7 de febrero de 2015

Histrionismo identitario (Andrés Carmona)


En Canadá, se permite a un niño de 12 años acudir a clase con un puñal (kirpan) en tanto que se lo considera un símbolo de su religión sij. En España, evangélicos y judíos pueden hacer los exámenes de oposiciones en fechas distintas si la convocatoria oficial coincide con su día sagrado. En las sociedades laicas y secularizadas proliferan las kipás judías, los velos islámicos, los turbantes sij… Dejando de lado las religiones, también abundan los símbolos, signos o conductas de quienes no quieren dejar dudas a los demás de su orientación sexual, o los jóvenes que dejan bien clara su pertenencia a tal o cual tribu urbana en su indumentaria. De una forma u otra, unos y otros se esfuerzan de una forma consciente en mostrar su identidad, su diferencia, su especificidad respecto del resto, en ser reconocidos rápidamente y sin dudas en su identidad o pertenencia a un grupo concreto. De hecho, cada vez es más común el sustantivo “comunidad” seguido de algún adjetivo identitario respecto de su etnia, lengua, religión, etc.: comunidad judía, comunidad musulmana, comunidad gay, comunidad gitana…


Esta tendencia cada vez mayor a etiquetarse y mostrar de forma ostentosa y llamativa la que se considera la propia identidad es a lo que me refiero con “histrionismo identitario”: el exhibicionismo cada vez más exagerado de esa identidad. Y hablo de histrionismo y exhibicionismo para marcar ese carácter exagerado y ostentoso de mostrar esa identidad. No se trata de tener una identidad para uno mismo, sino que el acento parece estar en mostrárselo a los demás, en que los demás se den cuenta de esa identidad: es una especie de respuesta histriónica a una pregunta que nadie ha hecho: ¿y tú qué eres?

Este fenómeno parece ir en contra de lo que podríamos decir que ha sido una de las características de la modernidad: reducir la diferencia al ámbito de lo privado y construir un espacio público indiferenciado. El modelo medieval y del antiguo régimen (por no hablar del de las castas indias) era un modelo estamental claramente diferenciador, en el que cada grupo o estamento tenía su lugar definido y su propia ley específica, y cada miembro de esos grupos era claramente distinguible de los demás. Llegaba a haber incluso leyes que obligaban o prohibían vestirse de determinadas formas, o con ciertos signos distintivos, a cada uno según su grupo de pertenencia. La tendencia moderna, sobre todo después de la Revolución Francesa, fue justamente al revés: la igualdad ante la ley y la construcción de un espacio público en el que, por ser común, venían a participar todos los individuos, en cuanto tales individuos, totalmente iguales e indiferenciados. Un espacio en el que no hay judíos, cristianos ni musulmanes sino individuos, ciudadanos, iguales en derechos y obligaciones, y que se reconocen entre sí como iguales precisamente porque no tienen en cuenta las diferencias particulares de cada uno (que quedan en su ámbito privado, separado e inaccesible desde lo público como garantía de la libertad dentro de ese ámbito).

El corolario de esa igualdad ante la ley es la prohibición de la discriminación por cualquier diferencia: sexo, religión, etnia, capacidad física, orientación sexual, etc. Si todos los individuos somos iguales en derechos y obligaciones, no tiene sentido dar un trato distinto (ni mejor ni peor) a alguien por ningún motivo de los que le distinguen de los demás. De ahí la tendencia a invisibilizar la diferencia y el derecho a invisibilizarla. El art. 16.2 de la Constitución Española, por ejemplo, recoge esta idea cuando prohíbe que a alguien se le pueda obligar a declarar sobre sus ideas o creencias. El sentido de este derecho está en impedir que a alguien se le pueda dar un trato peor por motivo de sus ideas propias: por ejemplo, un jefe ateo podría discriminar a un empleado musulmán o católico si llegara a descubrir que tiene esas creencias, por eso se prohíbe que en un formulario, currículum o similar se pueda exigir al candidato que explicite sus ideas religiosas, políticas o de cualquier otro tipo.

