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"La razón estrangulada" o la imposibilidad de encontrarse bailando con lobos

El libro de Carlos Elías, La razón estrangulada, publicado hace algo más de cinco años, es una lectura interesante y recomendable. Lo es por sus aciertos, como la oportuna construcción de un escenario intelectual dentro del cual ofrece interesantes reflexiones. Y lo es también por sus errores; al menos por lo que yo tengo por tales.
Antes de nada, no sé si en los ámbitos académicos este libro tuvo en su momento algún tipo de recepción. Y eso pese a que el autor de este texto reparte estopa de la buena a las enseñanzas de periodismo y comunicación audiovisual. Por mi parte, creo que este es un libro importante, y que algunas de las cuestiones que plantea merecerían una discusión en profundidad. Si nuestro páis fuese otro -por ejemplo, Francia o Estados Unidos-, la publicación de esta obra habría agitado los demonios en muchas facultades y departamentos de sociología y periodismo. Y ya se sabe que los demonios académicos suelen ser la expresión más depurada de los odios ancestrales de la tribu. Habría sido interesante, aunque no sé si muy instructivo, asistir a la reedición de una especie de caso Sokal a la española.
Sin embargo, la inercia reactiva entre la intelligentsia de nuestro país (si es que existe tal cosa) ha diluido el posible impacto de La razón estrangulada en un mar de desprecio y, seguramente, de pereza. Y eso pese a que los aludidos en el libro de Elías están perfectamente señalados: los profesores y estudiosos de las ciencias sociales, de las ciencias de la información y de la filosofía de la ciencia. Pero hubiese sido mucho esperar, por lo visto, abrir en España un debate de características similares al que desató en Francia el famoso escándalo Sokal.
Dicho esto, creo que este texto tiene partes muy acertadas y otras que son cuando menos discutibles, si no es que disparatadas.

Me explico brevemente: el planteamiento de Elías sobre la responsabilidad mediática en el declive de la ciencia -o más bien, en el descenso de las matriculaciones en las carreras de ciencias puras- es muy, pero que muy interesante. La forma en que el autor relaciona la escasa formación científica de los profesores de periodismo y comunicación audiovisual con la pobre visión que se da de la ciencia en televisión y cine me parece digna de consideración. La presentación de los contenidos de estas carreras y su problemática adscripción a los estudios superiores universitarios -en comparación con los estudios de ciencias puras, por ejemplo- ofrece puntos de reflexión de gran importancia: ¿es realmente lógico que periodismo y comunicación audiovisual tengan el estatus de carreras universitarias? ¿supone una depreciación del valor de las carreras de ciencias puras el hecho de que muchas universidades implementen estudios de comunicación audiovisual con el mismo nivel de titulación y mucha mayor facilidad de estudio?

De acuerdo. Tengo sin embargo serios reparos con algunas de las afirmaciones y tesis de Carlos Elías. Creo que su presentación de la filosofía de la ciencia -en especial de las figuras de Popper, Lakatos, Kuhn y Feyerabend- es, cuando menos, estrambótica. Elías viene a afirmar que Popper y Lakatos son dos de los adalides intelectuales del irracionalismo. ¿Popper y Lakatos, precisamente? ¿Hablamos de Karl Popper, el impulsor del racionalismo crítico? ¿O de Imre Lakatos, fustigador de todo pensamiento pseudocientífico (en el que, por cierto, incluía a la Iglesia Católica y al marxismo)? Posiblemente el propio Kuhn tampoco se creería lo que este libro dice de él. Creo que Elías no ha terminado de entender la noción de paradigma kuhniano, y lo que presenta es sólo una caricatura. Me da la impresión de que el autor de este libro endosa a Kuhn tesis más propias de la sociología radical del conocimiento científico (Collins y Pinch, Latour y Woolgar, incluso Barnes y Bloor) sin haber contrastado lo que aquél dice realmente.

