16 de noviembre de 2014

Los poderes sobrenaturales de Tamariz o cómo vigilar el discurso propio.


Imaginemos la siguiente situación. Ana va con una amiga, Bea, a ver un espectáculo de magia, por ejemplo, el de ese gran genio que es Juan Tamariz. Ana es una aficionada a la magia y sabe cómo hace algunos trucos. Sabe un par de maneras en que se pueden hacer otros, pero no sabe exactamente cuál es la que usa Tamariz en su espectáculo. Hay otros números de los que barrunta más o menos cuál es el truco, pero le faltan detalles y no está del todo segura. Finalmente, de otros trucos no tiene ni idea sobre cómo se hacen, aunque algunos se los ha visto hacer a otros magos, otros los podría hacer ella misma (sin saber si usa el mismo método que Tamariz) y otros, sencillamente, se le escapan. Estos últimos pueden ser, incluso, la mayoría.

Bea tiene menos nociones de magia que Ana e insiste en que Tamariz hace magia de verdad. Es decir, que tiene poderes sobrenaturales que le permiten hacer fácilmente su espectáculo. Ana intenta convencerla de que no es así, y le explica algunos de los trucos. Da igual. Bea admite que puede ser que alguno lo haga, efectivamente, usando esos trucos mundanos, pero que otros números del espectáculo los hace con sus poderes, prueba de ello es que ni Ana ni ella misma tienen ni idea de cómo los podía haber hecho, y le pone algunos ejemplos a Ana. Ana intenta ofrecer una explicación plausible, pero le faltan detalles, así que su amiga le reprocha querer inventarse las explicaciones y de ser poco científica. Ana responde que la explicación natural da cuenta de algunos trucos y que no hay razón para que no dé cuenta de todos. Bea replica que esto son imaginaciones de Ana, que tanto puede ser así (y lo duda, por la espectacularidad de algunos números) como de la otra forma, y que no tenga la soberbia de pretender saberlo todo, y que los poderes de Tamariz pueden ser tan reales y, por tanto, naturales, como los trucos. Ana intenta convencerla de que, para algunos números, han visto el truco natural en acción, y que nunca han visto la intervención sobrenatural ni ningún tipo de poderes especiales, afirma también que no es soberbia, sino todo lo contrario, puesto que admite que no sabe todos lo trucos y que está dispuesta a seguir investigando. Sigue dando igual. Bea solo ve dificultades en las explicaciones de Ana, no entiende cómo pueden hacerse los trucos, Ana no sabe explicar todos y Bea no ve cómo Tamariz pueda tener tanta habilidad con las manos. Ana le responde que la ignorancia de Bea o la de ella misma no es argumento a favor de los poderes sobrenaturales y le insta a que desarrolle su hipótesis de tales poderes. Bea no desarrolla su hipótesis e insiste en que Ana nunca sabrá todos los trucos y nunca llegará a tener total confianza en su hipótesis, de la que empieza a decir que es una metafísica, igual que lo es la suya de la intervención sobrenatural o de los poderes.

Llegados a este punto, la conversación empieza a ser irritante. Ni Ana ni Bea pueden entender que la otra sea tan obcecada y terminan por no hablar más del tema o por enemistarse.

Cuando uno defiende una opinión o una teoría, convendría que pensara si está usando argumentos parecidos a los de Ana o a los de Bea. Conviene también pararse a pensar qué papel quiere representar en la discusión y si sus argumentos le colocan a uno, efectivamente, en el lugar que quiere.

Lo que no puede ser es decir que uno acepta la posición naturalista de Ana y luego usar los argumentos de Bea. Esto es lo que hacen los proponentes del Diseño Inteligente frente a la Teoría de la Evolución. Podéis ver un ejemplo de ello en este blog. Otros ejemplos son los astrólogos frente a los astrónomos y los homeópatas frente a los médicos.

Yo elijo la posición de Ana y constantemente vigilo mis argumentos para ver que, efectivamente, estoy donde quiero estar. ¿Y tú?

José Luis Ferreira

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