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Eclesiastés, un libro muy atípico en la Biblia. Autor: Gabriel Andrade



            Eclesiastés es uno de los libros atribuidos a Salomón, pero es una falsa atribución. Si bien el autor se identifica a sí mismo como el hijo de David, rey de Jerusalén (1:1), el texto tiene giros lingüísticos arameos y palabras persas, lo cual refleja un periodo posterior al exilio babilónico. Los estudiosos estiman que Eclesiastés debe proceder del siglo IV o III antes de nuestra era.
 
            El autor también se identifica a sí mismo como “Cohelet” (1:1), una misteriosa palabra hebrea que los estudiosos traducen como “predicador”, y de ahí procede el título de Eclesiastés (que a su vez, viene de la palabra griega para referirse al predicador).
            Eclesiastés es el libro más filosófico de toda la Biblia, y seguramente el más cercano a la visión secular y humanista del mundo. Sospecho que, para ateos como Richard Dawkins, Gonzalo Puente Ojea, o Michel Onfray, el libro de Eclesiastés será el más apreciado en toda la Biblia. No es un libro narrativo, ni poético. Es más bien algo parecido a un tratado de filosofía existencialista.
            Hay una pregunta filosófica fundamental, que ha generado mucha angustia: ¿cuál es el sentido de la vida? Albert Camus, por ejemplo, no estaba seguro de haber encontrado respuesta, y nunca dejó de contemplar el suicidio como alternativa (de hecho, si bien murió en un accidente automovilístico, hay gente que sospecha que su muerte pudo haberse tratado de un suicidio). En una genial escena de la película Annie Hall, de Woody Allen, el protagonista recuerda cómo, siendo niño, su madre lo llevó al psicólogo. El niño no quería hacer sus deberes escolares, porque había descubierto que, dentro de algunos millones de años, el universo llegaría a su fin, y si todo es temporal, ¿cuál es el sentido de hacer las cosas?
            Pues bien, el libro de Eclesiastés, a su manera, dice cosas parecidas. La vida no tiene un sentido cósmico general. Contrario a la falsa concepción de la teología deueteronomista, según la cual Dios premia al justo y castiga al bueno, o a la más impersonalizada (o, podríamos decir también, kármica) concepción de Proverbios, según la cual el mal recae sobre el malo y el bien sobre el bueno, el autor de Eclesiastés está muy consciente de que este mundo no es justo: “En mi vano vivir, de todo he visto: honrados perecer en su honradez, y malvados envejecer en su maldad” (7:15); “hay honrados tratados según la conducta de los malvados, y malvados tratados según la conducta de los honrados” (8:14).
            Muchos creyentes están conscientes de todo esto, pero como escapatoria, invocan el más allá: en la otra vida, Dios arreglará las cosas, y eso da sentido a esta vida. Sin la creencia en la inmortalidad, nos dicen estos creyentes, estaríamos desesperados. Pero, el autor del Eclesiastés no se come el cuento del más allá. El muerto, muerto se queda: “… vale más perro vivo que león muerto. Los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada, y no hay ya paga para ellos, pues se perdió su memoria. Se acabaron hace tiempo su amor, su odio y sus celos, y no tomarán parte nunca jamás en todo lo que pasa bajo el sol” (9:5).
            Si no hay justicia cósmica, si no hay un más allá, si no habrá un legado duradero, ¿a qué nos podemos aferrar, entonces, para intentar encontrar sentido a la vida? ¿Al trabajo? No: “Consideré entonces todas las obras de mis manos y lo mucho que me fatigué haciéndolas, y vi que todo es vanidad y atrapar vientos, y que ningún provecho se saca bajo el sol” (2:11). ¿A la sabiduría? Tampoco: “Como la suerte del necio será la mía, ¿para qué sirve mi sabiduría?” (2:15) ¿A las riquezas? Menos aún: “Quien ama el dinero nunca tiene suficiente, quien ama la riqueza, nunca estará satisfecho con su ingreso” (5:10). Al final, como célebremente inicia su discurso el predicador: “¡Vanidad de vanidades!... todo es vanidad” (1:2).
            Según Eclesiastés, si todo es vanidad, ¿debemos abandonar todo a la desidia? ¿Estaríamos mejor suicidándonos? No propiamente. Algún alivio se puede encontrar en los sencillos placeres inmediatos. La Biblia ha sido invocada por ascetas para llevar a cabo sus patéticas prácticas autodestructivas. Pero, no es ése el caso de Eclesiastés: “Por eso alabaré la alegría, pues no hay otra cosa buena para el hombre bajo el sol sino comer, beber y divertirse; eso le acompañará en sus fatigas los días de vida que Dios le conceda bajo el sol” (8:15); “Anda, come con alegría de tu pan y bebe de buen grado tu vino… vive la vida con la mujer que amas, todo el tiempo de tu vana existencia que se te ha dado bajo el sol” (9:7-9). Varios siglos más tarde, Pablo, un personaje que odió el placer, escribirá a los cristianos de Corinto: “Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos” (I Corintios 15:32). El autor de Eclesiastés recomendó hacer eso exactamente (precisamente, porque no creía en la inmortalidad), y no es un mal consejo: en vista de que, probablemente ésta es la única vida que tenemos, mejor aprovecharla al máximo, disfrutando los placeres que nos ofrece.
            Algún copista deshonesto, escandalizado ante el hecho de que Eclesiastés incitaba al placer, y no perdía mucho tiempo en alabanzas santurronas y aburridas a Dios (aunque, en ningún momento niega su existencia), seguramente añadió el verso final para intentar mitigar el mensaje general del libro, y trató de presentar a un Dios que sí hará justicia: “Basta de palabras. Todo está dicho. Teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser hombre cabal. Porque toda la obra será juzgada por Dios, también todo lo oculto, a ver si es bueno o malo” (12:13).
            Quizás el libro de Eclesiastés sea demasiado nihilista para mi gusto, pues yo no creo que, por el mero hecho de que algo sea finito y temporal, sea vano y desprovisto de sentido. Yo sí encuentro satisfacción en el trabajo y la sabiduría (y también las riquezas, ¡si las tuviere!), aun sabiendo que, dentro de algunos billones de años, el universo dejará de existir (la cómica preocupación de Woody Allen). Pero, sí suscribo la idea de que, debemos tratar de gozar la vida al máximo, sin perjudicar a los demás. El hedonismo, a mi juicio, es una de las doctrinas filosóficas más injustamente atacadas, especialmente por las religiones. Como vemos, Eclesiastés no es un buen candidato para que el cura lo incluya en la homilía.      

Comentarios

  1. Me ha parecido una introduccion excelente a tan excelente libro. Solo tengo una crítica: la palabra Cohelet, en la lengua semítica, puede traducirse como predicador, pero también como "el que se dirige a un grupo de personas", sin necesidad de que esas personas estén en recinto sagrado alguno, puede ser en un bar.
    Asimismo, Ecclesia significa en griego asamblea, luego Ecclesiastés puede traducirse como "el orador", pero insisto, puede ser a un grupo de amigos que se reunen para celebrar algo.
    Solo un comentario más: el autor bíblico insiste en que los jovenes deben disfrutar de su juventud (aunque les recuerda que la juventud es vanidad, y que Dios les llamará a juicio por todo aquello que hagan o no), pero no es tan explícito sobre los adultos. ¿Deben los adultos disfrutar de su edad adulta? Recordemos, por ejemplo, que adulto y adulterio vienen de la misma raíz. En eso, el autor bíblico es mucho más contenido.
    Saludos y gracias por darme una oportunidad de expresarme, Apocalypto.

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