25 de junio de 2015

El sufrimiento animal y la violencia entre humanos. Autor: Gabriel Andrade

He escuchado hasta la saciedad el argumento según el cual, el maltrato a los animales es objetable, no solamente por motivos deontológicos (es decir, porque es un mal en sí mismo), sino también por motivos consecuencialistas: supuestamente, el maltrato animal contribuye a que el abusador termine maltratando a otros seres humanos. Son harto conocidas las historias sobre asesinos en series que, en su infancia, metieron a gatos en el horno (el psiquiatra J.M. MacDonald trató de formalizar estos alegatos en sus teorías sobre las conductas de la infancia que desembocan en psicopatías criminales).


El argumento parece de sentido común. El victimario se entrena con la violencia que ejerce contra animales, y al final, la termina proyectando contra la gente que está a su alrededor. Pero, como tantas otras discusiones sobre cualquier forma de entretenimiento violento, cabe también el contra-argumento: los espectáculos violentos pueden servir más bien de catarsis para drenar la violencia, y así evitar que desemboque en otros seres humanos reales. Esto aplica al boxeo, a los videojuegos, a las películas, y a tantas otras manifestaciones de violencia.
            Si esta teoría de la catarsis es verdadera, entonces cabe preguntarse si la híper sensibilidad por los animales no es más bien una forma de represión que, a la manera psicoanalítica, reprime a la violencia, y propicia que, inevitablemente, esa violencia reprimida termine por dirigirse a otros seres humanos.
Hace unos años, El Chigüire bipolar (una agencia venezolana de falsas noticias sarcásticas, al estilo de El mundo today, o The Onion), sacó este titular: “Indigente se disfraza de perro callejero para que sifrina [una chica pija, una burguesita] de ONG lo adopte”. El chigüire bipolar refleja muy bien escenas que yo he visto muchas veces en varios países: gente adinerada que tiene una obsesión con rescatar animales abandonados, pero que castiga con brutal indiferencia el sufrimiento de otros seres humanos. Una de estas chicas está dispuesta a dedicar horas a sacar garrapatas a un perro de la calle, pero es incapaz de ir a un barrio a jugar con niños pobres una tarde para hacerlos felices.
Hay un cierto tufo aburguesado en la hipersensibilidad por los animales. No deseo entrar en el terreno de las conspiranoias marxistas, de forma tal que no postularé que el movimiento por los derechos de animales es un invento ideológico burgués para evitar reformas sociales. Pero, sí deseo postular esto: la hipersensibilidad por los animales puede en ocasiones tener una relación inversa con la empatía con otros seres humanos. Es posible que el exceso de empatía con los animales desconecte a la gente frente a los sentimientos de otras personas. Quizás no sea tan casual que uno de los primeros gobiernos europeos en prohibir la experimentación con los animales, fue la Alemania nazi (la cual, como en el caso del infame Mengele, más bien promovió la experimentación con humanos).
Si esto es así (y, por supuesto, sólo adelanto una hipótesis que de ninguna manera está probada), entonces cabe postular como explicación lo que ya he sugerido más arriba: la ausencia de canalización de la violencia en muchos defensores de animales puede hacer que esta violencia eventualmente salga a flote en sus relaciones con otros seres humanos, al menos en la forma de indiferencia ante su sufrimiento. Resulta tentador pensar en el amor que Hitler tenía a Blondi, su pastor alemán. Esto, por supuesto, puede ser una burda falacia de asociación (Hitler también usaba bigote, pero no por ello los bigotudos son asesinos); pero quizás cabe explorar si una persona hípersensible con los animales puede insensibilizarse frente al dolor humano.

