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No prohibir el tabaco (ni las otras drogas)



por David Osorio

La semana pasada, nuestro amigo Roberto Augusto propuso prohibir el tabaco junto con todas las demás drogas. Andrés ya esbozó una respuesta, así que voy a sumarme a la discusión aquí.

El argumento de Roberto se divide en tres. Primero, la salud:

El tabaco es muy peligroso, aunque sea legal. El 30% de los cánceres están vinculados al tabaquismo. Ese porcentaje llega hasta el 90% en el caso de los cánceres de pulmón. La única diferencia que hay con otras drogas es que permite que el adicto lleve una vida normal, aunque su salud a largo plazo se ve perjudicada. Si el ser humano fuera plenamente racional nadie fumaría. Sin embargo, estamos lejos de llegar a ese nivel de desarrollo. También son irracionales las guerras, el crimen y tantas otras cosas que causan dolor a las personas pero que seguimos haciendo.

El argumento está viciado por muchos motivos, principalmente por la sobresimplificación, que deviene en maniqueísmo. Primero, hay que tener en cuenta que todas las actividades conllevan riesgos y peligros. La respuesta adecuada al riesgo no consiste en prohibir, porque eventualmente no podríamos ni levantarnos de la cama. Los riesgos deben ser administrados y cuando se trata de la vida y salud propias, tiene todo el sentido del mundo que el administrador del riesgo sea cada uno.

Además, hay que tener en cuenta que no todos los fumadores —ni consumidores de drogas— son adictos y mientras el consumo de drogas se haga en ambientes controlados, casi cualquier persona puede llevar una "vida normal". Es más: lo que entendemos por una "vida normal" parece incluir el consumo de alguna droga alguna vez en la vida.

Cuando Roberto argumenta que "si el ser humano fuera plenamente racional nadie fumaría", eso significa que una larga vida es el equivalente de lo racional, pero no lo es. Lo racional es que cada quién le decida qué le da sentido a su vida. Puede que para Roberto Augusto sea una vida larga y saludable — también habrá quienes prefieran vidas cortas y llenas de emociones fuertes y esa opción es tan válida y legítima como una vida ascética tan libre de riesgos y aventuras como se pueda. Sugerir que el Estado adopte una versión de la felicidad (mi versión de la felicidad, claro) y se la imponga a todos los demás es propio de una distopía orwelliana.

En cuanto al crimen y las guerras, hay situaciones en que resultan ser los mejores cursos de acción. Crímenes como el hurto famélico y la legítima defensa constituyen la comisión de crímenes exentos de castigo, precisamente porque eran preferibles a las alternativas. De igual forma, tampoco es difícil encontrar casos en los que la guerra está justificada. Para resumir: el mal menor.

El segundo argumento de Roberto para prohibir el tabaco es el económico:

Sin considerar el drama humano que provoca, todas esas muertes que se podrían evitar, desde un punto de vista económico es una ruina. Lo que se recauda en impuestos es mucho menos que lo que nos gastamos en atención médica. Esto es especialmente cierto en España, donde existe un servicio sanitario universal pagado por todos los ciudadanos, los que fuman y los que no fumamos.

De nuevo: no podemos ir imponiéndole o prohibiéndole gustos a la gente. El servicio sanitario universal no está para juzgar gustos. ¿Vamos a impedirle el tratamiento a una persona adicta a la velocidad que ha tenido un accidente? Siguiendo esa línea de pensamiento, también tendremos que negarle el tratamiento a las personas que lo requieran gracias a una asfixia erótica y los que llegan a urgencias con picos de botella incrustados en el recto, a los que tienen lesiones por BDSM e incluso a quienes llegan con lesiones de hombro, rodilla, cuello, disco; derrame cerebral; síndrome de salida torácica; artritis degenerativa de la columna cervical y desgarros de la retina, todos estos consecuencias del yoga. ¿También vamos a prohibir eso o sólo les negamos el servicio de salud?

A pesar de que no estoy de acuerdo con la postura de Roberto, me alegra que haya tocado el de las muertes que se podrían evitar. El país donde nací, Colombia, va para 100 años de muertes completamente prevenibles si tan solo hubiera desatendido la ridícula sugerencia de EEUU, impuesta por la derecha evangélica más retrógrada y puritana, de prohibir las drogas.

Incluso, el propio EEUU experimentó las consecuencias del prohibicionismo:

Durante la década de 1920 la opinión pública dio un giro, y la gente decidió que había sido peor el remedio que la enfermedad. El consumo de alcohol no sólo subsistió, sino que ahora continuaba de forma clandestina y bajo el control de feroces mafias. En vez de resolver problemas sociales tales como la delincuencia, la Ley Seca había llevado el crimen organizado a sus niveles más elevados de actividad como nunca antes se había percibido en los EEUU. Antes de la prohibición había 4.000 reclusos en todas las prisiones federales, pero en 1932 había 26.859 presidiarios, síntoma que la delincuencia común había crecido gravemente, en vez de disminuir. El gobierno federal gastaba enormes cantidades de dinero tratando de forzar la obediencia a la Ley Seca, pero la corrupción de las autoridades locales y el rechazo de las masas a la Prohibición (demostrada por el hecho que el consumo no disminuía) hacían más impopular sostener la Ley Volstead.

Si Roberto realmente está preocupado por el costo humano y económico del consumo de tabaco —y demás drogas—, uno esperaría que cambie de opinión cuando el remedio que propone tiene un costo humano y económico mayor. ¿Cuánto le cuesta a una sociedad incrementar 5,5 veces su población carcelaria?

El tercer y último argumento de Roberto Augusto para prohibir el tabaco es el de una supuesta falsa libertad:

Resulta absurdo que los fumadores reclamen su 'libertad' para fumar. Las drogas destruyen el libre albedrío de la persona al convertirla en adicta a una sustancia. Lo que alguien hace con su cuerpo no es algo que únicamente importe al interesado, sino que afecta al conjunto de la sociedad. Es un tema de salud pública. No hay ninguna libertad en ser prisionero de una sustancia que nos hace daño y perjudica a todos los que nos rodean.

Recordemos: no todos los consumidores son adictos y los riesgos son administrados en vez de suprimidos. Por si fuera poco, esta aproximación carece de un sentido de proporcionalidad —muy propio del discurso prohibicionista, dicho sea de paso—. No todas las drogas tienen la misma capacidad de causar adicción y el umbral de adicción varía de una persona a otra. Meter todas las drogas en un mismo saco y etiquetar a todos los que alguna vez hemos probado el tabaco u otra droga como adictos es traído de los cabellos.

También cabe mencionar a las personas que han dejado el cigarrillo —u otras drogas más potentes—. No son pocas personas y, ciertamente, demuestran que una adicción no anula la voluntad por completo. (Y prefiero hablar de voluntad, porque la evidencia apunta a que el libre albedrío no existe, pero esa es otra discusión.)

(Imagen: Romeo y Julieta en HDR--Over 3k views via photopin (license))

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