Ajudicar a los cuatro filósofos citados la responsabilidad del declive de la ciencia -al menos en España y Reino Unido, si he entendido bien a Elías- es, me parece, un despropósito. ¡Ojalá los filósofos de la ciencia tuvieran tanta influencia en las tendencias sociológicas! Así, al menos, sabríamos qué utilidad puede tener la filosofía (una pregunta recurrente para quienes hemos estudiado esta licenciatura). Esta tesis se convierte en esperpento cuando Elías llega a afirmar que el auge del creacionismo y del diseño inteligente (dos tendencias, por cierto, con planeamientos bastante distintos, pero que el autor del libro mezcla de forma poco rigurosa) en Estados Unidos es responsabilidad indirecta de las enseñanzas de estos cuatro filósofos, a través de su influencia en las facultades de ciencias sociales de las universidades estadounidenses, muy receptivas también a los intelectuales franceses posmodernos. Esto es tanto como afirmar que en el cinturón de la Biblia estuviesen todo el día leyendo a Deleuze o entregándose a talleres de hermenéutica sobre Virilio o Lyotard
Además, Elías sienta conclusiones demasiado generales basándose sólo en dos casos que parece conocer bien: los de Reino Unido y España, que sitúa como ejemplos de la cultura 'anglosajona' y 'latina', respectivamente. Y mi pregunta es: ¿las aportaciones de países como Francia o Alemania no son dignas de tenerse en cuenta en esta discusión? ¿Realmente el modelo español de ciencia y tecnología es representativo del existente en países 'latinos' como Francia? ¿Y la aportaciones alemanas a la institucionalización de los estudios científicos y a la propia producción de conocimiento científico? ¿Son equiparables al modelo anglosajón o al latino? ¿o tiene perfiles propios?
Por último, el propio Elías padece en ocasiones un fuerte síndrome de maniqueísmo cuando afirma -y no lo hace sólo una o dos veces en el libro- que "los de letras odian a los de ciencias". Elías se pregunta, y parece en verdad muy preocupado, de dónde proviene este odio y admite como respuesta la existencia de ciertos complejos intelectuales entre la gente de letras, complejos que se transmutan en envidia -y odio- hacia las personas con formación científica. Pero aún hay más, y nuestro autor no descarta incluso la existencia de diferencias neurofisiológicas en el funcionamiento cerebral de unos y otros. A lo largo del texto se trasluce un desprecio mal contenido -al menos esta es mi impresión, que creo bien asentada- hacia las carreras no científicas (sociales, jurídicas y de humanidades), un desprecio que no parece coherente en una persona que, como Carlos Elías, es profesor de Periodismo (aunque con formación de químico) en la Universidad Carlos III de Madrid. ¿Bailando entre lobos?

Afirmaciones de trazo grueso como las anteriores no deberían, de todos modos, ser coartada para evitar hablar de lo que Elías pone sobre la mesa. Tampoco es justificación para obviar la falta de nervio de nuestros intelectuales y académicos a la hora de impulsar una discusión a tumba abierta sobre la calidad de los estudios impartidos en ciertas licenciaturas y sobre el descenso alarmante de las matriculaciones en las disciplinas de ciencias puras, tal y como los sucesivos informes COTEC han puesto tradicionalmente de manifiesto.

Quizás por esa falta de nervio Elías puede no sentirse muy incómodo trabajando en una Facultad, la de Ciencias de la Información, de la que cuestiona desde la calidad de los contenidos que en ella se imparten hasta su propio estatus como institución de educación superior. ¿Bailando con bobos?

En cualquier caso, sine ira et studio, el libro La razón estrangulada me parece una lectura recomendable. Elías plantea de forma polémica, pero valiente (y quizás temeraria) cuestiones de fondo sobre las enseñanzas universitarias, y estas cuestiones merecen ser discutidas en profundidad. A estas alturas, más de cinco años después, es poco probable que este libro consiga agitar el avispero académico, pero al menos el escenario que dibuja sigue siendo, me parece, pertinente y actual.

Manuel Corroza.

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