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Los elefantes no requieren ninguna explicación

Observar la naturaleza siempre es un ejercicio reconfortante. Sentarse pacientemente, solos o en compañía, y observar a nuestro alrededor nos incita a hacernos preguntas e intentar responderlas. Una de las esencias de la ciencia y la filosofía. Intentar comprender cómo funciona ese mundo de ahí fuera.

De entre todo en lo que podemos pensar durante nuestra paciente observación, nos fijamos en que podemos hacer algo muy sorprendente. Aunque no seamos observadores muy perspicaces, somos capaces de diferenciar las cosas que alcanzan a ver nuestros ojos en dos grupos muy groseros.


Hay cosas que se mueven por sí solas, que parece que hacen lo que quieren; y otras que no. Ves por ejemplo un pájaro llegar a su nido en el árbol que tienes enfrente. Estás sentado en el suelo y una hormiga se mueve por tu lado con bastante afán, quizás buscando comida que llevar a su hormiguero. Aunque las hormigas apenas se parezcan a los pájaros tienen cosas en común y los incluimos en la misma clasificación, ambos parece que hacen lo que quieren.

Sin embargo, la piedra sobre la que nos apoyamos no la etiquetaríamos igual que el pájaro o la hormiga. Y si te fijas más detenidamente y sin prisas te darás cuenta de que algunas cosas que no añadirías al grupo de los pájaros y las hormigas a priori, también deberías hacerlo. Los árboles, por ejemplo, aunque no se mueven como las aves también crecen y se reproducen como aquellas. No hace falta ser un gran observador, pero sí sentarse. Podemos diferenciar entre seres vivos y seres inertes.
Una gran parte del Universo no requiere ninguna explicación. Por ejemplo, los elefantes. Desde el momento en que las moléculas aprendieron a competir y a crear otras moléculas como ellas, se habrán encontrado, a su debido tiempo, elefantes y cosas que se parecen a elefantes vagando por los campos. Los detalles de los procesos implicados en la evolución son fascinantes, pero carecen de importancia: las moléculas, que compiten y se replican, inevitablemente evolucionarán, si disponen de tiempo.
Peter Atkins (Inglaterra, 1940), insigne profesor de química en Oxford, habla en su libro La creación de la evolución de las cosas complejas. Las cosas complejas somos nosotros, yo que escribo este texto en el blog y tú, el lector, que lo lee. Las cosas complejas somos los seres humanos, los chimpancés, los gusanos, las flores o, por ejemplo, las bacterias. ¿Hay acaso algo más complejo que un ser vivo?
Algunas de esas cosas que se parecen a los elefantes serán hombres. Y también ellos carecen de importancia. Es innegable (pero no necesariamente predictible) que, desde el momento en que accidentalmente han descubierto la reproducción, las moléculas se agruparán, en un lugar o en otro (aquí, tal como ha sucedido), en grupos configurados en la forma de hombres y con sus funciones, y que también se encontrarán un día estos hombres vagando por algunos campos. Su función peculiar pero no significativa está en que son capaces de comentar, y que, marginalmente, pueden inventar fantasías y gozarse en comunicarlas.
Atkins supone que la evolución de los seres vivos es inevitable una vez que se han fijado las condiciones mínimas necesarias en el Universo. Para entenderlo tenemos que viajar al principio de todo. Este viaje lo marca el momento en el que comenzó el tiempo y el espacio, el Big Bang (una de esas curiosas palabras como "sufragista", "intelectual", "impresionista" o "tory" que fueron acuñadas por los opositores a la idea en sí y ostentadas ahora con orgullo por los destinatarios). Poco después de la gran explosión se forman protones y más tarde átomos. Después, en el interior de hornos nucleares llamados estrellas, se forman las moléculas que constituyen parte de la vida aquí en este minúsculo planeta.

De modo que si tuvieses la mala fortuna de ser omnipotente y quisieras obtener un elefante, no haría falta que construyeses los detalles pormenorizados: la retina, la trompa, el aparato digestivo o su sistema nervioso. Salvo que fueses impaciente y te importase seriamente esperar unos pocos miles de millones de años, una manera sencilla de construir un elefante sería especificar una buena cantidad de quarks, electrones y poco más, junto con una variedad de fuerzas diferentes para mantenerlo todo unido con, valga la redundancia, distinta fuerza. Al cabo de un tiempo, si surgen moléculas capaces de autorreplicarse, los descendientes de esas partículas serían elefantes (o cosas parecidas a elefantes por entrar en la categoría de "lo vivo").

Pero es todo incluso más sencillo: ¡ni si quiera hace falta que seas omnipotente! Los ingredientes surgen desde dentro del propio sistema, a partir del Big Bang: un asombroso "diseño" que no necesita diseñador. No hace falta que seas omnipotente. ¿Por qué? La peculiar afirmación de Atkins la provoca algo que él tiene asimilado: la evolución biológica. Alguna de estas moléculas, similares al ADN o ARN, tendrían la capacidad de almacenar información, de reproducirse y de sufrir variaciones con las que poder competir entre ellas. Una vez se han formado moléculas autorreplicantes (con alguna tasa de error en sus replicaciones) puede darse evolución biológica.