Lo anterior implica que la identidad propia es algo difícil de descubrir a primera vista. Que para saber la de otro hay que preguntar necesariamente. Que no es evidente a primera vista. De esta forma se trata de hacer efectivo uno de los principios del laicismo: el derecho a la diferencia. El derecho a ser distinto sin que eso implique discriminación de ningún tipo. Se garantiza, al mismo tiempo, la igualdad de todos y el derecho de cada uno a su propia diferencia sin que eso influya es esa igualdad fundamental.

Sin embargo, la tendencia actual es la contraria. Es la tendencia a exhibir la propia diferencia. Ya no hace falta hacer una labor casi detectivesca o inquisitorial para saber o adivinar fácilmente cuáles son las creencias o ideas propias de alguien: nos las deja bien claras cada uno con su aspecto externo o su conducta, o con sus propias exigencias o reivindicaciones. Puedo catalogar con un margen de error bastante pequeño si la gente con la que me cruzo por la calle es católica, judía, musulmana, homosexual o hipster solo con mirarla: la inmensa cruz que le hace daño en las cervicales, por ejemplo, me lo está diciendo (o el velo, o la kipá…).

¿Cuál es el problema? En principio, ninguno. Es más, todo lo contrario. Es algo tremendamente positivo que cada cual pueda mostrar su identidad públicamente y sin miedo a represalias, marginación o discriminación. El derecho a la propia identidad es también el derecho a expresarla y mostrarla. Se convierte en problema cuando esa expresión es histriónica, cuando pasamos de mostrar a ostentar, y sobre todo cuando del derecho a la diferencia se pasa a reivindicar diferencia de derechos. En otras palabras: cuando pasamos de los derechos individuales (del derecho a la diferencia) al comunitarismo (la diferencia de derechos).

Durante mucho tiempo, las sociedades han sido homogéneas culturalmente, señalando y estigmatizando al que era distinto para discriminarlo. Recordemos La letra escarlata: la protagonista es obligada a llevar una letra “A” de adúltera permanentemente pegada en su ropa para que todo el mundo la distinga y sepa que es una adúltera. O los signos en la ropa de los prisioneros de los campos de exterminio con los que los nazis señalaban a cada preso como judíos, comunistas, homosexuales, etc. Ya desde el principio de los tiempos, el dios Yavé hizo una marca a Caín con la misma intención para que fuera siempre visible su pecado a los ojos de todo el mundo (Génesis 4, 15). Ser distinto a los demás, tener ideas propias contrarias a las mayoritarias, siempre ha sido arriesgado. El precio ha sido tan alto que muchas veces las minorías han preferido pasar inadvertidas ocultando su identidad o fingiendo otra: los judíos (marranos) y musulmanes (moriscos) falsamente convertidos al cristianismo en España, por ejemplo. Por no hablar de los homosexuales que durante tantísimo tiempo han tenido que esconder su orientación sexual e incluso vivir con una fingida heterosexualidad en un contexto cruelmente homófobo. Peor aún lo tiene quien no puede ocultar su diferencia de ninguna forma porque está en su sexo o en el color de su piel: mujeres y minorías raciales han sufrido la discriminación machista y racista durante siglos.

Frente a todas esas formas de discriminación se alza el ideal laicista de la igualdad de derechos y la no discriminación, separando tajantemente el ámbito privado del público: en el privado se dejan todas las diferencias, las particularidades y las creencias, y en el público todos los individuos participan libremente y en igualdad como tales individuos, buscando la construcción del bien común de forma deliberativa, haciendo uso de lo que todos los seres humanos compartimos en tanto que humanos: la razón. El fundamento de la democracia laica no es el origen étnico, el color de la piel, la religión ni nada de eso: es la igual dignidad de todos los seres humanos en tanto que agentes racionales que pueden dialogar y deliberar sobre el bien común, dejando de lado sus diferencias particulares. Dejar de lado quiere decir que son irrelevantes en el ámbito público, que no pueden invocarse como motivo de trato diferente (ni mejor ni peor): nadie puede esperar privilegios, ni temer perjuicios, en razón de su diferencia particular, ya sea su sexo, orientación sexual, creencia religiosa o lo que sea.

