13 de diciembre de 2014

No al sectarismo: En defensa de una izquierda racional (Andrés Carmona)





Estamos asistiendo estos días[1] a una cierta polémica a raíz de un texto de Mauricio-José Schwarz titulado “Juana de Arco” Forcades, más allá del antivacunismo mortal”, publicado por el autor en su blog el 21 de julio de 2013 y publicado también por Sinpermiso el 27 de julio de 2013 pero con una diferencia: los enlaces del texto disponibles en el texto original no pueden utilizarse en el texto de Sinpermiso. Dicho texto ha tenido dos respuestas desde entonces (que yo sepa). Una firmada por Martí Caussa, el 2 de agosto de 2013, en la edición digital de Viento Sur y llamado “Teresa Forcades en la hoguera digital” y otra más por parte de Vicenç Navarro, del 8 de agosto de 2013, titulada “No al sectarismo de izquierdas: en defensa de Teresa”, disponible en su blog y publicada en su columna de Público y también difundida a través de la web de Anticapitalistas. También del 8 de agosto es un texto de Pedro A. García Bilbao sobre la polémica en Sociología crítica: “Monjas, laicismo y la incapacidad de la izquierda”.


La polémica discurre por varios derroteros que, al estar centrada en Teresa Forcades, están vinculados con tres facetas suyas: la que tiene que ver con el hecho de ser monja y lo que eso da de sí para hablar de laicismo, de la religión, etc.; la que gira en torno a sus ideas políticas; y la que tiene que ver con sus opiniones sobre asuntos científico-médicos como fueron las relativas a la gripe A y su postura contraria a la vacunación. Caussa resume el mérito de la polémica en que puede servir para profundizar en dos temas: “en qué medida son científicas y deben promocionarse (o no) algunas prácticas que se presentan como medicinas alternativas; y cuál es la versión del laicismo que conviene impulsar desde la izquierda”.

El texto de Schwarz es sumamente crítico con Forcades. El autor la critica no solo por ser antivacunas sino por ser una promotora de pseudomedicinas, conspiranoias y tonterías peligrosas, como él mismo las llama. Y aquí hay que dar la razón a Schwarz y dar un tirón de orejas a parte de la izquierda que ha abrazado las teorías pseudocientíficas y conspiranoicas que difunde Forcades. Ella, y la izquierda que como ella hace lo mismo, caen en el error de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, y así se alían con lo peorcito del mundillo magufo creyéndolos aliados del anticapitalismo. Que la industria farMAFIAcéutica tiene intereses capitalistas y que su principal objetivo no es curar sino hacer negocio es tan evidente como que el objetivo de cualquier panadero no es alimentar a sus vecinos sino ganar dinero (por eso cuando deja de ganarlo cierra la panadería en vez de seguir haciéndolo gratis). Hay innumerables argumentos de peso contra la industria farmacéutica, y no hace falta inventar mentiras científicas ni conspiranoias para luchar contra ellas. Es más, es contraproducente, pues al ser falsedades fácilmente constatables con un mínimo de rigor científico, desacreditan a quien las utiliza, y de paso desacredita a las auténticas críticas con fundamento que pudiera utilizar. Si el alcalde de mi pueblo fuera un corrupto y pudiera demostrarlo, no me hace falta decir, además, que es un borracho y un líder de una secta pederasta si es que no es así, pues los abogados del alcalde demostrarían rápidamente que ni es borracho ni líder de una secta que no existe, y les resultaría muy fácil, después, desacreditar mi acusación de corrupción, puesto que ya han demostrado que no soy alguien de fiar sino dado al delirio y a ver fantasmas. Y lo dicho contra la conspiranoia anti-vacunas bien vale también para los antitransgénicos, anti-antenas de telefonía móvil, anti-wifi y anti-otras-tecnologías: hay argumentos de sobra, sensatos y bien fundados para la crítica y la lucha contra Monsanto, las eléctricas y otras grandes empresas capitalistas, sin necesidad de echar mano de falsedades científicas sobre la supuesta maldad de los organismos modificados genéticamente (OMG) o de las radiaciones electromagnéticas para la salud, o de conspiraciones para envenenar a la población ni nada por el estilo. Lo que pasa es que hay ciertos grupos que creen dogmáticamente en ciertas doctrinas cuasi-religiosas de tipo espiritualista, armonicistas, cosmo-eco-bio-centristas y neoluditas que reniegan de la tecnología (y de la ciencia moderna que está a su base) en pro de un cambio civilizatorio hacia otra forma de vida más “natural”, “ecológica”, “espiritual” y en comunión con la diosa naturaleza. Son estos grupos los que difunden la ideología de la maldad intrínseca de las tecnologías desde su FE irracional y por eso no les importa que no haya pruebas científicas de lo que dicen: les pasa como a los creacionistas, siguen creyendo en sus dogmas aunque las pruebas indiquen lo contrario. Y estos grupos (a veces auténticas sectas) son anticapitalistas pero en ese sentido cuasi-religioso y a años-luz del anticapitalismo de raíz marxista. Se oponen al capitalismo como los “socialistas reaccionarios” se le oponían también en el siglo XIX, como acertadamente Marx y Engels supieron desenmascarar en el Manifiesto Comunista (III. Literatura socialista y comunista). Por no hablar del lobby que se aprovecha de estas irracionalidades para sembrar miedo a las tecnologías y ofrecer sus productos “mágico-naturales”, contra el cáncer e incluso burkas contra las radicaciones. El problema es que esta ideología fluye entre cierta izquierda con desconocimiento de su origen cuasi-religioso (y de los intereses económicos) y cala peligrosamente entre quienes con buenas razones se oponen a las grandes corporaciones, empañando y deslegitimando estas buenas razones cuando se mezclan con aquellas idioteces. Flaco favor ha hecho, entonces, Vicenç Navarro al intentar defender esas tonterías anti-vacunas en su texto: ha intentado hacer ver que las opiniones de Forcades sobre la gripe A son una “postura crítica” cuando en realidad es un prejuicio conspiranoico, y para eso ha seleccionado a los pocos científicos a favor de ese prejuicio, ignorando que la gran mayoría está en contra. Ha incurrido, seguramente sin darse cuenta, en la misma falacia que quienes indican que hay científicos que niegan el cambio climático: haberlos haylos, pero no representan la perspectiva científica del asunto. Bien haría Navarro si, por lo menos, matizara lo que ha dicho, aunque es fácil darse cuenta de que su texto es precipitado y más cordial (hacia Forcades) que racional o razonado: en sus prisas por salir en defensa de la que llama amigablemente Teresa, no reparó ni en leer el texto original de Schwarz, lo que explica porqué cometió el error de escribir: “[Schwarz] no muestra ninguna evidencia que avale sus acusaciones. Los resaltados (que parecerían indicar links a documentos adjuntos), son resaltados, sin más”, lo que es así en la versión del texto de Sinpermiso, pero no en el original del autor y que era fácilmente accesible vía google.

