28 de mayo de 2015

El complejo de Edipo y la teoría de la similitud genética. Autor: Gabriel Andrade

   Freud dijo muchas tonterías. Pero, tenía cierto talento para hacer algunas observaciones interesantes, a pesar de que las interpretaciones de esas observaciones solían ser, por supuesto, ridículas. Una de esas observaciones era el complejo de Edipo.
            Como se sabe, según Freud, los hombres tenemos el deseo inconsciente de unirnos sexualmente con nuestra madre. Ese deseo procede de la parte irracional de nuestro inconsciente, el ello. Pero, entonces, la parte moral de nuestra mente, el superyó, interviene y reprime nuestro deseo incestuoso. Eso genera un conflicto que se manifiesta en neurosis y, a nivel social, en grandes crisis e insatisfacciones.

            Con justa razón, todo esto se ha visto como una colosal estupidez. ¿A cuenta de qué deseamos sexualmente a nuestra madre? ¿Es acaso suficiente con leer un antiguo mito griego para formular esta teoría tan temeraria?
            Las críticas más agudas de esta teoría suelen venir de la psicología evolucionista. Antes de Freud, ya el biólogo Edward Westermarck había dicho que nuestra inclinación natural es más bien a rechazar el incesto, pues estamos biológicamente determinados a sentir repulsión sexual por quienes están en contacto continuo con nosotros desde la infancia. La selección natural lo ha hecho así: el incesto es desventajoso (pues acumula genes recesivos que suelen ser perjudiciales), y así, desarrollamos como adaptación una tendencia a la repulsión por el sexo con parientes. Esa idea de Freud, según la cual tenemos deseos incestuosos naturales, es una fantasía.
            Pero, la misma psicología evolucionista puede postular una teoría que más bien confirma la tesis original de Freud. Se trata de la llamada “teoría de la similitud genética”. En el estudio del altruismo, los biólogos saben muy bien que en el mundo animal, el nivel de altruismo aumenta con el nivel de proximidad genética. Así, un animal es más altruista con un hermano que con un primo, y a su vez, más altruista con un primo que con un extraño de la misma especie. Esto ocurre así, porque los genes altruistas se pasan más rápidamente, cuando el animal que recibe ese altruismo comparte una proporción de genes con el animal que hace la acción altruista. El animal altruista puede morir con su acción de sacrificio, pero si dirige su altruismo a alguien que tiene una alta proporción de sus mismos genes, su esfuerzo no habrá sido en vano, pues al favorecer a su pariente, aumenta las probabilidades de que sus propios genes se pasen a la siguiente generación.
            Ahora bien, esto aplica también a la selección de compañeros sexuales. Es más ventajoso para un animal escoger a una compañera sexual con quien comparta genes. Pues así, se asegurará de que su descendencia (a quien se encargará de proteger y defender) llevará una proporción aún mayor de sus genes.
            Esto hace que, en la selección sexual, los animales busquen compañeros con quien guarden parecidos. Y así, esto nos conduce al complejo de Edipo. Compartimos la mitad de los genes con nuestras madres. Eso hace que sintamos atracción por ella, no por alguna misteriosa razón (como parecía postular Freud), sino sencillamente, porque estamos programados para estar atraídos a aquellas mujeres que se parecen a nosotros, pues de esa manera, nuestros hijos serán aún más parecidos a nosotros, y con eso, lograremos aún más pasar nuestros genes.
            Con todo, Westermarck tenía razón: hay una tendencia natural a sentir repulsión sexual por nuestros parientes. Eso hace que haya un choque de fuerzas evolutivas: por una parte, es ventajoso aparearnos con nuestros parientes debido al aumento de probabilidades de que nuestra descendencia sea más parecida a nosotros; pero por la otra, es desventajoso, pues la acumulación de genes recesivos puede resultar perjudicial.
            El resultado de este choque de fuerzas evolutivas es que, si bien sentimos una repulsión natural al incesto, tenemos una inclinación a aparearnos con aquellos con quienes guardamos semejanzas. Westermarck dejó muy claro que la repulsión al incesto es una impronta: sentimos repulsión sexual por aquellos con quienes hemos estado en contacto desde la infancia. Eso permite que sintamos asco por la relación sexual con nuestras madres o hermanas, pero a la vez, sintamos bastante estímulo en una relación sexual con compañeras que se parezcan a nuestras madres.
            Así pues, podemos aceptar que sí existe algo similar al complejo de Edipo. Pero, no se trata propiamente de un deseo reprimido de unirnos sexualmente a nuestras madres. Antes bien, se trata de una repulsión natural (no cultural, contrario a lo que postulaba Freud) al incesto, pero a la vez, una inclinación natural por preferir mujeres que se parezcan a nuestras madres.
            Con todo, la teoría de la similitud genética no es plenamente aceptada por psicólogos. Además, se presta fácilmente a interpretaciones racistas, pues varios autores se han valido de ella para postular que los matrimonios inter-raciales están condenados al fracaso, y que los hijos de estos matrimonios son menos queridos y atendidos. Pero, así como algunas cosas que Freud postuló sí son rescatables, quizás no debamos anticiparnos en desechar la teoría de la similitud genética, y más bien debamos considerar algunos de sus postulados.

1 comentario:

  1. Que interesante artículo; me quedó sonando la parte de que algunos "varios autores se han valido de ella para postular que los matrimonios inter-raciales están condenados al fracaso, y que los hijos de estos matrimonios son menos queridos y atendidos", estoy de acuerdo en que suena racista, y lo es; puesto que me da a entender que solo captaron como "parecido" el aspecto físico de los individuos que se unen como pareja, desconociendo que las semejanzas pueden ser no solamente fenotípicas sino también genotípicas; esto queriendo yo decir que el "parecido" no está en el aspecto racial (físico) sino en el "contenido" del genoma.

    En fin, es un campo que tiene mucho para hilar y descubrir.

    ¡Hasta luego!

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