El peso de la tradición es fuerte, y la mayoría cultural puede utilizarlo para discriminar directa o indirectamente a la minoría. Si no tenemos cuidado, la igualdad o indiferenciación puede ser la excusa para hacer pasar a la cultura mayoritaria o dominante como la cultura común. De esa forma se pervierte la igualdad como asimilación, a veces bajo el nombre de “integración”. De una forma u otra, se obliga a las minorías a aceptar la cultura dominante y renegar de la suya propia. En ese contexto, visibilizar la propia diferencia puede ser, a la vez, una forma de mostrar el orgullo por la propia identidad y de reivindicar la igualdad de derechos. Es el sentido que tiene el feminismo o el “orgullo gay”: en una sociedad machista u homófoba es necesario romper esa tendencia, incluso provocando con las formas, para mostrar que las mujeres o los homosexuales no solo existen, sino que están orgullosos de serlo: que no son “hombres fallidos” (“errores de la naturaleza” como las consideraban Aristóteles o Tomás de Aquino) ni enfermos o desviados (como durante mucho tiempo se ha catalogado a los homosexuales, incluso en el DSM hasta 1973).

El movimiento por los derechos civiles de las personas negras es otro ejemplo y muy ilustrativo: no pedían derechos específicos para las personas negras, sino precisamente que las personas negras tuvieran los mismos derechos que las blancas: no pedían derechos negros, sino derechos humanos. El feminismo o el movimiento LGTB reivindican lo mismo: que mujeres y homosexuales puedan tener los mismos derechos que hombres y heterosexuales. Unos y otros ejercitan el ideal laicista de igualdad de derechos y derecho a la diferencia sin discriminación.

Uno de los aspectos más importantes a destacar en los ejemplos anteriores es el de que la diferencia se concibe como un aspecto particular del que su portavoz se siente orgulloso, pero por el cual no quiere que se le dé un trato diferente. Reclama su derecho a ser distinto de los demás (a ser mujer, homosexual o negro) sin tener por eso menos derechos. Ni menos, ni más, ni otros distintos. Su reivindicación del derecho a la diferencia no conlleva una diferencia de derechos. Sin embargo, eso es a lo que conduce el histrionismo de la identidad: a un comunitarismo histriónico (valga la redundancia).

Ese histrionismo identitario conduce a la formación de grupos o comunidades cuyo nexo de unión entre ellos, y de separación con los demás, es su diferencia específica (color de piel, sexo, orientación sexual, religión, nacionalidad, idioma, etc.). Hacen de esa diferencia una esencia que predomina y colorea a todo lo demás. Al hacer eso se desplaza el centro de gravedad desde la dignidad común hacia esa esencia particular. El negro, la mujer, el homosexual, el musulmán o el catalán que reivindican la no discriminación ponen el acento en la igual dignidad de todas las personas, la cual no se ve afectada por ese color de piel, sexo, orientación sexual, religión o idioma, reivindicando el mismo trato sin tener el cuenta esa diferencia de la que ellos están orgullosos. Por el contrario, el comunitarismo negro, feminista, gay, religioso o nacionalista lo que señala es esa diferencia como el aspecto esencial y central del que emanan los derechos de negros, mujeres,  homosexuales,  musulmanes o catalanes, y no en la igual dignidad. Es esto lo que, según ellos, les permite exigir derechos diferentes en tanto que negros, mujeres, homosexuales, musulmanes o catalanes. Se pasa así del derecho a la diferencia a la diferencia de derechos.

Por otra parte, los movimientos de liberación de mujeres, negros, etc., lo que buscaban era la liberación individual de cada mujer, de cada negro… Pero los comunitarismos respectivos no toman como sujeto al individuo que es diferente sino a la comunidad, que no deja de ser una abstracción, un sujeto colectivo imaginario pero que produce daños reales a los auténticos y únicos seres reales: los individuos. Los derechos solo pueden ser individuales (aunque se puedan ejercer colectivamente, pero en todo caso son derechos de los individuos): los entes colectivos solo tienen existencia imaginaria, como ficción jurídica, por ejemplo (como en el caso de las empresas o sociedades mercantiles). El problema de estas comunidades es que reproducen en su interior la misma opresión que la cultura mayoritaria puede ejercer sobre las minorías: la opresión que, en una sociedad, el grupo mayoritario ejerce sobre el minoritario, se reproduce de la misma forma por parte de la mayoría del grupo minoritario respecto de los individuos de ese grupo, esto es, de los que no quieran cumplir con los estándares homogéneos que se espera de cada uno de ellos.