¿Cómo pudieron originarse moléculas capaces de autoreplicarse? Hay muchas hipótesis, y se está trabajando en ello. El ARN (más simple que el ADN y probablemente la molécula que transportase la información genética antes de surgir el ADN) pudo formarse a partir de polímeros cortos sintetizados plausiblemente sobre superficies minerales. Estos polímeros se habrían ido uniendo entre sí gracias a la actividad de una ribozima muy sencilla que a su vez se originó a partir de las primeras polimerizaciones abióticas. Así, las moléculas se irían complicando hasta formar ARN u otras moléculas parecidas capaces de autorreplicarse. Se suele conocer esto como hipótesis del ARN modular. La biología del origen de la vida es fascinante

Entonces nos podemos fijar que ya tenemos una característica esencial de "lo vivo" para poder proseguir catalogando todo lo que vemos en los dos grupos anteriores. Todos los seres vivos replican la información codificada en su genoma. La replicación, a su vez, genera siempre errores o mutaciones. La mayoría son corregidos por potentes mecanismos bioquímicos, pero otros no. Estos cambios no corregidos originan biodiversidad entre las especies. Como bien sabes, los individuos de cada especie no están aislados, sino que viven y sufren en el ambiente. Las variaciones en el genotipo se traducen en cambios en el fenotipo que pueden ser útiles (perjudiciales o neutros) para que ese individuo sobreviva y de esta forma sea capaz a su vez de formar más descendencia en la siguiente generación de replicación. Esto es la selección natural, el mecanismo que propuso el gran naturalista británico Charles Darwin (1809-1882) en El origen de las especies (1859).


Volvamos a sentarnos en medio de la naturaleza. Hasta que inexorablemente digamos hello darkness my old friend nosotros mismos nos encontramos catalogados con la prestigiosa etiqueta de "vivos". Por eso cuando pienso sobre esto me resulta bastante paradógico lo difícil que supone definir "lo vivo". Definirnos, en esencia, a nosotros. Dividir todo lo que observamos en "vivo" e "inerte" es más difícil de lo que pensábamos.

Podemos aproximar definiciones más o menos sofisticadas, y otras bastante chapuceras. Aquí me veo en la obligación de citar la gloriosa definición de la Real Academia de la Lengua Española que en su entrada de "ser" con la acepción de "ser vivo" dice algo tan truculento y digno de algunos senadores republicanos estadounidenses como "cosa creada, especialmente las dotadas de vida".

Pero vamos a las definiciones serias. Una de las explicaciones de "lo vivo" que más me gusta desde que se la escuché a Carlos Briones en una charla en "Escépticos en el Pub Compostela" es la que acuñó a principios de la década pasada el bioquímico norteamericano Gerald F. Joyce, y que ha amparado el Instituto de Astrobiología de la NASA:
Una entidad viva es un sistema químico auto-replicante que evoluciona como consecuencia de su interacción con el medio
Es obvio que como cualquier otro intento tiene sus debilidades, por ejemplo los virus. Pero esta definición me gusta mucho porque deja bastante claro que, para que nosotros incluyamos algo entre "lo vivo", tiene que intercambiar materia y energía con su entorno (procesos metabólicos) y estar en posesión de alguna clase de molécula en la que se almacene la información heredable y que se autorreplique, y así permitir la evolución biológica y, en esencia, la vida. Eso es el extracto de ser un "ser vivo".

Una especie de addendum. Una cosa es la ciencia, y otra la política, claro. Hay situaciones con elefantes en las que, a pesar del interesante planteamiento del doctor Atkins, sí se necesitan explicaciones...


Borja Merino.

BIBLIOGRAFÍA:
  • Atkins, Peter. (1983). La Creación. Editorial Labor, Punto Omega.
  • Darwin, Charles (2009). El origen de las especies. Espasa-Calpe.
  • Dawkins, Richard (2006). El gen egoísta. Salvat Editores.
  • Dawkins, Richard. (1987). El relojero ciego. Editorial Labor.
  • Gilbert, W. (1986). The RNA world. Nature 319: 618.
  • Joyce, G.F. (2002). The antiquity of RNA-based evolution. Nature 418:214-221.
  • Kauffman, Stuart. (2003). Investigaciones: complejidad, autoorganización y nuevas leyes para una biología general. Tusquets Editores.
IMÁGENES:

Comentarios

  1. El elefante no necesita explicaciones? Aún así, me cuesta bastante aceptarlo pero, aun así hay cosas parecidas a elefantes que se hacen preguntas, buscan respuestas y elaboran definiciones y teorías. Alguien dijo que los humanos somos la forma en la que la vida se observa a sí misma. Tal vez estas cosas similares a elefantes acaben haciendo algo más ambicioso, como propagar la vida por el cosmos, o incluso modificar el cosmos mismo...

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