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La fosa y la memoria: la verdad como desocultamiento y el desocultamiento de la verdad



  

 La filosofía analítica y el positivismo lógico han diferenciado tradicionalmente entre dos acepciones de la palabra 'verdad': la 'verdad' como correspondencia (es decir, la coincidencia entre lo que se afirma y la realidad de las cosas) y la 'verdad' como coherencia (cabe decir, la ausencia de asertos contradictorios en un sistema lógico-deductivo que parte de unas determinadas premisas). Pululan en la actualidad otras concepciones de la 'verdad', aunque con menos solera que las dos anteriores. Hay, sin embargo, una acepción que me gusta particularmente, dotada como está de una dimensión poética irrebatible y que mana -¡cómo no!- de las fuentes griegas: se trata del término alétheia, esto es, la 'verdad' como desocultamiento o desvelamiento de la auténtica realidad, que se despoja del manto de la apariencia que la ocultaba.

Fue Heidegger quien popularizó (quizás sea éste un verbo excesivo trátándose del 'mago de Messkirch') la identificación de la verdad como desocultamiento. Ciertamente, la densidad semántica de alétheia nos permitiría digresiones filosóficas de amplio perímetro, pero no es esta mi intención, aquí y ahora. Sólo quisiera resaltar tres aspectos del desocultamiento, y es su carácter oracular, fatal y siniestro; oracular en tanto se trata de un proceso interpretativo, fatal por lo que tiene de actividad pasiva que se limita a 'ver' una verdad que está ahí, que no debe ser construida, y siniestro porque aquello que se desoculta es, tal vez, aquello que debería permanecer velado.

Pienso que alétheia es un término de aplicación particularmente pertinente en el debate actual sobre la recuperación de la memoria histórica -en relación con la guerra civil y la posterior represión franquista- y los límites de ésta. Cuando los familiares de las víctimas del franquismo -durante y después de la guerra civil- exigen conocer las verdad y recuperar la memoria de sus allegados, están, tal vez sin ellos saberlo, reivindicando la puesta en práctica de un concepto teórico de vieja escuela: la verdad como desocultamiento.

En este caso, además, 'desocultamiento' es un término que se proyecta con la contundencia de una piedra sobre una vidriera. Pues no podía idearse una palabra más pertinente a la hora de tratar sobre la exhumación de los miles de cadáveres de represaliados que yacen en la actualidad en fosas comunes. Siempre he creído que hay algo de ignominioso en los desenterramientos de restos humanos -influenciado quizás por esas películas góticas de ladrones de cadáveres y sombrías facultades de medicina- pero no es este precisamente el caso. La dignidad se asocia a la memoria y a la justicia cuando se trata de la exhumación, la contabilización y la identificación de los restos corpóreos de quienes fueron sepultados de forma anónima por la -esta sí- ignominia de esos inhóspitos vencedores de nuestra guerra civil.

Alétheia, desocultamiento.

Se desocultan otras cosas además de los restos humanos antedichos: se desoculta una parte de la historia reciente, en tanto en cuanto esa historia ya no se narra, sino que se ve; se desoculta la vergüenza sublime de quienes nada quieren con este asunto porque saben que cada cuerpo exhumado es como un tatuaje o una muesca estampada sobre su propia conciencia o la de sus ascendientes ideológicos; pero se desocultan también las excrecencias tumorales de un proceso de transición política que se ha vendido como un modelo de reconciliación y que no ha sido más que un espantapájaros cosido con puntadas de urgencia. No dudo del carácter posibilista de 'nuestra' transición, ni del escaso margen de maniobra con el que los actores políticos del momento operaban; pero eso no le quita ni un ápice su naturaleza esencialmente chapucera, ni impide su reconsideración ética al cabo de los años.

Demasiados muertos como para que no revienten las costuras, me temo. La transición española sólo puede merecer la expresión triste y resignada de quien sabe que en ese momento no era posible otro arreglo: y sin embargo, sus protagonistas hinchan el pecho y elevan al cielo una mirada que se supone limpia de angustias. La derecha española ha ganado la batalla del postfranquismo, pero se ha repartido las medallas con la izquierda: esperemos que sólo hasta el momento.

Al cabo de treinta años la memoria parece desperezarse aún entre temblores, y la verdad pugna cada vez con más fuerza por escarbar entre las capas de tierra removida y sedimentada para encontrarse con ella misma -"Conócete a tí mismo", figuraba en el frontispicio del templo de Apolo Délfico- y para restituir la simetría de dolores que toda situación de justicia reclama. La memoria -no se si histórica, pero sí profunda y conmovedoramente personal- invoca a la dignidad desde el fondo de una fosa común.

Ignoro si encontraremos la dignidad de los otros en esa misma fosa.
Manuel Corroza

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