En cuanto a las ideas estrictamente políticas de Forcades (separadas de sus prejuicios conspiranoicos y pseudocientíficos) no tengo mucho que decir porque puedo simpatizar con muchas de ellas en todo lo que tenga que ver con la defensa de la educación pública, la sanidad pública, las pensiones o la revolución social, aunque mucho menos en que la solución para eso sea el nacionalismo o el independentismo, pero eso es debatible.

Y el otro asunto era lo relativo al laicismo. El tema surge porque Forcades es una religiosa, una monja, metida en política. Al respecto dice Schwarz:

“Otros podríamos pensar que la intervención de ministros y monjes en los asuntos civiles es esencialmente contraria a la concepción de un estado laico, aconfesional y libre en los esquemas políticos resultado de la Ilustración. Y que este intervencionismo es aún más rechazable cuando se trata de religiosos que han jurado obediencia ciega al jefe de un estado extranjero, el imperio Vaticano, con lo cual están en obligación de poner los intereses de ese estado y su cabeza por encima de los intereses de la gente del país donde nacieron, viven o actúan obedientemente. Ser chupasotanas cuando se tercia y anticlerical cuando no conviene no parece ser laicismo y, si mucho me apuran, tampoco parece izquierda”.

A lo que responde Martí Caussa:

“¿Sacerdotes, frailes y monjas no podrían opinar de política en un Estado laico? ¿No podrían formar parte de partidos y asociaciones políticas? ¿No podrían votar? ¿Un católico ferviente sería más digno de confianza en su actitud hacia el “imperio vaticano” o tampoco podría intervenir en los asuntos civiles? Todos sabemos que hay diversas concepciones del laicismo, pero la versión antirreligiosa que apunta el artículo me parece completamente inconveniente para una política de izquierda (…) ¿cuál es la versión del laicismo que conviene impulsar desde la izquierda? Hacer esto con seriedad y respeto para las opiniones diferentes podría conducir a una clarificación importante”.