Hay varias teorías antropológicas sobre el sacrificio animal, pero una que ha resultado bastante popular entre los entendidos (formulada por antropólogos como René Girard, Walter Burkertt, Victor Turner y E.E. Evans-Pritchard, entre otros) es que, en efecto, el sacrificio puede cumplir una función canalizadora de la violencia. Y, de esa manera, el maltrato animal, en vez de alimentar la violencia entre seres humanos, puede más bien contenerla.
Hay algunos indicios de que esta teoría puede tener algún grado de verdad. Son mucho más comunes las trifulcas en espectáculos y deportes que no son tan violentos (como, por ejemplo, el fútbol), que en espectáculos violentos como las corridas de toro, las peleas de gallo, o el boxeo. El hecho de que una peña futbolística suele hacer destrozos al terminar el partido, pero que rara vez ocurre así con las peñas taurinas al terminar la corrida, puede ser indicativo de que los hooligans no han drenado lo suficiente su violencia en el espectáculo, pero en cambio, los taurinos sí lo han hecho.
No pretendo que esto sirva como justificación de las corridas de toros. Los argumentos anti-taurinos son más deontológicos que consecuencialistas: las corridas de toros son moralmente objetables porque los animales sufren, independientemente de las consecuencias. Pero, alguna versión del utilitarismo sí permite el maltrato animal, siempre y cuando se saque mayor provecho de eso, en correspondencia con el cálculo de felicidad que suelen defender los utilitaristas. Algunos utilitaristas, por ejemplo, están dispuestos a tolerar la experimentación médica con los animales, pues si bien reconocen que los animales sufren con esto, conceden que las consecuencias derivadas en beneficio de la humanidad son aún mayores.
Si se llegase a demostrar que los espectáculos de maltrato animal sirven para canalizar la violencia de un colectivo, habrá que evaluar si, a la manera de la experimentación animal, las corridas de toros y peleas de gallo, en balance, tienen consecuencias más positivas que negativas. Y, en ese caso, habría que considerar permitir la continuidad de la tauromaquia.
Frente a esto, podríamos asumir razonablemente una postura deontológica: independientemente de cuáles sean sus consecuencias, maltratar a los animales está mal, y nada lo puede justificar. Pero, si estamos dispuestos a asumir esa postura deontológica, entonces debemos hacerlo desde un principio, y así, estamos obligados a no invocar como argumento en contra de los espectáculos violentos, la idea de que el maltrato animal conduce al maltrato de otras personas.

3 comentarios:

  1. En el fútbol puede haber trifulcas porque se enfrentasn dos equipos y los aficionados de cada equipo son claramente identificables. Además, lo del fútbol es algo "especial". En otros deportes no violentos como el baloncesto, la natación, el tenis... y en general, todos, no pasan estas cosas, lo cual invalidaría ese argumento.
    Dices que la violencia contra los animales puede hacer que se utilice menos la violencia con los humanos. Entonces los países con corridas de toros deberían ser los más pacíficos. y donde no existen, como en practicamente toda Europa serían super violentos.
    A ver, solo hay que echar un vistazo a los paises de nuestro entorno para ver que la hipótesis que planteas en este artículo no es muy sólida que digamos.
    Otra cosa que está algo relacionada. Aquella teoría tan popular hace un tiempo que decía que la mejor manera de reducir la frustración, rabia, etc, era liberarse rompiendo cosas, o en general haciendo alguna acción violenta, ya hace muchos años que se demostró falsa. Es más bien todo lo contrario, lo cual es lógico.

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    1. Matizaría dos cosas.
      1. Es cierto que los países taurinos son más violentos que muchos otros no taurinos. Pero, hay que considerar la unidad social que comparamos. Si comparamos país con país, tú tienes razón. Pero, si comparamos colectivo social con colectivo social, las cosas pueden cambiar. Dentro de España y los otros países taurinos, la afición taurina es menos violenta que la afición futbolística. En todo caso, como dejé claro en el escrito, yo tengo muchas dudas sobre esto, y sólo ofrecí una opinión exploratoria.
      2. No es del todo cierto que la tesis de la catarsis esté refutada. Hay psicólogos que la defienden, y sigue estando abierta al debate. Fescbasch, Singer y Goldstein la defienden.

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  2. "Hace unos años, El Chigüire bipolar (una agencia venezolana de falsas noticias sarcásticas, al estilo de El mundo today, o The Onion), sacó este titular: “Indigente se disfraza de perro callejero para que sifrina [una chica pija, una burguesita] de ONG lo adopte”. El chigüire bipolar refleja muy bien escenas que yo he visto muchas veces en varios países: gente adinerada que tiene una obsesión con rescatar animales abandonados, pero que castiga con brutal indiferencia el sufrimiento de otros seres humanos. Una de estas chicas está dispuesta a dedicar horas a sacar garrapatas a un perro de la calle, pero es incapaz de ir a un barrio a jugar con niños pobres una tarde para hacerlos felices."

    Pues en cierto modo huele así. Hay gente que prefiere ayudar a un animal que ayudar a un humano. lo que parecen no entender es que este ecosistema en que viven es de humanos predominantemente, lo que en suma; si se ayuda o no a otro humano, repercute en acciones desencadenadas por esa acción u omisión, acciones de caracter ético, moral y legal. No digo que no se preste atención a los animales, opino que no se comporten de forma antiética por culpa de sus berrinches ideológicos. Lo ideal sería no mezclar la ayuda a otros seres con ideología alguna y mejor aún ayudar a todo ser vivo que lo necesite pues en el fondo allá en sus conciencias esa conducta preferencial es bastante misántropa, no querrán verse tocados por esa misantropía a manos de otros...... Bueno, eso opino. :)

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