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Sobre Richard Rorty, autopistas y caminos de herradura

  A la izquierda, Jurgen Habermas (1929- ). A la derecha, Richard Rorty (1931-2007)
En un interesante artículo del filósofo americano Richard Rorty titulado "Habermas, Derrida y las funciones de la filosofía" (Filosofía y futuro, Gedisa, 2002), este pensador elabora una crítica -no exenta de reconocimiento- hacia los postulados de Jürgen Habermas sobre la función pública de la filosofía. Desde su posición neopragmatista, y enarbolando el estandarte de un pensamiento liberal transido de historicismo lingüístico, Rorty formula una serie de consideraciones muy interesantes sobre las presumibles semejanzas y diferencias entre dos eximios representantes de la llamada "filosofía continental" (cabe decir, toda la filosofía europea menos la anglosajona). Al final de su trabajo, Rorty se centra específicamente en Habermas y entra en discusión con él como abanderado de los intereses de la mencionada filosofía del continente (europeo).

Aunque es difícil, para quien no conoce a fondo el pensamiento de Habermas, apreciar en toda su magnitud el grado de exageración que hay en esta caracterización del pensador alemán, da la impresión de que Rorty simplifica notablemente las tendencias presentes en la filosofía de los continentales; en ésta cabe, al menos y entre otras posibles, una visión polémica entre la perspectiva ilustrada y cuasikantiana de Habermas y la disolución del sujeto racional clásico operada por algunas tendencias del postmodernismo. Y ambas son tendencias filosóficas continentales.

Lo que, en mi opinión, pretende Rorty es recrear una vez más la dicotomía entre la filosofía anglosajona (analítica o no, y que incluye la filosofía elaborada en Estados Unidos) y la filosofía continental. Él presenta esta dicotomía en términos de la función pública de la filosofía y toma partido -¿cabe dudarlo?- por el enfoque anglosajón. Nuestro pensador caracteriza la dicotomía en los conocidos términos de la oposición burkeana entre lo 'sublime' y lo 'bello': lo sublime correspondería a lo que Rorty califica de pensamiento radical, en tanto que los anglosajones se ocuparían más de lo bello. La filosofía "isleña" (quepa esta acepcion de lo no-continental), a través de un saludable sentido común liberal, propugna una redistribución de lo ya existente en pro de una mayor felicidad del mayor número (algo loable, sin duda), mientras que la filosofía del continente busca, en realidad, una "otredad sublime" (sic), que se formularía en unos principios con pretensiones de validez universal no contextual (Libertad, Fraternidad, y otros grandes ideales escritos con mayúscula), y esa otredad sublime resultaría compatible con posiciones políticas totalizantes (anarquismo) y totalitarias (fascismo y estalinismo).

Eesta caracterización es manipuladora y tendenciosa. El sano sentido común de un pragmatismo liberal y contingente frente al conjunto de anhelos totalizantes como incubadora del huevo de la serpiente totalitaria. ¿Es esto cierto? A uno le cuesta imaginar, como sí hace Rorty, que aportaciones de Habermas (¡de Habermas!) tales como la ética discursiva o las condiciones ideales de discusión racional puedan ser la señal indicadora del camino hacia el archipiélago Gulag o los crematorios de Treblinka.

Y además, las funciones que, en consecuencia con las ideas anteriores, Rorty asigna a la filosofía en su dimensión pública son tales que, en mi opinión, suponen una auténtica disolución de la praxis filosófica en... no se sabe qué, exactamente. Leamos, entonces:

Se esperará menos de la filosofía, en todo caso del tipo de filosofía que se ocupa de lo que Habermas llama "planteamientos universalistas y estrategias teóricas fuertes". En lugar de ello, las esperanzas principales de un alivio del dolor y de la humillación innecesarios y socialmente condicionados se concentrarán en dos cosas. Primero, en el tipo de publicaciones que ya he enumerado: novelas, artículos e informes de autores que son capaces de hacer visibles determinadas formas de dolor y humillación. Segundo, en propuestas de cambios específicos en las disposiciones sociales, modificaciones de leyes, regulaciones empresariales, procedimientos administrativos, prácticas educativas, etc. (pág. 48 del texto arriba citado).

Todo esto está muy bien, pero ¿dónde queda ahí la filosofía? Para llevar a cabo el tipo de acciones que propone Rorty no son necesarias las alforjas de la labor filosófica: las organizaciones no gubernamentales (e incluso las gubernamentales) de derechos humanos, las plataformas alterglobalizadoras o la militancia política honrada y consecuente bastarían, no para solucionar estos problemas, por supuesto, pero sí para abarcarlos. ¿Dónde está, vuelvo a preguntar, la filosofía como quehacer diferenciado?

En definitiva, Richard Rorty reduce la función pública de la filosofía a la de un auxiliar de la denuncia política contra las injusticias de este mundo. No es que esté mal, pero es innecesario e insuficiente. Innecesario, en tanto que labor propia, por las razones que antes he apuntado. Insuficiente, porque no toda imagen pública de la filosofía ha de proyectarse en el terreno ético-político. Por ejemplo, ¿no tiene nada que decir el pensamiento filosófico sobre las realidades científico-tecnológicas en cuanto productos epistémicos? ¿no ha de desempeñar algún cometido en el terreno de la discusión crítica con los postulados religiosos? ¿no tiene nada que decir sobre las imágenes del ser humano procedentes de la antropología cultural? ¿no cabe esperar alguna aportación con relación a los modelos cognitivos del cerebro humano que se elaboran desde las ciencias de la computación.

En fin, lo dicho. De un pensador de la talla de Rorty uno siempre espera aportaciones algo más densas, en las que bajo un nivel aparente de significados se puedan encontrar otros menos explícitos y en las que puedan emerger distintas sugerencias, incluso en relación polémica entre ellas, que ofrezcan varios caminos de interpretación y no una autopista tan despejada hacia una oferta demasiado transparente.

Y es que, frente a lo que Rorty parece pensar, la labor filosófica tiene más de polvoriento camino de herradura que de "autopista hacia el cielo".

Manuel Corroza.

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