19 de marzo de 2015

El triunfo de Iglesias mejorará las relaciones entre España y Venezuela, pero no mucho. Autor: Gabriel Andrade

  Venezuela y España atraviesan por un momento tenso en sus relaciones. Pero, esto podría cambiar si Pablo Iglesias llega a la presidencia del gobierno español. Se le ha acusado de haber recibido financiamiento de los fondos públicos venezolanos, durante el gobierno de Chávez. No hay pruebas contundentes de esto. Pero, Iglesias tiene una obvia afinidad ideológica con el régimen socialista venezolano, y es previsible que su triunfo mejorará la relación entre ambos países.

            No obstante, yo pronostico que esa mejora no será muy significativa. Pues, la tensión entre Venezuela y España no es meramente una coyuntura política. Es mucho más una desconfianza típica de las relaciones poscoloniales. Me pronunciaré brevemente sobre lo que ocurre en Venezuela, pues conozco mejor este lado del charco; dejaré que sea un español quien analice mejor cómo ven los españoles a los venezolanos.
            Si bien Chávez la potenció, en Venezuela siempre ha habido una hispanofobia, y ésta es prominente en varios países hispanoamericanos. Quizás no se aprecie a primera vista, pero tras arañar un poco la superficie, se encontrará más en el fondo. Los hispanoamericanos, como bien lo ha recordado Andrés Oppenheimer, siguen obsesionados con el siglo XIX, y el odio contra España que se desarrolló durante las guerras de independencia, aún no cesa.
            Los independentistas hispanoamericanos, a diferencia de los norteamericanos, vieron en aquellas guerras, además de un combate ideológico entre monarquía y república, un conflicto étnico. Tal cosa no ocurrió, por ejemplo, entre los independentistas norteamericanos. Los padres fundadores de EE.UU. promovieron la independencia porque no les agradaba el sistema monárquico, y sobre todo, sus impuestos. Pero, al menos al inicio, culturalmente se sentían tan británicos como sus contrincantes. De hecho, siempre expresaron estar inspirados en John Locke, un inglés.
            En cambio, los independentistas hispanoamericanos desde un inicio quisieron desvincularse culturalmente de España. En Hispanoamérica ocurría algo distinto a lo que sucedía en EE.UU.: desde muy temprano, se impuso una diferencia entre criollos y peninsulares, y sólo los segundos podían ocupar cargos altos en la administración pública. Con el tiempo, como señala el historiador Benedict Anderson, esto hizo que los criollos se sintieran una nación aparte.
Si bien eran descendientes de peninsulares, los criollos sentían un tremendo recelo contra España, y no sólo por cuestiones políticas. No les desagradaba simplemente que hubiera un rey o que el sistema no les permitiera ocupar cargos públicos. Los criollos empezaron a crear la mitología nacionalista, según la cual, ellos habían sido invadidos por España (aunque en realidad eran descendientes de los invasores, no de los invadidos), y ahora era el momento de la venganza.
            Cuando llegaron las guerras de independencia, fueron mucho más crudas en Hispanoamérica que en EE.UU., precisamente por ese elemento nacionalista. Los norteamericanos nunca se plantearon su gesta como una venganza contra la colonización británica. Si Gran Bretaña cambiaba su política de depredación fiscal, seguramente los estadounidenses no habrían buscado la independencia, como por ejemplo, nunca la buscaron los canadienses.
Con los criollos fue distinto. A los criollos se les ofreció la posibilidad de participar en las cortes de Cádiz, las cuales prometían modificar el sistema opresivo del régimen colonial a cargo de la monarquía absolutista. Pero, a los criollos no les interesaba eso. Ellos querían una desvinculación total respecto a España, en buena medida alimentada por el odio y el recelo, derivado de las medias verdades y los mitos del nacionalismo. Su hostilidad, insisto, no era propiamente contra Fernando VII, sino contra todo lo que España representaba, incluyendo al propio pueblo español. Las revoluciones hispanoamericanas tuvieron una dosis importante de xenofobia, como inevitablemente sucede con todos los nacionalismos. El propio Bolívar lo decía en su Carta de Jamaica: “llegó el tiempo, en fin, de pagar a los españoles suplicios con suplicios y de ahogar esa raza de exterminadores en su sangre o en el mar”.
            Este sentimiento persiste hasta el día de hoy. Los venezolanos sienten que España les debe algo. Y, aun si se devuelven galeones y galeones de oro, la imagen que un considerable sector de venezolanos tiene de España y los españoles seguirá siendo la que con tanta habilidad explotaron los holandeses y los ingleses en la leyenda negra. La tensión actual no es tanto entre el gobierno de Caracas y el gobierno de Madrid; es mucho más entre el pueblo venezolano y el pueblo español, la cual hunde sus raíces en más de dos siglos de distorsiones nacionalistas. El nacionalismo es mucho más poderoso que las afinidades políticas. Por ello, me temo, el izquierdista Iglesias reconciliará a España con la Venezuela del izquierdista Maduro. Pero, sólo será una reconciliación muy superficial. La obsesión con el pasado y la mitología nacionalista hacen mucho más difícil una reconciliación entre el pueblo español y el pueblo venezolano.

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