Al esencializar la diferencia específica, esta se convierte en una norma obligatoria para los miembros de ese grupo, que deben cumplir para ser considerados del mismo. Se acaban estableciendo normas de conducta que supuestamente realizan esa esencia. Incumplirlas implicaría rechazar la esencia y la pertenencia al grupo: ser la minoría de la minoría. Con lo cual esa diferencia esencializada se convierte en un peso, en una carga opresiva sobre los individuos que no quieran cumplir con esas normas. Por ejemplo, la musulmana que no quiera llevar velo, la mujer que quiera ser modelo o prostituta, el catalán que quiere expresarse en castellano, el español al que no le gustan los toros, o el negro o el gitano que quiera hacer actividades consideradas de blancos o payos entre los propios negros o gitanos. De esta forma, la identidad se convierte en una cárcel de la que los individuos no pueden escapar: se ven obligados a comportarse como buenos musulmanes, como auténticos negros, verdaderos españoles... Se pierde la libertad de vivir la diferencia individualmente, como cada uno quiera, sin someterse a una normatividad que a saber quién la ha establecido y por qué. Sería el caso del homosexual que considera que su sexualidad se queda en la cama y que no quiere ostentarla ni mostrarla en público (que quiere ser indistinguible de un heterosexual ante los demás), y que es considerado por los demás como un homosexual frustrado o vergonzante que no quiere “salir del armario”, y que siente presiones para hacer “cosas de homosexual”: como si ser homosexual fuera necesariamente mucho más que sentir atracción por el mismo sexo.

Unido a lo anterior está el tema de la portavocía. ¿Cuál es la legítima voz de la comunidad? ¿Quién conoce y sabe interpretar lo que los negros, o las mujeres, o los homosexuales, o los musulmanes, o los inmigrantes, o los vascos, o quien sea, quieren, piensan o sienten? Como si todos los negros, mujeres, inmigrantes, etc., tuvieran que, por esas características, querer, pensar o sentir exactamente lo mismo. Acaba ocurriendo que son grupos de poder internos los que se hacen con la representación del conjunto, elevando su propia perspectiva a la de única perspectiva de todo el grupo comunitario, siendo después recibidos por los poderes públicos como únicas voces autorizadas de su conjunto respectivo. Así, por ejemplo, se habla en nombre de los inmigrantes, de los gitanos o de las mujeres como si todos ellos tuvieran la misma opinión en los mismos temas.

Es desde esta perspectiva que pueden entenderse las formas histriónicas de vivir la propia identidad en nuestras sociedades actuales. En vez de vivirse la identidad y la diferencia como un derecho individual en la vida privada pero irrelevante en la vida pública, se reivindica esa misma identidad y diferencia en el espacio público, y se exige diferencia de trato y de derechos por eso mismo. Y para eso se hace hincapié en mostrar esa diferencia, en exagerarla, en que quede bien clara. Los símbolos identitarios ya no solo se muestran: se ostentan. Ya no se trata de una pequeña cruz casi invisible a los demás, o que queda oculta bajo la camisa y que sirve principalmente al propio creyente de recordatorio de su fe para sí mismo, ahora se trata de una cruz grande, ostentosa, que pueda ser vista por cualquiera que tenga ojos en la cara.

Esta tendencia puede minar la igualdad de derechos y ante la ley con base en la igual dignidad humana, resumen de lo que es el laicismo, y conducirnos hacia otro modelo pre-moderno de distinción de derechos, de trato diferente, de fuerza política de las comunidades y no de los individuos. Las consecuencias en el pasado son bien conocidas: guerras de religión, persecución religiosa e ideológica, limpieza étnica, marginación social. Sin llegar a esos extremos, estas reflexiones son importantes a la hora de acercarnos a polémicas actuales como pueden ser las del velo islámico en los colegios, las peticiones de los llamados “acomodos razonables”, las cuotas para minorías en puestos de trabajo, oposiciones o listas electorales, etc. 

 


Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.

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