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La inmortalidad de Eróstrato. Autor: Gabriel Andrade

  El filósofo Stephen Cave recientemente ha escrito un libro, Immortality, en el cual analiza las respuestas que la humanidad ha ofrecido frente al conocimiento de que vamos a morir. A juicio de Cave, ha habido fundamentalmente cuatro respuestas: 1) es posible conseguir un elíxir que impida nuestra muerte; 2) habrá una resurrección; 3) nuestro cuerpo morirá, pero nuestra alma continuará; 4) podemos intentar alcanzar una forma de inmortalidad a través de la fama y el legado de nuestras obras.
            Yo mismo he criticado las creencias en la inmortalidad en mi libro, La inmortalidad ¡vaya timo!, por razones similares a las que Cave expone. Para los casos de la resurrección y la continuidad del alma, se tratan doctrinas conceptualmente problemáticas, por varios motivos: ¿cómo podemos asegurarnos de la continuidad de la identidad personal?, ¿qué evidencia hay que nos haga pensar que, en efecto, habrá una resurrección o que el alma es inmortal?, etc.
Yo soy más optimista respecto a la primera respuesta: la búsqueda del elíxir. La medicina moderna ha hecho avances espectaculares en el último siglo, y tengo confianza de que este progreso seguirá; no me atrevo a sugerir que esto nos traerá inmortalidad propiamente, pero es una posibilidad considerable. Cave, en cambio, es mucho más pesimista: considera que la medicina realmente no tiene ese potencial (si acaso, puede prolongar la vida, pero no dar calidad de vida a edades avanzadas), y aun en caso de que se logre, se suscitarán problemas sociales graves (una suerte de apartheid don dos castas: los mortales y los inmortales).
Yo no comparto las preocupaciones de Cave respecto a los posibles avances tecnológicos para alargar la vida. Pero, sí he criticado las otras creencias en la inmortalidad, no sólo porque son conceptualmente problemáticas y probablemente falsas, sino también porque tienen efectos sociales peligrosos. La creencia en el Juicio Final (corolario de la doctrina de la resurrección) ha motivado actos de fanatismo religioso: con la promesa de 72 vírgenes en el Paraíso, hay más disposición a cometer actos de terrorismo. Asimismo, la creencia en la continuidad de la existencia del alma tras la muerte del cuerpo también tiene efectos nocivos: por ejemplo, la doctrina del karma (corolario de la doctrina de la reencarnación, la cual es una variante de la doctrina de la inmortalidad del alma) incentiva un tremendo conformismo social frente a la opresión, pues se asume que las condiciones actuales son el justo merecido por lo hecho en vidas pasadas.
Pero, después de haber leído el libro de Cave, me he convencido de que el mayor peligro no está en las creencias convencionales sobre la inmortalidad, sino en el deseo de hacerse inmortal dejando una huella en la historia (cuestión de la cual no me ocupé en mi libro La inmortalidad ¡vaya timo!). No es fácil que un terrorista religioso se inmole con la esperanza de encontrar decenas de vírgenes. Pero, sí es mucho más fácil que un mediocre se obsesione con conseguir la fama, y haga monstruosidades con tal de dejar su nombre en los registros de la historia.
Seguramente el caso más patético es el de Eróstrato, el hombre de Éfeso que prendió fuego al maravilloso templo de Artemisa, con tal de conseguir fama. En aquel momento, las autoridades decretaron damnatio memoriae (erradicar su nombre de la memoria) de Eróstrato, para disuadir a futuros antisociales de intentar conseguir la inmortalidad de esa manera. Pero, esto ha sido un monumento a la ironía: 2400 años después, acá estamos hablando de él, y su nombre no ha quedado borrado de la memoria.
Lo trágico, es que hasta ahora, la única forma segura de conseguir inmortalidad es a través de actos brutales como los de Eróstrato. La resurrección y la inmortalidad del alma son seguramente fáculas, y no estamos seguros de que conseguiremos el elíxir. En cambio, hacer una monstruosidad nos tendrá en boca de los demás, y alguna forma de inmortalidad habremos conseguido. Ciertamente hay la posibilidad de conseguir inmortalidad haciendo cosas buenas, pero es claro que es mucho más fácil conseguirla haciendo cosas malas. Los arquitectos del templo de Artemisa en Éfeso quedaron en el anonimato, no así Eróstrato.

Y, esto me parece especialmente preocupante en el ámbito político. Vivo en Venezuela, un país que desde 1999 hasta 2013 fue gobernado por un hombre que, en su megalomanía, tuvo la obsesión de conseguir la inmortalidad a través de su legado político. Hugo Chávez se planteó, desde muy temprano en su vida, entrar en los libros de la historia. Para lograrlo, sometió al pueblo venezolano a un gobierno que, si bien tuvo aspectos positivos, terminó por convertirse en un asqueroso culto a la personalidad. Hoy, sus seguidores le llaman el “Comandante eterno”, y ciertamente, estará entre los inmortales. Pero, como el caso de Eróstrato muy bien ilustra, la inmortalidad no es garantía de virtud moral.   

Comentarios

  1. La mayor parte del texto maneja elementos razonables, pero lastimosamente termina con un grave error respecto de Venezuela y el Comandante Chávez, contrario a la Historia real.

    JUSAVÍ.

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    Respuestas
    1. ¿Has visto el culto a la personalidad que hay en torno a Chávez? ¿Dónde está el error?

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  2. No deseo la muerte, ni a mí ni a nadie. Pero el miedo a dejar de existir como individuos es bastante absurdo. Como el vértigo o la claustrofobia, no se justifica racionalmente. Aun conservando vigor, juventud y fuerza ¿para qué vivir eternamente? Solo los privilegiados disponen de una vida sin preocupaciones o sufrimientos, y hasta los millonarios de éxito y dinero se drogan y alcoholizan. La vida es cambio y viviendo mucho tiempo nos transformaríamos en seres más viejos, tal vez más sabios, tal vez obsoletos. El único valor que tiene la vida es su escasez. Es corta y por tanto preciosa. Pero es dura y seria insoportable tener por delante miles de años de trabajo... O incluso de vacaciones.

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  3. En cuanto a los personajes inolvidables como Napoleón o Julio César, no son mas que personajes. Muñecas sin vida, caricaturas. No veo valor alguno en pasar a formar parte de la iconografía popular como Marilyn o Cristóbal Colón.

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