Me parece que Caussa confunde cosas. De lo que dice Schwarz no se deriva que frailes, monjas o católicos no puedan opinar ni votar. Pero sí se deriva algo que es el abecé del laicismo (por lo menos del republicano) y que es la separación entre público y privado, una de cuyas concreciones es la de Estado y confesiones, y otra la de política y religiones. En el ámbito privado cada cual opina y hace lo que le da la gana, y el Estado protege el ejercicio de esa libertad en ese ámbito: ahí una puede ser monja de San Benito, o sacerdotisa wicca, o adoradora de Satán o lo que sea. Pero el ámbito público es el ámbito de todas y todos en tanto que ciudadanas y ciudadanos de la res publica, y en ese sentido, ciudadanas y ciudadanos participan como tales en la búsqueda del bien común (la libertad como no-dominación, en sentido republicano) pero no lo hacen como monjas, sacerdotisas o adoradoras de Satán buscando su interés privado, particular (por legítimo que sea en ese ámbito privado). Dicho de otra forma: cuando la monja, la sacerdotista o la satanista entran en el ámbito público, su velo, su sotana o su pentagrama se quedan fuera. Exactamente igual que un futbolista no opina en el ámbito público como futbolista sino como ciudadano: al pasar al ámbito público, su balón se queda fuera. Si no entendemos esto, no entendemos el laicismo. Y en el caso de los religiosos es más grave. El ciudadano busca, en el ámbito público, el bien común, el bien de la república, la libertad como no-dominación de toda la ciudadanía, y si para eso debe dejar de lado sus intereses particulares y privados, más aún deben quedar fuera los intereses de potencias extranjeras, grupos de presión o empresas capitalistas. Los religiosos juran lealtad, fidelidad y obediencia ciega al supuesto sucesor de San Pedro en Roma y papa de la Iglesia Católica (explícita o tácitamente), lo que los convierte en sospechosos, por lo menos potenciales, para la república: no en vano, por eso mismo, el art. 26 de la Constitución Republicana de 1931 decía:

“Quedan disueltas aquellas Órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado. Sus bienes serán nacionalizados y afectados a fines benéficos y docentes”.

Y respecto a las demás órdenes religiosas se tomaban especiales precauciones en el mismo artículo por la misma razón, entre las que estaban la “prohibición de ejercer la industria, el comercio o la enseñanza”, adquirir ciertos bienes, someterse a las leyes tributarias, rendir cuentas, etc.

El caso Forcades levanta ampollas porque cierta izquierda la ha tomado como referente y desde otra izquierda se la mira con desconfianza. La una acepta acríticamente sus opiniones estúpidas sobre cuestiones científicas simplemente porque simpatizan con sus ideas políticas, lo cual es un grave error: Forcades podría tener muy buenas ideas políticas y estar totalmente equivocada en asuntos científicos. La otra desconfía precisamente porque esas ideas estúpidas siembran dudas sobre el resto de ideas que pueda tener: no necesariamente la estupidez de una idea en un asunto se contagia automáticamente a las ideas en otros asuntos, pero parece difícil pensar que una persona pueda defender cosas tan irracionales en un ámbito y luego sea totalmente racional en otro. Y esa simpatía o antipatía hacia Forcades está influyendo incluso en la concepción del laicismo en la izquierda. Parece como si la izquierda amiga de Forcades tuviera que renunciar al laicismo tal cual para adoptar otro más “respetuoso” con la religión que no diga ni mú cuando una mujer como Forcades obedece a San Pablo y se pone un velo para no molestar a los ángeles y cumplir con el texto bíblico:

“Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo. Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza. Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza; porque lo mismo es que si se hubiese rapado. Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra. Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón. Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles” (1 Corintios 11, 3-10).

El mismo San Pablo que dice: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (1 Timoteo 2, 11-12). Ese falso laicismo es realmente un criptoconfesionalismo que a veces se nos hace pasar con el nombre de “laicidad abierta”, o similares, como opuesto a un “laicismo radical”, cuya intención es que la religión pueda influir en el ámbito público en vez de estar en el ámbito privado que le corresponde. Y ahora pretenden hacernos comulgar con eso con la excusa del “respeto”. Pareciera que Forcades es intocable porque es monja y que es antirreligioso o irrespetuoso simplemente expresar que tiene amigos imaginarios en plena edad adulta (el niño Jesús, la virgen María, Dios…) o que tiene ideas igual de indemostrables sobre las vacunas o las (pseudo)medicinas alternativas, etc. Su libertad de creencia, opinión y religiosa no puede impedir mi libertad de crítica e incluso sorna y burla hacia las creencias, ideas y opiniones de los demás, sobre todo si no hay pruebas suficientes o fundamentos mínimos que las sustenten. Ese falso laicismo “respetuoso” es una forma de defensa del irracionalismo, el oscurantismo y la ignorancia disfrazados de “derechos”. Y no, no hay derecho a que, si tu opinión nos parece estúpida, no podamos decirte que lo es. Que los dioses te bendigan, Teresa.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.

La imagen de Forcades y Navarro está tomada de internet, concretamente de aquí.


[1] Recuperamos, con cambios mínimos, para este blog este texto que es del verano de 2013, aunque la actualidad de sus temas siguen vigentes. El texto fue publicado en su día en varios sitios digitales como: Tercera Información, Europa Laica y El Escéptico Digital.

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