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Pablo Iglesias y la batalla de Argel. Autor: Gabriel Andrade

  Pablo Iglesias, el “coleta” que amenaza con llevar a España por el terrible sendero del chavismo internacional, editó un libro bajo el título Cuando las películas votan. El libro es una colección de ensayos sobre filmes, todos analizados desde una perspectiva de extrema izquierda. Por muchos motivos, tengo mucha animadversión contra Iglesias, pero en vista de que se perfila como un posible futuro presidente de España, decidí echar un vistazo al libro (básicamente para saber qué ideas tiene este personaje en su cabezota). Los escritos de Iglesias son un bodrio, pero sí me llamó la atención su continua mención de La batalla de Argel, de Gillo Pontecorvo. Al final, decidí yo mismo ver la película.

            La batalla de Argel es una obra maestra, una de las mejores películas que he visto en el género bélico. Narra la batalla de Argel (en la guerra de independencia del FLN argelino contra Francia), en clásico estilo neorrealista italiano, al punto de que casi parece un noticiero. Acá no hay batallas gloriosas, ni discursos grandilocuentes, ni sentimentalismos, ni romances, ni tampoco escenas de violencia gore al estilo Salvando al soldado Ryan. Su crudeza está más bien en la representación de los dilemas morales que surgen en la guerra, y de la tremenda dependencia que la guerra contemporánea tiene con la propaganda política.
            Si bien intenta hacer un esfuerzo por presentar una visión objetiva de los hechos históricos, y en esta película no es nada fácil segmentar a los personajes en malos y buenos, resulta indudable que Pontecorvo tenía sus simpatías más con el bando argelino que con el francés. Presumo que, precisamente dada la firme intención anticolonialista de la película, Pablo Iglesias (y la legión de “progres” que lo acompañan) ha quedado fascinado con ella.
Pero, francamente, si bien en su debut la película fue controvertida y fue prohibida en Francia, hoy podemos aceptar, seamos de derecha o izquierda, que los argelinos tenían legitimidad en su guerra. Francia invadió Argelia en 1830, la sometió a un régimen jurídico colonial que colocaba a la mayoría musulmana como ciudadanos de segunda, y en ningún momento Francia hizo una consulta plebiscitaria en Argelia para decidir su estatus (algo, por ejemplo, que sí ha hecho EE.UU. en Puerto Rico, en vista de lo cual, los independentistas puertorriqueños no tienen ninguna legitimidad, por más que el chavismo internacional opine lo contrario).
Ahora bien, en una guerra, hay dos tipos de legitimidad. Una procede del ius ad bellum, el derecho de iniciar una guerra; en esto, el FLN era completamente legítimo. Pero, también está la legitimidad del ius in bello, las reglas que se deben cumplir durante la guerra. En el ius in bello, la legitimidad del FLN, incluso tal como se retrata en la película, queda muy cuestionada.
Al inicio de la película, el FLN asesina a varios policías franceses en atentados específicos en Argel. Algunos juristas y filósofos opinan que, en tanto no se trata de un combate abierto, esto es ilegítimo. Yo discrepo. Esos policías son combatientes, miembros de una fuerza de ocupación imperial. Y, si la resistencia es legítima (como efectivamente lo era en el caso del FLN), entonces es legítimo matar a policías, aun si no se trata de una situación de combate abierto. Del mismo modo en que fue legítimo para la resistencia francesa matar a oficiales nazis durante la ocupación de Francia, fue legítimo para el FLN matar a policías franceses durante la ocupación de Argelia.
Pero, a medida que progresa la película, el FLN acude a tácticas más perversas de terrorismo. Mujeres musulmanas que se hacen pasar por colonas francesas, colocan bombas que deliberadamente atacan civiles (en una terrible escena, niños y adolescentes). Esto despoja de legitimidad al FLN, pues si bien el ius in bello contempla la muerte de civiles, sólo los acepta como daños colaterales. Atacar deliberadamente a no combatientes es un crimen.
No es aceptable el cliché de que “el terrorista de un bando, es el luchador por la libertad del otro bando”. El terrorismo no es un mero calificativo subjetivo. Hay reglas muy específicas que definen al terrorista, y la más elemental consiste en calificar como terrorista a todo aquel que deliberadamente ataca civiles. Precisamente por motivos como éstos, mientras que Jean Paul Sartre hacía una apología asquerosa del terrorismo del FLN, el filósofo Michael Walzer lo reprochó duramente por eso, y no dudó en calificar al FLN como un grupo terrorista.
En una escena magnífica, un periodista francés le reprocha a un líder capturado del FLN, el usar tácticas de terrorismo, al emplear bombas escondidas que, al activarse, matan a civiles. El líder guerrillero responde que Francia ha usado napalm en sus guerras, y que con gusto, él cambiaría “los tanques por las cestas”. En su escrito sobre la película, el “coleta” Iglesias ha quedado fascinado con esta respuesta del guerrillero.
La implicación en la aprobación de esta frase es que, si mi enemigo comete crímenes de guerra (y ciertamente el uso de napalm califica como tal), yo también estoy autorizado a hacerlo. Pero esto es moralmente inaceptable. La causa de mi guerra es justa, precisamente cuando mi bando tiene más autoridad moral que el adversario. Y, para mantener la legitimidad, yo debo preservar las reglas, sin importar si el enemigo las cumple o no. El Holocausto nazi no justifica el bombardeo aliado de Dresde; la violación de Nanjing no legitima la bomba atómica en Hiroshima. Yo veo con mucha preocupación que un posible futuro presidente de España aplauda a un guerrillero que trata de justificar los crímenes del terrorismo, sencillamente alegando que la contraparte estatal también los comete.
En una escena posterior, al coronel francés que encabeza las operaciones de contrainsurgencia, un periodista le pregunta si el ejército francés está torturando guerrilleros. De forma muy similar a como hoy hacen los generales norteamericanos en la muy inmoral “guerra contra el terror”, el coronel dice que en vista de que el enemigo está acudiendo a tácticas terroristas, la única respuesta eficiente es la tortura, para poder desmantelar las células terroristas.
Mucho se ha discutido si la tortura es o no eficiente, y por lo que sabemos tras varias décadas de documentación, parece que no lo es (el torturado, con tal de evitar más sufrimiento, declarará cualquier información, sea verdadera o no). Pero, aun en el caso de que sí fuere eficiente, es moralmente cuestionable su uso, y las reglas del ius in bello ciertamente la prohíben. Las declaraciones del coronel francés son tan desafortunadas como las del líder guerrillero.


Veo con preocupación que estemos dispuestos a reprochar al coronel, pero que un sector de la izquierda no esté dispuesto a reprochar al guerrillero. Deberíamos exigir mayor consistencia moral. Si usamos principios morales para reprochar a Bush y McNamara, debemos también usar esos mismos principios para reprochar al Che Guevara y a Hamas.
En el combate entre David y Goliat, podemos tener nuestras simpatías con David, por el hecho de que es más pequeño, y está siendo oprimido. Pero, si para intentar liberarse de la opresión de Goliat, David busca deliberadamente matar a los hijos pequeños de Goliat, entonces David se habrá convertido en un criminal, del mismo calibre que Goliat. Ojalá Pablo Iglesias entienda esto a tiempo, sobre todo al tener en cuenta que, en caso de llegar a la presidencia, deberá tratar el difícil tema de la ETA.

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