de imposiciones, sin permitir a Afganistán (o Serbia) una alternativa razonable para cumplir lo solicitado.
Por ejemplo, Singer señala (como también lo hizo Noam Chomsky en su momento) que el mulá Omar pidió pruebas de la culpabilidad de Bin Laden, y ofreció que, si EE.UU. las entregaba, los talibanes entregarían a Bin Laden a una corte internacional, compuesta por al menos un juez musulmán. EE.UU., por supuesto, hizo caso omiso, y se lanzó a atacar, sin dar oportunidad a la resolución diplomática que se estaba presentando.

Ciertamente, esto viola el requisito de que la guerra debe ser el último recurso. Pero, de nuevo, yo agregaría algún matiz. El mulá Omar era el jefe de los talibanes, un grupo bastante notorio por su desprecio de las nociones jurídicas más elementales, que se complace con la interpretación más bárbara y arcaica de la shariah. Con personajes así, cabe preguntarse si habría tenido algún propósito presentar evidencia de la criminalidad de Bin Laden; yo francamente dudo de que el mulá Omar las habría tomado en serio. Más bien, pareciera que aquello fue una táctica dilatoria de los talibanes, para prepararse mejor frente a un ataque norteamericano. Y, no perdamos de vista que, en asuntos militares, el tiempo es un recurso muy preciado. Singer reprocha a Bush el haber sido demasiado impaciente, pero hasta cierto punto, yo puedo entender la impaciencia de Bush: cuanto más pasara el tiempo, más difícil se haría el desmantelamiento de los campamentos de entrenamiento de terroristas, así como el derrocamiento del régimen talibán.
Con todo, Singer sí ha logrado convencerme. Creo firmemente en la doctrina de la guerra justa, y bajo sus parámetros, el requisito de haber agotado las alternativas diplomáticas, no se cumplió. Por ello, junto a Singer, opino que la invasión a Afganistán fue injusta por la inadecuación de algunos formalismos. Pero, por otra parte, creo que la invasión pudo haber sido justa: bastaba sólo con ofrecer la evidencia de la culpabilidad de Bin Laden al mulá Omar. Éste seguramente la habría ignorado. En ese caso, la invasión habría quedado justificada.      

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